Las piernas de la Doutzen Kroes, ‘Bien Cultural Protegido’.


Mi hermana en la playa de Samil el pasado verano

Un reciente descubrimiento científico establece que, contra lo que se creía, sólo se cartografía aquello que se desconoce.

Algo que, aunque parezca lógico, no lo es.

Ahora resulta que, lejos de una descripción fiable de mundos -como se aceptaba generalmente- la cartografía viene a ser una declaración de impotencia.

Una exhibición de lo que se desconoce.

Una muestra de lo que desconocemos nosotros… pero, sobre todo (y eso es lo grave), de lo que desconoce el cartógrafo.

Es como si, al entregar un nuevo mapa, terminado y listo, el cartógrafo exclamara ‘tomad, esto es lo que desconocéis. Y yo, más que vosotros (como averiguaréis si pretendéis aventuraros sin otra guía que mi mapa por los lugares aquí cartografiados)’.

No hay como un mapa para perderse.

Los mapas están hechos para perderse, sobre todo si sabes leer mapas.

Perderse y no tener un mapa que consultar es, de hecho, angustioso.

Al fin y al cabo ¿quién necesita un mapa para transitar por parajes familiares a través de los cuales se mueve con naturalidad y sin vacilación?

Hay barrios de Madrid, sin ir más lejos, que yo podría recorrer de pe a pa con los ojos cerrados… si -aparte las ocurrencias de Gallardón- esos barrios no estuvieran llenos de turistas que, desconociendo donde van ni qué quieren ni qué coño hacen allí, chocan constante e irremediablemente conmigo mientras se deslizan, plano en mano, a través del Universo.

¿Que más los dará? Y, sobre todo ¿por que no se quedan en casa viendo, por ejemplo, los canales fachas de la TDT? O consultando la Guía del Ocio, si se prefiere, lo que sea en vez de salir a esmorritarse por el Madrid en obras del señorito Alberto.

No hay plano en el mundo capaz de reflejar mímimamente la fría contundencia del mundo, de la gente y de la materia.

La materia, sobre todo, es muy puta.

Cuando se te acerca un tío enarbolando un plano (o una tía, que para el caso da igual, aun a riesgo de que me llamen machista y me quieran emascular por ello: hoy día puedes dudar de la inteligencia de cualquier hombre pero hacerlo de la de una tía, así sea una pobre imbécil terminal, tiénese por políticamente incorrecto) y te pregunta por Cibeles o -manifestación indubitable de paletismo- por la ‘Glorieta de Cánovas de Castilla’, tienes ante ti la más perfecta representación de la ignorancia que concebirse pueda.

Un plano o mapa o carta de navegación siempre proclama la ignorancia que trae entre manos quien lo porta.

Y si ese alguien hace uso -y mal, encima- de la terminología consignada en la cartografía, todavía más.

Muy pocos madrileños saben, por ejemplo, donde pueda hallarse esa entelequia de la Glorieta de Cánovas de Castilla (que, en realidad, no existe, como no existe tampoco la de Cánovas del Castillo por más que la contumacia municipal se empeñe en ello) pero no hay madrileño de más de tres años que ignore donde está Neptuno, así, sin categoría o, mejor, definiendo una categoría única y exclusiva para ese punto concreto de los madriles.

Neptuno.

Dios del Mar (y del pulpo a feira, por tanto)

‘Vamos a Neptuno’, dice el madrileño. O ‘quedamos en Neptuno’ o ‘pasamos por Neptuno’ o ‘pillamos el 27 en Neptuno’ o ‘te espero en el VIP’s de Neptuno’.

Pero ¿qué coño es Neptuno?

¿Una glorieta? ¿Una calle? ¿Una encrucijada?

Una fuente, dirán los más avisados.

Sí, vale. Y más cosas.

