No vayas por Irún, Bowman

Querido, curioso y nunca del todo alabado lector:

Después de haber dedicado las últimas entregas a ciertas digresiones -alguna tan imprescindible  como felicitar a Miguel Hernández por su centésimo cumpleaños- retomo el hilo de mi relato para reencontrarme una vez más con el joven que fui en un París bien distinto del actual, hace ya más años que la mar: antes -incluso- de la primera gran crisis del petróleo. O sea…

Con decirte que el Centro Pompidou y el actual ‘Nouveau Louvre’ (con la pirámide de cristal del chino ese) no pasaban de sendos bujeros -algo así como el Gran Cañón del Colorado en mitad de París- ya te haces una idea de lo que ha llovido. Tú, igual ni habías nacido, total nada, así que calcula.

Se encontraba aquel joven cuando lo dejamos -hace unas semanas, no sé si te acordarás- dispuesto a regresar a España en misión especial por cuenta de esa creación literaria que es el ‘partido comunista’. Te preguntarás qué clase de tontería es ésa de llamar ‘creación literaria’ al glorioso Partido Comunista de España y yo te contesto, lector amigo, que de tontería, nada. Porque se trata de la gran creación literaria de ese estado de ánimo que se ha dado en llamar ‘franquismo’, un poco al modo de las nenas que magrearon a Fernando Sánchez Dragó (como se ha encargado de explicarnos esa certera comentarista y crítica literaria llamada María Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, por mal nombre EspeFacha Calcetines y por Título, Condesa Consorte de Murillo del Río Leza gracias al matrimonio canónico -o sea, como Dios manda- con el Décimoquinto Conde de ese título, don Fernando Ramírez de Haro. Y de Valdés, también).

Anda y que no se aprenden cosas aquí, majos ¿qué no?

No es que las niñas de Dragó y el Partido Comunista de España no hayan existido nunca. A lo que me refiero es a que su literaturización les ha otorgado a unas y a otro una hiperrealidad que de natural no tienen. Es un poco lo que viene haciendo la Coca-Cola consigo misma desde su nacimiento. O la Santa Madre Iglesia con su interminable mitología, desde Dios Nuestro Señor hasta San Pablo, San Ambrosio, SantYago, Santa Gema Galgany y Santa Bernardette Soubirous (que para francesa tiene escaso glamour, las cosas como son).

Bueno, pues nuestro prota -la persona que yo que fui, vamos- se hallaba en trance de volver a casa llevando un documento trascendental en el equipaje y la desazón en el alma. Y es ello que, tras pasar una tarde con el profesor Kolbac y el camarada Pedro (tarde en la que se trató de lo divino y de lo humano) fue citado por el segundo para el día siguiente.

Y a solas.

Pero, tranquilos, que no pretendía requerirme de amores: tampoco, al fin y al cabo, me citó en cualquier sitio.

Paseando entre las estanterías de la librería Ruedo Ibérico -y después por las aceras soleadas de St Germain, ya sin la presencia tutelar de Kolbac, nuestra particular Celestina- el camarada Pedro terminó de decidir que aquel capullín que tenía delante -o sea, yo- era el mirlo blanco adecuado para algo que se traía entre manos en aquel momento.

Y así fue como, de pronto, en mitad de una conversación trivial sobre los efectos del franquismo en la sociedad española, el camarada Pedro va y me pregunta si no me importaría llevar conmigo ‘una cosa’ en mi viaje de vuelta a Madrid.

Yo dije alegremente que encantado y sólo a lo largo de la interminable tarde-noche me fui empezando a dar cuenta, muy lenta y confusamente al principio, de que me estaba metiendo en un lío de tres pares de cojones. O sea, en un lío ‘de cierta importancia’, quiero decir (para no ponerme excesivamente melodramático).

