Después de un año dando tumbos

En su primer año, Juana La Maliciosa ha encontrado dos clases de lectores. Los que aman apasionadamente la novela, tal vez por inconcreta, y otros a los que no gusta porque no entienden a la protagonista.

Dos caras de la misma moneda. Lo que para unos es un aliciente, un supuesto desdibujamiento del personaje central, para otros es un inconveniente: Juana les resulta imprecisa. No dejan de chocarme ambos casos, pues la novela aporta gran cantidad de datos sobre esa chica, salvo su nombre real. Sí, el ciudadano del Estado Español que en realidad fue Juana nunca se llamó Juana ni Petra. Nadie sabe como se llamaba en realidad la protagonista de la extraña historia que Tagomago me contó. Ni siquiera el propio Tagomago, que fue su amante siete largos años, llegó a conocerla bien nunca, cosa que creo queda clarísima en la novela.

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La sorprendente contradicción de que el personaje central resulte borroso, pese a la cantidad de datos que se aportan sobre él, salvo su verdadero nombre, pienso yo que podría deberse a la extendida convicción de que los personajes nacen dentro de sí mismos y a la de que, sin otra herramienta que su voluntad, son capaces de dominar y construir el mundo a su imagen y semejanza, igual que Dios: a imagen y semejanza del satisfecho lector. Lo logran o fracasan, pero todo empieza siempre con un impulso motor que nace dentro de ellos, en lo más recóndito de su alma, en un momento bien preciso. Y por razones misteriosas, el narrador conoce invariablemente semejante circunstancia con pasmoso detalle.

Eso para mí resulta chocante.

Tengo además la convicción de que son las circunstancias externas las que hacen al personaje y que son ellas las que, desde fuera, modelan su alma. No creo en la Libertad, al menos en la libertad individual. Pero no voy a insistir en eso, confuso fangal en el que podría encenagarme y no salir ni el Día del Juicio. El hecho cierto e indiscutible, en todo caso, es que soy un ignorante que desconoce lo que piensa Juana. Mal podría conocerlo teniendo en cuenta quién me contó la historia de esa joven misteriosa y fascinante y en qué estado se encontraba cuando lo hizo. Así nacen los relatos, por otra parte: indagando azarosos, confusos y a trompicones en el recuerdo de lo que pasó. Recordando penosamente. ¿Pasó realmente así o esto que creo recordar pasó sólo en mi imaginación? ¿No será que la única verdad es que ignoro que fue lo que pasó de verdad pese a estar yo allí… con mis prejuicios, ignorancias, convicciones y anteojeras a cuestas? En otras palabras: una cosa es lo que pasó, otra lo que Tagomago vió y otra más lo que yo entendí, que es lo que cuento, con absoluta franqueza y sin inventarme nada, en Juana La Maliciosa.

Añadiré, a propósito de esto, que tengo la impresión de que el verdadero protagonista de cualquier relato no es otro que su narrador, mientras que lo narrado sólo es una excusa. La pregunta es ¿una excusa para qué? La pregunta, yendo más lejos, es ¿para qué contamos nada? ¿Para qué cuenta nada nadie a alguien? Sí ¿para qué y porqué en ese momento preciso? Ningún relato es inocente pero, si fuera al menos sincero y honesto, debiera contener las claves de su porqué. Unas claves sencillas que impidan al lector perderse en la maraña del contexto en el que nació el relato que está leyendo. Y comprender cabalmente que el relato es una cosa y su contenido, los hechos narrados, otra distinta.

Una cosa son los hechos y otra, el relato de los hechos. Dejar eso claro es lo que intenté hacer, y creo que hice, en Juana La Maliciosa.

Juana es un misterio y con esa intención, la de mantener el misterio, fue con la que escribí. Lo que quería contar realmente es la historia de la fascinación que un pobre borracho solitario con una historia a cuestas fue capaz de ejercer sobre mí durante una larga noche de doce horas. ¿Hice mal? ¿Debí haber investigado más sobre la historia que aquel pobre diablo me contó? ¿Debí haberme molestado en hallar una íntima motivación subyacente en el alma de Juana, pese a que semejante cosa me importara un rábano?

Hoy sé que no. Hoy sé que es imprescindible vivir con el misterio, con lo desconocido, con lo que es imposible saber. Y también que el mayor misterio son los demás. ‘¿Qué sabe nadie?’, nos interroga un viejo dicho.

Hoy, cuando ya no creemos los dogmas de la religión, nos hacemos la ilusión de saberlo todo. Y en puridad no sabemos nada. En puridad confundimos creencias que seguimos teniendo, aunque no sean dogmas religiosos, con saberes. El narrador omnisciente es la falacia más grande de la Literatura Universal, la envanecida creación de la burguesía europea del siglo XIX, convencida de su poder omnímodo y de su dominio absoluto sobre los mares, los continentes y las fuerzas que rigen el Alma Humana. Es decir, que rigen el alma del buen burgués.

En Juana La Maliciosa, David Bowman –yo- se limita a narrar su propio desconcierto ante una historia cuyos bordes desdibujados constituyen una puerta abierta al alma de una joven atormentada. Una puerta abierta a un misterio que no osé atravesar porque hubiera sido una desmedida exhibición de soberbia e impudicia. Que cada cual se asome, si quiere, a mirar el misterio y, si tiene lo que hay que tener, que entienda. En el camino en compañía de Bowman y Tagomago habrá encontrado los datos que necesita. Otra cosa es que le guste lo que sea que acabe entendiendo.

Pudiera ser que la visión del alma de Juana después de haber atravesado el Infierno no confirme sus convicciones sobre lo que debe ser un alma que ha atravesado el Infierno.

Aquí, todo sobre Juana La Maliciosa.

Y aquí, un PDF con las primeras páginas de Juana La Maliciosa.

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Una respuesta a Después de un año dando tumbos

  1. Francisco dijo:

    Difícil es escribir. Contar una historia, argumentarla, desarrollarla y crear un desenlace creíble. Complicado ese “oficio” de escritor. Pero no menos fácil es ser un lector. Me imagino que habrá muchas clases de lectores, al igual que existen otras tantas de escritores.
    Leer puede ser, para algunos, pasar página, tras página y si por un casual no nos gusta el protagonista de la historia, enseguida nos convertimos en críticos literarios y nos cargamos la novela, por un quita o un pon.
    Pienso humildemente que para ser lector hay que despojarse de prejuicios e intentar leer no lo que está literalmente escrito en el texto que tenemos delante de las narices, sino tratar de entender lo que hay debajo, lo que está detrás de ese escrito. Es decir leer el subtexto.
    Hay a quien no le gusta Ricardo III de W. Sakespeare, porque es un rey cruel que destruye todo lo que se le pone delante con tal de conservar el poder. Hay que leer o ver esta función teatral no en su texto sino en su subtexto. Tratar de entender lo que está debajo.
    Yo creo que he leído o al menos me parece a mí, el subtexto, las entrelíneas que están escritas en Juana La Maliciosa y a mí me parece una joya literaria y una gran novela. Porque yo no juzgo a los personajes, ni al autor, ni a su novela; simplemente trato de entenderlos en su contexto.

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