Soy uno que añora

Y que no añora cualquier cosa.

Soy uno que te añora a ti.

Tanto que añorarte será mi identidad en lo sucesivo.

Debes saber que tu ausencia ha tenido extrañas consecuencias.

Nunca hubiera imaginado, por ejemplo, que tu madre llegase a ser mi mejor confidente. Me escucha con atención y calla. Yo hago lo mismo cuando habla ella. Entretanto aprendo cosas sobre ti que, si bien ya conocía, se me aparecen bajo otra luz y desde otro ángulo.

Y se enriquece mi mirada.

Todo lo referente a ti me enriquece como me enriquecía mientras estuviste aquí.

A mi lado.

El pasado sábado 16, por la mañana, se cumplieron cuatro meses exactos desde que cerré definitivamente y para siempre esos dos ojazos como lámparas que iluminaron mi vida durante casi tres décadas.

Yo te veneraba.

Algún día tendré que investigar porqué.

¿Por qué ama uno? ¿Por qué un día te quedas colgado sin remedio de alguien?

No lo sé. Sucede.

Y cuando ese alguien se queda, a su vez, colgado de ti estallan soles y galaxias en los confines del cosmos y la Historia vuelve a empezar.

Yo me quedé colgado de ti por razones bien concretas que ahora no vienen al caso pero sí que diré que me llamaste la atención desde el primer momento que te puse el ojo encima. Y también que me llevó semanas comprender porqué.

El caso es que al final me quedé definitivamente colgado y si me hubieras pedido la luna, te la hubiera traído (o hubiese perecido en el intento). Pero nunca me pediste nada más excepcional que ser un buen chico y cumplir como los buenos con principios burgueses (pequeño-burgueses, para ser precisos) más antiguos que mear contra la pared. Y lo hice lo mejor que supe. Nunca me impusiste cenas de parejas ni chorradas así, y cuando no hubo más remedio que someterse a tan espantosos ceremoniales, me pediste perdón con mucho humor (a payaso no te ganó nadie).

Cuando hablo con tu madre, ninguno de los dos comenta lo que dice el otro. Es decir, que no nos respondemos.

No nos respondemos con palabras, al menos.

Los dos sabemos que entre nosotros el diálogo es imposible.

Ella, que ya es muy mayor y, por ley de vida, está más allá que acá, vive convencida de que muy pronto te verá de nuevo. Cada uno se lo monta como sabe y puede para salir adelante en este valle de lágrimas. Tu madre es creyente, que te voy a contar a ti, y a veces hasta la acompaño a misa donde, en el ofertorio, se te recuerda por tu nombre de pila. O sea, que el mismo oficiante te cita y, por un momento, tu identidad de ciudadana del Estado Español aletea de nuevo entre los vivos. ‘Te pedimos por tus hijos que ya fueron llamados a tu presencia y duermen el sueño de la paz’. Y a continuación, tu nombre y también los de algunos otros contribuyentes que, como tú, en su día fueron.

A veces me pregunto quien mandará decir, cuando toque, misas por tu madre, la única real y verdaderamente creyente de todos nosotros. No veo a ninguno de tus hermanos embarcado en tan cristiana labor. Si no hay más remedio, lo haré yo, pero tampoco me veo, francamente. No he hecho nada ni remotamente parecido en todos los días de mi vida y mi trato con curas es tan escaso, limitado y tangencial que no sabría ni por donde empezar.

-‘Buenos días ¿a cómo está la evocación del difunto en la misa?’

No sé porque será, quizá porque sea cinematográfico, pero imagino siempre al cura en la sacristía desprendiéndose del ropaje litúrgico -cíngulo, alba, estola y toda la pesca- después de misa. Ayudado, como no, por un monaguillo sinvergüenza de esos que, cuando no lo ve nadie, le pega arreones al vino dulce. Y a gollete, para qué andarse con tonterías. Liberado de sus arreos, el cura adopta la sonrisa y las maneras de un comercial de seguros.

‘Buenos días ¿Quiere usted la evocación sencilla o la evocación con cita del Apocalipsis? Se adorna con tirada de órgano. También tiene la misa completa, que incluye diácono, incienso, coro y fragmentos selectos del Requiem, de Mozart. En vivo ¿eh?’.

Muy espiritual.

Casi me quedo con la espiritualidad adolescente, callejera y espontánea de tus alumnos. Es cheli a veces, pero auténtica siempre.

‘Hasta siempre’, se despidió precisamente uno muy formalito en el libro de condolencias. ‘Me alegro de haber compartido mi adolescencia contigo’.

Es lo que da, como poco, el hecho de compartir.

Alegrías.

