Trurl y Clapaucio

Hoy me han alegrado el día los del google. De buena mañanita ya he empezado a buscar y con lo primero que me he encontrado ha sido con el homenaje que han hecho en su página de entrada a los grandes constructores Trurl y Clapaucio.

Por lo visto hoy hace sesenta años publicaba Stanislaw Lem -el hereje de la ciencia ficción- su primer libro.

Después vinieron más, llenos muchos de ellos de astronautas demenciales emparentados con Dave Bowman pero menos melodramáticos que él. El gran Ijon Tichy -el viajero de las estrellas- o el valeroso, y un tanto atónito, piloto Pirx.

 

 

 

 

 

 

 

 

La dificultad de escribir ciencia-ficción deriva del hecho de exigir un buen novelista injertado en un científico no malo. Desde Julio Verne -a quien se suele tener por venerable padre del invento- pasando por los incuestionables Asimov, Bradbury y Clarke, la dualidad se ha dado muy pocas veces.

Verne no era científico pero vivía en la Biblioteca y su curiosidad y su afán por conocer y comprender debieron rayar en lo patológico.

El heredero de Verne, un caballero británico que cabalgó entre el XIX y el XX, fue H. G. Wells. No se le puede motejar exactamente de científico, pero a su formación académica, en cambio (la biología y las ciencias naturales), sí. De Wells cabe destacar que sentó las bases del género moderno al darle dos de sus grandes temas.

El encuentro con la vida inteligente extraterrestre y los viajes en el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tercer ‘gran tema’ de la ciencia ficción del siglo XX sería la inteligencia artificial. Pienso que se lo debemos a Assimov, autor de ‘Yo, robot’, novela honda a la que recientemente se ha respondido con una mierda de película. En este sentido, mira tú, Carl Sagan tuvo más suerte. Coronado como científico y divulgador, intentó la ciencia-ficción con la novela ‘Contacto’ (que no he leído) y que dio, al menos, una peli notable que protagonizó Jodie Foster. La peli (y la novela, me consta) trata sobre el encuentro con una inteligencia extraterrestre, la gran obsesión de su autor. El ‘enemigo’ de Sagan, Lovelock, nunca hizo ciencia-ficción aunque su celebérrima teoría sobre la Tierra como un organismo vivo -en una dirección muy distinta al ‘Solaris’ de Stanislaw Lem- lo parece, sobre todo cuando se explica superficialmente. Con el nombre de ‘Gaia’ (que le puso el novelista William Golding) ha dado fama mundial a Lovelock. Carl Sagan y James Lovelock trabajaron para la NASA en la preparación del primer aterrizaje sobre Marte, el irónicamente llamado ‘Proyecto Vikingo’, en el curso del cual sostuvieron posiciones opuestas. Para Sagan, la nave tendría que apartar los marcianos para aterrizar. Lovelock, por el contrario, sostenía que en Marte no había ninguna clase de vida ni la había habido nunca. Al final, y tal como se van dando las cosas, parece que Lovelock era el que llevaba razón. Esperemos sólo que la capacidad de predicción de este británico severo y riguroso haya terminado ahí. Según él, a la vida inteligente sobre la Tierra no le quedan más de cien años. Así que si sois jóvenes, id cruzando los dedos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo de las adaptaciones de las novelas de ciencia-ficción al cine es tema de bemoles. El gran proveedor desde hace treinta o cuarenta años ha sido el médico Michael Crichton, prematuramente desaparecido por culpa del puñetero cáncer. Hace la torta escribió una cosa inquietante, ‘El hombre terminal’ (de la que este cura no tiene noticia que se hiciera película). La novela giraba en torno a la posibilidad de controlar electrónicamente el cerebro. Es fácil que todo aquello esté hoy un poco obsoleto, ya que a lo largo de los úlitmos años ha quedado meridianamente claro que para controlar la mente no hace falta intervenir físicamente sobre el cerebro. ¿Cómo explicar sino el característico comportamiento de ‘hombre terminal’ manifestado por varios millones de españoles que no son millonarios y que tienen que trabajar para vivir (es decir, que tienen que vender su capacidad y su talento para comer) votando masivamente a un registrador de la propiedad de Pontevedra dispuesto a resolver la crisis económica mundial a base de eliminar las prestaciones sociales que el Estado Español viene garantizando a sus ciudadadnos desde hace décadas?

Al margen de ‘El hombre terminal’, la relación de los éxitos cosechados por las metafóricas parábolas de Crichton es interminable. Tanto que incluso se le consintió llevar por sí mismo a la pantalla alguna de sus novelaa, cosa que hizo con con notable alto. En ‘Almas de metal’, sobre los peligros de los parques temáticos demasiado reales, dirigió al mismísimo Yul Brinner (que no era cualquier cosa) transformado en robot-atracción de feria y al padre de Josh Brolin ejerciendo de espectador forzado a participar en el espectáculo para salvar la vida. Veinte años después, Crichton volvió al tema con ‘Parque Jurásico’, sólo que como la factoría cinematográfica ‘Terminator’ del especialista en efectos visuales James Cameron estaba funcionando a pleno rendimiento, dejó la robótica de lado y se pasó a la ingeniería genética. Hay que decir que, mucho antes de Crichton y de su ‘El mundo perdido’ (la secuela de ‘Parque Jurásico’), ya Conan Doyle -el celebérrimo padre de Sherlock- había coqueteado con la paleontología creando ‘El mundo perdido’ original: dinosaurios supervivientes aislados en un lugar inaccesible de nuestro entonces parcialmente explorado planeta. Médico como Crichton, Conan Doyle era un tío inquieto y con muy variados intereses que cultivó la ficción científica con más entusiasmo que eficacia. De él leí en su día una curiosa ‘profecía’ algo melodramática, ‘La atmósfera envenenada’, una novela poco afortunada narrativamente para mi gusto y a la que el tiempo ha pasado una factura que no ha pasado, en cambio, a Sherlock Holmes ni a las mejores creaciones de Verne o H.G.Wells.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y ya que estamos con un proveedor de la industria cinematográfica como Chrichton, recordemos a Richard Matheson y su legendario relato ‘El hombre menguante’, que él mismo adaptó para el cine y que nos flaseó cuando la vimos de pequeñitos en la tele. Gracias a eso llegamos a la mejor colección de ciencia-ficción de España, la Nebula, de Edhasa, donde este cura encontró hace mil años otro relato clásico de Matheson, ‘El tercero a partir del Sol’, que trata un tema que Arthur C. Clarke trató con gran capacidad de sugestión : la añoranza de la Tierra, cuna de la Humanidad, por unos extraños seres que son humanos y extraterrestres a la vez.

