Los picos de Urbión

 

 

 

 

Esos dos mogotes del fondo de la foto, recortados contra el cielo de La Rioja, son los llamados picos de Urbión.

La culminación de una inconcebible masa de caliza maciza que, hace sabe Dios cuanto, alguna clase de convulsión planetaria levantó hasta los dos mil y pico metros de altura.

Como el Everest, sólo que un poco menos.

Torturados por la erosión y por el tiempo, estos peñascos desmedidos dejan caer hacia Castilla, a este lado de la foto, mil arroyos que un poco más abajo, a espaldas del fotógrafo, en las tierras altas, duras y frías de Soria, forman el embrión de lo que acabará siendo el Duero niño. Al otro lado, cerca pero mucho más abajo que Castilla, se extienden La Rioja y la vega amable del Ebro, en el antiguo reino de Navarra.

En primer término, la chavala que un día me construyó con una sola mirada..

Ayer, 16 de marzo, a las diez y pico de la mañana, se cumplió un mes desde que esos ojos que me habían mirado se quedaran abiertos a la nada.

‘Duerme, mi vida’, dije con la tristeza anclada en el alma. Y los cerré. ‘Descansa’.

Desde entonces, los caminos de Urbión son yermos desolados, pistas vacías, senderos que ya nadie sube porque han dejado de llevar a parte alguna. Ella los había llenado cientos de veces a lo largo de los años. Había puesto en ellos vida, historia, leyenda y, en resumidas cuentas, literatura. Estas barrancas y quebradas de caliza descarnada como la osamenta de una res fueron su única y verdadera patria.

Y la mía con ella.

Hoy se han quedado desprovistas de sentido. Es como si Dios las hubiese creado mucho antes de que ella y yo nacieramos para que un día tuviésemos patria y territorio. Pero sin ella andando delante, un pie tras otro marcando el camino, no hay, simplemente, camino.

Tampoco patria ni, mucho menos, literatura.

Me ha tenido que pasar esto, quedarme solo como un niño perdido, para darme cuenta de que, si me puse en marcha hace muchos años, fue sólo para caminar con ella.

-¿Dónde vas? -preguntó cuando nos cruzamos.

Yo no había visto en mi vida una chavala que se esforzara por parecer fea. Eso era divertido. Nunca se me había ocurrido que un excepcional atractivo personal pudiera tener algún inconveniente, y un incoveniente serio. Entre los amigos, en la adolescencia, en el colegio, en los campamentos… ‘A ver tú, la rubita, ¿lo sabes o no, monina?’ ‘Bueno ¿quién ha sido?’ ‘No sé, pero estaba la rubita esa’. ‘La guapita nos lo va a decir’. ‘Muy mona, muy rubia y luego dentro, nada’. Y todo así. Tampoco, hasta que me lo preguntó, se me había ocurrido que hubiera que ir a algún sitio. Yo daba tumbos sin brújula, mapa ni motivo. A la buena de Dios. ¿Qué más daba hacia dónde? Lo que contaba era caminar. Fiel barojiano, había hecho mía la divisa del capitán De Andía. ‘No hay fin en la vida. El fin es un punto en el espacio, no más importante que el precedente o el siguiente’.

-A ningún sitio -respondí muy chulito- Donde tú vayas, por ejemplo.

-¿Y por qué?

-¿Y por qué no?

A ver. Por una extraña revelación supe que el camino, cualquier camino, el que fuera, tendría sentido si lo hacía a su lado.

Y lo tuvo.

El largo y tortuoso ‘Camino de la Felicidad Doméstica’ fue duro, exigente y, a veces, cabrón y empinado, pero al final valió la pena.

Ella hizo que valiese la pena.

El privilegio de asomarme libremente a su inmensa pupila azul, un azul que ni soñado por Miró, el mismo azul transparente que cubre Castilla, justificaba de sobra la renuncia a cualquier otra forma de darme barrigazos por el Monte y por la Vida. Naturalmente, nunca se le dije lo de la pupila. Un ángel me iluminó informándome de que detestaba oír obviedades. Y aquella lo era, y de las gordas. La había oído millones de veces desde que tenía uso de razón, la aceptaba y la agradecía con educada cortesía, pero no le daba ni frío ni calor. Era una información sobre sí misma sabida y bien sabida, aunque para nada sustancial. Lo más sustantivo en ella era que podía hablar de Garcilaso de la Vega y su poesía con naturalidad y verdad, sin resultar cursi. Había sido alumna de Lázaro, de Ignacio Bosque y de Ynduráin (padre), de lo que presumía con modestia, consciente de la suerte que había tenido. Una noche, hace mil años, en un oscuro figón y ambos con alguna copa de más, rompió eufórica con la Égloga I. Sin duda se encontraba a gusto y, desde luego, ya confiaba cigamente en mí. Fue como si de pronto se hubiera abierto el cielo, algo increíble. Sin duda el alcohol tuvo algo que ver en ello, pero la sensación de que el mísmísimo Garcilaso la guiaba fue sólida y patente.

