Nosotros le llamábamos ‘Laporreta’

¿Quién te cerrará los ojos,
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
tierra, cuando estés callada?
l

Con ocasión del reciente fallecimiento del cantante y poeta aragonés José Antonio Labordeta me han sorprendido las colas que miles de personas han formado ante el féretro.

No me ha sorprendido, en cambio, pero es que nada, la concurrencia en olor de multitud de personalidades más o menos conocidas -políticos de éxito, sobre todo- que en los aledaños de la capilla ardiente han exaltado ante micros y cámaras las excelencias y atractivos del derrotado cantor de todas las derrotas. La previsible canonización laica del viejo coco pirulo una vez fallecido me ha remitido a una curiosa costumbre española. El reconocimiento exclusivamente post mortem. En el Reino de la Vanidad y de la Envidia, al ‘enemigo’ (real o figurado), ni agua (por si acaso). Salvo cuando ya no haya peligro, claro, y yazga de cuerpo presente. Entonces lo encumbramos y si hace falta lo ponemos en los cuernos de la Luna (y con él, de paso, nos ponemos nosotros).

Contra lo que pueda parecer (en vista del derroche de incienso laico), Labordeta no fue un triunfador: muy al contrario, fue un vencido y un vencido, además, vocacional, empedernido, tozudo, empeñado en la derrota.

Un triste. Un muermo. Un auténtico cenizo.


Casetes de los años setenta. Obsérvese que la ilustración de la de
la derecha es obra (no por casualidad, probablemente) del pintor
Antonio Saura.

En su faceta de cantautor -la que le dio su primera notoriedad pública- Labordeta desnudó su alma de guerrero solo y vencido señalando los abandonos simbólicos, anímicos y hasta físicos provocados en su alma (y también en su gente) por el triunfo de la sinrazón y, muy concretamente, por el triunfo de la sinrazón española (que es una clase de sinrazón bastante bestia).

Su faceta de parlamentario nos permitió descubrir después que sus soledades íntimas y los abandonos que había sufrido su alma eran, en gran medida, difícilmente evitables pues formaban parte inherente de la autenticidad, la independencia y la fidelidad insobornable de Labordeta a sí mismo. Vamos, que iban en el mismo paquete. Eran exactamente las mismas virtudes que él veía en los españoles vencidos en 1939, virtudes que habrían pagado con el alto precio del exilio, del desencanto y de la soledad. Y, en fin, con el amargo precio también del desencuentro con su gente -es decir, la soledad- un desencuentro que antes que Labordeta ya constataron Max Aub en La gallina ciega (la gallina del título es España) o Luis Cernuda en Un español habla de su tierra, poema inolvidable porque lo cantó Paco Ibañez (un día tú, ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Pero entonces ¿qué podrá decir un muerto?)

Labordeta fue, pues y sobre todo, el cantor de la pena por la derrota y también el de la santa ira que provoca la conciencia de la injusticia. Sí. No fue el celebrado ‘Canto a la Libertad’ del llorado bardo zaragozano canto apacible a la libertad cómoda, blandibluff y sin ira sino una colérica y exigente demanda de libertad con ira, de libertad feroz, impertinente, imperativa, furibunda, urgente, justiciera, inaplazable y un tanto joseantoniana, todo hay que decirlo. Y es que Labordeta esperaba de la libertad que fuese, nada menos, que ‘como el viento, que arranca los matojos y limpia los caminos de siglos de destrozos contra la libertad’.

Ahí es nada. O sea, como Irma Soriano y el Cillit Bang.

Me ha sorprendido, en fin, toda esta compungida liturgia laica ante el cadáver del cantautor y diputado aragonesista porque  el Laporreta (permítaseme la confianza) fue toda su vida un francotirador, un lobo solitario -’un lobo cansino, un hombre sin más’- cuya figura pública sólo despertó entre los demás hombres públicos (y entre el público en general) desconfianza, paternalismo, burla (más o menos amable) y una conmiseración condescendiente (en el mejor de los casos) que no tuvo nunca demasiados seguidores. Bastan los votos que obtenía para ganar su escaño por la mínima, así como las cifras de venta de sus discos, para dar fe.

Otra cosa es que sus aceradas dentelladas de lobo viejo, arisco y solitario a las manadas de hienas y chacales que pretendían despedazarlo -ridiculizarlo, humillarlo, hundirlo- despertaran las simpatías del respetable (y expliquen, a mi modo de ver, esa imprevisible y espontánea marea humana en el viejo palacio de los reyes moros de la taifalía de Saraqusta, donde Manrico -según Verdi, siguiendo al Manrique de García Gutiérrez- entonó su ‘adios, Leonor, adios’: si no lo digo, reviento, coponarro, y perdón por la digresión).

