La rebelión de la cafetera

Lo que puede llegar a gustarle a la gente enrollarse delante de la barra de un bar no está en los escritos. La comprensión cabal de esto era -a mi juicio- una de las claves del éxito de Le Plaisir Du Rond-De-Cuir.

La otra era Ahmed.

Ahmed cocinaba como dios. Además se encargaba del mercado y administraba todo lo referente a la cocina con mano de hierro y quitándole a nuestro jefe un cuidado. Ahmed ejercía, en la práctica, de director técnico de Le Plaisir Du Rond-De-Cuir. Esto permitía a Monsieur Castellani consagrarse a la comercialización con la seguridad de que la usina (de usine -‘fábrica’ -argot de españoles inmigrantes o exiliados en Francia) marchaba sola y respondería siempre.

Castellani podía darse con un canto en los dientes.

Ahmed me contaría como, antes de llegar a Francia, había trabajado desde crío en restaurantes de la internacionalísima Tánger -todos excelentes, según me explicaba- donde aprendió el oficio hasta el extremo de dominar numerosos y delicados matices. Así sabía, por ejemplo -aunque no lo supiese verbalizar- que para el mostrador de los cafés venía mejor un (y no una) un, digo, joven ‘occidental’ y como de clase media, vamos a decir. Medio pelo. Un quiero y no puedo: un ‘igual’ (pero joven) que despertase el paternalismo de los oficinistas parisinos de ambos sexos. De los white collar.

Recordaré a la parroquia que  Le Plaisir Du Rond-De-Cuir era un restaurante autoservicio del centro de París. A medio día, los ‘chupatintas’ -los rond-de-cuir, o sea, los culo de cuero- entraban en tromba, pillaban su bandeja (un ruidoso artefacto de aluminio), se servían en los expositores lo que querían y pagaban. Entonces se sentaban y comían. Cuando terminaban, encontraban junto a la puerta de salida una mini cafetería -lo que de puertas para dentro llamábamos el puesto de mando de los cafés- con una barra en la que se servía un café rápido y operativo y hasta una copa a precios fijos que no recuerdo, unos pocos céntimos el cafe (fuese solo, con leche, cargado, frío, sin azúcar, etc) y otro precio distinto para las copas, siempre el mismo fuese cual fuese la copa (coñac, cassis, beaujauleais o cualq otra ocurrencia).

-¿Una copita, señor Armand?

-¿Eh? Ah no, joven hombre, mi Dios, hágame usted el favor. Esta tarde hay que empujar Francia…

Allí se echaban parrafadas sin trascendencia, intercambiaban opiniones gentes que no se conocían de nada y entre todos, sobre todo, arreglaban el Tour, que sólo lo ganaba Merckx, ese belga fiero. Y para una vez que no lo ganaba, venía a enseñar a los franceses su rueda trasera Ocaña.

Un español.

-Pero criado en Francia ¿eh? -puntualizaba siempre alguien.

No era cualquier cosa el puesto de mando de los cafés. Es cierto que un buen profesional, experimentado y de edad -europeo o no- hubiera valido bastante mejor que un estudiantillo. Sólo que habría resultado demasiado caro. Estos profesionales resultaban mucho más rentables en cualquier otro sitio, donde a su vez sacaban más partido a su oficio, a su experiencia y al sueldo que cobraban: en el Cafe de la Paix, sin ir más lejos, exquisito y celebrado tugurio con fama y renombre que abría sus puertas a cuatro manzanas de allí.

En cuanto a una señorita, pues tampoco.

Una chica hubiera significado una joven competidora para las oficinistas (inconscientemente, claro) y un ligue potencial (consciente o no) para los oficinistas. O sea, un follón. Y un joven marroquí -salvo excepciones, por ejemplo un urbanita tangerino habituado al trato con europeos u ‘occidentales’ en general, digamos- nunca despertaría empatía entre la clientela, masculina o femenina, que -en consecuencia- se detendría menos con el café y, desde luego, vería disminuir el impulso de acercarse a  Le Plaisir Du Rond-De-Cuir (un nombre con más sentido del que parece y que en buen español de España sería algo así como La Alegría del Chupatintas).

Así que no se equivocó Ahmed al fijarse en mí para servir los cafés y recomendarme para el puesto. A los tres días de haberme encaramado -con su ayuda- al puente de mando de los cafés, Joe Patras ya había pasado a la Historia y Monsieur Castellani debió reconocer que carecer de l’esprit cassier no le convierte a uno, necesariamente, en un idiota. Ha habido notables bomberos, patrones de pesca y exploradores polares que han hecho grandes cosas sin el dichoso esprit cassier.

-Nuevo ¿eh? -me espetaban los oficinistas, o sea, los rond-de-cuir- ¿Qué ha sido de Joe?

-Él es partido para la Alaska. Él lo era biólogo etólogo y lo ansiaba mucho de estudiar la mierda de los osos (las heces en sí mismas, o sea) de por aquel lugar -les explicaba pormenorizadamente mientras sacudía los filtros de la cafetera, los cargaba y trasegaba tazas con más seriedad que si estuviera en la sala de máquinas del Marechal Ferdinand Foch (que era un portaaviones, el buque insignia de la la Armada Francesa).

Ellos sonreían campechanos y me preguntaban si era estudiante y que qué estudiaba y donde.