Otro te evocó entre brumas. Tanto que recurrió a la tercera persona.  ‘Recuerdo que sus clases eran muy disfrutables’ (las clases de ‘ella’, tercera persona, no las de ‘usted’, segunda persona). Y después de esta simpática ‘disfrutabilidad’, un tanto fría, parece recordar mejor, se cae del guindo y va más lejos. ‘Verdaderamente incluso podría decirse que era un honor asistir a las mismas’.

Un honor, nena, nada menos. Este mocito tenía por ‘honorable’ asistir a tus clases. Quien te lo iba a decir. Parecían bestias, pero distinguían que lo que llevabas en el morral era ambrosía. Bueno, de hecho, la gente se te metía en clase como si aquel instituto de enseñanza secundaria fuera Harvard y más de una vez te tocó expulsar polizones, que tampoco era fácil, dependiendo del polizón. Lidiar con pollitos ‘teen’, los ‘adolescens’ latinos, no ha sido fácil nunca, pero en estos tiempos debiera llevar incorporado un plus de peligrosidad.

En fin, es una pena que nunca puedas llegar a conocer estas perlas porque dan sentido a tu vida.

A la mía, en gran medida.

¿Cuántas sobremesas habremos dedicado estos años a tus clases? ¿Cuántas veces charlamos tú y yo de metodología? ¿Cuántas horas metimos analizando estrategias, modos de aproximación, técnicas para captar la atención? Te sabías el temario de memoria y te pasaste la vida indagando en el misterio de comunicar.

Una tontería porque comunicación eras tú.

‘Gracias por ser una de los profesores que asentaron los pilares para convertirme en la persona que soy hoy en día’.

Nada menos. Esperemos que esa persona sea, al menos, de orden y votante del PP.

‘No fuiste sólo una profesora, que también, y de las mejores que puede haber, sino además una gran amiga’, asegura una criaja.

Una gran amiga. Puedo imaginar la cara que pondrías ante semejante confesión. No había cosa que te molestara más que el colegueo con el alumnado. Un instituto de bachillerato es una sociedad compleja y, si no más difícil de gobernar que otras instituciones y colectivos, sí que es un peculiar punto de encuentro cuya propia naturaleza exige mucho y muy intenso roce. Y su gobierno, un tacto muy especial.

Tan especial que, en puridad, nadie lo tiene.

Y, sin embargo, ahí están los IES, miles de ellos distribuidos como barcos a lo largo y ancho de España llevando hasta el último rincón un cabo que enlaza con el saber y el conocimiento.

En vivo.

Con orden, método y criterio.

Y ahí estuviste tú, bregando treinta años, primero en Valencia, explicando a los chavales los motivos por los qué a ellos les salía hablar castellano y a los del pueblo de al lado, valenciano. Los misterios del lenguaje y la evidencia de que, aún sin saberlo, estamos condicionados por las decisiones y las acciones que tomaron y emprendieron nuestros antepasados hace cientos de años sin sospechar sus extrañas consecuencias al cabo de siglos.

En Valencia aprendiste tanto sobre tu materia, por lo menos, como habías aprendido durante los años, para siempre añorados, de Filosofía A, en la Ciudad Universitaria de Madrid, con Yndurain (padre), con un joven y brillante Ignacio Bosque o con (el inolvidable) Lázaro.

Tanto en Valencia, al principio de todo, como en los numerosos destinos posteriores, el instituto siempre fue la práctica en la que todo lo aprendido tomaba cuerpo y se hacía carne.

Enseguida te diste cuenta de que el lenguaje estaba en los alumnos y no se lo podías enseñar: ya lo sabían. No te quedó más que enseñarles a verlo. Y a manejar y respetar esa poderosa herramienta, una funcionalidad casi mágica, que el tiempo y la sociedad humana les habían entregado.

Y, claro, acabaste hablando valenciano, participando en la tomatina buñolera y haciendo unas paellas que daba gloria comer. Tú, una nena de Tierras Altas, seria, formal y sobria, nacida en el solar del Romancero y para quien la lengua española, el castellano, había sido ‘La’ lengua por antonomasia.

A partir de aquella experiencia, enternecía tu afán por explicar, predicar casi, en todos tus destinos posteriores que el español o castellano no es la única lengua española, que España es tan grande, atormentada y compleja que necesita varias lenguas para expresar todo lo que lleva dentro.

Esos destinos posteriores fueron Toledo, primero, y el Hondo Sur madrileño, poco después, como destino definitivo. Fuenla, Leganés, Getafe.

Ahí, en los IES desparramados por todos los campos y barrios de España, siguen bregando tus colegas, directos responsables de la explosión de jóvenes profesionales que la industria y la economía españolas se muestran incapaces de absorber, pero desde hace años ya, nada de la crisis: la crisis es que la industria y la economía españolas se encuentren en manos de ineptos funcionales con el afán rapiñador de un buitre hambriento grabado en un alma petrificada. Aun así, pese a esta pandilla con déficit neuronal, algo se hizo bien en los últimos treinta años.

