Encoñado

……..……..

……..‘You’re so young, you could have been the devil’s son’

Yo iba a quererla de por vida, iba a renunciar a mí para reconstruirme de nuevo, para re-crearme junto a ella, sí, iba -en efecto- a empezar desde cero, a renunciar a cuanto conocía ¡a mi España Querida! para hacer de Francia mi nueva casa. Francia o la Luna ¡qué caramba! lo que fuese con tal de volver a nacer. Y no de cualquier manera: concebido, hecho y estructurado a su medida, a la medida de ella, Hélène, la más bella.

Y, sobre todo, iba a hacerlo a su lado.

Estaba, literalmente, encoñado.

……..‘You’re so young, you’re a hot shot son of a gun.
……..Forty eight crash!!!!’

Ella… Bueno, digamos que ella tenía los pies más en el suelo. Tenía, sobre todo, más edad, más experiencia y -claro- más sensatez. Al fin y al cabo, estaba en su país y en su mundo. Para ella, lo de aquellas semanas había sido infinitamente menos novedoso y excepcional que para mí (que al fin y al cabo me había estrenado, lo que no es poca cosa).

.…….Forty eight crash!!!!’
……..Forty eight crash!!!!’

¿No dicen que tiran aún más dos tetas que dos carretas? Con Hélène, -o sea, al lado de Hélène, junto a ella y aún más: dentro de ella- había perdido yo durante aquel verano la inocencia, los resabios infantiles y las referencias. De pronto, ante mí no se abría más referencia que yo mismo (y que Hélène, por supuesto). Vamos, que pensaba que podía seguir eternamente en Le Plaisir Du Rond-De-Cuir (sirviendo cafés a los oficinistas) y en la casa de Monsieur LeComte (sesteando en el regazo de Hélène).

Pero Mlle Stein, Mademoiselle Hélène Stein, tenía otros planes y se meó de la risa cuando le expuse los míos.

……..Forty eight crash!!!!
……..You know, the forty eight crash come like a lightning flash.

La tenía en mis brazos -o era yo el que estaba en los suyos, vaya usted a saber- y me declaré. Mecido por sus pechos, vacié mi alma en plan hombre hecho y derecho y ella me abrazó muerta de la risa.

Está bien empezar el día riéndose.

-Pero ¿tú qué dices, mi pequeño? ¿De qué ooooossstiassss es de lo que tú ahora me estás hablando, eh? Vamos a ver si lo entiendo: o sea, no me jodas, puto niñato semigilipollas de los cojones.
……..
……..You’ve got the kind of a mind of a juvenile Romeooooo!!!!!

Yo parpadeé

-¿Eh?

-Que no me pongas cara de idiota, tío, o empiezo a cagarme en la puta ostia y no acabo hasta el día del juicio final, por éstas que son cruces, no sé si me explico, coponarro santo.

Algo así soltó por su boca aquella delicada ninia mientras se incorporaba mirándome muy seria, sólo que lo soltó en francés (vamos, que en su parla gabacha dijo algo así por el estilo). Yo no lo entendí por su significado -es decir, que no entendí el sentido estricto del contenido de lo que dijo- sino que lo entendí por la intencionalidad que puso ella mientras lo decía, que no en vano somos todos hijos de Roma, hablamos todos latín (aunque sea malo y, encima, no sepamos que lo hacemos) y nos basta con mirarnos para saber de que va la fiesta.

En el pick up (o sea, en el tocata) sonaba el forty eight crash, de Suzi Quatro -Suzi Q- la nueva princesa rockera, una chavala andrógina, salvaje y extraña con la que uno se hubiera embarcado más allá del mundo en cualquier aventura demenciada que se le hubiera propuesto. Como Suzi Q a su chico (que tenía cara, el pobre, de ‘little boy blueeeee’, que vaya usted a saber lo que quiso decir la Salvaje de Detroit con eso) mi reina me estaba dando a mí unas calabazas que no cabían ni en los cimientos del nuevo Louvre que estaban levantando Pompidou (o sea, el Monsieur Le President de La France) y sus cerebritos, allá abajo, en las Tullerías (o por ahí).

