Quand j´etais jeune

Allá en París dejé atrás una mujer que lloraba y marché, marché solo a cumplir mi destino.

Salvar España.

Salvarla -sí- de la brutal y emponzoñada garra fascista que la mantenía oprimida, infeliz y asfixiada.

Partí en tren y el cascarón vacío de mi infancia quedó roto en la place St Michel, al pie de la fuente, entre los pies apresurados y la indiferencia de los transeúntes, entre las botas relucientes de los CRS, los caballetes de los artistas callejeros y los carritos mugrientos de los vendedores de croques-monsieur. Pero no iba con destino a Madrid. Ni a Irún siquiera iba. De hecho, ni me había montado en el Puerta del Sol, el célebre tren que unía París y Madrid todas las noches.

 

Atendiendo a la opinión y el criterio de Hélène (que aunque chica, era francesa), hacia donde había puesto rumbo aquel viernes, 31 de agosto, hoy grabado a fuego en mi recuerdo, era hacia Toulouse, la orgullosa capital del sur -del midi- del Garona y del exilio español en Francia (y en el mundo, con perdón de Mexico-City). Aún hoy, y eso lo sabe poca gente, es posible moverse por la vieja Tolosa del Languedoc hablando sólo español, ya que una pequeña -pero notable- parte de su población desciende de exiliados españoles del 39 y los nietos de aquella debacle -los innúmeros Perrés y Dominguès- tienen a gala exhibir orgullosos su linaje español y su capacidad para hacerse entender en la lengua de sus abuelos. Y pensaba que sería curioso un encuentro de representantes de los dos grandes linajes que ha dado el monstruoso exilio español del año 39 del siglo XX, el de la Tolosa del Midi-Pirineos, en Francia, y el linaje del DF, en México.

En estas tonterías entretenía mi cabeza obnubilada, además de en el recuerdo de Hélène. Sabía que no volvería a verla nunca y mientras los campos verdes de Francia desfilaban por la ventanilla, yo trataba de memorizar cada detalle de aquella tierra perdida que había sido mía durante unas semanas. Sobre ella me había visto adulto por primera vez y acunado por el monótono traqueteo ferroviario rememoré su flequillo françoise-hardy, el blando vaivén de sus pechos pitón, la peca de la ingle, su perfume (caro), una sonrisa, un gesto fugaz atrapado como un fotógrafo atrapa el bresoniano (de Cartier, no de Robert) ‘instante decisivo’ y, sobre todo, la luz transparente de una mirada ante la que sólo cabía sucumbir y de cuyo recuerdo aún hoy, especialmente cuando las cosas se empeñan en torcer el aparejo y meterme la proa, saco fuerzas cuando no las tengo, igual que si me encomendara a la estampa divina de una santa.

Yo era un héroe o así, al menos, lo sentía (qué extraña e inmodesta percepción de uno mismo). Se trataba, pero, de un sentimiento imprescindible. Y es que a esa edad en la que estrenaba los diecinueve años, apenas sin descapullar, no había otro modo de asumir de pie la responsabilidad que arrastraba en el macuto. Se trataba, en fin, de una suerte de compensación psicológica, de una vitamina que me fortalecía el ánimo y que me ayudaba a enfrentar el espanto que repentinamente se había abierto ante mí, la posibilidad del horror e, incluso, la de la misma muerte, una posibilidad reñida radicalmente con la juventud y con la inexperiencia.

Y es que sólo semejante composición de lugar -la del sentimiento heroico- me permitía permanecer eguido, aguantar físicamente y no derrumbarme ante el reto que me había impuesto, casi un reto personal. Que nadie se ría. El sentimiento que me mantenía era similar al sentimiento del honor y de la patria que durante siglos, tal vez milenios, ha permitido a la gente asumir la condición de soldado, partir para la guerra y realizar hombradas tan antinaturales y poco recomendables como marchar de cara contra una lluvia de balas. Con una diferencia: nadie me lo había impuesto. Yo lo había elegido y lo había creado en mi interior como quien cultiva una planta, un cordero o unos gusanos de seda.

Dulce et decorum est pro patria mori y todas esas cosas.

Logrado esto de aguantar lo insoportable sin cagarte en los pantalones, es el azar, sólo el azar, el que al final mantiene vivos a unos y deja a otros caer abatidos. El condenado azar, la suerte o la muerte. Exactamente igual que en los toros donde, si bien cuentan (y mucho) la habilidad, el talento y la experiencia, siempre hay un margen para que intervenga la suerte, el puto azar, a tu favor o en tu contra. El maldito e irremediable juego de la vida y de la muerte. Yo no iba a marchar contra una lluvia de balas, pero estaba igualmente aterrorizado y en manos, en gran medida, de circunstancias extraordinariamente azarosas.

