Barrancos de tristeza donde rompo a llorar

Troncos de soledad,
barrancos de tristeza
donde rompo a llorar.

Esto escribió Miguel Hernández Gilabert en las semanas que precedieron a su muerte anunciada, cruel y vengativa. No tenía treinta y tres años pero había vivido, experimentado y expresado lo que algunos no seríamos capaces ni que llegáramos a los ochenta.

Dentro de unos días, el sábado de la semana que viene, (el gran) Miguel Hernández Gilabert cumplirá cien (frescos y juveniles) años.

Cien años ya.

  • Dos ojos como faros incrustados en un terrón de tierra caliente.
  • Una cabeza con hechuras de tubérculo.
  • Un poetazo como la copa de un pino.

 

Decir que don Miguel Hernández Gilabert fue poeta es decir poco: es quedarse corto.

Y es que cualquier junta letras con pretensiones se proclama poeta porque gana premios en los ateneos culturales de barrio y publica libros trufados de versos incomibles.

Pero don Miguel Hernández Gilabert es otra cosa. Los versos de don Miguel Hernández Gilabert llevan una tonelada de años perforando la oscuridad e iluminando rincones nunca vistos u olvidados y, en cualquier caso, imprevisibles. Y es que más que versos son lámparas, que digo lámparas, centrales eléctricas es lo que son, brillantes, espectaculares y capaces de superar cualquier prueba y seguir dando luz siempre que sea necesario, alumbrando en las peores y más siniestras circunstancias.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

Sus versos contienen las mismas palabras, curiosamente, exactamente  las mismas que usa uno cada día. Pero es que en el discurso enérgico de Miguel Hernández resplandecen con una potencia voltaica de la que en otros contextos carecen. Será que no sabe uno usarlas con la intensidad que tenía aquel chico aldeano de aire tosco, dicen, que se subía a las acacias de Chamberí para mostrar a los estirados madrileños qué cosa era un ruiseñor y que nunca perdía la ocasión, en llegando mayo, de escaparse un rato a bañarse al río bajando las cuestas del parque del Oeste.

-¿De dónde vienes, Miguel? -cuenta Neruda que le preguntaba cuando lo veía aparecer por su casa de Argüelles con el pelo húmedo y la ropa arrugada.

-¡Del río! -respondía travieso y divertido el pastor oriolano de veintipocos años.

‘Ya sé que eso no se hace’, parecía decir su franca espontaneidad, ‘pero cada uno es como es’. En efecto, cada uno es como es y no es extraño, por tanto, que los gomosos señoritos andaluces que eran Lorca o Cernuda -o el medio pelo con pretensiones que era Alberti- no pudieran soportar al extrovertido paleto de la serranía alicantina.

Muerto mío, muerto mío:
nadie nos siente en la tierra
donde haces caliente el frío.

Paleto y todo, Hernández Gilabert es de esa clase de escritores que nunca mueren porque, más allá de la muerte, siguen y siguen preclaros y eternos engrandeciendo el idioma. Mira que el siglo XX español nos ha sido pródigo en poetas increíbles (ya que hemos mencionado a Lorca, Cernuda y Alberti). Sí. Uno se abisma pensando en el sabio Dámaso, en el loco Leon Felipe, en el verborreico y ya mentado Alberti, en la hondura malherida del también mentado Cernuda, en el sabio ‘Manolito’ Altolaguirre, en el vallisoletano Guillén, en Vicente Aleixandre, el superviviente (una de las primeras personas que supo vislumbrar un genio bajo las hechuras del paleto alicantino, que le dedicó su mítico ‘Vientos del Pueblo’, que en 1949 fue agraciado con el Premio Francisco Franco -tócate las narices- y en 1977, consagrado con el Nobel de Literatura), en don Pedro Salinas, gato cosmopolita, en el pobre JoseMari Hinojosa, injusta, trágica e ignominiosamente asesinado por una turba de aterrados hijos de puta en la tormenta de 1936). Un rosario inacabable de genios. Y de los que Miguel Hernández se sentía (y se sabía) hermano.

Generoso, lúcido y brillante (y comunista), el oriolano los conjuró a todos en uno de sus poemas más hermosos (vamos, en uno de los más hermosos de toda la literatura española): Llamo a los poetas, se titula. En él convoca a sus conmilitones y los invita a encontrarse con él todos juntos en un lugar (quimérico) ‘donde la telaraña y el alacrán no habitan’ así como a quitarse ‘el pavo real y suficiente’ y a abandonar ‘la solemnidad’.

El poema está en su libro ‘El Hombre Acecha’ y a continuación lo doy entero porque vale la pena.

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.
Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.

‘Agredimos al tiempo‘ dice el tío, como si tal cosa. ‘Agredimos al tiempo‘. Nosotos lo agredimos. El Tiempo‘, el Transcurso, o sea, la misma Muerte, se ven asediados, agredidos, importunados por nosotros, ‘la sal del aire. Tan sensibles al clima como la misma sal’. Con un par. Olé tus huevos. Optimista y valiente.

Éste era Miguel Hernández, el hombre al que no se consintió vivir, envejecer, madurar. ¿A dónde hubieran llegado él y Lorca si hubieran podido recoger la inmensa siembra de sus primeros años? Me gusta  imaginar a un Lorca mayor, grueso y maduro, autor-estrella paseándose con bigotón por Broadway. Y a un Miguel Hernández enérgico escribiendo maravillas y promoviendo fascinantes proyectos de regadío moderno, justo y rentable en el agro hispano. Lo que tal vez hubiera podido ser en una España moderna y abierta en otro mundo que nunca, nunca fue.

