Un email para ella

 

Ponerle un email es difícil. La chavala que me quiso murió hace año y medio, víctima de lo mismo que Audrey Hepburn: la incompetencia de la medicina y la voracidad de la Parca. Hecha ceniza, reposa ahora en un hermoso cementerio provinciano a menos de veinte metros de Leonor Izquierdo. Cuando hace año y medio, tras subirla hasta allí, nos retiramos apesadumbrados y se quedaron solas las dos, sin más compañía que los otros muertos, se saludaron. ‘Hija, ya tardabas’. Los demás muertos callaban. ‘Es que he tenido mucho qué hacer’, se disculpó la recién llegada sin saber que el día que nació -a pocos metros de donde lo había hecho su nueva amiga- ésta llevaba ya cincuenta años allí arriba, aguardando aburrida e impaciente a que pasara el tiempo y ella subiera a hacerle compañía. ‘Sabía que vendrías’. Leonor tenía una carita simpática y juvenil. Escuchándola, la novata se sentó en la lápida, la puerta de su nueva casa, y encendió un cigarrillo. ‘Vaya cosa: yo también’. Y rieron las dos: todos los sorianos saben que, antes o después, acabarán allí arriba. Leonor, que al fin y al cabo había muerto antes de la primera gran guerra -noventa y nueve años atrás, cinco meses y diecisiete días- se ordenó los refajos con un frú-frú de sedas y encajes. ‘Estos últimos años te he visto mucho por aquí. Cuando murió tu abuela. Y también después, cuando tu padre. ¿Cómo lo has encontrado? A tu padre, digo’. Mi chavala le hizo sitio para que se sentase. ‘Pues no está. No lo he visto. Habrá ido a pasear por sus montañas’. La veterana accedió a la invitación y su vestido crujió dulcemente. ‘Tu padre sale mucho, sobre todo cuando hace bueno’. Y añadió, ‘a veces se tira todo el verano fuera’. La neófita podía imaginárselo. ‘Ya en vida no paraba en poblado’. Y recitó muy seria. ‘No te detengas en mi tumba a llorar. No estoy allí. No estoy durmiendo. Ahora soy la brisa que sopla, etc, etc, etc’. En ese momento se levantó una ligera brisa y sonrió. ‘¡Hola, papá!’ La brisa rió también y ella se volvió a Leonor. ‘Sí, sí que está’. Y cambió de tema. En vida fue profesora de Literatura y en sus clases había hablado mucho sobre lo que la Literatura debía a aquella jovencita de 117 años de edad, muerta prematuramente, que ahora tenía delante. ‘¿Y qué tal tu marido?’ Sentía curiosidad profesional y a Leonor se le iluminó la cara. ‘Un encanto. Mañana subiré a Collioure a verlo. Vente, si quieres’.

Mi chavala, en fin, ya no está, aunque siga estando: la echo tanto de menos que muchos días, al acabar la jornada, me digo que debiera ponerle un email, un sms, un guasap, algo, como si se hubiera ido unos días a visitar a su madre, sí, ponerle un email contándole como va todo. Que uno de sus chicos ya trabaja fuera de España y que el otro es becario y colabora con los profesores de la facultad. Hasta que me doy cuenta de que es imposible,  no tiene sentido y, me guste o no, estoy más solo que una mierda de vaca en la vera del camino. Es triste la soledad de las mierdas de vaca en la vera de los caminos, pero más triste es la de los Seres Humanos arrastrándonos por esos mismos caminos, festoneados de mierda, en pos de una quimera.

En pos de la Eternidad, quizá, aunque no lo sepamos.

La Eternidad, esa imposibilidad, hizo las Pirámides, Petra La Olvidada, la Catedral de Santiago de Compostela, las Torres del Real Madrid y también las lápidas del cementerio provinciano donde, libre ya del transcurso, mi reina dialoga con Leonor, la muerta eterna.

¿No ves, Leonor, los álamos del río………..?

Vivimos una época rara en la que al Tiempo se le han adjudicado dimensiones, peso y hasta masa, y a los grandes símbolos de la Eternidad –el Sol, la Luna y las Estrellas-, fecha de caducidad. Una época en la que sabemos con certeza que la Eternidad es puro deseo y que el deseo no basta para fermentar la existencia. Sólo se desean, de hecho, imposibles. El Cielo, el Gordo, el Amor, deseo, puro deseo, sólo aspiración o anhelo, intangibles como Dios, la Solidaridad, la Justicia y tantas otras cosas que no existen aunque las nombremos. Y es que, claro, de algún modo hay que conjurar la Soledad, el Miedo y el Vértigo.

Yo, para esa conjura necesaria, tengo a la chavala que me hizo y que me trajo hasta aquí antes de que el Francotirador Paciente la pusiera en su punto de mira. Y por las noches, ebrio de soledad, amor y añoranza, le escribo un email. Un email enajenado e inútil. ‘Buenas noches, mi amor. Por aquí, todo bien. Descansa tranquila, mi vida. Te queremos’. Y antes de dormirme envío un beso a la Oscuridad, al Vacío y a la Nada como quien envía una sonda al espacio profundo con la esperanza de que, más allá de la Galaxia, alcance un día un destino. Un día, quizá, cuando ya no seamos nada ninguno.

Como buenos españoles, seguimos empujando.

Hacia nadie sabe qué, por qué ni para qué.

Hacia nadie sabe dónde.

Por fortuna, desde el cementerio hermoso y triste batido por el Norte, al pie del Moncayo, ella sonríe y me guía.

Plus ultra.

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5 respuestas a Un email para ella

  1. E. dijo:

    Y a pesar del dolor en esta carta se respira paz. Me ha conmovido. Un saludo muy cariñoso.

  2. Trinidad dijo:

    Un abrazo muy fuerte, Bow.

  3. Siana dijo:

    El otro día contemplaba yo un cuadro que tengo en mi casa, pintado por mi padre. Es de una tormenta en el mar, y unos cuantos barcos en apuros están en la escena. Me preguntaba si me dijeran qué recuerdo me viene ahora a la memoria de él. Y yo diría que es el claro de luz que veo en el cielo lleno de nubarrones de ese cuadro. Ese claro.

    Tú email es una maravilla. Todo lo que tú le estás consagrando a ella, lo es. Tus escritos son conmovedores y como dice E., éste desprende paz. Sigue adelante Bow. Un muy fuerte abrazo.

  4. Gracias por compartir algo tan bonito y tan personal.
    Bss

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