Todos quietos, pasa la Vida.

Dedicado a Nexus, la persona que más sabe de esto que yo haya conocido nunca.

 

En medio de la oleada de mala educación, corrección puritana y antitaurinismo que nos invade, va y se nos muere don Antonio Chenel.

‘Antoñete’.

Ademàs de ‘torero de toreros’, como se ha dicho, fue la imagen misma de la autenticidad.

Un Vicente del Bosque de los toros.

Como el marqués de Del Bosque, ‘Antoñete’ fue un sabio apacible, amable y discreto que nunca cayó en la vulgaridad, la impertinencia ni la grosería. Un tío elegante que siempre -siempre- aprovechó cualquier  ocasión de callarse.

En estos tiempos en los que Sinceridad, Franqueza y Transparencia son excusa y pasaporte para la memez, la mala educación y la banal  chocarrería de toda la vida, las buenas maneras de alguien que -encima- no las ostentó jamás, resultan aún más dignas de señalar.

Chenel, además, fue torero.

Debe haber pocas cosas en el mundo más formales que un torero. La torería está hecha de pautas y de ritos, de disciplinas estrictas, de protocolos y de obligaciones rigurosas que no garantizan la supervivencia delante del toro pero cuya ausencia sí que es garantía de grandes males.

El derroche de alabanzas provocadas por el fallecimiento del torero ha generado entre el antitaurinismo reinante, pillado a contrapié (ya que nunca en todos los días de su vida había oído hablar de don Antonio Chenel), preguntas teñidas de escepticismo. ¿Cómo alguien que amaba el campo y conocía los animales pudo, a la vez, ser un asesino torturador?

¿Cómo alguien tan enrollado y con un gusto tan ecológico y tan de moda pudo ser también torero?

Es posible que esté equivocado, pero ante una duda como ésta, más propia de un niño de cuatro años que de una persona hecha y derecha, empiezo a tener la sensación de que el antitaurinismo vive en Babia.

O quizá en un mundo diseñado, no creado, y adquirido en Ikea.

En un mundo prefabricado en el que la música es de sintetizador; los sentimientos, de plexiglás y las experiencias, virtuales. Un mundo en el que uno no es, sino que se sueña (a sí mismo) como en un juego de rol. Un mundo en el que toda la población, por definición, aparece bajo la forma de un ‘avatar’ tan soso como el Tintín monigote de Spielberg y Jackson, esos soplapollas. Un ‘avatar’  plano, eternamente joven, eternamente idiota y que no se muere nunca.

Sólo es eliminado.

Game over y a otra cosa. Punto pelota. Nada grave. Vuelta a empezar. Y, claro, para entender cómo se puede ser torero siendo también guai, habría que entender antes La Puta Perra a la que todo lo vivo está atado, de la que nada vivo escapa y para la que todo nace.

Vamos que para entender como se puede ser torero habría que haber visto el Abismo abierto, esperando a los pies de uno.

Una experiencia, por cierto, que fue normal hasta que hace cuatro días aparecieron profesionales para ayudarte y guiarte y quitarte de penas, incluso para acompañarte al baño, bajarte la bragueta, sostenerte la minga y, en fin, prepararte para mear sin traumas y convertir la micción en una extraordinaria y satisfactoria experiencia. Siempre.

Para entender como alguien tan cool, con gustos tan ecológicos y tan de moda como Chenel podía ser también algo tan zafio y casposo como ‘torero’ habría que asumir la realidad que subyace en lo que podríamos llamar ‘baile’, el ‘baile’ que ejecutan la Muerte y la Vida sin cansarse. Un baile nada cool que ambas -Muerte y Vida- llevan a cabo buscándose entrelazadas pero rechazándose a la vez sin poderse soltar para acabar por encontrarse finalmente y vuelta a empezar, hala, con nuevos protagonistas.

Y, por último, entender qué significan Representación, Rito, Símbolo y Ceremonia, que ésa es otra.

