El mundo que yo no viva

Don Agustín García Calvo, el sabio a contracorriente, a deshora y a contratiempo, el sabio contra todo (uno de sus libros se titulaba así ‘Panfleto contra el todo’) falleció el otro día en silencio. Salvo ‘El Mundo’ de Pedro J, con una escueta referencia, nadie dio la noticia en portada y eso me escoció.

No andan sobrados de sabios estos tiempos apesebrados, apesadumbrados y acojonados que vivimos -ni, mucho menos, de sabios valientes y tocapelotas- como para ignorar una figura luminosa, inmensa y, en el más hondo sentido de la palabra, inconformista como fue -y, para mí, sigue siendo- el profesor Agustín García Calvo.

Un tío, genio y figura, que no se conformaba y que siempre iba más allá aun cuando pareciese no haber ningún más allá. Inconforme por sistema, cuestionaba la certeza, señalaba la contradicción, iluminaba lo inadvertido y nunca se iba sin dejarte el regalo de un reto intelectual sobre la mesa. ‘Hala, ahí te dejo eso, niño. Yo m voi a tomar el sol. Y a ver qué coño haces’ (así, ‘¿Qué coños?’ se titula, precisamente, otro de sus libros). Enseñaba, en resumidas cuentas, a pensar. Para ello exigía en su interlocutor la buena fe de los humildes, convencido de que la soberbia es el primer enemigo del conocimiento. Él no se envanecía, sólo preguntaba.

Pero hoy quería destacar su cualidad de poeta. Delicado, hondo y sentido, sus poemas y canciones se erigen en modelo de precisión y rigor poco común. Y es lógico en un buen conocedor del lenguaje que, antes que nada, fue prestigioso filólogo clásico cuyos estudios sobre prosodia y fonética, así como sus traducciones del latín y del griego, constituyen referencias mundiales. Sus poemas -sus ‘canciones y soliloquios, sobre todo, más los llamados por él ‘poemas ferroviarios’- aparecen poblados de imágenes gráficas y vivas -y, en ocasiones, chocantes- así como de contenidos cuyo alcance es a veces indescifrable para un lego como yo, es decir, que no pocos llevan ‘confusa la historia’ aunque siempre esté ‘clara la pena’, como sucede en toda la lírica popular y como decía Machado que sucede también en las canciones que hasta hace treinta años cantaban los niños en sus juegos.

En 1976, en sus ‘Canciones y soliloquios’, Agustín García Calvo evocó con inevitable melancolía su propia muerte y tituló ‘El mundo que yo no viva’ esa evocación que después musicó, si no me equivoco, el inexplicable Chicho Sánchez Ferlosio (sí, hermano de Rafael e hijo de Sánchez Mazas) y cantaron con garra el propio músico, la gran Mª Dolores Pradera (todos de rodillas, por favor) y el fino bierzano Amancio Prada.

Va por ustedes.

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3 respuestas a El mundo que yo no viva

  1. Siana dijo:

    Muchas gracias por contarnos Comandant. Me alegra haber conocido a don Agustín, aunque sea tarde. No andamos sobrados de personas así. Valgan tus palabras como el más merecido de los homenajes.

    Un abrazo.

  2. Trinidad dijo:

    Muchas gracias, Caballerow. Siempre es una gran suerte conocer a personas valientes.

    • bowmanpoole dijo:

      Muchas gracias a vosotras por vuestra paciencia
      Este señor fue profesor mío hace millones de años (de hecho, me matriculé en filología para eso) y aún recuerdo clases y exposiciones concretas y luminosas sobre abstrusas, en principio, cuestiones lingüísticas
      Así que… igual cuento más cosas sobre él
      Como ésta, que seguro que a Siana le encanta. El celebérrimo artículo que escribió con ocasión del malhadado ‘Manifiesto por la Lengua (Democrática) Común’, en el que arremetía contra todos con displicente distancia. Todo esto no va de lenguas, venía a decir el sabio a todos sin nombrarlos, sino de otra cosa, así que no va conmigo este debate, para cerrar su breve exposición con aquel elegante y memorable ‘algo de vergüenza da que hombres doctos y esclarecidos…’ que a algunos nos mató de risa.
      http://www.elpais.com/articulo/opinion/lengua/senores/elpepiopi/20080702elpepiopi_4/Tes
      Ahora que García Calvo ha muerto he sabido que Savater, el pomposo impulsor de aquel ridículo libelo, fue antes que yo alumno de García Calvo, y hasta discípulo (el muy cara huevo), y me he preguntado qué coño fue lo que aprendió al lado del sabio, aparte de dejarse atrapar por el encanto, la seducción y la cáscara de una oratoria brillante. Lo que en García Calvo fue siempre humilde, iluminador y dialogante lo ha transformado siempre Savater en un apabullante exhibicionismo vanidoso y abrumador.

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