Realidad, ficción, creación y fantasía.

El erudito y sabio crítico (y Catedrático de la Universidad de Salamanca) don Ricardo Senabre reprochó al ilustre don Juan Marsé -Premio Cervantes 2008- el pasado 25 de febrero en el suplemento El Cultural, del diario El Mundo, ciertos diálogos de su última novela, ‘Caligrafía de los sueños’, recientemente editada.

La novela, como muy bien señala también Senabre, es un regreso de Marsé -y, con él, de sus lectores- al Carmelo barcelonés de los cuarenta y a sus sufridos pobladores. Un regreso honesto por coherente. Un jalón más en la larga y ya entrañable ‘Ronda Marsé’ alrededor de los perdedores de la Guerra del 36. Un nuevo paseo por el universo descubierto y trabajosamente desvelado en su día por el autor a costa de severos encontronazos con la censura franquista. Un universo que hoy es ya familiar y conocido y que ha sido asumido al fin por todos.

Aún así, el documentado Senabre pone pegas a esta nueva expedición marsiana y, entre otras cosas, recuerda a don Juan que determinados modismos coloquiales que aparecen en los diálogos de su novela no existían, simplemente, en los años cuarenta.

Cagada, pastoret! No seré yo (ni creo que Marsé) quien discuta al docto polígrafo Senabre una cuestión de lingüistica diacrónica tan de libro como ésta: si él lo dice, seguro que es verdad, aunque a una bestia como servidora, vamos a decirlo todo, la incongruencia de esos cuatro anacronismos coloquiales le ha pasado inadvertida. Y es que, aparte de que son cuatro, la sustancia de la historia está en otra parte (y usted perdone, don Ricardo, con devoción se lo digo y con respeto también a su alto magisterio, no en vano he acudido a beberlo con embelesado silencio en conferencias, seminarios y cursillos).

Aplicar un estricto criterio de lingüística diacrónica supondría, como primera medida y sin más averiguaciones, arrasar con la novela histórica enterita, así como entrar a saco en la mejor novela decimonónica española (pienso en Fortunata y en La Regenta) que ni de lejos están dialogadas en plan ‘novela-magnetofón’ (un invento del siglo XX. Pienso en novelas con vocación de documento antropológico, como ‘Los hijos de Sánchez’ o nuestro ‘El Jarama’, obra tan referencial como insoportable para mí y también para su autor). Y, por supuesto, cargar a galope y sin piedad contra toda la Historia del Arte (y, muy especialmente, contra la de la Pintura) pues si no hay diálogos en las Artes Plásticas, el rigor documental en la reprodución de arquitecturas, vestuarios y demás ha ido siempre por libre (por no decir que ha entrado, sencilamente, en el terreno de lo fantástico).

Modernamente, ya en el siglo XX, el nuevo invento del cinematógrafo tampoco se privó de la alegría, la intuición y la fantasía al recrear el pasado. Empezando por el western norteamericano (que es ese género que nace con el cine, prácticamente, y fallece setenta años después -en los setenta, precisamente- asesinado, probablemente, por la guerra de Vietnam y por la lucidez hippie. Los pretendidos westerns que se han hecho después de ‘La balada de Cable Hogue’ -la útima peli del oeste que fue realmente un western- son muchas cosas -epígonos, elegías, cine histórico, psicoanálisis, chorradas manifiestas- pero nunca westerns, por dios, seamos serios) y acabando, que sé yo, por pelis tan maravillosas como El Cid, ese western ‘medieval’ -o así- de Anthony Mann, o la recreación épico-mayestática ‘Troya’, donde Brad Pitt construye un Aquiles plausible y que -sorprendentemente- no decepciona (a pesar de estar incrustado en una Edad del Hierro tan improbable, en términos históricos, como el propio Aquiles pero que resulta muy eficaz y creíble en términos dramáticos que, por otra parte, es de lo que se trata).

Dado que la eficacia dramática es lo que cuenta, mal debe llevar don Ricardo sus relaciones con la creación y la ficción literaria si la mira siempre con esos estrictos criterios lingüísticos que a veces le llevan, a mi entender, a pasarse. Como cuando reprende a Marsé por sus catalanismos. Me perdonará don Ricardo, pero es que son los catalanismos, precisamente, una de las gracias de Marsé, como ya se señaló entre los méritos aducidos para concederle el Cervantes: su fiel reproducción (diacrónica, supongo) de un momento bien determinado del español coloquial hablado en Cataluña y, muy concretamente, en Barcelona. Tanto que no es difícil -dado el perfeccionismo de orfebre de Juan Marsé- que en próximas ediciones esas tres expresiones señaladas por Senabre se hayan corregido.

Vamos, que os apresuréis a adquirir una primera edición de la marsiana ‘Caligrafia de los sueños’ porque pronto será única y valdrá oro.

……..

Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé
Lumen, Barcelona, 2011. 440 pp., 22’90 euros

por Ricardo SENABRE | Publicado en El Cultural (suplemento del diario El Mundo) el 25/02/2011

La esperada nueva novela de Juan Marsé (Barcelona, 1963) no podrá resultar una sorpresa para ninguno de sus lectores, porque no hay en ella nada ajeno al mundo que el escritor ha ido configurando, obra tras obra, desde hace más de medio siglo. Podría decirse, para simplificar, que Caligrafía de los sueños es puro Marsé. Hay en ella un marco geográfico habitual en el escritor: la Barcelona de los años cuarenta, de la escasez y el racionamiento, donde un kilo de café torrefacto es un tesoro; un adolescente ensimismado, con muchos rasgos del autor, aficionado a la lectura y tan fascinado por el cine norteamericano del star system que ha renunciado a su nombre de pila y se hace llamar Ringo, como el John Wayne de La diligencia, e inventa con sus amigos historias de indios belicosos y héroes que salvan a bellas jóvenes; unos seres que tratan de sobrevivir esquivando la enconada persecución de la policía política, empeñada en silenciar y encarcelar a los considerados desafectos al nuevo régimen; el cine, los bares y los burdeles como únicos caminos para escapar de una realidad gris y ominosa.

El padre de Ringo se dedica a la desratización de locales, pero también a otras misteriosas tareas que le obligan a viajar de vez en cuando hasta la frontera francesa para llevar y traer mensajes y que le obligarán finalmente a esconderse antes de ser detenido. El panorama global es el de un mundo de vencidos. Las secuelas de la guerra civil planean sobre estos personajes amedrentados o sumidos en la resignación, y entre todos ellos destacan con fuerza la señora Mir, con su hija Violeta, y su historia con Abel Alonso. El conmovedor personaje de Vicky Mir, con su desesperada soledad, su pobreza afectiva y su obsesión por una carta que nunca llega y que mantendrá en vilo al lector hasta el final, es una de las grandes creaciones de Marsé. Está delineada con finura mediante varias escenas magistrales; una desoladora conversación con su amiga Paquita, la sesión de masaje a Ringo y sus escapadas al campo para recoger plantas aromáticas bastan para configurar un tipo lleno de hondura, junto al cual palidecen casi todos los demás. En cuanto a Alonso, su recorrido nocturno con Ringo en el capítulo 11 y su inesperada reaparición en el epílogo, muchos años después, lo convierten en un elemento clave de la historia. Secundariamente, Caligrafía de los sueños es también una reflexión acerca del poder de la ficción, gracias a la cual es posible vivir en un mundo paralelo y atractivo abandonando la grisácea existencia cotidiana, que, como piensa Ringo, “sólo es un trajín de seres acogotados y de pobres afanes que no importan, que no merecen atención” (p. 223).

Si Caligrafía de los sueños no añade nada especial a la obra de Marsé, en el sentido de que no explora territorios nuevos, sí confirma la fidelidad del autor a un mundo personal, a unas ideas y a un estilo narrativo -limitado a alternar en tiempo presente escenas de distintas épocas- que tienen, después de cincuenta años, un perfil propio, reconocible y diferenciado de cualquier otro. Y hay muy pocas máculas en el texto: algunos catalanismos, como “parar [la] oreja” (pp. 14, 18, 243, 366) o “ginesta” (pp. 61, 72, 295) por ‘retama’; algún anacronismo idiomático: una abuela de 1943 no podría decir “a día de hoy ya se lo habría explicado” (p. 149), porque esta cursi acuñación con tufillo burocrático es de difusión reciente entre nosotros; ni en esos años decía nadie “troncharse de la risa” (pp. 234, 357) o “doblarse de la risa” (p. 278), con la introducción de ese artículo espurio y absurdo que hoy, en virtud de una moda peregrina, se repite hasta la saciedad. La gente puede morirse de risa o morirse de vergüenza -para todo hay motivos-, pero no “de la risa” o “de la vergüenza”. Hasta para morirse hay que tener esmero.

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2 respuestas a Realidad, ficción, creación y fantasía.

  1. Siana dijo:

    Estoy postergando la lectura de la nueva obra de Marsé, como quien aguanta un poco antes de tomarse el deseado postre. Pero sin duda, lo haré. Más si se trata de regresar de nuevo a territorio marsiano, al mundo que creó y que ya sólo se puede identificar con él. El del pijoaparte, el del Carmelo, las señoritas de la alta sociedad catalana. Ese universo. Y ahora que dices lo de las pegas de don Ricardo, precisamente una de las cosas que más me gustan es la presencia de esas catalanadas, porque es que con mucha frecuencia se habla así. Y el vínculo, la identificación, o lo que sea que se experimente, es más fuerte. Es que eso lo hace único también. Sobre los anacronismos coincido completamente con tus apreciaciones.

    Me haré con un ejemplar, no sea que me cambien esas expresiones!

    Y felicidades por esta entrada. Debería estar al lado de la de Senabre. En El Cultural.

    Petonets catalanuflos

  2. Se acaba de inaugurar la página de Facebook de “El descubrimiento de las brujas” que se publica el día 30 de marzo. http://www.facebook.com/pages/El-descubrimiento-de-las-brujas-Deborah-Harkness/193054874062398

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