Lo que pueda un newyorker, lo puede un madrileñazo. Por éstas.


Joe Patras era un gringo guapete, simpático y dicharachero que ponía cafés en Le Plaisir Du Rond-De-Cuir. Joe Patras se entregaba a la (aparentemente) modesta tarea de servir cafés con la fe y la gracia sandunguera de Jimmy Stewart en una peli de Capra.

Menudo, rubiales y siempre sonriente, ‘l´amegüiquein’ (que es como le llamaban Ahmed y sus ‘arabs’ de la cocina) convertía su puesto tras el mostrador de los cafés en la proa de una nave de descubrimiento. Aún más: en un despacho de Gracia Divina. Y es que Joe Patras se quedaba con todo dios. Joe respondía con una sonrisa a cada una de  las órdenes y a las (innumerables) sugerencias que le hacía monsieur Castellani (algunas notablemente imbéciles) con un sobrio y diligente ‘yes, mister’ que encantaba a nuestro jefe. También Ahmed y sus lugartenientes de la cocina admiraban a Patras. El colmo de la felicidad para ellos era charlar con el americano de los temas más diversos. La liga de ‘baseball’, por ejemplo. ’No ha habido otro como Di Maggio’, sentenciaba Joe Patras. ‘Era el mejor y llegó a casarse con Marilyn’. O sobre las dificultades de conducir un taxi en New-York. Los conocimientos de Joe sobre este tema (que desconocía tanto como la filosofía china en la Segunda Era Ming) provenían de un amigo que tenía en Queens y que si bien estaba trabajando en Alaska, había ejercido como taxista en las exigentes calles de Nueva-York. A los ‘marocains’ se les hacía la boca agua cuando Patras comentaba las anécdotas de su amigo de Queens (imaginarias el 90 % de ellas). ‘Una vez, en el puente de Brooklyn, lo atracaron con pistola’. Los morutas -’les arabs’- contenían la respiración. ‘Serían negros’. Joe se ponía muy serio. ‘En efecto: los más peligrosos, los ‘The Harlem Kings’, reconocibles a diez mil millas porque se grababan una ‘hache’ en la frente usando la navaja’. 

-Oooooooh… -exclamaban admirados ’les arabs’ (Ahmed, el más cosmopolita, venía de los suburbios de Tanger, chapurreaba inglés y español y había visto mundo pero sus conmilitones de la cocina, que habían descendido hasta la costa marroquí desde las montañas del Atlas, eran más de a pueblo que las amapolas y conducir un taxi por el Bronx -o por cualquier otro sitio- se les antojaba un prodigio).

Como se puede ver, Joe Patras tenía conversación para dar y tomar (y cuando no la tenía, se la inventaba). Por eso todo cristo tomaba café en Le Plaisir Du Rond-De-Cuir. Por la conversación de Joe en su francés con acento Stan Laurel. Y es que Joe no se limitaba a servir café. También servía amistad, buen rollito y, sobre todo, escuchaba. En consecuencia, los oficinistas vertían de todo en las orejas de Joe, desde opiniones sobre la última película americana -Scarecrow, de Jerry Schatzberg, que acababa de llevarse la Palma de Oro en Cannes y que protagonizaban unos (hoy) irreconocibles Gene Hackman y Al Pacino, entonces estrellas nacientes- hasta comentarios sobre sus propias familias, positivos unos, negativos otros, que caían en los oídos de Joe como habrían caído en un pozo sin fondo. ‘Mi cuñada es una fresca. ¿Sabe usted, mi amigo, que pretende seducir a Pascal, el hijo de su hermana? Ella ya no cumple los treinta ¡y el chico sólo tiene diecisiete!’ Joe Patras asentía y se apartaba el flequillo de la frente. ‘¿Y es ello que está bien ella, la vuestra cuñada? ¿Es que es ella gentil? ¿Es que ella posee un pizca de encanto, no es ello así?’ Y el oficinista. ‘Oh la la la la la, mon vieux, ella es que es un monstruo. Eso es lo que es’