Para más inri, el féretro del vate aparecía allí, en La Aljafería, aparatosamente cubierto por una cuatribarrada (con el emblema de Aragón bien visible para que nadie se llamase a engaño, supongo, porque Reino de Aragón sólo hubo uno pero cuatribarradas hay miles, y cada vez más). Una cuatribarrada -aragonesa, sí- nuevecita, orgullosa, oficial, lucidísima, vistosa y brillante. Sí, no estaba nada rota, ajada ni desgarrada. ‘He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas’, cantó el finado hace años, ya en este siglo, justo antes de meterse a diputado. ‘Las que rompió la vida, la lluvia y la ventolera de nuestra dura derrota’.

Más claro, agua.

Ya como diputado, el autor de la hoy mítica canción ‘Aragón’ (esa especie de elegía aragonesa disfrazada de elogio geográfico) practicó un aragonesismo nada lírico, muy práctico y gestor, un aragonesismo de dos y dos, cuatro, que es un aragonesismo muy entendible. Tan entendible que sólo lo votaban esos cuatro del dos más dos, los cuatro -supongo yo- que (multiplicados por diez mil) se pasaron el otro día por la Aljafería. Los cuarenta mil, en fin, que ahora piden que el ‘Canto a la libertad’ laporretino sea himno oficial de la comunidad autónoma aragonesa, nada menos.

Himno y oficial, encima. Muy buena la intención, y tal, pero el ‘Canto a la libertad’ laporretino -que en su día fue farouche y también feroce- se ha quedado en himno religioso, señores. Ya lo siento, ya. Fue, ciertamente, un himno de batalla transgresor, estimulante, valiente y proscrito pero hoy, seamos sinceros, ya no tiene mucho sentido. Entre otras cosas porque ya no habrá nunca, afortunadamente, un día en el que todos, al levantar la vista, vayamos a ver una tierra de promisión que se llame Libertad.

No.

Porque ese día, señores, llegó ya, hace mucho, y esa hermosa tierra la hemos visto ya también. Incluso nos hemos instalado en ella, con o sin ira, al gusto de cada cual, que en eso, precisamente, consiste la libertad. Lo que pasa es que hay mucho corto de vista y, sobre todo, un problema sobre la mesa (aparte las banderas rotas que puso encima Labordeta antes de morir, así como los propios huracanes de miedo de los que él avisó y que despierta la libertad misma, que esa es otra).

Lo que hay que hacer ahora, en todo caso -y ese es el problema, no pequeño- es ponerse todos al tajo y a seguir defendiendo esta tierra de la libertad duramente conquistada por todos, por la suerte y por el estímulo de los laporretas del mundo, que dios guarde. Sí, defenderla usándola con compromiso, cifras y argumentaciones (como Labordeta hizo y nos enseñó a hacer en el Congreso). Y dejarse de más banderas, cánticos e himnos oficiales. El que quiera cantar el ‘Canto a la libertad’ de José Antonio Labordeta, que lo cante y el que prefiera cantar otra cosa, La Yenka, por ejemplo, la Marcha de Granaderos o lo que se le ocurra, pues él mismo. Pero al loro.

Porque me temo que en un mundo desnortado, poblado por gentes que exigen gurús que arreglen lo imposible, que proclama constante (y libremente también) dogmas fundamentales y fundamentalistas, que exige con angustia certezas a los sabios, que saca sin pudor los miedos más personales y ocultos a dar paseos al sol, que anatemiza malvados, quema brujas y prohíbe maldades incansablemente y que, en fin, está ansiosa de normas que le digan lo que hay qué hacer (porque andar solo y sin taca-taca da miedito), en un mundo así, digo, la Libertad (y la memoria de Labordeta y de lo que hizo) corren serio peligro.

La pura verdad es que nosotros, los que sólo teníanos veinte años cuando él ya tenía la edad que  tenemos ahora, sólo íbamos a oírle cantar como quien va a las carreras clandestinas de coches.

A segregar adrenalina.

La gran pregunta es ¿y por qué cantaba él?

Ése es el tema. Probablemente por lo mismo, exactamente lo mismo, por lo que luego se hizo diputado y fue al Congreso.

