Líbrenos Dios de los altos principios

Don Francisco Rico es un viejo sabio, irónico y divertido pero nada despistado, pese a la imaginería popular del sabio. El vulgo quiere al sabio despistado, quizá para compensar tanta sabiduría. ‘Será sabio, pero es imbécil’, parecen decirse -encantadas de haberse conocido- todas las bestias, los belenesesteban del mundo.

 

Don Francisco Rico oye impertérrito sus necedades mientras fuma como una chimenea con la elegante distancia de un gentleman desocupado. Todo el mundo sabe que don Paco apura meticulosamente el pitillito -que sostiene con pulcritud entre dos dedos- mientras se complace en saborear el humo despacio, sabiendo que la vida no ofrece nada interesante que no deba conquistarse primero o, mejor, nada que no deba disputarse duramente al némesis -o La Némesis, si se prefiere- de una supina -insondable- soberbia.

A la Ignorancia, vamos.

La Ignorancia, efectivamente, es la Némesis de un tiempo tapizado hasta el techo de soberbia (vergonzante y disfrazada, en consecuencia, de modestia tan falsa como un billete de tres euros).

Sabio como es (y como se le reconoce, aún entre sabios), sabe el ilustre Rico que con certezas excesivas -impostadas después en un seco, rígido y envarado galimatías de normas altivas y principios altisonantes- no se va más que al precipicio de la ignorancia.

En la ignorancia yacen condenados aquellos tontos de baba tan seguros de todo (de sí mismos, para empezar) que desprecian, incluso, la posibilidad siempre estimulante (para el sabio, no para el tonto o la tonta) de tener que consultar el diccionario (que es lo que hace el sabio Rico: consultar el diccionario a todas horas).

Ha sido, de hecho, la convicción de su propia ignorancia -que no necedad- lo que ha terminado por conducir a este calvo ilustrado y catalán a la sabiduría, vía consulta continua de todos los diccionarios habidos y por haber, hasta convertirse en uno los de cinco o diez primeros espadas mundiales en lengua y literatura del XVI y, aún más, del Siglo de Oro español.

 

 

Su reciente y monumental edición del Quijote -publicada primero en 1998 por Crítica y después, en 2004, tanto por la RAE como por Galaxia Gutenberg simultáneamente- aporta a las ediciones clásicas (entre otras, las de Riquer, Jay Allen o Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo) una original lectura del Quijote a partir del hipotético e ideal Manuscrito Original (que, por definición, nunca ha existido).

Esta (más que probable) inexistencia no impide al sabio catalán soñar y elucubrar con tan fabulosa pieza y con la naturaleza que tendría, lo que le permite identificar, aislar -y estudiar- el momento mismo del alumbramiento del Quijote, Libro Fundacional Que Anuló Todos Los Libros, libro total que, curiosamente, fue recibido antes que nadie y con los brazos abiertos por la morralla, por todos los pobres de la Tierra, por los genuinos iletrados e incultos del mundo entero, que pedían y exigían se les leyeran las aventuras del manchego en voz alta.

 

 

Dentro de la RAE, don Paco Rico se encuadra en el selecto grupo que el Duque de Corso llama de ‘los generales’, el Estado Mayor que marca las pautas a las que responde la disciplinada ‘clase de tropa’ académica (en cuyas filas forma encantado el propio Duque de Corso).

Rico -el Sabio Calvo- escribió el pasado enero en ‘El País’ un sonadísimo alegato -‘Teoría y realidad de la ley contra el fumador’- en el que tildaba la ley esta que prohíbe fumar en todas partes de golpe bajo a la libertad, de muestra de estolidez y, por último (pero no menos importante), de vileza, nada menos. Todo ello, como no, con sólidos e irrebatibles argumentos.

Y divertidos también.

Tan audaz desmarque de lo ‘políticamente correcto’ (otro más realizado por un sabio y van….) desató una ola de descalificaciones airadas y ridículas que constituye la mejor prueba de ‘la actitud inquisitorial y el celo puritano’ que distinguen a los políticos, los antitabaquistas y la sociedad entera en su enloquecida cruzada contra el Mal. La irónica elegancia desplegada con lacónico y magistral cinismo por el ilustre profesor y académico alcanzó su cima en el memorable post sacriptum que cerraba su texto (tras la última frase -‘líbrenos Dios de los altos principios’- que yo utilizo para titular esta entrada y que bien puede equivaler a ‘líbrenos Dios de la Fe’, de cualquier clase de Fe, así como de creer en cualquier clase de verdad fundamental inamovible).

Aseveraba más serio que un ocho en su PS el docto Rico que ‘en mi vida he fumado un solo cigarrillo’. Tan tronchante como polisémica afirmación catalizó, a modo de trampa para osos, la Santa Ira de los Cruzados de la Salud. Crecidos, al creerse cargados de razón (el pequeño -o pequeña- antitabaquista cree cosas porque, en realidad, nada sabe) han tildado de mentiroso al quijotesco académico empeñado en luchar contra gigantes que se quedan en molinos. En molinetes, más bien.

