¿A usted le gusta Suzi Quatro?

De todas las preguntas raras que me han lanzado a bocajarro a lo largo de mi vida, ésta ocupa un lugar especial. No por nada, sino por la persona que me la lanzó, un viejo rojo español que había combatido -decía- en Belchite y en el Ebro.

-¿Así que es usted español, amigo Garçon? -me preguntó primero- ¿De qué parte?

Yo era, simplemente, el ‘garçon’. No por joven, sino por camarero. Él, sólo el ‘Camarada Pedro’. No nos vimos más que dos veces y nunca supe como se llamaba realmente.

-¿Yo? De Madrid -resumí para ahorrarme explicaciones.

El ‘camarada Pedro’, que era de Toledo, soñaba de manera obsesiva con España, un punto fuera del espacio y del tiempo para él inalcanzable. Yo creo que envidiaba la capacidad etérea y transparente de entrar y salir de los sueños que nos atribuía a cuantos podíamos cruzar la frontera española.

-Siempre sueño que vuelvo a mi pueblo -me dijo- que recorro la calle mayor y que entro en mi casa. También sueño que subo al Zocodover y que allí me tomo un café.

Soñaba esas cosas tan aparentemente tontas porque le estaban vedadas y las anhelaba con el ansia de un adicto. Algunas, como el regreso a esa España mítica de sus sueños, se lo estarían siempre, incluso si desapareciera el franquismo antes de morir él. Y es que soñaba con una España que se había quedado congelada en la cámara de frío de su memoria y que, simplemente, no existía (bueno, existía tal y como había sido en los años treinta, sólo que criogenizada en su recuerdo). Pero ni todas las tecnologías criogénicas del Universo lograrían revitalizarla y revivirla, del mismo modo que él ya nunca volvería a ser joven.

Jamás.

Pero no se daba cuenta. Afortunadamente, por otra parte. Y es que tan profunda impostura arraigada en su alma enferma lo mantenía vivo como un pulmón de acero mantiene artificialmente vivo a un organismo destruido, paralizado e incapaz de respirar solo.

-Bien, Garçon. Al grano.

Nos encontrábamos en un bistrot perdido en las callejuelas que se entrecruzan detrás de La Sorbona, entonces territorio de estudiantes, librerías… y exiliados españoles.

-Amigo Garçon, no podemoas equivocarnos como Casado, Mera y los anarquistas en el 39 ¿me sigue usted?.

El ‘camarada Pedro’ presumía de haber comido con ‘el joven general don Manuel Tagüeña’ en el verano del 38 y de haber sobrevivido a los campos nazis. Es lógico que se me antojara raro, excéntrico y algo ido.

-Pues no señor. A decir verdad, no le sigo nada.

Entonces puso sobre la mesa un tocho de 50 o 100 folios mecanografiados. Así que era aquello lo que debía entregar en Madrid. No parecía difícil. El hombre me miraba como si yo fuera un marciano.

-¿No quiere saber lo qué contiene?

Yo me encogí de hombros, haciéndome el valiente ¿Qué más me daba? De perdidos, al río.

-¿Dinamita? -exclamé alegre y juguetonamente.

El ‘camarada Pedro’ debía tener como sesenta años y la última vez que viera la tierra de España, unos veinticinco. Lo que había visto, en realidad, en aquella ocasión mitificada y distorsionada en su memoria había sido la raya del horizonte pirenaico al anochecer y desde la caja del camión que, a través de Francia, lo llevaba a uno de los campos de concentración preparados en la costa del Rosellón específicamente para recibir españoles.

A aquellas alturas de la película había pasado ya más tiempo fuera de España que dentro y se aferraba con una terquedad un poco absurda a la España que yacía criogenizada en su cerebro. Porque -le gustara a él o no- la única y verdadera España era la creada artificialmente a ostia limpia y a su propia imagen y semejanza por Su Excelencia don Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado y Generalísimo de Todos los Ejércitos.

