El juego de Reverte (el amigo cartagenero)

Arturo Pérez-Reverte tiene novela nueva. Se llama ‘El tango de la Guardia Vieja’ y el miercoles estará en las librerías españolas.

Con ocasión de la campaña de lanzamiento, Arturo Pérez-Reverte ha ocupado este fin de semana las portadas de las revistas y los suplementos dominicales. Juana Iturriaga, que lo ha visto en el XL Semanal, me ha asegurado que ‘este hombre es lo más parecido a Tom Ripley que tenemos por aquí’.

Cuando habla Juana, yo callo. Nos conocimos en el 85, en Dusseldorf, y nunca he osado interrumpirla. Juana prepara estos días la exposición de Mario Montardo en OnTaves, la galería vanguardista del on-on Madrid, y su estado de excitación es permanente. ‘Si te fijas, Arturo Pérez-Reverte es como un Tom Ripley que la vieja y querida Patricia’, afirma con un cigarrillo extrafino entre los dedos, ‘hubiera enviado a la sierra madrileña a escribir, en vez de a Cannes-Sur-Mer a hacer el ostia’.

Yo me digo, sin tanto rollo, que a Arturo Pérez-Reverte, en todo caso, le gusta concebir la aventura como un juego, igual que a Ripley, y que le gustan de manera especial las fantasías, intrigas y mixtificaciones significativas, es decir, las representaciones más o menos ocultas de las cosas. Ripley, alter ego ejemplar de su autora, Patricia Highsmith, construye con esas representaciones su propia vida. Reverte, que no es personaje sino autor, su obra. De este modo, la obra de Reverte se nos revela mapa o plano. Un mapa cuajado de folletinescas señales y claves secretas que conducen a un tesoro reservado. Sí, e en exclusiva a unos pocos iniciados capaces de desentrañar los guiños del mapa.

De interpretarlos correctamente.

 

Tras los pasos de Reverte.

En el mundo hay ‘cervantistas’, ‘marsistas’ (fans de la obra del novelista Juan Marsé, entre los que forma el propio Reverte) y también seguidores de James Joyce. Todos ellos comparten un rendido amor a la literatura y un dandismo intelectual inevitable, incluso para alguien tan ‘rocero’ como Arturo Pérez-Reverte, el único escritor de cuantos existen o hayan existido nunca, atención, cuyos seguidores forman una suerte de tribu, los ‘revertianos’, a la que se puede pertenecer sin necesidad de amar la Literatura ni haber leído jamás un libro, sea de Reverte o de cualquier otro.

Basta con haber sentido una especie de llamada. Y es que el ‘revertismo’, que es lo que practican los ‘revertianos’, no tiene nada que ver con la Literatura sino que es una actitud  frígida y contenida por un lado y, a la vez, rebelde, caliente e indisciplinada.

Una contradicción.

Huelga decir que soy uno de esos tipos, un ‘revertiano’ lleno de contradicciones. Como en los boys-scouts, ingresas en los ‘revertianos’ un día y ya eres ‘revertiano’ para siempre.

Los ‘revertianos’ reverenciamos al personaje mediático Arturo Pérez-Reverte, que es atrabiliario y respondón, y acampamos en un suburbio virtual, el denominado ‘territorio reverte’, que es lo más parecido a un manicomio sin suelo. En ese lugar se juega al ajedrez, se practica esgrima antigua y, sobre todo, se desentrañan los arcanos sumergidos en la obra del periodista cartagenero.

Entre esos arcanos figurará en lo sucesivo el tango.

 

La máscara de Reverte

Fuera del círculo ‘revertiano’, nadie ha hablado nunca, o yo no lo he oído, de un ‘simbolismo’ marca Reverte. Y ya me extraña. Hasta el revertiano más tirado sabe que el Genio de Cartagena disfruta subrayando los acontecimientos de sus novelas con paralelismos, más o menos explícitos, entre ellos y algún elemento, a veces trivial, de la acción. De este modo, el tal elemento se convierte en mucho más de lo que es: en un símbolo.

‘La isla del Tesoro’, la novela que lee la protagonista de ‘Cachito’, hace que la historia de la princesa prisionera en un puticlub de cuarta tenga algo de relectura de las aventuras de Jim Hawkins.

