‘El origen del mundo’, de Gustave Courbet.

En 1866, Monsieur Courbet pintó el ‘felpudo’ o ‘conejito’ de su amante (esa delicada felpa que tanto quería).

-¿Por qué no? -se preguntaba el artista que lo pintó absolutamente todo con una de las miradas más limpias y desprejuiciadas de toda la Historia del Arte mundial (y no sólo de la pintura).

Y como no encontró ninguna objeción, fue y lo hizo. Nadie lo había hecho antes pero, lejos de disuadirle, esa certeza fue un acicate.

Con aquella vulva que tituló El origen del mundo, don Gustavo puso sobre el tapete el sexo con absoluta franqueza, perfecta literalidad y ningún tapujo (absolutamente ninguno). C’est l´amour, mon vieux. ¿Quién sino un francés? ¡Y en pleno siglo XIX!

Tan notable como estúpida obra maestra quizá no sea hoy más que un ‘ready-made’ y nada más.. y nada menos. Eso sí, avant la lettre. Un ‘ready-made’ que puede admirarse al fin pública y francamente, sin veladuras, excusas ni tonterías, en el Musée d´Orsay, de París (museo que en los años setenta sólo era una vieja estación de tren abandonada en pleno centro de la capital francesa, la vieja gare d´Orsay. Y ‘L’origine du monde’, de Mr Courbet, mientras tanto, una leyenda oculta en los depósitos del Museo del Jeu de Paume esperando este siglo XXI sin sitio para el misterio).

Quizá se deba a eso, precisamente -a la ausencia de misterios distintos a las tres o cuatro grandes preguntas que tiene planteadas la Ciencia- la proliferación que vivimos en cine y literatura de relatos misteriosos, mágicos, supuestamente sugestivos y pretendidamente míticos que, al final, se quedan en nada. Desde Star Wars a Harry Potter. La reciente revelación, sin ir más lejos, de miles de e-mails intercambiados durante los últimos años entre el Departamento de Estado norteamericano y sus embajadas sólo ha revelado que no hay grandes diferencias entre la estructura mental íntima de un Embajador de los Estados Unidos de América y la de una vecina del tendedero del patio de luces de mi bloque. Y si uno lo piensa, es bastante lógico. Ambas clases de personas pertenecen, al fin y al cabo, a la misma especie, la Especie Humana (que no es otra que la mía, vaya por Dios).

Y fin del misterio.

Ni Homo Sapiens ni Habilis ni Especie Elegida ni ostias en vinagre. Somos, fundamentalmente, una Especie Cotilla que lo que quiere, al final, es meterse en las braguetas de los demás y ya está (especialmente, en las de las chicas guapas y en las de los nenes monos, claro).

La bragueta de las chicas guapas y de los nenes monos es el único misterio que, sempiternamente repetido, está siempre por desvelar para los  nenes monos y las chicas guapas. Un misterio que, finalmente, siempre se revela increiblemente vulgar y corriente, como el chocho de la amante de Gustave Courbet, Mlle Joanna Hiffernan (una mujer -por otra parte- fascinante, según nos informa la wiki, inteligente, nada vulgar y muy atractiva de la que, afortunadamente, se sabe mucho).

Y así, hecha la desveladura, queda el misterio suspendido hasta que una nueva generación se revela dispuesta, claro, a desvelar por sí misma. La bragueta del amigo o de la amiga, por ejemplo, supremo misterio iniciático. La lección final es que lo bueno del misterio es el misterio mismo, o sea, vivir en el misterio y en el acicate que proporciona, pero que no lo es su desvelamiento (salvo en el caso de la personalidad de Joanna Hiffernan, ser humano de primera clase que, francamente, uno hubiera deseado conocer más allá de su chomino).

Bueno, para mí sí que hay otro misterio y es el de la duda de si hubiera soportado la culta y liberal civilización occidental que Monsieur Courbet hubiese sido Madame Courbet y la figura que representó -desvelándola sin piedad- un franco y honesto pene masculino descapullado -o no- erecto o en reposo y fuera, por supuesto, de cualquier contexto pornográfico, en vez de un pubis femenino (sagrado cuello de botella por el que todo bicho viviente ha de pasar, inexorablemente, para ser y un paisaje de lo más familiar, por otra parte, para cualquier ginecólogo).

Es decir, que hubiese pasado si una hipotética Madame Courbet  hubiese pintado una buena polla. Un falo. Con nombre y apellidos, además.

La convexidad por excelencia.

Pier Paolo, Maria Callas, Romolo y Remo.


La respuesta queda en el aire, así como la sugerencia de que podría haber llegado al fin elmomento de volver a ver las películas de Pier Paolo Pasolini, ahora que ‘L´origine du monde’ cuelga con naturalidad en las paredes de uno de los más prestigiosos museos del mundo e Italia se replantea la cómoda y práctica (y decididamente increíble) versión que aceptó en su día sobre la muerte de Pasolini.

Y que dios nos asista.

Pier Paolo -Pedro Pablo- fue otro gran desprejuiciado, como Monsieur Courbet. Y trató con idéntica franqueza a María Callas (fue la gran amistad -sin sexo- de la diva), el cine (veáse ‘La Ricotta’, con Orson Welles), el arte en general (veáse ‘El Decameron’, con un atormentado ‘alter ego’ del Giotto que encarna el propio cineasta) y la fe (veáse ‘El Evangelio según San Mateo’, con el mejor Cristo de toda la Historia del Cine y aun del Arte en general… con permiso del propio Giotto, claro, de Diego Silva y de tantos otros).

Pier Paolo, un discípulo del Giotto en ‘Il Decamerone’.

 

Pero, quizá, la obra maestra de Pier Paolo siga siendo, aún hoy, invisible (aunque nunca lo sabremos con certeza si no nos ponemos, ya, a verla).

Me refiero a Saló, película levantada en base a ‘Los 120 días de Sodoma’, obra de Sade (la única adaptación, dicen los que saben, seria y rigurosa del llamado Divino Marqués). Un descenso literal a los infiernos (que no están en el subsuelo del planeta, sino en el subsuelo del corazón humano) y que cuando se estrenó logró lo que no había logrado ninguna película desde el estreno de 2001, una odisea en el espacio sólo cuatro o cinco años antes.

Llenar las salas para después, automáticamente, vaciarlas.

Y es que, si es difícil afrontar el misterio (que es la propuesta de la Odisea Espacial de Kubrick), aun más lo es afrontar el retrato de Dorian Gray (que no otra cosa es el Saló pasoliniano).

Especialmente si eres Dorian Gray.

 

 

 

 

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Una respuesta a ‘El origen del mundo’, de Gustave Courbet.

  1. Kuratti dijo:

    Alegría me das, no sé qué pasa que todo últimamente me lleva a Pasolini. Me regalaron un cómic que hay sobre su asesinato y a partir de ahí he vuelto a desenredar la madeja. Teorema me sigue pareciendo la más perturbadora radiografía de la burguesía. Saludos.

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