Quizá por eso el ‘camarada Pedro’ me miraba con una curiosidad extraña. Yo, al fin y al cabo, había nacido fuera del tiempo, en esa delirante España de Franco y sus supporters, el limbo del seiscientos, de las playas abarrotadas de turistas ¡en bikini! y del Instituto Nacional de Previsión. La España medio idiotizada que coreaba el la-la-la de una Massiel minifaldera en los tele-clubes de don Manuel Fraga, que entonces ya existía. Yo había nacido y me había criado en ese cenagal que había hecho del olvido de los camaradas Pedro condición sine qua non: la España real, si es que admitimos que no hay más que una Realidad. Y es que, de algún modo, él tampoco era real para mí, aunque lo tuviera delante. Si lo que hubiese tenido delante hubiera sido el Hombre de Neanderthal en carne y hueso no me hubiera resultado más ajeno ni lejano que aquel viejo tronado corroído por la nostalgia.

-¿A usted le gusta Suzi Quatro, amigo Garçon? -soltó de pronto aquella carraca.

Yo no sabía de que rayos me hablaba. No había oído el nombre de la ‘Fierecilla de Detroit’ en todos los días de mi vida. En labios de una momia revivida artificialmente por el arte del Dr Frankenstein y que se alimentaba de ensoñaciones (como todos, hoy lo sé) aquel nombre sonaba a vacuna, a fórmula cuántica o a algo aún peor. Hoy me pregunto qué impresión podía producirle la andrógina Suzi Quatro al camarada Pedro, un superviviente de todos los infiernos del siglo XX, cuando un español corriente y moliente como yo se le antojaba un marciano.

El caso es que el camarada Pedro puso sobre los folios la edición francesa del entonces reciente (y hoy mítico) single de Suzi Quatro con dos canciones, el Forty Eigth Crash en la cara A y Little Bitch Blue en la B, cuya portada tan familiar me resulta al cabo de mil años y cuyo contenido me sé de memoria. Los días siguientes Hélène lo pondría a todas horas con la vana ilusión de que no nos oyeran los vecinos en el curso de nuestras intensas expansiones amorosas.

-Pues no señor -respondí desconcertado.

-Pues aquí la tiene. ‘Susi Cuatro’ -prosiguió él- Este disco será su tarjeta de identidad.

Después de dos días con él me había acostumbrado a no poner caras raras, oyese lo que oyese.

-Sí, señor

El camarada Pedro sostenía el disco con las dos manos -manazas, en todo caso, y además como palas, encallecidas y severas- y lo examinaba por encima de las gafas con cara de asquito.

-Deberá llevarlo en la mano y nuestro contacto se identificará preguntándole por esta cantante. No lo olvide: ‘veo que le gusta a usted Suzi Quatro y que viene usted de Francia’, le dirá. ¿Se acordará? ‘Veo que le gusta a usted Suzi Quatro y que viene usted de Francia’. Literal.

Yo me estaba empezando a poner nervioso con tanto misterio y a ser consciente del lío en el que me estaba metiendo. También había empezado a preguntarme por la peculiar personalidad (y por el negro-negrísimo sentido del humor) de la persona que, fuese quien fuese, había metido al Diablillo de Detroit en aquella aventura y había elegido su Forty Eigth Crash como contraseña y pasaporte identificatorio. No era fácil que unos días después hubiera más de una persona paseándose por el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao, en Madrid, ostentando  la edición francesa de aquella rara novedad discográfica que seguía la satánica estela de Alice Cooper e Iggy Pop, tan desconocidos para mí entonces como el Olypus Mons, en el planeta Marte, que no se descubriría hasta varios años después.

-¿Quién más sabe todo este rollo?

El camarada Pedro no dejaba de mirarme como si yo no fuera de verdad, como la propia Suzi Quatro, es decir, como si fuera de plexiglás y no real de su realidad de él, a pesar de que, indudablemente, era bien real puesto que estaba allí delante, se me podía tocar y hablaba un español coloquial peninsular ligeramente pijo y perfectamente identificable. Además, servía cafés en ‘Le Plaisir Du Rond De Cuir’ (según le habían contado) y tenía una historia (corta, eso sí) que incluía abuelitos que en el 36 se habían plantado con decisión frente a los golpistas y que yo había referido (en mala hora y por extenso) a un profesor de español que un día se enrolló conmigo tomando café en el restaurant.

