El profesor Kolbac

 

Así era la vida con los oficinistas parisinos. Iban, venían, tomaban café, contaban cosas, las escuchabas, preguntaban cosas y tú las contestabas. Normalmente, desaparecían tras intercambiar tres lugares comunes.

Con el buen profesor Kolbac, pero, no fue así. El profesor Kolbac se quedó y se tomó tres cafés.

Y al día siguiente, volvió.

-¡Ah! ¿Español? La verdad es que no tiene usted nada de-el acento, debo decir -y sonrió- Seguro que yo tengo bastante más acento cuando hablo español.

Y se pasó al español tendiéndome la mano.

-Encantado. Jean Kolbac, profesor de lengua y cultura essspa-nio-lás en París VII (Paris Sept, dijo, en francés).

Se refería a la recientemente creada Universidad de París VII, la Denis Diderot, cuyo Campus de Jussieu, al otro lado del río, en la Rive Gauche, no estaba precisamente a mano (pero tampoco donde da la vuelta el aire).

A pesar de eso, Kolbac no se limitó a venir un día sólo, sino que repitió y vino varios, todos seguidos, en los que hablamos de lo divino y de lo humano mientras yo le preparaba un café y él se lo tomaba. Con calma, sobre todo, se lo tomaba, disertando despacio, moviendo mucho las manos con el café caliente recién hecho debajo de la nariz, como dejándose penetrar por su aroma fecundo y fecundador. El café -y, sin duda, también la situación- lo estimulaban.

-Hay que leer más a Rimbaud. Rimbaud y Eluard, amigo Bowman, dotan a la lengua francesa de una exprevisividad nunca vista hasta entonces.

Yo me rebelaba. Yo no había leído a Rimbaud ni a Eluard pero la idea de que si una lengua viajaba al futuro era a lomos de los poetas se me aparecía entonces idiota.

-Se equivoca, pues, David. Piense en la lengua española y en lo que dará que hablar en el siglo XXI. Cierto que la España está enjaulada pero Borges llena un siglo.

Su acento dejaba que desear al hablar español, pero la sintaxis era perfecta, incluídos giros coloquiales y alguna que otra catalanada (Kolbac había vivido en Barcelona y se preciaba de leer y entender el catalán mejor que muchos fraceses del Rosellón).

También me habló de la ‘poesía diezmada’: Machado, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Miguel Hernández…

-Lea ‘Cancionero y Romancero de Ausencias’: un milagro. Está editado en Argentina. Lo encontrará en la librería de Ruedo Ibérico.

Un tipo peculiar, Kolbac. Debía tener cuarenta años, quizá alguno menos, y era un tipo alto y rubio, de ojos claros y pecas, uno de esos francesitos monos que pierden a las tías -o que perdían, por lo menos, a las españolas de entonces- y que promocionaban las portadas del Salut les Copains!’.


O sea, un tío a medio camino entre Johnnie Halliday y Alain Delon. Aunque el estilo del profesor Kolbac, eso sí, era mucho menos estridente, más académico, así como su actitud. Vestía una gabardina triste -y no ‘blousson’: cazadora, o sea- que debía haber comprado en las rebajas de ‘La Samaritaine’ (ya sabes, on-y-trouve tout a La Samaritaine) y arrastraba una cartera vieja -buena, de cuero- que había conocido tiempos mejores.

-En Barcelona tenía una novia. Ah, las españolas… -y se ponía soñador recordando su juventud, a finales de los cincuenta, en una Barcelona triste y reprimida donde lo más excitante eran los cabaretes del Paralelo.

Uno de los días se tomó una copita de cassis y cantamos (bajito) el Asturias Patria Querida, que al profesor Kolbac le emocionaba especialmente. Ya era tarde y se habían marchado todos los clientes. Los moros de Ahmed, que en aquel momento recogían y limpiaban entre las mesas, se acercaron encantados a canturriar y a beber con nosotros. La colla de moros entonaba muy bien y Rachid, que era un prenda, hasta puso percusión con una cucharilla, una taza y un cenicero, de modo que el venerable cántico de curdas -y hoy solemne himno de la Comunidad Autónoma Asturiana- acabó sonando a ‘musique-banlieue’ (un género entre rasta, hip-hop, algo de chanson française y mucha música moruna) pese a que entonces no se había inventado todavía.

Durante aquella sobremesa musical, Kolbac se revelaría como un verdadero animador socio-cultural, o un agitador, visto desde cierto punto de vista, y no me costó nada imaginarlo pocos años atrás armando lío, arrancando adoquines y creando frases junto a Cohn-Bendit encaramado a la fuente de Saint Michel en el curso de los sucesos del mayo famoso.