Monstruosidades aparte, el día que Joe Patras comunicó que se largaba -y que nos dejaba, sí o sí, como que hay un Dios- por poco se hunde el establecimiento. ‘Oh la la la la la, Mr Bowman’, clamaba Mr Castellani por los rincones, ‘es que ello es lo que es la catástrofe’. Yo no podía imaginar que el buen Patras fuese tan decisivo para Le Plaisir Du Rond-De-Cuir pero, por lo visto, lo era. Tanto que monsieur Castellani intentó convencerle de que se quedara. Según cotilleos que me llegarían posteriormente al oído, habría llegado a ofrecerle incluso ¡el doble de lo que venía cobrando! y también la oportunidad de intervenir en las decisiones que afectaban a la gestión técnica del establecimiento. ‘Usted, monsieur Patras, es hombre ilustrado, usted conoce al oficinista francés, usted sabe lo que quiere el cliente de esta casa’. Pero el americano, que era un tío serio, sólo tenía una palabra y ni siquiera entró a regatear. Estaba decidido. Se iba a Alaska, así cayera el Diluvio, con su amigo de Queens, becado como él, a hacer un trabajo sobre la linea de demarcación entre los grizzlies y los osos blancos, asunto que me pareció de un exotismo maravilloso. O sea, que en el mundo había gente que se moría por estudiar sobre el terreno el sitio donde acaban los osos grises y comienza el territorio de los polares. Apasionante tema capaz, sin duda, de llenar una vida (pero no un bolsillo).

Lo que parecía imposible de llenar era el hueco que iba a dejar el americano en aquel rincón de Francia (y del Mundo) que frecuentaban, incluso, los funcionarios del mismísimo Palais de l’Élysée (a pocas manzanas de allí). Monsieur Castellani designó heredero de Joe en el mostrador y la máquina de los cafés, a falta de sustituto mejor, al amigo Rachid, un muchacho muy pinta procedente del pintoresco valle de Oued El Draa, en el corazón de las montañas marroquíes, capaz de dar conversación a la estatua de Jeanne D´Arc de la Place des Pyramides y que estaba dispuesto a hacerse cargo de la cafetera y de los desvaríos de la clientela sin ninguna clase de problemas. Vamos, que estaba encantado (lógicamente). El que tenía problemas, en cambio, era Ahmed, que no quería perder jurisdicción sobre Rachid, y, en general, sobre ninguno de los ‘marocains’ de  Le Plaisir Du Rond-De-Cuir. Pero no parecía que la cosa tuviese remedio sencillo.

O sí.

A punto ya de consumarse el drama de Ahmed (la salida de Rachid de la cocina) pues que un buen día el cocinero -le chef, Ahmed- se me queda mirando mientras yo disertaba sobre De Gaulle (recientemente desaparecido) y el sentido profundo que la figura de Mon General tenía para Francia (el día anterior yo me había leído -completo- el editorial del Le Monde) y tuvo el tío una revelación.

-¡Eres tú! ¡Tú! -y me señala con el dedo.

A mí se me heló el rollo en la boca y parpadeé. Ahmed prosiguió excitadísimo.

-¡Tú te vas a hacer cargo de los cafés, Espagnol! ¡Tú!