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre             
paciendo va segura y libremente…

Lo decía bajito, recreádose en la rima y el tempo, respetando la cadencia sin imposturas. Yo la miraba y escuchaba incrédulo, fascinado. Aquello no me estaba pasando a mí. Ella arreciaba con un brillo loco en esos ojazos a los que era imposible asomarse sin sentir vértigo.

No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra,                         
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.  

El camino era ella, no había duda. En ese momento lo tuve meridianamente claro. Lo que fuera con tal de tener al lado aquel monstruo.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Llevo un mes mirando sus dos botas vacías, sin pie dentro que las empuje a trotar por los senderos como a las de una pastorcilla loca de Garcilaso, y preguntándome como puede caber tanto vacío en ellas, como pueden dos botas minúsculas, casi de niño, un treinta y seis nada más, contener tanta soledad.

Y es que  llevo un mes ciego. Y tonto.

Porque sus botas, en realidad, están llenas.

¿No ves que ningún camino se hace en vano jamás? Todos los caminos dejan siempre algo. En las botas, la mochila y también en el alma. Un rumbo, simplemente. Si ella trazó uno, no tengo más que seguirlo, como hice siempre. ¿Para qué querría, sino, la imaginación y el recuerdo? No tengo necesidad de seguir físicamemte la huella de una bota. Ya no tengo que seguir a nadie.

Ahora puedo marchar por mi cuenta y a mi modo: al fin y al cabo, a ella la llevo en mí. Incrustada en el pecho como el pobre Peachy Carnehan llevaba en la mano al malhadado Daniel Dravot al final de ‘El hombre que pudo reinar’, el cuento de Kipling que nos descubrió hace muchos años John Huston.

‘Peachey volvió a su casa (…) mendigando a salvo por los caminos porque Daniel Dravot caminaba delante de él y le decía: «Venga, Peachey. Adelante. Lo estamos haciendo bien».  Las montañas bailaban por la noche e intentaban caer sobre la cabeza de Peachey, pero Dan lo llevaba de la mano y Peachey avanzaba encorvado sin soltar nunca la mano de Dan…’

Gracias, Reina.

Primero, por haberme elegido para hacer el trayecto contigo y compartir tu intimidad. Segundo, por la herencia de tu memoria, rica e inspiradora. Por un recuerdo más vivo que la realidad que me ofrecen los sentidos. Por tu tenacidad, humor y discreción. Y por tu elegancia y falta de solemnidad, que fueron radicales y sin concesiones.

Un ejemplo.

Cuando el Dia del Juicio Final me pregunten si hice algo de interés podré aportar estos treinta años orbitándote. ‘¡Ah! ¿Ese minúsculo satélite era usted? ¡Adelante, pues, no se quede ahí parado en la puerta que pillará frío! Ella lo espera. Está a la derecha del mismo Dios. En confianza: le ha guardado un sitio cojonudo, tiene usted suerte. Así que disfrute, póngase cómodo, abróchese el cinturón y, por favor, no fume’.

Los chicos y yo no te olvidamos. Y tus alumnos tampoco, je, je, con la guerra que te dieron, los muy cabrones. Tienes suerte. Dentro de sesenta años aún habrá personas sobre el planeta, personas distintas de tus hijos, que te recuerden, que recuerden tus actitudes y tus gestos y que digan tu nombre con afecto y respeto. ‘Me enseñó quien era yo, si te parece poco. A reconocerme en el espejo y a leer por placer. A leer libros, cualquier libro. El placer de leer porque sí. No, no. Leer no vale para una mierda, pero entretiene un huevo. Y da ideas’.

Descansa tranquila.

Vivir tuvo sentido.

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3 respuestas a Los picos de Urbión

  1. Siana dijo:

    Existencias eternas. Siempre estarán con nosotros. En cada gesto. En cada detalle. En nosotros mismos. Sigue el camino pues ella está contigo, y lo tienes ante ti: el que juntos trazasteis.

    Un fuerte abrazo

  2. L. dijo:

    “Porque sus botas, en realidad, están llenas”.

    Siga el camino, sígalo. Seguro que ella va delante.
    Qué hermoso conocer a alguien así. Y conocerse y reconocerse. Obviamente tuvo todo el sentido.

  3. Grognard dijo:

    Hermoso.

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