Antes no mencioné (pero lo hago aquí) al trío imprescindible de ases de esa formidable baraja que son los poetas españoles del siglo XX -Machado (Antonio), Jiménez (Juan Ramón) y Lorca (Federico García)- que con Hernández configuran un póker increíble porque increible es que semejantes artistazos coincidieran en el tiempo y se saludaran por la calle o se profesaran odios raros (o más bien manías, tan entrañablemente hispanas) sin que ninguno de ellos terminara de llegar a darse cuenta ni a saber realmente quienes eran en verdad todos ellos: ángeles exiliados en la Tierra (‘Residencia en la Tierra’, tituló Neruda uno de sus libros), expulsados del Paraíso por demasiado humanos. Sólo la fina inteligencia de uno de ellos, de don Miguel Hernández Gilabert, acertó a ver, inmodesto y clarividente -lo mismo que un medium capaz de leer el futuro- como ‘tiritará mañana mi corazón helado en varios tomos’ brillando en aulas y bibliotecas, eso sí, hay que insistir en ello, de ‘otro tiempo’. Del nuestro, vamos.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.
…………………………………………
Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Don Miguel Hernández Gilabert hizo muchas llamadas en su poesía, sobre todo en Viento del Pueblo, uno de sus libros más mencionados. También es muy mencionado ‘El rayo que no cesa’, el libro que habría sido inspirado por su amor hacia Maruja Mallo, inclasificable pintora con la que habría vivido una historia de amor (lo que a mis ojos engrandecería

En 1942, Alberti hizo en Argentina una excelente edición de ‘El rayo que no cesa’

 

todavía más las ya de por sí gigantescas figuras de ambos). Yo, por cierto, anduve como Miguel Hernández enamoriscado también de esa mujer, cuando Maruja Mallo anduvo por el Madrid de los primeros ochenta dictando lecciones de pintura, de arte y de vida a los mozos de entonces. Pero si Maruja Mallo sacaba unos añitos a Miguel Hernández (ocho, nada menos), no te digo a mí: tenía edad para ser mi bisabuela. De todos modos, la gallega vivía entonces en una dimensión tan inalcanzable como la que ocupaba la real hembra que cincuenta años antes había desafiado absolutamente todo haciendo única y exclusivamente lo que creía que debía hacer. Una figura y una obra a descubrir y reivindicar, la Mallo, y no sólo por las feministas de salón (el día que la Bibiana le ponga la mano encima a la Mallo, se acabó lo que se daba: la mata, fijo). La Mallo fue otra de tantas cosas que rompió en mil pedazos la alucinada e increíble sublevación filo-nazi de julio del 36.

En fin, volviendo a mi supuesto rival amoroso, don Miguel Hernández Gilabert, recomiendo a la parroquia que desee comprender donde reside la magia imprescindible de este artista irremplazable  -si es que aún no lo ha comprendido- dos libros casi póstumos. ‘El hombre acecha’ y el ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’, cuya mera existencia hoy entre nosotros (es decir, que -simplemente- no hayan desaparecido en la torrentera del vengativo Tiempo agredido por Miguel) bien puede atribuirse a otro milagro obrado por intercesión de ese santo (laico) que fue don Miguel Hernández Gilabert.

Total, que feliz cumpleaños, don Miguel. Que cumpla usted otros cien mil.

Y que nosotros lo veamos.

Gracias por todo.

————

Uvas como tu frente,
uvas como tus ojos.
Granadas con la herida
de tu florido asombro,

dátiles con tu esbelta
ternura sin retorno,
azafrán, hierbabuena
llueve a grandes chorros.

————

Ausencia en todo toco:
tu cuerpo se despuebla.
Ausencia en todo pruebo
tu boca me destierra.
Ausencia en todo siento.

————

Si te perdiera …
Si te encontrara
bajo la tierra.

Bajo la tierra
del cuerpo mío,
siempre sedienta.

————

Flor de la luz el relámpago,
y flor del instante el tiempo.
Entre las flores te fuiste.
Entre las flores me quedo.

————

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

————

No puedo olvidar
que no tengo alas,
que no tengo mar,
vereda ni nada
con que irte a besar.

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3 respuestas a Barrancos de tristeza donde rompo a llorar

  1. Siana dijo:

    Para éste, no he podido esperar a leerlo.

    100 años, qué joven. Muy grande este homenaje Maese Bow. Gracias por compartirlo. Yo voy a poner mi granito de arena también en mi trabajo distribuyendo sus poemas por doquier. Que todo el mundo que visite la biblioteca sepa, en cada rincón, que lo que muchas veces pensamos o sentimos otros ya lo supieron expresar con clarividencia, y especialmente, belleza y sentimiento.

  2. Maríalaportuguesa dijo:

    No soy de poesía.
    Yo comprendo a Pepe Hierro y a Salinas y a Gelman y a cuatro o cinco más pero el único (el único) que me emociona es Miguel.

    Una especie de emoción muy española, muy triste y muy alegre pero sobre todo muy triste. Muy de miserias nuestras, de víscera.

    Yo creo que palmó sin saber lo grande que era.

    Bonito, tu nuevo local.
    Mejor.

  3. Trinidad dijo:

    Estoy lampando por comprarme sus obras completas. Gracias por la entrada, Bow.

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