A lo largo de mis conversaciones con él supe que era judío, aunque nada practicante (hasta el extremo que no le hacía -según dijo- ascos al jamón español, del que dijo maravillas). Sus abuelos maternos, que aún vivían, eran sefarditas marroquíes y los paternos, askhenazis originarios de las costas bálticas que se habían asentado en Francia tras la revolución rusa. Durante la Ocupación -entre el 40 y el 44- unos se habían refugiado en España y otros en Escocia hasta el punto de que en junio del 44, su tío Benajamin Kolbac se había lanzado en paracaídas en los alrededores de Rouen encuadrado en una compañía mixta (en la que había muchos comunistas y anarquistas españoles) vistiendo el uniforme del ejército norteamericano.

Como yo seguía sus historias con interés, especialmente las de los exiliados españoles, un mundo que a mí me atraía especialmente y que él parecía conocer bien, insistió en presentarme a un amigo que, me dijo, tenía mucho que contar y que me iba a gustar. Así fue como conocí al camarada Pedro y acabé con el informe sobre la fuga de capitales en España bajo el brazo.

-Buenas tardes. Aquí le presento a mi querido amigo español.

Ahora, yo temblaba literalmente de miedo. Ya no volvería a ver nunca más al camarada Pedro y el informe yacía ya entre mis cosas en el armario del piso del bulevar Richard Lenoir. En mi tontera, ni se me pasaba por la cabeza deshacerme de él, tirarlo a una papelera y olvidarme del asunto. Aún así, la mera idea de pasar la frontera cargando con él me producía sudores fríos. En la portada y en cada una de sus páginas lucía las siglas PCE, la aclaración ‘Comité Central’ y el aviso ‘informe confidencial’. Por alguna razón que no entendí, no podía enviarse por correo. Tenía que llevarlo y entregarlo en mano un mensajero ‘limpio’, alguien que la temida policía política española no pudiera relacionar con la resistencia clandestina, fuese en el interior o en el exterior. Alguien serio y comprometido pero que, a la vez, no hiciera levantar la ceja desconfiada al guardia civil de turno nada más presentar el pasaporte en la frontera.

Un mirlo blanco, vamos. Un perfecto imbécil.

Servidor de ustedes.

Yo no he tenido nunca un talante romántico ni la capacidad de idealizar mínimamente las situaciones. Muy al contrario, como buen mirón que soy, las cosas siempre se han presentado descarnadas a mi consideración, desnudas, como son y hasta con un punto, incluso, de crudeza. Hoy me doy perfecta cuenta de que, si hubiera tenido otro carácter, no habría terminado abdicando de mi naturaleza social ni transmutado en un astronauta perdido, gruñón y solitario que nada entiende. Sí: de no haber renunciado a esa solemne y vanidosa mamarrachada que es la sociabilidad, habría sido literato, empresario, político, creador de naciones, líder sindical, conductor de pueblos, almirante, cabeza de equipos humanos multidisciplinares, militar, explorador polar, diplomático posibilista y conciliador, deportista de elite, competitivo, ganador o, simplemente, director de cine. Pero un cierto pesimismo me ha mostrado siempre -cada vez que me he embarcado en algo de cierto pelo y con pretensiones de trascendencia- la inutilidad del esfuerzo, la mediocridad de quienes me acompañaban y, sobre todo, mi propia incompetencia. No estoy preparado moralmente para soportar el peso social de ninguna acción relevante. La verdad es que no hay nadie con menos fe en mí que yo mismo. En cierta ocasión lideré un trabajo profesional que obtuvo reconocimiento internacional, incluso premios y menciones de todo tipo, así como sustanciosas repercusiones económicas (que, al final, es de lo que se trata, de qué sino). Bien, pues el recuerdo que me queda de aquellos espectaculares días de gloria trufados de parabienes es el de mi propia estupefacción. Naturalmente, no me podía permitir el lujo de la sinceridad, pero yo deseaba aclarar que se confundían todos y que aquello que tan extraordinario parecía no era más que una chorrada… como todos ellos, por otra parte, como todos los que me felicitaban, como todas sus empresas, proyectos, inversiones, fundaciones, donaciones, obras emblemáticas y todo el interminable rosario de infinitos dislates megalómanos como llenan nuestras vidas, desde el cine de Scorsese a este ridículo blog.

Una inutilidad completa y total de la que el mundo podría prescindir sin problemas. ¿O es que se emprede algo por un motivo distinto de la avaricia económica o del simple afán de notoriedad de quién emprede?

