Caciques, carlistones, fascistas, un socialista y la gloria de España

España vuelve por donde solía.

De las elecciones locales del domingo emerge un extraño mapa, algo así como un zombi escapando de la tumba. Un no-muerto saliendo del catafalco en el que fuera enterrado por La Transición, se suponía que para siempre.

El domingo despertó para nosotros, españoles del siglo XXI, la Mostrenca España de Siempre.

Sí. Tras tanto cambio, tanto socialismo, tanto felipismo, tanta movida, tanto europeísmo, tanta modelnez, tanta mandanga y tanta ostia consagrada, esta España de nuestros pecados se retrata por fin como lo que realmente es y, nadie se engañe, como lo que ha sido desde Trento, lo menos, y aún más allá.

Una pesadilla.

La resurrección de la pesadilla tiene lugar a los treinta y seis años exactos de la desaparición de su penúltimo representante, Franco, sí, aquel ferrolano garrulo, chiquito y arriscado que lucía unas botas de montar más grandes que él, el penúltimo representante del genuino pensamiento reaccionario español y real encarnación del Cirujano de Hierro soñado en el XIX por Costa y sus optimistas conmilitones, los regeneracionistas decimonónicos, aquellos que pidieron también, los muy gilipollas, escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid y mira tú en qué paró todo.

Pero si los regeneracionistas fueron malos políticos y peores filósofos, hay que reconocerles el hecho indiscutible de que, al menos como creadores de frasecitas, no hayan tenido rival. Sólo los alcanzaría, y muchos años después, José Antonio Primo -España es una unidad de destino en lo universal y tal- y, más recientemente, los bucólicos indignados de estos días pidiendo más feminismo y menos caciquismo y otras ingeniosidades relacionadas con el clero y el capital.

Ay, el capital.

La pesadilla resucitada por las elecciones locales del domingo pasado se enseñorea de los cielos de Cataluña, Asturias, Ñoñosti y, como no, de los de Madrid, Andalucía y también del de La Mancha eterna del vino ‘de verdad’, del vino como ha de ser el vino. Allí, esa pulcra representante de la más arrebatada sosería nacional española, beaturrona y meapilas -Lola Cospe- se lleva por fin el gato al agua.

O al vino, vaya usted a saber.

En fin, viva el vino en cualquier caso (que diría Rajoy, Mariano, ese tremendo radical que se aburre en los desfiles, a ver quien no, con ese despliegue macho de marcialidad, rataplán-rataplán y venga colores nacionales -uno, dos- menudo coñazo ¿eh, Marianín?)

En Cataluña y Ñoñosti, por su parte, la que ha barrido ha sido la carlistada trabucaire, que ha gritado alborozada dando gracias a Dios y a Nuestra Señora desde las montañas sagradas -sea Mont-Serrat sean Begoña, Aránzazu, Auñamendi, Ujué- mientras, de aldea en aldea, tocaban a rebato las campanas azuzadas por los Cruzados de la Causa.

Dios, Patria y Fueros Viejos.

En Asturias y Valensia, en cambio (Valencia de las altas torres, volveré a mirarte cuando ya no te vea), los que han ganado han sido los caciques. Y por goleada: sí, los Camps, Fabra o Paco Cajcos (¿qué hay de lo mío, señorito?).

Bueno, y por último, igual que en La Mancha ha hecho la Cospe, en todas partes ha coronado con éxito el PP, esa extraña gente que no es de derechas, que no es carca y que es aconfesional pero que se mea de gusto beatificando mártires de la cruzada, besando sotanas y tildándose de liberal mientras defiende una idea de España, en fin, que ya defendiera con notable eficacia el Cura Merino, aquel entrañable animal.

Total: que hemos regresado al siglo XIX, al refugio cobarde y pedorrero en lo mío, en la vieja mierda de siempre, la que (no) se dirimió definitivamente, por lo que se ve, en las cuatro (cuatro) largas, sangrientas y dolorosas guerras carlistas. Y es que cuando la clase media se acojona, se deja de tontadas.

Vamos, que se olvida de los experimentos y de las audacias formales (a la hora de la verdad, tan contra su natura) y abandona, en fin, las probaturas ideológicas para refugiarse en su viejo fondo de armario de toda la vida de dios, en aquellos trapitos clásicos y señeros con los que se viene saliendo adelante desde los tiempos agrestes de la Conquista de Granada, Dios con nosotros ¡arrayúa! a mí, Sabino, que los arrollo (curioso verbo: si el sujeto es el agua, escríbese con ‘y’. Si el tal sujeto tiene cualquier otra naturaleza, se debe escribir con ‘ll’).

No puede uno evitar acordarse, llegados a este punto, del buen Pedro Antonio, aquel confitero amable, apacible y un tanto cortito -pero, oye, con tienda propia- que crease Unamuno para su imprescindible Paz en la guerra y que aguantaba la lluvia de fuego encomendándose a sus santos.

Y es que, al final, cambian las modas, las formas y los nombres para que nada cambie, como pedía El Gatopardo. El fondo, efectivamente, permanece como roña que no se va, como la miseria que arrastraba el hidalgo del Lazarillo bajo la capa remendada y también detrás de la ostentosa fachada de su mansión vacía. Ya lo profetizó Julio Camba cuando, en Haciendo de República, retrató a cierto caballero, ‘buen republicano al parecer, que no sentía el menor deseo de sustituir con otras mejores las pésimas máquinas de nuestros trenes. pero que quería a toda costa ponerles nombre nuevos’.

Y, por supuesto, republicanos.