Neptuno es un lugar, un sitio, una cosa, vaya usted a saber, en mitad del Paseo del Prado desde hace, lo menos, doscientos años. Y desde hace, lo menos, doscientos años ese sitio viene siendo presidido por una escultura espantosa y fallera que representa a ese dios caprichoso que aparecía en ‘La Sirenita’ apadrinando a Ariel. Pero no es sólo ‘una fuente’, ni tampoco una plaza ni una glorieta ni nada. Es, simplemente, Neptuno (uno de los lugares más hermosos que ha creado el paso del tiempo en Madrid, por cierto). Cuando a veces un paleto da en preguntar por la ‘plaza de Neptuno’ nunca falta un chispero majo, algo gato (y un poco perro también) que matiza. ‘Caballero: plazas -y pocas- en la Administración Pública. En Neptuno, sólo un tenedor, una corona y una fuente’.

Miente, chungón, el castizo. Además del tenedor, la corona y la fuente del dios, en Neptuno hay tres hoteles (y que tres), dos cachomuseos (dos de los ocho o diez mejores del mundo: del mundo, nada de tonterías, con el Ermitage, el Louvre, el MOMA y así). También hay un VIP’s, un Starbucks y un quiosco de prensa donde puedes comprar el ‘The N Y Times’ (y el ‘Frankfurter Allgemeine Zeitung’ si te da por ahí) a un quiosquero que es la leche. En Neptuno, por último, también hay varias paradas de autobuses, una paraeta de helados La Alicantina, una tienda de arte toledano y varias paraetas que expenden bufandas del Liverpool FC y del Barça (para que luego digan los catalinos que si el centralismo).

Mucha gente no lo sabe, pero en Neptuno -además- pasó a mejor vida Buenaventura Durruti.

Por éstas.

Así que Neptuno -el lugar- existe, aunque los planos no lo consignen. Y además está en Madrid.

Incluso hay fotos, como se puede ver, que lo atestiguan.

Cuando el Atlético de Madrid hace alguna machada (cada diez o veinte mil millones de años) los indios suben desde sus terrenos de caza junto al río, se bañan en Neptuno y los ataca el Séptimo de Caballería, que los desaloja a ostia limpia.

Aun a pesar de Neptuno, los españoles que viven a orillas del Cantábrico, del Atlántico o del Mediterráneo aseguran -displicentes- que Madrid es una ciudad de secano que se proyecta de espaldas al mar.

Ignaros.

Lo de que Madrid se proyecta de espaldas al mar es otro tópico provinciano que los paletos envidiosos arrojan sobre la humilde y modesta Capital del Reino. Madrid no proyecta nada. Madrid sólo venera a Neptuno. Madrid  es, de hecho, el primer puerto de mar de España, concentra los mejores resturantes gallegos, andaluces y mediterráneos, en general, de toda Europa y consume marisco, merluza a la gallega, paellas de pescado y pescaito frito en cantidades escalofriantes.

Madrid tiene una Tormenta Perfecta en el Parque de Atracciones, un muelle cucón en El Retiro, donde el madrileño puede tomar un bote y darse un garbeo por un estanque que es una pequeña bahía y, por último, tiene también los delfines de la plaza de la República Argentina. Y los del zoo, que son unos delfines como burros de grandes.

O sea, que  Madrid NO vive de espaldas al mar.

La mejor prueba de ello es que Madrid tuvo, incluso -y hasta hace bien poco- una orgullosa Playa de Madrid y -agárrate a la motoreta- una magnífica Carretera de la Playa que yo recorrí mil veces en mi juventud (en el pleistoceno, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra dirigidos por un ferrolano) y que unía el pueblo de Fuencarral con esa espléndida realidad litoral madrileña nunca consignada -¡oh impostura!- en las cartas náuticas (o de marear, pues mareantes son para cualquiera que pretenda entendar la realidad litoral asomándose a ellas).

Puente de los Franceses, 1954. Sólo dieciocho años antes este lugar había sido un espantoso campo de batalla.

Tampoco viene en los planos de Madrid la Glorieta de Atocha, descubierta por el alcalde Tierno, que le restituyó (a la tal Glorieta, digo) su orgullosa estatua de Claudio Moyano, ilustre prócer cívico, Ministro de Instrucción Pública que creara los Institutos Nacionales de Enseñanza Media -honor, gloria y prez de la educación laica en España- para desesperación de curas pederastas, frailes onanistas y monjas hombrunas.