En efecto. Lo que en principio parecía una chorrada -como llevarle unos pañales franceses, por ejemplo, al crío de la hermana de alguien- se fue transformando en un asunto prolijo y al nivel de Graham Greene o de John le Carré. O así se me antojaba a mí, vamos. Porque lo que me dieron para meter en mi equipaje no era ninguna tontería sino que, muy al contrario, viajar a través de la frontera española con aquello (que sin duda, lector entrañable, recordarás de posts anteriores) era más bien delicado e implicaba ciertos niveles de riesgo imposibles de evaluar. Cierto que no resultaba fácil que te pillaran pero tampoco una delirante fantasía imposible. Podían perfectamente pillarte. Y si te pillaban, la habías jodido. En el mejor de los casos, ibas a parar semi-intonso al trullo (o sea, con sólo tres cachetes o con treinta y siete, vamos, sonoros y bien dados) arrastrando una condena en firme de unos cuantos años, más pesada que una bola de hierro oxidado: tres, cinco y hasta diez y puede que más años. En el peor, llegabas a la carcel con un riñón reventado o con una pata rota al haberte caído -ah, se siente, haber tenido más cuidado- por una escalera debido a los motivos más aleatorios e imprevisibles y en las circunstacias más azarosas, fortuitas e impensables (averigüelo Vargas y las quejas, al maestro armero). Cabía un amplio abanico de circunstancias y escenarios (como dicen ahora), desde que al guardia de turno le hubiera ido mal en las cartas esa tarde (y estuviera contrariado y tú pagaras los platos rotos) hasta que el señor Ministro de Gobernación estuviera histérico por as o por bes y quisiera resultados y metiera caña a sus esbirros o que la metiera el Caudillo in person y con la mosca detrás de la oreja, que era lo peor que te podía pasar.

Infinitas posibilidades, vamos.

Lo que sí queda claro es que, si te pillaban los guardias, ibas jodido, cuesta abajo y sin frenos. Y también que, como militante clandestino, yo era un insensato que tenía poco futuro: lo primero que le dije a Hélène, nada más volver a casa con el dichoso informe bajo el brazo, fue ‘Hélène, ahora soy comunista’. Semejante actitud no es la más indicada para alguien que va a contactar con la resistencia clandestina, nada menos, de un país totalitario en el que rige una férrea dictadura de corte naci-fascista y donde el habeas corpus no pasa de latinajo vistoso, como alea iacta est o quod natura non dat, salmantica non praestat.

Afortundamente, Hélène constituía lo más alejado del quintacolumnismo que pueda concebirse y, de hecho, en vez de ponerse trágica o de hacer preguntas para obtener más información, estalló en carcajadas cristalinas como las campanas de Bastabales (que cando vos oio tocar, mórrome de soidades).

-Pero ¿qué dices, tío? ¿De dónde sales? ¿Dónde te has metido? ¿Has bebido o qué?

-Nena, no sólo me vuelvo para España. Es que vuelvo en misión especial.

En aquel entonces estaba de moda cambiar el viejo mundo, pero cambiarlo de verdad, a lo burro, de arriba abajo, instaurando una ‘nueva sociedad’. Hélène -francesita y juguetona- recibió la noticia alborozada.

-Ah, que tu est si mignon (o sea, ‘mira que eres precioso’, o algo así, cosa que me reconforta recordar: hubo una época en la que yo le parecía ‘precioso’ -nada menos, o sea mignon- a alguien). Vamos, que yo era un encanto -a juicio de Hélène- porque estaba engagé, esto es, compometido (y arriesgando esos mismos huevecillos con los que ella no perdía ocasión de juguetear alegremente, dicho sea con todas las letras).

Ah, el compromiso…

Aldo Moro, lider democristiano italiano (y ex primer ministro) lo llevó muy lejos y estableció un Compromiso (con mayúscula) nada menos que Histórico (también con mayúscula). Pocos años después apareció en el maletero de un renault cuatro aparcado en el centro de Roma con un tiro en la cabeza.

En otras palabras: los ‘compromisos’, en casa y con gaseosa. Y a ver con quien.

Y, desde luego, con minúscula siempre.

Los compromisos los carga el Hombre y los dispara el Diablo. Y además de verdad.

Entre las broncas de finales de los sesenta, el acoso interior a Nixon por la guerra de Vietnam y el radicalismo del invento chileno de Salvador Allende (entonces el Hombre de Moda con su revolución democrática) parecía que La Revolución era posible.