Mucho saber me parece para los tiempos que corren, a pesar de ser una simpleza al alcance de cualquiera, como el lenguaje que empleamos sin darnos cuenta cada día en nuestra parla. Un saber al alcance de cualquier iletrado pero vedado al Ser Culto, a quien se lo oculta fatalmente su propia ‘Cultura’, su razonar con Abstracciones puras, su razonar desde la Cultura como cargamento, como un peso muerto sin aprendizaje y que más que Cultura es estereotipo.

Prejuicio.

Revelación y no aprendizaje.

Mucha cultura pero falta la vivencia de la Muerte (aunque parezca mentira). Y, claro, desde la ignorancia más supina de la Muerte, la trivializamos. Nos reímos de ella, nos disfrazamos de zombies (ji ji, qué gracia), cual gilipollas reproducimos una y otra vez las fotos del cadáver masacrado de Gadafi y vemos películas de vísceras, pero al final la sangre de verdad nos da miedo.

Fotos, imágenes, películas, pantallas, sí. Pero a la hora de la verdad somos unos mingafrías, hacemos de la necrológica una barrera y de la religión, otra. Un ritual complejo pero desubstanciado.

Un derroche formal sin sentido ni sentimiento. Sin nada dentro y que, en realidad, nada representa.

Había más Cultura, Contenido, Intención y Sapiencia en un solo pase ayudado de Chenel, que era un iletrado, que en mil libros de autoayuda, filosofía, religión y misticismo.

Yo creo en Chenel.

Chenel estaba de vuelta, sabía muy bien cual era la chicha y donde estaba el tema, de ahí aquella lentitud y aquella sobriedad escueta que tantas veces nos sobrecogieron mientras el buscaba la esencialidad en el ruedo y la mirada y el sitio del toro. Cuando lo hacía, Chenel se transformaba y en determinado momento dejaba de ser ël quien dominaba al toro con valor, conocimiento y suerte.

En determinado momento, él éramos nosotros toreando las acechanzas de la vida.

Buscando la chicha, el tema, en medio de la frondosa tontería diaria.

Y eran sólo su parsimonia, su calma y su quietud increíble los que conferían a cada mínimo gesto, carácter de símbolo, de rito y obraban el milagro de la identificación, de la transfiguración, de la transubstanciación.

El de una representación.

Llena de sentido, claro. Chenel dio sentido a la expresión ‘ejecutar las suertes’ porque las realizaba de verdad, con hondura, sin adornos, trampa ni cartón.

Tanto que nos trascendía, algo que sólo está en la mano de un loco que, como él, hable con los sementales, los becerros, los novillos, las vacas de leche, las de cría y las otras, como muestra esta fotografía.

 

 

 

Chenel fue un Sabio que sabía de la Vida y de la Muerte más que el sabio más sabio entre los sabios.

Un Sabio que colgaba su saber en los trastos de torear para mostrarlo a todos sólo con desplegar el trapo. Nada más. Chenel daba a conocer su sabiduría sobre la Vida y la Muerte llamando al bicho -¡eh!- y quedándose parado con la muleta extendida en el centro del redondel esperando a trenzar, en otra representación más, el mismo baile que una y otra vez trenzan en torno a nosotros la Vida y la Muerte sin parar desde el Principio del Tiempo.

¡Olé!

En cada faena, Chenel parecía decir ‘¿veis? Es así como sucede’.

Es así como tienen lugar la Vida y la Muerte. Es así como sucede la existencia. Es así de simple todo. ¿Lo veis? No lo entendéis, porque no hay un dios que lo entienda, pero lo veis, lo sentís ¿verdad? Y lo comprendéis también. Comprendéis como hay que ser frente a la Soledad, frente al Misterio, frente al Abismo, frente a la Puta Perra, frente a la Dama Negra que, antes o después, baila con todos y cada uno.

Calmado. Refexivo. Serio. Y valiente.

Su encuentro con el toro en el centro del redondel, el encuentro de la Vida con la Muerte una y otra vez, era su explicación, su exposición de lo que pasa. Sin ninguna norma. Sólo la esencia y vale. Y después, que cada cual arree con su propia encarnadura.

Con su propia regla.

