Galicia en el fin del mundo

Siempre se dijo que cuando el Hombre llegara a la Luna, un gallego le daría allí la bienvenida. Un chiste que ilustraba gráficamente la percepción, no del todo errada, de que ‘español’ equivale en medio mundo a ‘gallego’. En su libro de título mítico ‘Longa noite de pedra’ (1962), el poeta Celso Emilio Ferreiro (1914-1979) calificó a Galicia de ‘dulce pena de las Españas tendida junto al mar, ese camino…’ (dóce mágoa das Españas deitada rente ao mar, ise camiño…) aludiendo a que ahí arriba, en ese esquinazo noroeste de la Península abierto a prácticamente todos los puntos cardinales del Oceáno, embarcarse con una mano delante y otra detrás a ver que pasaba fue durante siglos una opción natural que eligieron muchos mozos gallegos sin hacerse demasiadas preguntas. Un melancólico desangrarse sin mirar atrás que aún hoy hace que en las costas gallegas resulte tan común y familiar hablar de Yokohama o Durban como de Benidorm. No es difícil, de hecho, perderse por el mundo y topar más allá de las rutas turísticas con un gallego, especialmente en buques mercantes de cualquier nacionalidad y condición. Hay gallegos en el centro de África, en el Pacífico, en toda América y, por supuesto, a lo largo y ancho de Europa. Son, por supuesto, marinos y también tenderos y comerciantes en general, así como currantes de toda condición, desde cocineros, costureras, mecánicos y chachas hasta curas y religiosos católicos que ejercen su ministerio en inimaginables enclaves del desierto australiano, las riberas amazónicas o el interior de China.

En el siglo XIX, en vista del fracaso del soso, grandilocuente y reaccionario nacionalismo español, los miembros más inquietos de la burguesía liberal gallega se miraron en el romanticismo británico para elaborar una teoría mítica de Galicia y otorgar identidad y orgullo de pertenencia a aquel río humano que desaguaba en el Mundo. Se aplicaron a ello periodistas, políticos y notables poetas como Curros Enriquez, Eduardo Pondal, Manuel Murguía y, de manera muy destacada, su mujer, Rosalía de Castro, mucho más pegada al terruño y, a día de hoy, el más destacado representante español de la poética romántica, con permiso de sus ilustres colegas varones, así como de Espronceda, el Duque de Rivas o los poetas que cultivaron el catalán, como Verdaguer, Maragall, Costa i Llobera o Joan Alcover.

El barroco universo mítico de lo que se llamó ‘Rexurdimento’ lo resumió a finales del XIX Eduardo Pondal en un encendido poema, ‘Os Pinos’, destinado a letra de una obra musical que, aún sin estrenarse, conoció gran éxito. ‘Os Pinos’ se cantó finalmente en La Habana en 1907, casi veinte años después, y más que un éxito pasó a convertirse en un mito. Durante ‘la larga noche de piedra’ se cantaba clandestinamente, la gente se pasaba grabaciones más o menos consentidas y silbaba la melodía a modo de señal de reconocimiento. Se había convertido en el Himno Gallego y así lo sancionó de manera oficial en 1981 el Estatuto Autonómico.

Hoy, con mucho ritmo y salero, escasa grandilocuencia y una heterodoxa puesta en escena, hasta los chinos entonan la evocadora letra de ‘Os Pinos’, el himno de las escasas unidades militares que, integradas por gallegos, pelearon en 1936 por la República.

En fin, y que viva México, camarada.

Y ya que estamos, una monumental y solemne cantada  del ensueño de Pondal y sus compañeros del ‘Rexurdimento’ hace un par de años en Vigo.

Aquí, una versión rockera y guerrera, con homemaje a los venerables mostachones decimonónicos que alumbraron el sueño del ‘fogar de Breogan’, más Fraga, el Celta de Vigo y la vera efigie del mismísimo Breogan que se alza junto a la Torre de Hércules allá en Punta Herminia, donde da la vuelta el aire y enfrente no hay más que mar hasta Groenlandia.

Y por último, una versión popular a base de gaita y pandeiro en el bonito enclave de Cedeira con policía nacional y todo.

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Una respuesta a Galicia en el fin del mundo

  1. Grognard dijo:

    Los himnos con gaitas sí que son patiótricos, no como el chunda-chunda ese, o la amenaza velada que cantan los catalanes.

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