El espantoso dispendio económico de enseñar a los jóvenes españoles que eran algo más que fuerza de trabajo.

Y que debían poner su sello en el mundo. Dejar su marca. Expresar su visión.

‘Aquellos ojos azules, donde estén, nos observan, nos cuidan y nos dan ánimos para seguir adelante, luchando como ella nos decía a muchos, por lo que queremos’.

Así que eso decías. Creo que nunca fuiste muy consciente, pero enseñaste a tus alumnos a verse y a comprender que tenían nombre propio y que el mundo necesitaba contar con ese nombre para construirse. Y que ellos tenían consigo mismos la obligación de prepararse a conciencia, es decir, de dudar sistemáticamente de todo, hasta de ellos mismos, para llegar a tener un día la capacidad de hacer que ese nombre contara en (y aportara a) la construcción del mundo.

Nadie sabe, en realidad, qué quiere ser, pero todo el mundo puede elegir quién quiere ser. No se trata de ser algo, dentista o bombero, se trata de ser alguien, una persona. Una determinada persona. Los canteros del acueducto, los copistas del Libro del Buen Amor, los campesinos que roturaron Castilla. Nadie sabe sus nombres pero lo tuvieron, cada uno de ellos supo hacer algo como nadie y todos juntos lo hicieron. Con oficio.

Como sólo cada uno de ellos sabía y podía hacerlo.

‘Perder a alguien tan noble y tan querido es siempre muy doloroso, pero tu recuerdo va a permanecer en mí y nunca desaparecerá’.

Y en mí, tampoco.

Fue un honor compartir tu visión y aprender contigo cosejas fundamentales.

Gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

… te reías como nadie….

Federico
Voy por la calle del Pinar
para verte en la residencia.
Llamo a la puerta de tu cuarto.
Tú no estás.
 
Federico.
Tú te reías como nadie.
Decías tú todas tus cosas
como ya nadie las dirá.
Voy a verte a la Residencia.
Tú no estás.
 
Federico
Por estos montes del Aniene
tus olivos trepando van.
Llamo a sus ramas con el aire.
Tú sí estás.

En los años sesenta, treinta dolorosos años después del asesinato de García Lorca y de tantas cosas, Rafael (Alberti) evocaba, exiliado y viejo, al amigo muerto en un libro divertido y conmovedor, ‘Canciones del Alto Valle del Aniene’.

La Residencia que menciona Alberti desde las brumas del exilio, la Residencia de Estudiantes, se encontraba en lo alto de la madrileña calle del Pinar, que aún hoy sube desde la Castellana hasta ese lugar mágico que JR Jiménez llamó en un arrebato la ‘Colina de los Chopos’

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6 respuestas a Soy uno que añora

  1. jack dijo:

    Joder. Qué bonito.

  2. Siana dijo:

    Es hermoso cómo hablas con ella. Un abrazo muy fuerte.

  3. A veces sentimos muchas cosas sin saber explicar por qué. Simplemente ocurre. Descubres que lo mejor es dejar de razonarlo y vivirlo, ya que su intensidad es abrumadora, desconcertante e inexplicable. Dejarse llevar por ese oleaje que es dulce y salado, espumoso, tibio, refrescante y evocador. Muy intenso, aunque a ratos tenue.Lo más útil que he aprendido viviendo es que todo lo bueno de la vida dura poco, es fugaz. Puede ser un día o pueden ser 50 años. El amor correspondido es muy difícil de encontrar y es de sabios aprender del pasado, disfrutar y vivir el presente, sentir incertidumbre ante el futuro.

    Cada vez que te leo me llega un aluvión de tristeza y de empatía hacia lo que sientes.
    Lo reconozco: también de mucha envidia. No todos tenemos la suerte de haber sabido vivir intensamente lo que tú has podido vivir.

    Nos conformamos con que cada día sigas a tu ritmo sirviéndonos, que diría Lubitsch, en cada post, la luna en las copas.

  4. Adele Theresa dijo:

    Estoy aquí leyendote Bow. Me gustaría mandarte un abrazo muy fuerte. Lo escrito arriba es precisoso.

  5. bowmanpoole dijo:

    Gracias
    Por vuestras palabras
    Por vuestros ánimos
    Y por estar ahí

  6. L dijo:

    “¿Por qué ama uno? ¿Por qué un día te quedas colgado sin remedio de alguien?

    No lo sé. Sucede.

    Y cuando ese alguien se queda, a su vez, colgado de ti estallan soles y galaxias en los confines del cosmos y la Historia vuelve a empezar”

    Y todo lo demás. Joder, Maese. Joder.

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