No hay Razón en Los Toros. Como el baile de la Vida y la Muerte, la Corrida sólo sucede.

Lo que hay en los Toros es tiempo.

Lidiar bien puede contemplarse como una gestión de los tiempos previos a la Muerte

Nada más. Como un desvelar de la Vida y la Muerte. Y ay del que crea que sólo La Razón desvela.

La Verdad es inefable y por eso no es La Razón la que la revela.

La Verdad es un Misterio que se vive, pero que no se explica. Es decir, un Misterio que sólo se desvela viviéndolo.

La Verdad es una realidad que está ahí, tirada en la calle esperando para darse a los que la quieran recoger. Es decir, representar.

Vivir.

Algunos diestros lo consiguen y nos muestran la Verdad desnuda, esencial, en su sitio y tal cual es: el baile.

Lo malo es que eliminando esa representación no eliminas la Muerte. La Muerte sigue ahí, sea como idea y como concepto, sea como la inevitable muerte concreta que damos industrial, silenciosamente y en cadena a millones de animales cada día. La Muerte sigue ahí, aunque no sea más que como tu propia muerte, que llegará un día y que es la muerte más inevitable y más indeseable de todas.

Eliminando la representación no acabas con la Muerte.

La ignoras, la rechazas y la trivializas, pero no la conjuras.

Eliminando la celebración taurómaca, no eliminas la Muerte con la que vives, sólo la ocultas como si te avergonzaras de ella.

Como si te avergonzaras de tener que morir.

Y así, a base de disimular la Muerte y de hacer como si no existiera, acaba pareciendo que los filetes nacen ya estuchados en los estantes de Hipercor.

Los filetes estuchados en los estantes de Hipercor son una evidencia de la Muerte y también de que la Muerte nos da la Vida. Una evidencia del eterno volver a empezar.

Esa es la amarga verdad del antitaurinismo. Mirar para otro lado en vez de enfrentarse a la Puta Perra y aprender a lidiar con ella, con lo que sucede, aprendiendo de un maestro una lección de valor y torería imprescindible para cuanto vive sabiendo que morirá. Sabiendo, y eso es lo peor, que en ningún caso será fácil morir

‘Lo malo no es morirse’, dijo el sabio Timoteo. ‘Lo malo es hasta que se muere uno’.

La Corrida, sencillamente, enseña que los filetes no nacen ya estuchados. Y también que somos lo que somos y como somos, seres que matan y mueren, no puros y arcangélicos como nos soñamos.

Como nos gustaría ser.

El rito da sentido a lo que no lo tiene, como la Santa Misa da sentido a la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Dios. El rito de la corrida, sencillamente, da  sentido a La Muerte.

El sentido exacto que tiene.

El de inevitable contrapunto de la vida.

El rito de la corrida pone a la Muerte en su sitio para que la veamos tal como es, aprendamos a vivir con ella y, en resumidas cuentas, no tengamos miedo a lo que pasa, a La Huesuda con su guadaña, que es mucho y, lógicamente, acojona.

Asi que lo realmente lógico fue que ante el ferétro de Chenel camino de La Almudena se parase el tráfico y la gente se volviera a saludar.

No pasaba cualquier cosa.

Pasaba la Vida.

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2 respuestas a Todos quietos, pasa la Vida.

  1. Nexus. dijo:

    Tengo un Amigo que escribe como torean los grandes Toreros.

    Si leerte es un lujo, escucharte –y yo, he tenido ese honor- lo es aún más.

    Mientras leía el Texto me he acordado de la fabulosa serie Juncal. El dialogo entre Juncal y el Búfalo.

    – A qué es bonita la Muerte de un Toro Bravo.
    – Es Sublime.

    Como Sublime es su Hondo Sentir.

    Querido Amigo, gracias por el Texto. Me siento muy Honrado por la dedicatoria.

    Pero me Honra más el ser Amigo tuyo.

    Hoy, me Desmontero ante ti, MAESTRO.

  2. Siana dijo:

    Comparto cada una de las palabras del Camarada Nexus.

    Un abrazo, Mestre Bow.

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