-Lo sabe quien lo tiene que saber -contestó secamente, despacio y sin mirarme.

Yo me acordé de John Wayne. Talk low, talk slow and no talk too much.

-Ah -dije con en un gañido animal e inarticulado.

Entonces dejó el disco sobre la mesa y me miró con asco a mí.

-Muy pocas personas. Lo saben cinco, exactamente, incluyéndole a usted. Si tiene miedo o no se fía, dígamelo. Nadie se lo echará en cara.

Yo tenía muy fresca la película ‘Roma Citta Aperta’. No creía que fueran a fusilarme si me pescaran, pero con seguridad no sería una experiencia grata. Sin duda me podrían la cara como un pan para que les contara de donde había sacado tan completo informe. Pero poco podría contar, fuera de que me lo había dado un viejo chiflado en un bistrot de detrás de La Sorbona. Otra cosa era la milonga de Suzi Quatro. En fin, mejor no pensar demasiado porque me descomponía.

-Bueno ¿y qué es, a ver?

El camarada Pedro asintió con la cabeza.

-Eso es hablar derecho. Ya le veía yo a usted demasiado desenvuelto, suelto, chuleta y deslenguado. Y, la verdad, es mejor que lo sepa. Eso sí, a grandes rasgos. Tampoco hay porque entrar en detalles. Se trata de información caliente… de difícil acceso. Pero no se preocupe porque no le van a pillar: conozco a las otras tres personas que, además de usted y yo, están en el ajo de su viaje y son de absoluta confianza. Una está aquí, en París. Las otras dos, en Madrid.

-Vale, muy bien. Pero ¿qué es?

Cuando me lo dijo casi me caigo de culo. Naturalmente, no me dio detalles ni yo se los pedí. Con lo que me contó, me sobraba para calcular el peso de lo que iba a llevar en mi equipaje al volver a España.

Mucho.

-Lo que no me creo, y usted perdone, es que la bofia no sepa que existe esta información. No sé de donde la habrán sacado ustedes (y tres cojones que me importa), pero un informe de cincuenta páginas, o las que sean, con datos de ese tipo no se hace en secreto.

-No sea fantástico, Garçon. Si quiere llevarlo, llévelo. Y si no, pues no. Pero no le dé tantas vueltas. Es imposible que le pillen y por eso el profesor Kolbac nos habló de usted. Y no se confunda: él ni siquiera sabe de este trabajo concreto.

-Bien, vale, ale, vamos allá y que nos lleven los demonios.  ‘Veo que le gusta a usted Suzi Quatro y que viene usted de Francia’. Menuda gilipollez. ¿Y qué contesto yo cuando oiga esa letanía en Madrid?

El camarada Pedro se puso serio.

-Pues sí señor. Llegué ayer y traigo dulces para Matilde.

Yo por poco me descojono

-¿Para Matilde? ¿Eso contesto?

Él seguía serio.

-No. ‘Para Matilde’, no. Usted contesta ‘pues sí señor. Llegué ayer y traigo dulces para Matilde’. ¡Repita!

Me costó un poco pero al cabo de una hora ya recitaba de corrido. ’Veo que le gusta a usted Suzi Quatro y que viene usted de Francia. Pues sí señor. Llegué ayer y traigo dulces para Matilde’.

-Muy bien. Y le entrega usted el sobre a la persona que le haya preguntado y enseguida sale de naja. Adios. Se va con viento fresco y sin despedirse siquiera: cada mochuelo a su olivo. Y si te he visto, no me acuerdo.

-Jodó. Para llevar usted mil años fuera de España, es de un castizo que te cagas.

-No sea grosero, joven. Venga, repita, Garçon.

-Sí, señor. ’Veo que le gusta a usted Suzi Quatro y que viene usted de Francia. Pues sí señor. Llegué ayer y traigo dulces para Matilde….’

La gran aventura había comenzado.

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2 respuestas a ¿A usted le gusta Suzi Quatro?

  1. Teodoro dijo:

    Muy bueno y diver je je.

  2. Siana dijo:

    Jesús. No te había leído este capítulo. Parece sacado del Halcón Maltés. Es buenísimo. Espero que haya más partes de esto. También me he reído un montón!

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