La colección de libros de Tintín constituye para Tánger Soto (la nena de ‘La carta esférica’) un estímulo, una sugerencia y una guía, como lo fue para el joven Pérez-Reverte en 1970, cuando el futuro escritor aún creía ‘en la virginidad de las madres’. La colección completa de Tintín, con lomo de tela of course, termina por convertirse en el universo revertiano en un emblema de toda búsqueda, sea de un tesoro, de un amor o de cualquier forma de aprendizaje.

La esgrima representa para Jaime de Astarloa, protagonista de ‘El maestro de esgrima’, una muestra de carácter, una norma de comportamiento y hasta la mejor forma de expresar unos usos y maneras irrenunciables. Para Glüntz, el joven oficial de húsares protagonista de ‘El húsar’, la ópera prima de nuestro autor, el vehículo para estos valores es la guerra y la misma condición de húsar. Para ambos, la condición de maestro de esgrima, en uno, y de húsar, en el otro, es mucho más que un oficio. Es una ‘manera’ de ser y de estar.

La mejor prueba del ‘simbolismo’ revertiano la proporciona el hecho de que los elementos simbólicos o representativos llegan a dar título a muchas de las novelas de Pérez-Reverte como ‘La piel del tambor’, ‘La tabla de Flandes’, ‘La carta esférica’ o ‘El tango de la Guardia Vieja’, recién salida del horno del antiguo panadero de Galapagar y que, todavía ‘caliente’ y con olor a imprenta, llega ya a las librerías

En ‘El tango de la Guardia Vieja’, don Arturo Pérez-Reverte vuelve a usar el ajedrez como símbolo, igual que ya hizo, aunque de manera bien distinta, en ‘La tabla de Flandes’. En esta nueva novela, el ajedrez se erige, junto con el tango ‘antiguo’, el tango llamado ‘de la guardia vieja’, en representación de lo que pasa, de lo que nos pasa, de lo que les pasa a los protagonistas.

 

El talento de Mr Reverte

El título de ‘El tango de la Guardia Vieja’ no remite sólo al género musical llamado ‘tango de la guardia vieja’ o a la pieza musical concreta que, con este nombre,‘Tango de la Guardia Vieja’, compone en circunstancias muy especiales uno de los protagonistas.

No.

La novela ‘El tango de la Guardia Vieja’ alude con su título, y jamás de forma expresa, al baile delicado, sincero e invisible que ejecutan con sus almas los viejos y sabios amantes, la ‘guardia vieja’. Y aquí, radica, me malicio, el brutal y maravilloso hallazgo que Arturo Pérez-Reverte nos trae en esta novela.

Lo que está sin estar.

Por debajo de lo que sucede, los pasos medidos de ambos, uno, dos, entretejen un amor inmune al acontecimiento cabrón. Sin ellos saberlo, es el tango invisible de las almas lo que salva la pasión, agredida y maltratada por los avatares que impone el tiempo.

¿Una novela de amor en la que no se habla de amor?

Pues sí. Mientras gira sin interrupción, enlazada sin saberlo, la ‘guardia vieja’ trenza, fiel sólo a sí misma, una trayectoria íntima, irregular, única y al margen que, finalmente, termina por dar sentido a la vida de ambos danzantes. De ambos amantes. ‘Polvo serán, mas polvo enamorado’, que dejó dicho el viejo Quevedo, devoción confesa de Arturo Pérez-Reverte como ya antes lo fue de Francisco Umbral y de otros muchos.

Corin Tellado, en fin. Corin Tellado, como ya han sentenciado algunos (dando por supuesto el desdoro, cuando Corín tiene su punto, su razón de ser y su porqué). Eso sí, se trata de una Tellado de alta escuela: con la estructura calculada por Ricardo Aroca y el revestimiento cincelado por los Churriguera.

Corin Tellado llevada al límite mismo de sus posibilidades.

Folletín a lo bestia.

 

Reverte en peligro

Si las cincuenta o setenta primeras páginas son de infarto, la novela se vuelve después premiosa y previsible para el gusto de este cura. Expuesta la teoría sobre el origen del tango, así como la definición del concepto ‘guardia vieja’, y planteada la pretensión de conocer esa guardia vieja en vivo, la acción parece no avanzar.

