La larga marcha del invierno de 1939 a través de Cataluña

Mi tía era enfermera y murió el pasado junio. Tenía noventa mil años y se llamaba Juanita.

Era muy dura y había obtenido su título siendo aún muy joven, de poco más de quince años. Empezó a ejercer durante la guerra, en la retaguardia roja, y tenía una visión de la cruenta batalla del Ebro  bastante original. No menos espeluznante que otras pero, desde luego, original.

Diferente.

Para empezar -y sin entrar en la traumatología ni en la ideología- en el curso de la misma había podido oír muchas opiniones de primera mano sobre Lister, Modesto y Tagüeña, los tres ‘generales’ rojos que dirigieron la operación sobre el terreno. Ella se decantaba por Tagüeña, el general intelectual, quizá por su juventud en aquel entonces -veinticinco años sólo- quizá por su modélica retirada, con todos sus hombres, que eran miles, incluidos los heridos, y todos sus pertrechos. Una compleja y valerosa operación logística que aún hoy se estudia en las academias militares y que le ganó la rendida admiración de su rival en tan alta y terrorífica ocasión, el señor marqués de San Leonardo de Yagüe.

-Menudo cabrón, Tagüeña. No dejó ni los canutillos del papel higiénico. Así que de cañones, munición o fusiles, mejor ni hablamos.

Tagüeña dio sentido pleno a la expresión ‘retirada estratégica’, normalmente usada de forma eufemística con bastante ironía. Aunque, la verdad, perdida la batalla del Ebro, perdida la guerra. Y perdida la guerra, perdida la República, perdida España y perdido, por tanto, todo.

Lo de ‘perdido todo’ era la expresión que usaba mi tía para referirse a lo que ocurrió después del desastre del Ebro, el último cartucho de la II República Española. Y ‘todo’ incluía la dignidad, el valor y la vergüenza.

Me acordé mucho de mi tía Juani cuanto estrenaron la peli ‘Pearl Harbor’ (2001) y la vi a ella en Kate Beckinsale y sus amigas ejerciendo de enfermeras en la retaguardia de aquella batalla que, si bien había tenido lugar muy lejos del Ebro, estaba tan cerca de ella en el tiempo como sólo tres años.

La ‘trastienda’ de la guerra que son los hospitales tiene una larga tradición en el cine americano. Pienso, a vuela pluma, en ‘Nacido el 4 de jullio’ (Born on the Fourth of July, 1989) o en ‘MASH’ (1970), la barroca parodia hippie ambientada en la guerra de Corea que Robert Altman dedicó a la guerra de Vietnam en plena guerra de Vietnam.

Mucho antes, John Ford había retratado magistral y sobriamente la crueldad de un hospital de campaña en ‘Misión de Audaces’ (The horse soldiers, 1959), donde John Wayne compuso un personaje complejo. En una de sus diez o quince interpretaciones memorables, el Gigante de Iowa entregó a la pantalla un contenido recital (ya podría tomar nota Martin Scorsese, que ha obtenido de actores de probado talento y, desde luego, con bastante más escuela que Wayne, interpretaciones verdaderamente malas).

Y ya que estamos con esto, vale la pena mirar aún más para atrás y evocar a uno de los cinco o diez grandes cineastas de la Historia del Cine. Me refiero, como no, a Roberto Rosellini, que forma en la aristocrática estirpe de Chaplin, Ford, Renoir, Buñuel, Dreyer, Hitchcock o Murnau y que antes de ser Rossellini, en plena II Guerra Mundial, intervino en una delicada, extraña y controvertida película rodada con actores no profesionales. Cuenta los amores de una enfermera y un aviador herido en un barco hospital -’La nave bianca’ del título- y su interés no se encuentra en la trama -muy convencional- sino en el tono intimista y nada enfático de la realización. Cabe señalar también los valores de una producción muy próxima a los valores que harian célebre a Rosellini en la segunda mitad de los cuarenta y a lo largo de los cincuenta, valores que crearían escuela y que marcarían, en definitiva, la producción italiana -y europea- de la segunda mitad del siglo XX.