‘Forty eight crash!!!! Forty eight crash!!!!’, gritaba feliz Susie Quatro en el micro-surco (bonita expresión ¿qué no?)

-Pero… yo te amo. Estoy enamorado de ti, princesa (ma princesse, la dije, más serio que un ministro).

-No me seas bobo, David, por lo que más quieras. Yo también te quiero, pero juntos no vamos a ninguna parte ¿O es que no lo ves?

Se me debió quedar una cara que no sé como calificar pero que conmovió a Hélène hasta las entretelas. Los pechos, semejantes a pitones de becerrillo bizco, temblaban tristes delante de mí. Me miraba apartada de mi abrazo y una lagrimita traidora le bailaba en la pupila amenazando con caer y echar abajo su fenomenal montaje de tía dura, madura e hiper responsable.

-Daviiiid… -susurró sólo, como cuando se riñe a un niño pequeño que mete el dedo en la tarta.

Colgados de las clavículas, los pechitos de la Hélène se me antojaban cervatos tristes, abandonados, dejados de la mano de Dios.

-¿Qué? -dije.

Ella me cubrió de besos.

-El mundo no se va a acabar mañana. Además, tienes una misión que cumplir ¿recuerdas? -y señaló el armario- Tienes que salvar la España.

Esa era otra.

Un documento referido a la fuga de capitales, con datos sobre la implicación de gente importante de Madrid, Sevilla, Barcelona y Bilbao, reposaba en el armario para ser entregado en Madrid a periodistas cercanos al Partido Comunista de España. Y el cartero -el gilipollas, más bien- que se iba a encargar de pasar la frontera con el documento a cuestas y de entregarlo después en una determinada mesa del Café Comercial, en la esquina de la calle Fuencarral con la glorieta de Bilbao, en Madrid, era este humilde servidor de ustedes.

Yo.

……..Forty eight crash!!!!’
……..Forty eight crash!!!!’

Yo tenía un objetivo, algo que hacer y resolver, una misisón: salvar un país entero. Enredado en Hélène la pregunta que me hacía, pero (y que a estas alturas de la milonga se harán, seguramente, ustedes también), era la de cómo me había metido en semejante patatal. La responsabilidad me abrumaba. Y me daba cuenta de que Mlle Stein, que ése era el apellido -le nom- de Hélène, tenía más razón que un santo. No estábamos en el sitio adecuado para enamorarse ni tampoco era el momento de hacerlo ni, mucho menos, de comprometerse para toda la vida. Allá abajo, extendida al otro lado de los Pirineos hasta la frontera con Portugal, aguardaba España. España y el futuro aguardaban. Y me aguardaban a mí. Yo entonces la besé a Mademoiselle Stein con intención, es decir, con mucho amor sabiendo como sabía ya que el tiempo se acababa y que sería una de las últimas veces que la besaría, así que pasamos a mayores y una vez más nos amamos como fieras de la selva arrulladas esta vez por Miss Suzie Q hasta que temblaron las paredes y el techo, y allá arriba Mlle Villiers, rodeada de gatos, golpeó pacientemente el suelo con su bastón de pino sobado.

……’Forty eight crash!!!!
……Forty eight crash!!!!’

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4 respuestas a Encoñado

  1. Siana dijo:

    De modo que así fue…hemos llegado al final de este romance parisino y el regreso a la realidad y a España. Sin duda, Comandante, le debes mucho a estos meses tan intensos. Ahí se concentraron muchísimas cosas, verdad? Y a esa gran mujer -que iba a salvar el futuro de la economía en el mundo- es que no es?- aunque en su día debió romperte un poquitito el corazón…Al menos en aquel momento de..esto..ejem…encoñamiento.Oye. Tienes una misión que contarnos eh? no lo olvides

  2. loli dijo:

    Muy bueno!!!

  3. loli dijo:

    Me ha gustado mucho, sigue escribiendo, eres buen escritor, si señor. Besos

  4. Rogorn dijo:

    The plot thickens…Little boy blue = muchachito tristeAm I blue?Am I blue?Are these tears in my eyestelling you?

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