Los mapas, en resumidas cuentas, mienten mucho (como la Conferencia Episcopal, la AEB, la CEOE y los conselleiros de Espefacha Calcetines, esa simpática señora que se la pone dura a los señores gays de Chueca, que me son muy fans de La Señora, tan rubiaza ella).

Por eso, quizá, la única cartografía realmente útil en este mundo sea la cartografía fantástica.

La cartografía del Reino de Trebisonda, la del País de Nunca Jamás, la de la Isla del Tesoro o, pásmensen, la de los satélites de Jupiter, que es la cartografía más absurda que concebirse pueda, ya que no sólo nadie quiere ir a los satélites de Júpiter. Es que es imposible y lo será, probablemente, siempre (por distintas razones que no vienen al caso).

Loor, pues, a los cartógrafos del llamado Sistema Joviano por quemarse las cejas tratando de ordenar una quimera comparable sólo a las piernas de la señorita Doutzen Kroes, de las que damos una muestra a continuación (por si alguien no se había enterado aún). Yo las propongo aquí, con indisimulado entusiasmo, como candidatas a Patrimonio Material y Tangible de la Humanidad, así como a Bien Cultural Museable de Interés General, lo que serviría para que los colegios organizaran visitas a verlas y los niños aprendieran por fin tonterías imprescindibles.

Las tonterías son como los libros y las películas. Una montonera perfectamente prescindible y unas poquitas unidades, selectas del todo, ab-so-lu-ta-men-te imprescindibles.

Bueno, pues esta tontería de la Doutzen Kroes es de ésas.

Total, que alguien tendría que ponerse a cartografiar el sistema locomotor de la tal Kroes ya mismo. Y, ya de paso, puestos a cartografiar inutilidades, también la superficie del mar de Alborán cuando sopla levante, las nubes suspendidas bajo el cielo cuando el sol se mete por Abantos o la forma que toma el aire cuando suena Paquito Chocolatero.

O cartografiar, simplemente, la cara de mi niña cuando sonríe (que eso sí que es para cartografiar y lo demás son ostias).

Digo yo.

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5 respuestas a Las piernas de la Doutzen Kroes, ‘Bien Cultural Protegido’.

  1. Siana dijo:

    Y esto…qué ;):

  2. Siana dijo:

    En Barcelona, pensando en la entrada que has escrito, hay lugares que significan mucho más que el lugar físico…creo que eso debe pasar en todas partes. La Jirafa, por ejemplo.

    Petons!

  3. bowmanpoole dijo:

    Señora o señorita Sinana ¿qué es La Jirafa, por dios? O hace usted algo para que nos enteremos o me tiro al metro y a la taquillera (si es que se dejan, que va a ser como que no, me temo).

  4. Siana dijo:

    😀
    Pero por Dios Comandante Bow, no conocéis la Jirafa?

    Es uno de los lugares más emblemáticos de la Rambla de Catalunya, situado uno de los paseos más bonitos que Barcelona, menos pintoresco que las Ramblas, pero más bonito. Dicha estatua, de una coqueta Jirafa que posa cual Venus, está en el inicio (o final, según se mire) de este paseo. Y es un referente. Ahí es donde queda la gente. “Quedamos en La Jirafa para dar una vuelta, o para tomar algo, vale?” Es una frase hecha, prácticamente. Es El Lugar. Uno de ellos vaya, junto con el Pirulín de Paseo de Gracia (que no es otra cosa que el obelisco medio egipcio que se alza cuando acaba Paseo de Gracia y arranca el carrer Gran de Gràcia). O Canaletas. O “la puerta del Coringlés”.

    Pues bien, en Rambla de Catalunya dos estatuas jalonan incio y final, a saber, la Jirafa y el Toro pensador, aunque éste último no es tan nombrado:

  5. bowmanpoole dijo:

    Esro es la descojonación. O la ‘descojonation’ que diría (el gran) Ciges

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