El viajero del tiempo

Hoy cumplimos treinta y seis larguísimos años de alegre orfandad.

Exactamente los mismos que duró SU reinado absolutísimo.

Me he convertido en un trasto viejo. En un habitante de otro mundo. En un extraterrestre que no se ha desplazado por el espacio sino por el tiempo.

Y, como el Bowman de Clarke, estoy agotado. No tengo futuro, sólo pasado. La mayoría de las personas que conocí han muerto. Permanecen sus paisajes, los que poblaron y amaron, pero ocupados por seres nacidos mucho después y que ignoran lo que ha sucedido. Que creen que el mundo se creó cuando ellos nacieron. A su lado,  aunque no los pueden sentir, se estremecen fantasmas más reales que ellos mismos. Sólo que no existen. Salvo en mi cabeza. Pero existen. Federico, que sobrevivió al cerco de Leningrado. Antonio, que hasta el último día de su vida escuchó los gritos de dos prisioneros a los que, tras Annual y cumpliendo órdenes, asesinó de una manera ciertamente espeluznante). Mi tía Juana, fallecida antes del último verano y que en el invierno de 1939, hace pues 36×2=72 años justamente, cruzó a pie la frontera de Le Perthus con la alegre muchachada pisánsole los talones. Mariano, que a los doce años, en la retaguardia de los nacionales, se escondió en un camión italiano por hacer una gracia y cuando se dio cuenta estaba rodeado de aviadores nazis en el aeródromo de la Legión Condor de las afueras de su pueblo. ‘Salí de allí sin que nadie me viera y volví a casa andando con un racimo de granadas que robé de recuerdo. Según iba caminando empecé a darme cuenta de la barbaridad que había hecho y al cruzar el río, aterrado, tiré las granadas. Allí seguirán, al pie de los pilares del puente’. Muchos años después, me enseñó como debía hacer para, en pleno invierno, romper el hielo del río y bañarme sin pillar una pulmonía (y sin que me pillaran los aviadores de la Luftwaffe). Aún hoy, cada vez que me meto en el río, él nada conmigo y el tiempo se detiene bajo los olmos desaparecidos. Sí, cada vez que voi al lugar donde estuvo el aeródromo, cuando preparo huevos pasados por agua tal y como mi tía Juana los preparaba, cada vez que abro un libro y leo gracias a que cuando tenía cinco años Antonio me enseñó a leer, siempre que bajo al Museo del Prado a ver los cuadros del Ermitage en el Leningrado sitiado por Federico, hago magia y detengo el tiempo.

Mi tía Juana, Mariano, Antonio, Federico viajan conmigo. Vamos a la eternidad, al Reino de las Sombras donde residen los seres humanos que  alguna vez han poblado el planeta, todos los que -desde antes, incluso, de salir de África hasta hoy- han vivido alguna vez donde nosotros vivimos ahora.

Cuando llegue allí y ocupe mi lugar entre ellos, descansaré. Sólo espero que aquí aún haya quien me rememore.


El mundo que yo no viva
lo pensé como cosa extraña,
como arca de maravilla.
Ay de mi vida

Allí ¿sonará la lluvia
junto al fuego las noches frías?
¿Tendrá Agosto en el río barcas?
Y tú ¿la gentil sonrisa?

¿Brillará en el papel que siembro
la negra flor de la tinta?
Ay de mi vida

¿Será posible que vengan
los amigos y que “Era” digan
“un hombre, y te quiso mucho”
y “Mucho” llorando digas?

Es el mundo que no conozco,
Atlántida sumergida.
Ay de mi vida.

Allí las palmeras echan
esmeraldas. Allí las crías
del delfín esmeraldas pacen.
Allí no hay noche ni día:
cuando ordeñan a los rebaños,
de púrpura el mar se agría,
Ay de mi vida.

Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.

Ese mundo no es el mío:
es el tuyo: el que en tus pupilas
hundido está desde siempre
y no lo alcanza mi vista.
A ese mundo quisiera entrar,
antes que suene la hora
– ay – de mi vida.

Agustín García Calvo

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2 respuestas a El viajero del tiempo

  1. Grognard dijo:

    Un día le cuento una historia de dos gemelas nacidas el ’36. Esperança i Victòria.

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