Es muy significativo que en esta permanencia de la caspa -por debajo del palabrerío ostentoso, impostado y debidamente actualizado- batan records de ñoñez apaletada, tócate los esos, ¡los putos catalanes! con esa demencialidad -nueva en esta plaza- de la Plataforma Per Catalunya que vende (en catalán, como no) protección y refugio frente a la grave amenaza de disolución de las esencias que significaría tanta emigración. Lo chocante y noticiable no es que tal sarta de gilipolleces se le haya ocurrido a un tonto de baba (catalán, para más inri: para que luego vengan a vendernos a los mesetarios lo avanzaditos y abiertos que son en el nordeste) sino que más de 65.000 personas hayan comprado tan honda visión de la realidad otorgándole sesenta y tantos concejales repartidos por diferentes municipios del Principado. ¡Tiembla, Keite! Ni Barça ni nada, negres fora de Catalunya!!! (y La Moreneta que me la pinten de blanco, Heil Anglada!)

Luego están Vigo y Soria, ya para terminar este bonito recorrido, y que son dos de los sitios más raros y atípicos de España y donde se van a llevar las alcaldías los cantidatos del PSOE (no por socialistas, sino por ser vos quien sois).

Siempre está bien que alguien lleve un poqiuito la contraria y haga así  buena la norma.

Por un lado, Vigo, una ciudad hiperindustrial volcada al Atlántico -deitada rente ao mar, ise camiño- y cuyas comunicaciones por tierra con el resto de España (y de Galicia) sólo merecen tal nombre desde hace diez años o, como mucho, treinta. Con su rico entorno, Vigo constituye por si mismo una Comunidad Autónoma peculiar y distinta del resto de Galicia. Y con un único temor: que un día el Atlántico se ponga tarasca, pase por encima de las Cies y se trague la ciudad entera con el Monte del Castro y todo.

Por otro lado, a unos mil metros sobre el nivel del mar y a unos mil kilómetros de allí, tenemos Soria, una ciudad que no es de este mundo y cuya máxima industria es una fábrica artesanal de mantequilla. De verdad. Con sus 40.000 habitantes encastrados en el corazón de la Celtiberia y de las montañas del Sistema Ibérico, Soria es la séptima parte de Vigo y cabria casi entera en las treinta mil localidades del estadio del Celta.

El fenómeno vigués se llama Caballero, Abel Caballero, un caballero, efectivamente: pulcro, viajado, limpio y atildado como la barbita que le caracterizó hasta hace cuatro días. Caballero fue ministro de Felipe González, disfruta como un niño falando galego y más todavía batiéndose elegantemente con la galleguez paleta e impostada del Bloque o de la Xunta pepera.

Don Abel está de vuelta de todo y conseguirá ser alcalde a pesar de que la Porro (Corina), eterna candidata del PP y de don Manoliño, ha sacado más votos que él. Pero don Abel hace manitas por debajo de la mesa con los del Bloque, a los que nunca antes de ahora había dedicado atención un caballero, y se trae a la bestia carlista, pastueña y embebida, hasta su terreno donde la para, templa y manda.

Olé tus güevos torero gayego, antiguo y cabrón.

En los antípodas de Caballero se encuentra el fenómeno de Soria, donde arrasa un mozo con edad como para ser hijo del vigués.

O sea, Carlitos Martínez (he estado echando cuentas y cuando Caballero fue ministro, Martínez hacía la ESO).

Martínez es un muchacho normal y bienintencionado -treinta y muy poquitos años- que los sábados por la noche disfruta como un enano en La Zona (de copas de la mini ciudad) pero que el resto de la semana ‘hace cosas’, expresión muy soriana que no sé lo que significará, pero que resume la buena voluntad y disposición de este  caballerete que, por encima de todas las cosas, va muy bien peinado (aunque, particularmente, yo nunca iría a su peluquero).

Lo mejor de Carlos Martínez es que no es de nadie. Hizo carrera política en el PSOE -bueno, carrerita: el PSOE soriano debe ser como un club de macramé- y nunca se le ha visto en la Rex -que es la cafetería donde toman el aperitivo los notables- dejándose sobar por las fuerzas vivas. Sabe muy bien Martínez con quien juntarse y la primera muestra de inteligencia que dio su vocación cívica fue la de no acercarese al PP, donde nunca hubiera pasado de la sala de las fotocopiadoras (no por falta de talento, sino por su radical ausencia de pedigree).

Así como Caballero es una bestia política de la que no caben esperar más sorpresas que una buena estocada en el pecho de la oposición, Martínez es todo un enigma -pese a que repite- y del que sólo puede esperarse que no defraude y haga bueno aquel pasodoble que toca como nadie La Incansable, la Banda Municipal de Música de la Ciudad de Soria, y que corea con entusiasmo la ciudadanía como se puede ver más abajo. Suena la trompetería y toda Soria se apresta, al compás de las orquestas, a seguir La Tradición (una palabra y un concepto -tradición- tan claves en Soria, por cierto, como lo eran en la Anatevka del lechero del Fidler on the roof).

Y sigue la cosa: Soriaaaa que linda ereeeeees, etc, etc. Bueno, y por eso, ya para terminar, los forasteros llegados de tierra extraña cuando tus encantos vieron alucinaron y dijeron Soria es la gloria de España.

Pues eso.

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2 respuestas a Caciques, carlistones, fascistas, un socialista y la gloria de España

  1. Siana dijo:

    Más de 65.000 personas en lo de “Plataforma per Catalunya”, en efecto. Ya están repartidos por varios sitios y no quieren dejar de crecer, y a parte de expulsar a los moriscos quieren la independencia. La Moreneta, del blanc, això mateix. Porque sino, vamos a ver cómo se comprende esto.

    Se liará parda al final. Suerte que siempre quedará Soria y Teruel.

    Petonets

  2. albert dijo:

    Acertada la comparación de lo que pasa en valencia y Murcia con el caciquismo…. una pena pero acertada.

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