                  Entre académicos

 

No parecieron darse cuenta los histéricos y minúsculos antitabaquistas de que el tal post scriptum encierra en si mismo una fabulosa ambigüedad, una apariencia distinta a su naturaleza real, como el gigante-aparente de Michael Ende. Tampoco parecen haberse dado cuenta de que, además, ilustra admirablemente sobre las trampas del lenguaje, así como sobre las de la falacia que utilizan ellos, sembradores de ‘la intolerancia y la discordia’, cada vez que, engreídos y pomposos, se llenan la boca de ‘Salud’ como otros se la llenan de ‘Dios’, de ‘Patria’, de ‘Democracia Real’ o de cualquier otra fatuidad sin contenido.

¿Por qué afirmar que ‘en mi vida he fumado un solo cigarrillo’ va a significar que nunca he fumado ni tan siquiera un cigarrillo? No lo significa, de hecho. Lo que pasa es que la mente del ignaro buenista está llena de estereotipos y prejuicios. Con ellos como anteojos, leen los cruzados de la Salud cualquier objeción a su ridículo fundamentalismo.

Sin pensar.

¿Por qué no va a significar ese divertido post scriptum exactamente lo que significa en vez de otra cosa? Es decir, que ‘a lo largo de toda mi vida no he perdido jamás la ocasión de meterme, no uno solo, no, sino cuantos cigarrillos he podido’. Sí: jamás he fumado uno solo, señoras y señores. Me los he fumao todos -y a puñaos- asegura en realidad el profesor Rico, divertido con las consecuencias que adivina en su broma.

Porque él ya lo sabía.

Sí.

¿Para qué van a pensar los fundamentalistas?

Ya lo tienen todo pensado: los talibanes lo han pensado por ellos.

Y es que enfangados en una crisis interminable, vivimos la era de los talibanes. Talibanes republicanos, talibanes indignados, talibanes antitaurinos, talibanes catalanistas, talibanes españolistas, talibanes católicos, talibanes feministas….

Hay que amarrarse bien los machos porque vendrán días peores que nos harán aún más ciegos.

Es la hora de los inquisidores.

Solamente.

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5 respuestas a Líbrenos Dios de los altos principios

  1. Siana dijo:

    Muy interesante reflexión Bow. Estamos viendo condicionados por muchas cosas a cómo “debemos” comportarnos o actuar según un código de valores, que en el fondo, también es impuesto. Qué se espera de nosotros. Lenguaje no sexista, practica el nacionalismo, sé políticamente correcto, etc.

    Me gusta don Francisco Rico, su libertad y su manera de expresarse. Su autenticidad, en definitiva. Aunque soy de las que ha salido ganando con la ley que mencionas y lo prefiero así, no me gusta que se haya llevado al extremo de no permitir locales con espacios preparados. No voy a entrar en eso aquí.

    Esto:
    “El vulgo quiere al sabio despistado, quizá para compensar tanta sabiduría”. Es algo que he observado. Sucede algunas veces.

    Por cierto que yo pensaba que era más célebre la edición del Quijote comentada por Diego Clemencín…

    Petons😀. Me alegra su regreso por estos lares, Comandat de la Discovery.

  2. bowmanpoole dijo:

    Touché

    ¿Quién es Diego Clemencín?

  3. Siana dijo:

    Pues yo creía que era el mejor comentarista del El Quijote. Vamos yo tengo una edición que es impresionante, comentada por él. Es interesantísima. Echo mano de google para encontrar más datos sobre su persona:
    Diego Clemencín. (Murcia, 1765-Madrid, 1834) Erudito y político español. De ideología liberal, participó en las cortes de Cadiz (1813) y, durante el trienio constitucional, fue ministro de Ultramar y de Gobernación (1822) y presidente de las cortes (1823). Miembro de la Real Academia Española (1814), es autor de Elogio de la reina católica doña Isabel (1820) y de una edición comentada de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (6 vols., 1833-1839).

  4. bowmanpoole dijo:

    Pues me has pillao mirando a Cuenca

    Será, si tú lo dices. Yo los q menciono son los modernos. La de Cátedra, la de Alianza y así

    Sobre este áspero tema de las ediciones del QUijote, mira este enlace (anterior al texto de Rico, editado en distintos sitios y q aparece por primera vez yo creo que en los noventa… y no m pidas + precisiones)

    http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/cervantes/nosfalta.htm

  5. Siana dijo:

    No, tampoco estoy segura. Es buena,, pero igual Francisco Rico lo supera…

    Muchas gracias por el enlace Bow. Me lo guardo😀

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