La Revolución. Para contrarrestar el efecto de tanta bronca y tanto revoltoso dando la matraca (para gran alegría de la Unión Soviética) Richard Nixon inventó lo de la mayoría silenciosa (recuérdese que entonces había una cosa que se llamaba guerra fría que no era ninguna broma: era realmente una guerra y por hacer mucho menos ruido del que vienen haciendo Evo Morales o Hugo Chavez, Salvador Allende acabó como acabó. Hoy es el día que no sólo a los chilenos, también a los argentinos, siguen sin salirles las cuentas: cada vez que miran la evolución del censo en el siglo XX les faltan, simplemente, miles de ciudadanos. Cosas de la guerra. Fría, eso sí.

Y es que una cosa es jugar. Y otra, tensar realmente la cuerda.

Los españoles sabemos mucho de eso. El fascio hispano es muy jodido y el fusilamiento de Chema Torrijos, más que un cuadro. Y Luis Lacy, Díaz Porlier, Juan Martín y Rafa Riego, más que nombres. De calles. Hablamos de personas. Como otras muchas -desde Ferrer Guardia a Fermín Galán- no fallecieron de neumonía ni de traumatismo craneal. Lo cual que no significa que murieran a manos del fascio, que entonces no existía. El fascio es la forma que algo intemporal y perenne, algo vivo que nos acompaña y que permanece siempre entre nosotros, adoptó en determinado momento, en un momento bien concreto. Definir ese algo por encima del Tiempo, identificarlo -si es que realmente existe- y señalar su presencia constante, así como explicar la continuidad de su presencia aquí, entre nosotros, es tarea del Historiador (que ya está tardando, por cierto).

-No vayas por Irún, Bowman. Algo acecha.

Hélène tenía coco y me la quedé mirando fijo porque en aquella ocasión tenía, además, más razón que un santo. Algo inconcreto pero bien material acechaba, agazapado e inidentificable, en el fondo de la Historia de España, como una fiera en la ignota espesura selvática aguarda su momento, la ocasión de aparecer, de entrar de golpe y porrazo en el Tiempo para  hacerse presente delante de mí y descargarme su zarpazo iracundo, inmisericorde y mortal, como tantas veces lo había hecho antes a lo largo del Tiempo sobre ilusos españolitos con hambre y sed de justicia (y de todo), convencidos de

que España, la Verdad, el Pan y la Justicia -y hasta Dios y la Razón- los llamaban. De hecho, se me tenía que haber ocurrido a mí, pero no: se le ocurrió a ella, que para eso había estudiado, había leído los Principia Mathematica, las Siete Tesis sobre Feuerbach y la Riqueza de las Naciones. Yo estaba demasiado ofuscado, asustado, abismado por la desmesura de los riesgos que había asumido y no terminaba de discernir con claridad. No era más que un transportador y, salvo tres normas elementales de seguridad (que ya había empezado a incumplir), estaba en manos de Dios, Nuestro Señor y Padre que está en los Cielos. Era mucho más lo que no controlaba de ninguna forma (y que podía conjurarse contra mí de mil formas, a cual más espantosa), que lo que dependía estrictamente de mi exclusivo cuidado. Si las cosas se ponían mal, tenía pocas opciones, mayormente poner al mal tiempo buena cara, sonreír lo más posible y esperar a que escampase. Pero si el tiempo llegaba a ponerse realmente mal, sería condenadamente difícil (por no decir claramente que seria imposible). Y el tiempo se ponía a veces extraordinariamente mal por los motivos más absurdos. Había nombres concretos -Pedro Patiño, Miguel Álvarez, Enrique Ruano…- que no sólo eran leyendas que iban de boca en boca, sino tragedias reales. Para ellos nunca escampó, sino que la tormenta realmente se los llevó como se había llevado ya a otros muchos entre el triste siglo XX y el que lo había precedido.

-No vayas por Irún, Bowman

El aviso de Hélène tenía fundamento. Ir por Irún era entrar en España por el País Vasco.

-Vete por Cerbère, mi pobre Bowman. Entre turistas pasarás más desapercibido.

Sí, claro. Como que la bofia es tonta.

-Vale, vete por donde te dé la gana. Pero el Puerta del Sol lo miran con lupa. Me han dicho….

