Y eso ¿quién lo dice?


radio y dama

El otro día me trajo la radio el recuerdo de la señora Francis, un programa de la Sociedad Española de Radiodifusión que se llamaba así, ‘Señora Francis’. Consistía en aconsejar a supuestas radioyentes que enviaban cartas contando sus penas y pesares. Durante décadas fue una emisión muy popular y murió en los primeros ochenta, con la Transición y la Movida. Lo mejor de su ‘autora’ y presentadora, doña Elena Francis, es que nunca existió. Existió, como no, el programa, pero no Elena Francis.

¿O sí que existió?

Veamos la trastienda que el público del programa desconocía. Uno o varios guionistas redactaban punto por punto los guiones del ‘espontáneo’ programa, incluyendo las apasionadas cartas ‘seleccionadas’ para leer en antena y que, supuestamente, escribían las oyentes pidiendo ideas para afrontar con éxito circunstancias vitales de lo más variado, todas muy folletinescas. Una chica había conocido a un señor mayor muy atento que no la disgustaba, otra tenía una hermana suelta de cascos y para la de más allá, el casquivano era su marido. Todo así. Los guionistas también escribían, por supuesto, las ponderadas respuestas que daba la tal señora Francis, personaje interpretado por una locutora severa, muy engolada y de voz campanuda. Es decir, Elena Francis existió: fue creada artificialmente y nunca nació de madre mortal, pero es difícil negar su existencia.

En la radio, de hecho, el otro día hablaron de Elena Francis y de ‘su’ programa como si hubiera habido realmente una dama con ese nombre, Elena Francis, y un DNI expedido a ese nombre por la DGS. Después del éxito de semejante impostura me pregunto cómo es que todavía hay quién se atreva a hablar de ‘realidad’. Y también si ante un relato, ante el relato de lo que sea, puede hablarse de ‘realidad’ sin dejar claras las circunstancias en las que se elaboró el tal relato, sin duda ‘fiel relación de los hechos acaecidos’, hechos que, por otra parte, importan bien poco.

Lo que cuenta siempre es el origen del relato. Porque en cualquier relato ‘real’ -o que, simplemente, lo pueda parecer- sólo hay un hecho seguro e indudable: tiene un autor.

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Tirando de ‘La Señora Elena Francis’ se me ocurren otros célebres relatos, también rigurosamente falsos, de la más ‘fiel y auténtica realidad’, como la dramatización radiofónica de La Guerra de los Mundos, de HG Wells, que hizo Orson Welles en los años treinta y que si nunca pretendió ser ‘real’, fue en todo caso tan real que por tal fue tomada por muchos ilusos desinformados que pillaron la emisión empezada. Y el relato, mucho más reciente y perverso, de las armas de destrucción masiva (‘creánme, por Dios, créanme’) que hizo en el congreso de los Diputados el entonces presidente del gobierno español, don José María Aznar. O el de la ya celebérrima ‘mochila de Vallecas’ que mantuvo durante meses el diario ‘El Mundo’ a raíz del terrible atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid.

Seguramente hay muchos más relatos falsos de la realidad pero me bastan los tres expuestos para ilustrar gráficamente la afirmación de que no hay nada más fantástico, subjetivo ni menos ‘real’ que la propia realidad, dado que siempre consiste en un relato, eso sí, ‘fidedigno de los hechos acaecidos’. Y un relato lo tiene que construir alguien. Como el fabuloso relato, cambiante día a día, que el ministro de economía, Luis de Guindos, estuvo tejiendo sobre la crisis griega hace bien poco. ¿Nos mintió? Por supuesto que no. Pero seguro que sobre el mismo tema, y sin mentir tampoco, podría hacerse otro relato completamente distinto e igualmente fabuloso.

¿Quién cuenta qué a quién, cuándo y por qué? ¿Quién es el creador de la realidad? ¿Quién crea esta o aquella realidad? Estas son las preguntas que conviene tener presente ante cualquier relato. Y es que aprender a preguntarse por el autor del relato, es aprender a preguntarse por el autor de la ‘realidad’.

Uno mismo, no pocas veces. Un ‘autor’ del que conviene, por cierto, dudar siempre porque no hay nadie que le mienta más a uno mismo que uno mismo.

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Recomiendo a los fieles, antes de terminar, la lectura del capítulo veinte del Santo Evangelio según San Juan. En él, Santo Tomás Apóstol se niega a creer en la ‘imposible’ resurrección de Jesús, martirizado, muerto y sepultado días antes. Y eso que quienes exponen el portentoso acontecimiento son unos testigos dignos de todo crédito que han coincidido en el camino de Emaús con el resucitado en persona y que han elaborado un maravilloso y emocionado relato de lo acaecido. Pero el bueno de Tomás no se deja impresionar. ‘Si no veo en sus manos los agujeros de los clavos’, sostiene, frío como un témpano, el incrédulo discípulo, ‘y no meto los dedos en los agujeros de los clavos ni la mano en la herida del pecho, no me lo creeré’. A mi juicio, debiera haber añadido ‘ni estaré capacitado para elaborar mi propio relato del suceso’.

Porque, a mi juicio, ese es el tema.

Que ese relato sea inteligente, ponderado como las respuestas de Elena Francis, informado y digno de consideración y crédito, otro bien distinto.

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