No. Y, en consecuencia, sólo cabe concluir que nada es útil, necesario ni imprescindible. Ni tan siquiera yo. Y si yo -yo: nada menos que yo mismo- soy plenamente conciente de mi propia inutilidad y del egoismo que guía cuanto emprendo ¿por qué voy a suponer algo distinto en el Papa, en cualquier gilipollas de Premio Nobel, en mi vecino o en Teresa de Calcuta, esa candidata a la santidad? Gran impostura la de la santidad para esa monja albanesa que, probablemente, sólo actuó empujada por una morbosa variante de la vanidad.

Pero que nadie se engañe porque no proclamo la inacción ante lo que sucede, sino que afirmo ante todo la inevitabilidad de lo que sucede, qué es bien distinto. Y la inevitabilidad, por tanto, de las acciones que se emprenden como consecuencia de lo que sucede. Tanto mérito tendría Hitler, ése que creó el nazismo como consecuencia -entre otras cosas- del crack de 1929 (aunque él, insensatamente, creyese que había sido por otra cosa, pobre imbécil) como Freud, que creó el psicoanálisis porque la hipocresía formal del puritanismo luterano ya no se sostenía (aunque los fans del matasanos vienés crean que Freud inventó el subsconciente y el super yo y toda esa mierda porque era un genio que se aburría mortalmente y tenía que inventar algo grande que dejara pasmada a la Humanidad, vale decir, a los europeos más pijos de todo el continente).

En fin, que tanto Hitler como Freud fueron, por esas cosas que pasan (más que por su mérito), inevitables y para nada excepcionales. Hay que asumir ya que nada es producto de un chispazo de genio individual ni de un destello de talento. Ni mérito de la iniciativa, de la premeditación o de la generosidad. No, porque todo es producto de un azar inevitable. Sin más mérito que el que tiene un cazador acechante que, rápido de reflejos, da oportunamente el hachazo mortal a una presa que, por desgracia para ella, va a pasar por allí en un momento tan concreto como impremeditado para ambos. Como ya avisara Picasso en su momentoo, demostrando un gran criterio, ‘yo no busco, yo encuentro’.

Resumiendo, que la Ingeniería, la Planificación, la Empresa, el Diseño, la Organización, la Política, el Método, el Cálculo, la Intencionalidad y la Iniciativa Privada fueron siempre y son todavía hoy (y lo serán mientras se crea en ellos) grandes bluffs que gozan, como el Evangelio, la Medicina Privada y la Asesoría Bursátil, de un prestigio tan excesivo como infundado. Lo que tiene que suceder, sucede porque sí y ya está. Ya pueden ponerse campanudos el cristianismo católico o el luterano, el islamismo, el liberalismo, el marxismo, el evolucionismo, el fascismo, el relativismo, el nazismo, el surrealismo, el militarismo, el caudillismo, el impresionismo, el galleguismo, el neorrealismo, el anarquismo, el minimalismo, el ecologismo y Pedro Jota porque las cosas caen por su propio peso. I prou.

Nunca porque ellos las empujen (ensoberbecidos).

¡Qué manía la de emprender nada, oye!

Con lo bien que se está en casa en zapatillas y con bata.

Otra cosa es que, colocados ‘en un trance histórico’ (como definió Salvador Allende Gossens antes de volarse la cabeza con lucidez ejemplar), no quede otra que tirar para adelante y pechar, en fin, con las consecuencias de haber estado ahí y de haber empujado. Y es que lo que hay que hacer, hay que hacerlo. Y fuera: ya sabe muy bien cada uno qué es sin necesidad de que se lo digan.

Así que me agarré a aquel informe comunista sobre la sangría económica a que se estaba viendo sometida España (ante la evidencia de que Franco se acababa, sí o sí, y ahora vaya usted a saber qué pasa, así que yo me lo llevo crudo y el que venga detrás, que arrée. Y aquí estamos. Arreando), y con él bajo el brazo me presentaba tres días después en la frontera.

-España, he vuelto. Y que sea lo que Dios quiera -me dije, melodramático, en la estación de Cerbère mirando para el otro lado.

Para la dulce tierra de España, o sea.

Si alguien en aquel momento me susurra al oído que muy pronto vería nada menos que al todopoderoso Carrero Blanco sobrevolando los tejados de Serrano con coche y todo. Y antes de cuatro años a Dolores Ibárruri, Pasionaria, a Santiago Carrillo y a Rafael Alberti en la Carrera de San Jerónimo, en Madrid (y con sus respectivas actas de diputado en el bolsillo, nada menos) hubiera pensado que ese alguien estaba loco.

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