Bueno, volviendo a lo nuestro, un hospital de sangre en retaguardia enseña más sobre las virtudes de la guerra que las predicaciones de mil ghandis. ‘Después de aquello no he vuelto a llorar en mi vida’, aseguraba tía Juana. Y es cierto. Nunca los he visto llorar. Ni a ella, ni a su marido -el tío Julio- ni a mi padre, el hermano pequeño de tía Juana. ‘Durante la guerra y después de ella ya lloramos todo lo que teníamos que llorar’. Debe ser por eso que tío Julio apagó la tele una vez que estábamos viendo ‘La colina de los diablos de acero’ (Men in War, Anthony Mann, 1957). Yo, que tendría diez o doce años, protesté. ‘¡Eh! Pero, tío… ¿por qué?’ Mi primo Edu me incrustó un codo en las costillas. ‘¡Cállate!’ Su padre se volvió. ‘¿Decíais algo, niños?’ Edu, que es de mi edad, negó con la cabeza y yo lo secundé.

En casa de mis primos, las películas de guerra estaban prohibidas.

Eso es curioso. Porque pertenezco, aún así, a una generación educada por guerreros. Victoriosos o vencidos, aquellos guerreros envejecidos depositaron en nosotros toneladas de ilusiones. Bueno, y de  frustraciones. Victoriosos o vencidos, me contaron todas las versiones posibles de todos los conflictos en los que, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, han intervenido soldados españoles. Marruecos, con el terrible barranco del Lobo, la guerra civil con su secuela de ignominias y la División Azul.

También me doi cuenta, ahora que soy mayor, de cual era la razón de que en aquel mundo hubiera tanto silencio, tanto sobreentendido y tanto tullido también (minúsválido, diríamos hoy). Recuerdo a un ciego borracho que recorría las calles del barrio blasfemando, a un manco que nos vendía pipas manejando con endiablada habilidad el muñón, recuerdo una infinidad de cojos arrastrando una sola pierna encaramados a sus muletas y también troncos humanos con cabeza, brazos y manos que avanzaban sobre plataformas con ruedines, como en los dibujos de Gila.

Gila inventaba menos de lo que hoy pueda parecer.

Hace un año, la pasada Navidad, vi por última vez a mi tía Juana. La mujer presentía que se moría sin remedio y me hizo ir a verla a su retiro en un pueblo de Alicante. ‘Ambrosio’, me dijo, ‘tengo aquí una cosa’. Y me alargó una caja cochambrosa. ‘Todo lo que salvamos del naufragio de la guerra’. La caja contenía monedas antiguas, curiosas y sin demasiado valor económico. ‘Las reunió tu abuelo a lo largo de su vida y fue el único equipaje que llevamos a Francia en el 39. Consérvalo tú. Seguro que te da suerte también’. Había una moneda íbera, un par de denarios romanos, duros antiguos, monedas del XIX y una peseta de la II República Española. ‘Tu herencia’, dijo tía Juana campanuda. Yo se lo agradecí, no menos campanudamente y dando mucha importancia al asunto que, si la tenía, era como símbolo no sé muy bien de qué, pero símbolo. Y me dije que la verdadera herencia de mi tía la había ido recibiendo en las contadas ocasiones que, a través de los años, viví con ella y mis primos, normalmente en vacaciones. Es el relato de la ‘larga marcha’ a pie huyendo a través del litoral catalán hasta Port Bou durante el invierno de 1939 con el aliento de las vanguardias de Yagüe en el cogote.

Fue muy duro.

Algunas personas se extrañan de que haya españoles que odien la roja y gualda, el Himno Español y hasta el propio gentilicio ‘español’.

Yo no.

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Una respuesta a La larga marcha del invierno de 1939 a través de Cataluña

  1. Siana dijo:

    Yo creo que lo que te dió tu tía Juana es un auténtico tesoro. Quizás las palabras que no se hablaron de las guerras vividas, están allí, en ese caja. Eres afortunado.

    Bonita y sentida entrada. Un abrazo Comandant😉

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