¿Cuál es la verdad? me pregunto hoy ¿Cómo es realmente el mundo?

¿Cómo lo ves, con implacable cinismo, a los sesenta?

¿O cómo lo veías -esperándote azul, compacto y hermoso- a los veinte?

¿Es una mierda llena de más mierda, toda ella apestosa, pegajosa y purulenta (y dispuesta a sepultarte)? ¿O un prometedor continente, en cambio, lleno de sorprendentes riquezas -enormes vulvas femeninas abiertas, mayormente, para qué andarnos con chorradas, esperando ser seducidas, conquistadas, penetradas y bendecidas- que aguardan ser tomadas a la voz de ¡ar! por un gallardo español, listo, audaz y guapo?

Algún mendrugo con cara de listo se pasará por aquí y exclamará con suficiencia y voz de sapo que ‘de ninguna de las dos maneras’. ¡Imbécil! Lárgate de aquí, anda, y no pares hasta el Polo (Sur, que está más lejos). Y hazme el favor de no volver, pedorro, ateo, conformista. Lissssto, qué eres un pedazo de listo tontolaba.

Son las actitudes éstas las verdaderamente peligrosas, las únicas realmente falsas.

Las de la componenda. Las de au, tira y si va, va.

El mundo, obviamente, es más como lo ves a los sesenta (con todos los matices que quieras), es decir, cualquier cosa menos bonito (abocado al horror, la consunción y, por fin, la muerte), que como lo veías a los veinte. Pero sin la visión de los veinte no pasas adelante, vamos, que pasas pero como pasa una maleta. Lo probable, frente a la actitud superficial del pedorro de antes, es que el mundo sea -como Jano- de las dos maneras en realidad.

Y es que las cosas no son porque sí, sino que son porque tú las ves y, reconociéndolas, las creas. Uno construye el mundo al verlo. O sea, que las cosas son porque las vemos y son exactamente como las vemos. Ni se equivoca el joven ni se equivoca el viejo. Supongo que estamos destinados al desengaño, como en el poema aquel del griego Kavafis sobre Itaca y que cantaba (en maravilloso catalán) Lluis Llach. No es que Itaca te engañara, es que sin ella nunca habrías salido. Vamos, que la gracia no está en llegar, sino en ir. Hoy, que estás ya en la dársena y próximo a la recalada y el final del viaje, los mares recorridos te parecen una sucesión de trampas llenas de mierda pero si no hubieras perseguido aquella perfección azul llena de promesas que creíste vislumbrar, nunca hubieras movido el culo del asiento ni hubieras hecho nada. Y ponerse en marcha es lo que cuenta

Si es que. al final, la vida sólo es un camino jalonado de anécdotas. Y lo que cuenta no es lo que has hecho, si no lo que te ha pasado.

Total, que allí estaba yo, en la estación de Toulouse dispuesto a subirme a un autobús ¿rumbo a España? No. Y ni siquiera rumbo a la frontera, sino rumbo a una ciudad (encantadora) llamada Beziers, a un centenar de kilómetros de la frontera española. De Beziers es, por cierto, uno de los grandes toreros actuales, Sebastian -Sebastien- Castella, cuya madre es… ¡polaca! Pero, cuando yo pasé por allí, aún faltaba una buena porción de años para que Sebastien llegara al mundo y puedo asegurar que es un sitio ideal para llegar. Soleado, apacible, mediterráneo y francés. Una pequeña ciudad de cincuenta o cien mil habitantes en la que no ha pasado nada notable desde que tomada al asalto en el siglo XIII por fuerzas papales y reales, todos sus habitantes sin distinción fueron asesinados para evitar que escapara ningún hereje. ‘Dios reconocerá a los suyos’.

Mientras me merendaba un bocata (enorme) y un botellón de leche frente a la catedral, un escalofrío me recorría el espinazo recordando los espantos que albergaba aquel lugar entrañable donde me encontraba.

La cosa papal, en fin, siempre tan encantadora.

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2 respuestas a Quand j´etais jeune

  1. Siana dijo:

    Ansiosa estoy por continuar leyéndote y saber qué sucedió en esa arriscada misión. Ya he podido leer todos los capítulos anteriores. La historia cobra dimensiones lecarrerianas.

    Me quedo con este par de estupendas reflexiones:
    “Ni se equivoca el joven ni se equivoca el viejo. No es que Itaca te engañara, es que sin ella nunca habrías salido”.

    Gracias Bow.

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