Dibujada la situación y claro el proyecto del novelista, se crea una expectativa en quien lee: averiguar qué fue lo que pasó entre 1928 y 1966. ¿Qué provocó los cambios de los personajes que en 1928 se asomaban a la vida y en 1966 están de retirada? Con la ambición de encontrar la respuesta, es decir, de encontrar La Vida, la puta Vida, el lector se zambulle en el tiempo oceánico de la novela confiando en un piloto de excepción. ¿Y qué se encuentra? La nausea, el aburrimiento y la nada: en 1926 no termina de llegar nunca la prometida excursión al infierno de los barrios bajos porteños en busca de la ‘guardia vieja’, la piedra clave de esta compleja historia. Sí, la excursión y la ‘guardia vieja’ son el detonante y el cauce de esta historia. Sin ellas nada tiene sentido. Y en lugar de hacer que entren en escena de una vez, los tres personajes comprometidos a descender al infierno (que es de lo que se trata) sólo descienden a parrafadas y parrafadas sobre el ‘gran mundo’ (glamourosa expresión de los años veinte para referirse a lo que hoy llamamos ‘jet-set’), sobre el amor y sobre el espachurramiento de la uva.

A veces tenemos la impresión de que Reverte, tan racional él, no termina de creerse su propio invento, su propia máquina narrativa, y necesita hacer explícito lo que ya es evidente. El amor, porque amor es y no otra cosa (pese a que no esté explícito), entre los dos personajes principales.

Apuntemos también que tiene tendencia a desparramar el caviar y a derramar el champán. Riguroso y genial en el cálculo de las estructuras, se deja ir en los revestimientos, alargando la historia sin añadir nada sustantivo como, por ejemplo, en las continuas referencias a lo que visten los personajes o en la sobreabundancia de objetos, a veces con marca y todo. Esto gustará mucho a las señoras, pero es que uno no es una señora (y, probablemente, tampoco un caballero). El exceso de cohetería es ostensible también en las repujadas descripciones de los encuentros sexuales, así como en las de ciertos estados de ánimo. Recamadas y repulidas con esmero, que diría el clásico, constituyen un estorbo para el gusto salvaje de este astronauta dipsómano y aventado que quiere hechos contundentes y no metáforas forzadas. Particularmente, no necesito mucha imaginación para saber lo que ocurre cuando dos amantes se encierran en una alcoba: a veces, una eficaz elipsis puede ser más expresiva que el más estudiado desmelene verbal.

En fin, un abrumador ejercicio de virtuosismo inconcebible en alguien formado en el periodismo y que tanto ha bramado con Marsé contra la pirotecnia verbal. ¿Cómo es posible traicionar así el viejo credo revertiano que resume gráficamente lo que debe tener una crónica, pero también un relato, cualquier relato. ‘Aquí una guerra, aquí un muerto, aquí un hijoputa’.

Sobrio. Así es el mejor Reverte. El que nos gusta a nosotros. Seco como un disparo, como un plano de Raoul Walsh, como un adjetivo de Juan Marsé, como un pelotazo de aguardiente. Sin mariconerías, como en los mejores momentos de esta densa y fascinante novela, mejor cuanto más avanza hacia su imprevisible final. Y es que, a pesar de tan recargados mimbres, Arturo Pérez-Reverte termina construyendo en la segunda parte, a partir de la segunda visita a los barrios bajos (auténtico detonante de la trama, insistimos) un desazonado estado de ánimo que es el de las almas de los protagonistas, la sustancia del tango inconsútil y subterráneo que justo ahí empiezan a bailar sin darse cuenta ni pretenderlo. Por desgracia, ese detonante de la segunda visita a los barrios bajos sólo estalla cuando ya llevas embaulada entre pecho y espalda media novela. En las doscientas cincuenta páginas finales, Reverte se despega del suelo, la mecánica argumental deja de contar porque fluye sola y se convierte en excusa mientras pasa a primer plano la pura emoción de la relación amorosa: en la segunda parte es el auténtico e invisible ‘tango de la guardia vieja’ el que toma el relevo remitiendo a las almas atormentadas de los grandes personajes de Conrad y a ese torrente que el polaco supo hacer correr como nadie por debajo de la acción. Sí: en esas doscientas cincuenta páginas finales de magia y gran literatura, Reverte vuela.

