Un rosario de blasfemias

 

Se me hace increíble -o tal vez insoportable- la certeza de que nunca la voi a volver a ver.

En unos días se cumplirán cuatro meses desde que nos dejó. En treinta años, nunca había estado separado de ella tanto tiempo. Unas semanas, como mucho. Nunca más de dos meses, si la memoria no me falla.

Yo me había construido alrededor de ella.

Vivir tenía sentido porque lo hacía con ella, en ella y alrededor de ella. Se me hace inabarcable la vaciedad inane que, de pronto, ha adquirido todo. La Vida misma (como concepto, digo, ya no mi vida particular) se me antoja una banalidad frívola, vacua y sobrevalorada. Antes, hasta bajar a por el pan tenía sentido. Ahora, ni la salvación de la Humanidad merece el esfuerzo de levantarse por la mañana. A la Humanidad, que la den viento. Lo que no significa que no me levante  puntualmente cada mañana, eso sí, sin el más ínfimo átomo de gana, fe, ilusión ni esperanza.

Fe. Ilusión. Esperanza.

¡Qué conceptos!

Es que los escribo y me entra la risa floja.

Ilusión era la certeza de volver a verla. Ir a reencontrarla con todas sus manías y rarezas, y con todas las mías, después del trabajo diario. Fe, superar los desencuentros, pulir las aristas y generar una nueva tierra. Esperanza, el deseo de lograrlo.

Ese nuevo mundo, el territorio común, fue la sal de la vida durante treinta años. Y ese territorio común, mi única patria: el sitio donde hubiera querido vivir para siempre. Pero Ella, la Puta Perra, me lo ha arrebatado, nos lo ha arrebatado, se la ha llevado para siempre, me ha dejado sin lo único que quise y ahora soi un zombie, un muerto en vida, un imbécil descolocado y sin centro, razón ni motivo.

Un descentrado.

Limado el roce de la individualidad, tan pequeño y mísero, tan nada, se abren para Los Que Aman cielos limpios e ilimitados de goce idiota. Idiota, sí, pero goce. Me enseñó tanto ese estado de gracia, aprendí tanto en él y vi tantísimo (sobre mí mismo, para empezar) que ahora su ausencia ha hecho de cada día un abismo huero. Vacío. Oscuro. Triste. Sombrío.

Sin aliciente.

La idea de que ella ya no está y de que se ha convertido en personaje, en recuerdo, en pasado, en ayer, en una etapa -otra más- del todo cerrada y clausurada, me ofusca. Busco algún culpable para tanto hueco y para tanto dolor y no lo encuentro, pero me complazco, en cambio, blasfemando intimamente y maldiciendo a los bendecidos por el misterio de la Fe. Ilusos. Cobardes. Simples. Y cosas peores.

Debe ser la envidia, pecado capital.

¡Qué fácil resulta el camino del Calvario para el que cree! Al final siempre aguarda una cima, la alegría tonta de coronar, la satisfacción de llegar y, entremedias, el gusto de ir. Entonando, como no, ‘¡qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén’. Al final Dios, el banquete,  la mesa del Señor, el reencuentro en el Paraíso y, entre tanto, la Vida como Camino Feliz Hacia.

No calificaré estas expectativas para que no me monten un expolio los bienpensantes, como a ese caballero que se ha permitido tomarse a chacota lo que antes trivializaron Ellos, esos que dicen creer. Sí, esos que se pasan el día dándose golpes de pecho y acusando a los demás mientras incumplen reiteradamente el Segundo Mandamiento. Luego habla Rouco de pecados.

Hipócrita. Soberbio. Mendrugo.

Para mí ya no hay más Fe que La Muerte, que La Descarnada, la gran demócrata igualadora que a todos mete en vereda. En SU vereda, claro. Y pienso en Todo lo que daría por volver a ver unos segundos a la que tanto quiero todavía, tomarle la mano y preguntarle como está. Pero es más probable que me broten alas y vuele con el Diablo Cojuelo sobre los tejados de Madrid.

¿O no es verdad, Soledad?

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9 respuestas a Un rosario de blasfemias

  1. Trinidad dijo:

    Un abrazo muy fuerte, Caballerow.

  2. Siana dijo:

    Otro abrazo muy fuerte. Bow.

  3. Aik dijo:

    Pues como me ha aconsejado una amiga, aquí estoy. Y un abrazo. Eso sí, bien grande, eh?

  4. Mucho animo querido. Ahora toca, fortalecer más los cimientos. No dejar que la construcción se venga pa’abajo. Tienes muchos pilares en los que apoyarte. Hazlo. Los bellos edificios no se deberían desmoronar nunca. Son templo de conocimiento, de paz. Son hogar y cobijo para quien lo necesita. Un beso.

  5. L dijo:

    “Yo me había construido alrededor de ella”. Aguante. Imagino que ahora mismo se declara en ruinas. Pero aguante. No se deje caer. Un abrazo.

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