-Estudio ingeniería termonuclear de partículas -mentía yo con desparpajo: al fin y al cabo daba igual- en la filial de la Scientific American University of Madrid. Una cosa que financia Rockefeller.

Ellos entonces se admiraban y concedían un valor desmesurado al café que se tomaban: no es lo mismo que te prepare café un puto moro de las montañas del Rif que un simpático new-yorker o, en su defecto, un jovencito instruido y educado que -a pesar de ser español-  estudiaba algo vagamente atómico de lo que ellos no habían oído hablar nunca. Y con los americanos, encima, joder, que es que los americanos, oye. Y con Rockefeller…

-Ah ¿es español? Pues que es ello que usted habla muy bien el francés.

Yo me hinchaba como un pavo y les guiñaba un ojo con cara de superdotado. Un día la cafetera se puso tonta, la muy hija puta, y a pitar como una locomotora y a echar agua caliente a presión por tres sitios distintos. Ellos se retiraban para que no les ensuciara y me miraban como mirarían a un enviado de Dios. Daban por supuesto que un superdotado que estudiaba algo tecnológico (con los americanos, nada menos, y con el respaldo de Rockefeller, encima) resolvería aquella impostura en un plis plas. Pero yo no sabía qué hacer y ni siquiera por donde empezar, a pesar de lo cual me movía en torno a la cafetera con cara de inteligencia: estilo, presencia y clase, hasta para subir al cadalso.

-Esto va a ser cosa del agua… -decía yo entre dientes.

Un corredor de comercio de la calle Vaugirard, entretanto, me daba consejos.

-Un vecino de un amigo de mi cuñado tiene un bar en Lyon y siempre le falla la presión. Yo que usted probaría a enderezar la exedra electrónica con la sephora. Aunque, claro, igual lo que hay que hacer es llamar a un fontanero…

Para mí que se estaba quedando conmigo. En cualquier caso, me sentía impotente, incapaz e inútil como Buster Keaton. Ni exedra ni sephora ni ná. Lo del fontanero, en cambio, no estaba mal traído porque en el suelo se estaba formando una pequeña sucursal del Puerto de Marsella que en diez minutos, como mucho, tendría calado suficiente como para cobijar al mismísimo Marechal Ferdinand Foch.

-¡Jefe! ¡Jefe! -empezó a gritar (el cabrón de) Rachid, que pasaba cargado de bandejas camino de la cocina- El Español la ha pifiado y ha montado un estropicio. El comedor está inundado y muy pronto el agua llegará a la calle.

Ahmed apareció con cara de estar dispuesto a matar a alguien por muy poco.

-¿Te quieres callar, pedazo de gilipollas?

Y le dio un caponazo sin ninguna clase de piedad. Rachid desapareció camino de la cocina rascándose el cogote (me alegro, por cabrón) y convencido de que yo estaba enchufado. Ahmed estudió la cafetera con profunda concentración y aire muy crítico. Parecía Pasteur asomado al microscopio.

-Pon aquí un dedo.

Yo lo puse y Ahmed desapareció. Yo rogué a Dios (al Dios cristiano, que si no existe, al menos es el único verdadero) que se diera prisa. Si no se daba prisa, yo acabaría empapado. Me estaba dando, de hecho, una ducha de agua caliente que ni el agua que cae en un segundo por la cataratas del Niágara. De pronto la cafetera hizo un ruido, algo así como el estertor del jabalí -¡eiaeeeeeeeeeeee!- y dejó de sallir agua.

¡Jesús, qué alivio! Ahmed volvió a aparecer por la puerta de la cocina y escrutó la cafetera atentamente.

-Apágala

Yo la apagué.

-¿Se ha roto? -balé aterrado (sin cafetera, yo volvería a la cochambre y a las bandejas. Como dos y dos son cuatro)

Ahmed se llevó el dedo índice a la boca pidiéndome sosiego y se inclinó un poco hacia el aparato. Estaba escuchando. De pronto gritó en dirección a la cocina.

-¡¡¡Dad el agua!!! -y me miró como Sherlock a Watson- No pongas esa cara: es que he quitado el agua.

Y yo (que no había puesto ninguna cara).

-Ah.

-¡¡¡¡Jefe!!! -aulló la morisma desde la cocina- ¡¡¡¡Ya!!!

Él asintió y acercó la oreja a la chapa. Un glú-glú alegre y esperanzador le devolvió la sonrisa.

-Prueba ahora -me dijo.

-¿A qué?

-¡Qué la pongas en marcha, demonios! -susurró- Despacio ¿eh?

Yo di al boton de encendido. El glú-glú se acentuó.

Ahmed asintió con seguridad.

-Ya. ¡¡¡Rachid!!! ¡La puta fregona! ¿Es qué tengo que estar en todo? Jesús, qué juventud -y se volvió a mí- Parecéis idiotas. Ponme un café, anda.

-Sí, señor.

Los oficinistas prorrumpieron en aplausos y se congregaron felices en torno a Ahmed.

-Las cafeteras es lo que tienen -apostilló uno palmeádole la espalda.

-Carácter -aseguró otro.

Yo le serví un café y Ahmed lo olfateó antes de embaulárselo.

-Es que son italianas -sentenció.

Y puso cara como de quien ha corrido mucho.

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Una respuesta a La rebelión de la cafetera

  1. Siana dijo:

    Me estoy reservando para leerte con calma este nuevo capítulo, que tiene una pinta bárbara.
    Una abraçada

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