Claro que es posible también que los ‘defectos’ (ejem, ejem) que se ha tenido la desvergonzada osadía de señalar no sean tales, sino trabajos de carpintería destinados a adecuar los acabados a la medida de un público que, desde luego, no soy yo. Quizá sea, me digo, el mismo público (Dios lo confunda) que se quejaba de la supuesta morosidad de las descripciones marineras de ‘El asedio’.

En todo caso, la ‘carpintería’, ya que la mencionamos, es formidable, además de contundente: marca de la casa. Aunque no fuera más que por eso, ya vale la pena leer ‘El tango de la Guardia Vieja’. Por un lado, las reconstrucciones de época, que si son prolijas, también están documentadas con un rigor que justifica el sueldo: aquí el artista se lo ha currado con dos cojones. Trabajo de pico y pala en el que él y, tal vez, algún colaborador (o varios), se han dejado los riñones. Por otro, el engarce del conjunto, la impecable ligazón entre las tres épocas en las que, en paralelo y a la vez, discurre la acción, plácida y natural pese a los casi cuarenta años que separan el primer encuentro a bordo del ‘Cap Polonio’ y el último reencuentro en Sorrento, durante la competición de ajedrez. Una extraordinaria complejidad en la que no te pierdes ni un momento (aunque te aburras en alguno).

En todo caso, esa unidad puramente literaria es mágica.

Para mí, lo mejor de esta monumental novela.

Tres tiempos cronológicos diferentes y un solo tiempo novelístico.

¿Qué es novelar sino? ¿Adjetivar? ¿Describir?

No, estructurar.

Gestionar hechos.

Es decir, no tanto decidir qué poner como qué es lo que NO hay que poner para relatar eficazmente una historia dada. Por eso las decisiones narrativas, como bien han sabido los grandes (y no los robaperas, que ha habido unos cuantos), son siempre morales.

Los futuros guionistas de una hipotética peli pueden dar palmas con las orejas: tienen el trabajo hecho. Los encargados de ambientación, vestuario y demás, en cambio, ya pueden ir a ponerle una vela a San Pancracio.

Feliz viaje, señoras y señores.

Empieza la aventura.

El miércoles se hace la a la mar el ‘Cap Polonio’.

Bienvenidos a bordo, tengan cuidado con los submarinos y disfruten de la travesía.

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7 respuestas a El juego de Reverte (el amigo cartagenero)

  1. Siana dijo:

    Joder, y perdón por la expresión. Pero qué bien escribes. Felicidades Comandant.

    Espero con verdera ansia emprender mi propia aventura leyendo el Tango.

  2. raquel dijo:

    joder, digo yo también. Enhorabuena Barón por su crónica y Enhorabuena al Sr. Duque por esta nueva estructura literaria para hacernos a la mar.
    Bss
    Ada

  3. Aik dijo:

    Que mal habladas son a veces estas dos señoras…se dice jolines, jolines con el Comandant y jolines con el Reverte. Por cierto, no se nos estará en-Gongorizando un poco, a fuer de esas 200 páginas de barroquismo? Como se entere don Francisco…
    Un abrazo y gracias😉

  4. Rogorn dijo:

    Yow, B. Esto va pal foro salvo que te opongas mucho. Que igual te va a dar, ya que seguro que Arturo lo va a encontrar aquí.

    (Por cierto, Arturo es marrajo, dicho por él, vivía en La Navata y ahora en Las Rozas, y el húsar es Glüntz, no Huntz)

  5. Victoria dijo:

    Me quito el sombrero comandant, ante semejante pluma (o tecla).
    El resto zarpamos mañana.

  6. Koora dijo:

    “Basta con haber sentido una especie de llamada. Y es que el ‘revertismo’, que es lo que practican los ‘revertianos’, no tiene nada que ver con la Literatura sino que es una actitud entre marcial y chulesca, una actitud frígida y contenida por un lado y, a la vez, rebelde, caliente e indisciplinada.”

    Qué acertado eres Bow😉 y “revertianas” (je, je, je))))

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