No todas vais al mar, aguas del Duero: cien años de dolor y soledad.

El cementerio de Soria se encuentra en un alto, en la falda del cerro del Castillo, adosado al muro calizo de la vieja iglesia de Nuestra Señora del Espino.

Los sorianos suben muchas veces a ese lugar, bien acompañando un duelo, bien a  visitar la tumba de algún ser querido. La subida, exigente, suelen hacerla en coche, y muchas veces también a pie. Pero hay una, la última, que hacen metidos en una caja. Es la definitiva. Después ya no bajan y se quedan para siempre oyendo allí arriba los pajaritos y el rumor del Padre Duero que corre al pie del cerro y los acuna blandamente toda la eternidad, igual que los meció con cariño en vida.

El Espino es un cementerio muy literario que quedó inmortalizado en una de las grandes poesías de la literatura española, la titulada ‘A José María Palacio’, de Antonio Machado. Este poema, en realidad una carta que adopta forma de poema, acaba con una petición expresa del remitente, Antonio Machado, al destinatario, el periodista soriano José María Palacio.

Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…

Ayer miércoles 1 de agosto de 2012, a las diez de la mañana, se cumplieron cien años justos del fallecimiento el 1 de agosto de 1912, víctima de la tuberculosis, de Leonor Izquierdo en la calle Estudios, de Soria. Al día siguiente, esta célebre soriana a la que tanto debe la literatura española hizo su subida definitiva al Espino. Su muerte devastó el alma del poeta Antonio Machado, su marido, que transformaría aquel dolor espantoso en una serie de ‘sencillos’ pero estremecedores versos capaces de conmover a las piedras.

Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

Ayer miércoles 1 de agosto de 2012 bajé al río andando y crucé el viejo puente que generaciones de sorianos ligan al recuerdo personal de alguna travesura infantil. Y también, inevitablemente, a Antonio Machado.

Veía […]
[…] las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos! -carros, jinetes y arrieros-,
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.

En las aguas plateadas del Duero, al pie de los chopos, ‘liras del viento’, me dí un buen baño en el mismo sitio donde hace treinta años, a las doce de la noche, me bañé vestido en circunstancias que ahora no vienen al caso. Después pillé unas flores silvestres de las que crecen en la ribera y con dos ramos me subí, siempre a pie, hasta el ‘alto Espino’ a depositar uno sobre la lápida que hace cien años encargó el propio Machado –‘a Leonor, Antonio’- y otro, a veinte metros escasos, sobre la de la chavala que, hasta hace cinco meses y dieciséis días, decía todavía la Égloga I de Garcilaso como nadie….

¿Dó están agora aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi ánima doquier que ellos se volvían?

[…]

Los cabellos que vían
con gran desprecio al oro,
como a menor tesoro,                               
¿adónde están?  ¿Adónde el blando pecho?
¿Dó la columna que el dorado techo
con presunción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya se encierra,
por desventura mía,                                
en la fría, desierta y dura tierra.

  ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento            
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto                            
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.

La Historia de la Poesía es larga en dolorosos lamentos de añoranza y soledad provocados por la muerte. Chavalas, familiares y amigos en general como Leonor Izquierdo, Isabel Freire (la Elisa de Garcilaso), el buen Guillén Peraza (rompan tus campos tristes volcanes) y, como no, el honrado caballero don Rodrigo Manrique.

Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos e hermanos
e criados,
dio el alma a quien gela dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria.

Así es.

Memoria.

¿Qué otra cosa es la Poesía?

La chavala que tanto me dio lo explicó muchas veces con pasión y criterio en sus clases de secundaria. Conocía bien a Garcilaso y a Manrique, también el cancionero tradicional (donde aparece la conmovedora elegía por Guillén Peraza) y, por supuesto, los poemas de Machado sobre la ausencia provocada por la Muerte, hoy incorporados al libro ‘Campos de Castilla’, cuya primera edición había aparecido aquel mismo 1912, semanas antes del fallecimiento de Leonor Izquierdo Cuevas. La casualidad, o vaya usted a saber, ha provocado que la que tanto quise, y cuya memoria venero, haya ido a dar para su sueño eterno con un hueco en El Espino a menos de veinte metros del que guarda la memoria de Leonor.

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Machado fue un sabio, que es lo que son los poetas (los poetas, digo, no los poetastros), y lo expresó con meridiana claridad en un solo verso de gran potencia expresiva.

No todas vais al mar, aguas del Duero.

Con la soledad como emblema y el recuerdo como motor, seguimos adelante.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a No todas vais al mar, aguas del Duero: cien años de dolor y soledad.

  1. Siana dijo:

    No todas van al mar. Algunas permanecen. Y no nos dejan solos.

    Un abrazo fuerte Comandant.

  2. L dijo:

    Bien dice Siana. Algunas permanecen. Aguante por ellas y por usted mismo. Por todos los que le quieren, que no son pocos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s