El Puerta del Sol era el tren nocturno directo Madrid/Chamartin-Paris/Austerlitz. Un Talgo que entre Irún y Hendaya -sobre las mismas vías en las que se habían entrevistado Franco y Hitler treinta y pocos años antes- cambiaba el ancho de los ejes de las ruedas, circunstancia que aprovechaba la Guardia Civil para hacer una ronda, mirar equipajes y, en fin, toda la coña del trámite aduanero. Y todo ello de madrugada. Espectacular. Así que no quise saber lo que le habían dicho a Hélène. Las Historias Para No Dormir ya me las montaba yo solo sin necesidad de ayuda.

España era entonces, en los primeros setenta, algo así como Albania. La Albania de Occidente, pero Albania. Un sitio raro -con sol, Franco, sangría y paella- en el que la clase de tropa europea podía veranear barato -es decir, pasar su mes de vacaciones pagadas- y hacerse la ilusión de que estaba en las Seychelles, en Malibú, en Capri o -en el colmo de la imaginación- en la Côte D’Azur. Sí, donde Cannes-Sur-Mer y el Monaco de Grace Kelly. Como los ricos de casa de toda la vida. Una fascinante ensoñación cuya textura es fácil palpar en la peli Atrapa un ladrón (To Catch a Thief, 1955) de Alfred Hitchcock. Con ‘eso’ exactamente soñaban las clases trabajadoras y medias de la Europa de la (larga) postguerra. Cierto que en España no se les daba DomPerignon, sino Freixenet, y que no iban al Carlton, sino a la MariPepa, ni se bañaban en La Croisette, sino en Benidorm, pero el sol era el mismo y el Mediterráneo también y, qué coño, sólo se vive una puta vez así que tira y creételo, coño, que la Segunda Gran Guerra pasó, más de cincuenta millones de personas de los cinco continentes ya no lo cuentan y nosotros seguimos vivos.

Afortunadamente, Palma de Mallorca (con su catedral gótica reflejada en el mar y su castillo de cuento de hadas en lo alto), así como la Costa Brava (o la leyenda hippie de Ibiza) eran de verdad y terminaron labrándose su propio carácter y convirtiéndose en la nueva estampa de España (que llevaba cien años, lo menos, estancada en las manolas, los ‘guerileros’ y les braves femmes tipo ‘la’ Carmen, de Merimeé).

Después, SM El Rey se puso al volante y empezaron a pasar cosas nunca vistas en la Historia de España, ni siquiera en la de los últimos doscientos años. La Monarquía renunció a su Omnímodo Poder Absoluto, pactó con la gente y hubo reparto de funciones, esto pa ti, esto pa mí. Además, a la Presidencia del Gobierno accedió un fulano que había ordeñado vacas y se vio que no todo iba a ser españolía de bien (aunque a la españolía de bien, tanta modernidad le supo a cuerno quemado). En cualquier caso, empezamos a dejar  de ser ‘diferentes’ y a jugar en otra liga. Veremos a ver lo que aguanta la paraeta antes de que algo vuelva a ponerse a dar manotazos, tumbe el estaribel y deje la mesa patas arriba otra vez.

Porque, como siempre, algo acecha incansable.

Nunca volví a ver al camarada Pedro ni a saber de su vida ni de su historia ni siquiera su verdadero nombre, pero me acordé especialmente de él pocos años después, al cabo de año y medio de la desaparición de Francisco Franco, cuando Alberti y La Pasionaria focalizaron la atención de los fotógrafos al bajar de su escaño para ocupar la ‘mesa de edad’ y abrir la llamada ‘primera legislatura de la democracia’ (con el famoso discurso de Juan Carlos I que incluyó un emocionado, emocionante y emotivo ‘la democracia ha comenzado’). No tuve problemas entonces en imaginar al ‘camarada Pedro’ cumpliendo al fin su sueño. ¿Lo recuerdas, lector cómplice y amigo? Subir al Zocodover toledano y con su propio nombre y sus dos apellidos, los que fuera que fuesen, tomarse al fin un café en España, en su España, en la España de siempre, en aquella España rocanrolera y minifaldera de la movida, tan distinta -como el resto del mundo lo era también- a la que él había conocido en los años treinta y que permanecía aún viva y a flote, amarrada con terquedad al viejo pero firme pantalán de su memoria.

Ahora la duda está en si la diferencia afectaba tambien a la entraña o se quedaba sólo en la apariencia.

Y en si algo estaba controlado de veras.

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