Era un honor que el segundo de a bordo se fijara en mí y me considerara capacitado para resolver un problema que quitaba el sueño a ‘monsieur le patron’. Sobre todo porque ‘monsieur le patron’ me tenía a mí sólo un grado por encima de la imbecilidad. Mi reciente fracaso en la caja (yo carecía del ‘esprit cassier’) me colocaba en el pelotón de los torpes de la humanidad, algo así como al nivel de un comunista, de un intelectual, de un payaso y de un psicópata (categorías de persona intercambiables a son avis), así que cuando su segundo le sugirió mi nombre para sustituir a un genio como Patras (que sería un genio, pero que se iba a Alaska a estudiar las heces de los osos) por poco lo fulmina. ‘¡Ése! ¡El Español! ¡Pero si él no tiene el ‘esprit caissier!’ Ahmed era un hombre de mundo. De los suburbios de Tánger había accedido al centro de Paris y cocinaba para los funcionarios que regían los destinos de una de las primeras potencias mundiales. Se rumoreaba que el mismísimo Monsieur Pompidou ¡Georges Pompidou! gustaba de su tolosarra cassoulet aux haricots  (que los funcionarios del Elíseo se llevaban en tarteras y termos en cantidades colosales). Ahmed sabía que cualquier gilipollas tiene ‘esprit caissier’ pero en mí veía un hermano, como en Joe Patras. Un genio. Un visionario. Un creador.

En mí veía talento.

-Monsieur le patron, por favor se lo pido. Por favor y por el afecto que a usted le tengo y la fidelidad que a esta casa guardo. Permita al español acceder al mostrador del café. Permita a Bowman desarrollar su inmenso talento.

Monsieur Castellani lo miraba como si hubiera enloquecido.

-Ahmed, como un hijo para mí eres. Cada cosa que dices, sugieres y propones la considero, medito y valoro como si de un ingeniero viniera. Lo sabe Dios que está en el Cielo y que todo lo ve. ¡Pero lo que me estás sugiriendo es de una imbécilidad profunda! ¿O es que acaso te has vuelto loco?

-Usted es el patron, usted es el que manda y usted es el que sabe. Yo me he limitado a dar mi punto de vista.

Monsieur Castellani soltó una irreproducible blasfemia francesa y me llamó.

-¡¡Monsieur Bowman!! ¿Es que es ello que tal vez usted tenga un momento?

Yo, que estaba limpiando bandejas, me acerqué dando saltitos.

-¡A la orden, patron! Dígame.

-¿Es que te agradaría ocuparte del mostrador de los cafés? ¿Es que tú lo harías la mitad de bien que l´amegüiquein? Ya sabes que Joe nos deja…

Yo por poco me hago pis.

-¡Oh, sí, sí, monsieur Castellani! Ya lo creo. No sabe como yo se lo agradezco. Yo he de ser verdaderamente feliz y pondré en ello toda mi dedicación. No tendrá queja de mí, monsieur Castellani.

Cualquier cosa era mejor que estar todo el puto día limpiando sobras de comida y trasteando con pilas y pilas asquerosas de bandejas de aluminio pesadas y grasientas aguantando los gritos impertinentes de la morisma, o sea, de los lugartenientes de Ahmed. Era fácil, además, que me subieran algo el sueldo. Monsieur Castellani sonrió. A Monsieur Castellani, como a todos los dueños, les gusta ver a sus esbirros babear de felicidad dando saltitos de contento alrededor de él.

-Sea, monsieur Bowman. Joe Patras ya tiene sucesor.

Así fue como, consagrado Caballero de la Orden de la Cafetera, accedí al trono de los cafés y a una nueva vida cerca de los chupatintas más distinguidos de Francia. Aquel día volví a casa, allá en Richard Lenoir, caminando a medio metro del suelo y por poco me parto la crisma.

Es lo malo de que te asciendan. Que te vuelves memo (y te aferras al puesto como el enano ese del Lord de los Rings al puto anillo y terminas por no ver y hasta matando a alguien… si es que antes no te matas tú mismo de tan tonto como te pones).

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2 respuestas a Lo que pueda un newyorker, lo puede un madrileñazo. Por éstas.

  1. Siana dijo:

    Lo que me he llegado a reír :D! quin fart! A ver cómo va esa relación con la máquina de café ;)Nunca me han parecido fáciles!

  2. Rogorn dijo:

    Esto hay que publicarlo algún día.

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