 

 

 

 

 

 

Sería injusto hablar de editoriales de ciencia ficción en español sin mencionar a Editorial Minotauro, que se repartió con Edhasa la tarea de crearnos.

En cuanto a los clásicos ‘modernos’ -Ursula K. Le Guin o Brian Aldiss- me quedo con  Philip K. Dick, a quien el cine hizo un gran favor: descubrírmelo a mí. Y descubrirme que con textos tan inmensos como ¿Sueñan los androides…? o tan curiosos como  The Minority Report se pueden confeccionar películas perfectamente pedantes, pretenciosas, vacuas y absolutamente ridículas.

Lástima de Kubrick.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cine tiene un serio problema con la ciencia-ficción que, contra lo que mucha gente cree, es un género -o subgénero- más literario que cinematográfico. Lógicamente. El éxito de la literatura de ciencia-ficción está en que puede traspasar los límites de lo posible, establecidos por la experiencia y, sobre todo, por la ciencia, con el fantástico y sugestivo recurso del lenguaje poético. Sólo con poesía se puede ir más allá de lo que es materialmente posible. Evocar la realidad invisible de los oceános de metano líquido de Titán (el gran satélite de Júpiter), las inaccesibles entrañas de la Tierra o el alma inexistente de la máquina usando el lenguaje desata y pone a trabajar la imaginación. Pero recreados visualmente resultan tan chatos y poco atractivos como una atracción de feria.

Kubrick entendió muy bien que el cine exige realidades palpables delante de la cámara pero que la ciencia-ficción, si bien trabaja con realidades, nunca son palpables. Para nada. Un árbol, una casa o un desierto son palpables. Las lunas de Júpiter, no. Por eso llamó a Arthur Clarke, que a mediados de los sesenta era una ascendente estrella del género (con permiso de Bradbury y de Assimov) para que le ayudara a hacer una buena película. Cuando Clarke le entregó una historia lógica muy bien ordenada conforme a un impecable guión canónico, el cineasta se quedó con la música, que siguió al milímetro, pero -perro viejo- la despojó de la letra (para desesperación de Clarke, que sólo muchos años después entendió lo que había hecho Kubrick con su guión: recrear visualmente y mostrar con orden lógico lo imaginado, lo inaccesible, la creación científica, pero extirpándole las explicaciones de lo que pasaba, ocultando la ordenada racionalidad que daba sentido al sueño y lo hacía entendible. Y es que en ciencia-ficción no se trata tanto de entender como de sentir. De emocionar con el misterio que la Ciencia desvela: ese fue el hallazgo genial que situó entre las cimas del Cine las aparentemente irracionales imágenes de aquella Odisea Espacial incomprensible, el viaje más increible jamás emprendido por un ser humano… con permiso de Ulises. Un viaje al límite del conocimiento donde sólo aguarda el vértigo de lo que no tiene sentido, de lo que no se puede comprender).

En cuanto a Stanislaw Lem, como tantos otros, no ha tenido suerte con el cine. Su planeta vivo ‘Solaris’, que se alimenta de los recuerdos de los insensatos que osan orbitarlo, es una construcción mental fascinante sin el más mínimo interés visual. Lo mismo pasa con Trurl y Clapaucio, constructores físicos de elucubraciones inmateriales. Ponerlos en imágenes sería como poner en imágenes a Borges: una banalización.

En Lem y Borges reside la Literatura en estado puro, alimento para la razón, conocimiento que no pasa por los ojos  y que genera imágenes que el ojo no puede concebir. Y, mucho menos, procesar. Quizá por eso Lem y Borges, sean la quintaesencia de lo literario. El gran hallazgo del siglo XX.

Quizá.

En todo caso, hoy hace sesenta años que Lem salió por primera vez a la calle.

A todos, muchas felicidades.

Y, una vez más, gracias google por recordarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 respuestas a Trurl y Clapaucio

  1. Siana dijo:

    Mil gracias Comandant.

    Otra entrada para tomar notas😉

    Una abraçada

  2. dieta dijo:

    En los 80 se concentraría en un proyecto ambicioso: una trilogía basada en un mundo llamado Helliconia donde cada estación dura varios cientos de años. Siempre he preferido escribir en lo que considero una frontera. Hacer algo que no hacen los demás. Siempre me ha gustado reaccionar contra la ciencia-ficción dura. Es la ciencia-ficción que mas disfruto, pero otros la hacen tal vez mejor que yo. Pero unos pocos años atrás descubrí que todos habían dejado de escribir ciencia-ficción dura. Lo que uno encontraba eran esas historias de dragones, y las imitaciones de Tolkien. Me preocupe de veras: pense que se estaba deteriorando el cuerpo central del género, y entonces decidí escribir un libro que fuera ante todo de ciencia-ficción.

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