Hoy parece mentira, y a mi mismo me sorprende recordarlo, pero asistir a un concierto o recital -o lo que fuera- de Labordeta podía ser físicamente peligroso en los setenta, en los primeros setenta, sobre todo. A Labordeta le llamábamos Laporreta porque salía al escenario solo, en porreta, es decir, tan inerme como un beduino en mitad de la nada (sólo que en vez de camello empuñaba la guitarrica como quien empuña una cachiporra) y se lanzaba a canturriar de pie, sin encomendarse a ningún santo (y evitando los speech doctrinales y las explicaciones de cualquier clase), sólo dando cuerda a aquella voz airada de baturro terco mientras aporreaba la guitarra -¡tron! ¡tron! ¡tron!- pidiendo agua para el erial y trigo para el barbecho como quien pide justicia a Dios. Aunque no dijera nada inconveniente, la voz ronca y agreste de Labordeta clamando al cielo ya era, en sí misma, un desafío para la Seña Censura y para los severos guardianes de las esencias cavernícolas hispanas. La cosa se ponía seria cuando, en vez de callarse y seguir con el lirismo rural, lo que seguía Laporreta es pidiendo cosas (y no pocas), por ejemplo ‘para los hombres caminos con viento y con libertad’, nada menos. Y claro, ‘viento’, todavía, pero ‘libertad’ ni hablar, que pasa luego lo que pasa (que no se os puede dejar solos, panda rojos).

Editorial Lumen (Barcelona, 1976)

A veces, el beduino Laporreta salía al escenario con un taparrabos, es decir, que salía a escena arropado por algo de percusión, algún atambor o un timbalillo. O por un contundente bombo. Bom, bom, bom. Al ritmo de aquel repiqueteo solemne y recio se alzaba la voz mostachuda estremeciendo las paredes. Aún se me ponen los pelos como escarpias. O sea, en formación que se me ponen los pelos.

Adiós a los que se quedaaaaan
y a los que se van tambiéééén.
Adiós a Huesca y provinciaaaaaa
a Zaragoza y Terueeeeeeel.

Y el tambor

Pom, pom. Pom, pom. Pom, pom.

La cosa se iba animando y terminaba agreste. Claramente provocona.

Esta albada que yo cantoooooo
es una albada guerreraaaaaaaaaaaa

Y venga tambor. Pom, pom. Pom, pom. Pom, pom.

que lucha porque regreseeeeeeeen
los que dejaron su tierraaaaaaaaa.

Hay palabras que en determinados contextos no tienen nada de metafórico. La emigración era entonces salvaje y había despoblado las dos mesetas y las sierras andaluzas. Y las palabras ‘lucha’ y ‘guerrero’, con el férreo ferrolano ahí, a muy poquitos kilómetros de la Complu, en El Pardo, no tenía nada de poética ni de alegórica. De hecho, no faltaba nunca un pirado. ‘¡Muerte al fascio opresor!’. En este punto, servidora se cagaba viva, pero se aguantaba. ‘Quieto, Bowman. Y si hay que cobrar, se cobra, que tampoco ha de llegar la sangre al río’. No había de llegar, desde luego, pero otras veces había llegado y aquí paz y después gloria. O sea, que al que Dios se la daba, San Pedro se la bendecía y con ella se quedaba. Los nombres de Pedro Patiño o de Enrique Ruano no son los de unos personajes de tebeo. En todo caso, uno se aguantaba el terror que le corría por las venas y procuraba no pensar en él, aunque también hubiera sido necio ignorarlo. El miedo te avisa de que pueden caer chuzos de punta y que más vale que andes con ojo. En todo caso, a ver quien era el guapo que se levantaba cual gallina aterrada y le largaba cruzando con las orejas gachas -camino del exterior soleado y salvador- el atestado patio de butacas del salón de actos del San Juan o de caminos o de donde fuese, lleno hasta la bandera de personal alterado que pedía ‘¡libertad, libertad!’ a voces. Allí no había otra que aguantar y si no, no haber ido, cojones, como Jose Mari, buen estudiante que nunca se metía en líos. Laporreta, en este punto,  trataba de calmar los ánimos con una evocación intimista.

Al aire van los recuerdos
y a los ríos las nostalgias.

A los barrancos hirientes
van las piedras de tus casas.

¿Quién te cerrará los ojos,
tierra, cuando estés callada?

Pero había empezado la fiesta, el personal quería épica y Labordeta se arrancaba con el primer gran mito de su repertorio. Aragón. Se ponía Labordeta a cantar aquello de polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta. Al norte los Pirineoóoos: esta tierra es Aragóóóón y rápidamente aparecía una cuatribarrada en el patio de butacas. A veces, más de una. Yo en este punto ya me veía muerto y me palpaba el bolsillo a ver si tenía a mano el DNI pero no todo el personal se amilanaba como yo y algunos valientes incluso coreaban ufanos y enfebrecidos al maño (también era una forma de engañar y encauzar el pánico). La verdad, en cualquier caso, es que las canciones de Labordeta son como para cantar durante una excursión en autocar.

Dicen que hay tierras al esteeeeee
donde se trabaja y pagaaaaan.
Hacia el oeste el Moncayooooo
como un dios que ya no amparaaaaa.

La cosa acababa en aplausos generosos y aterrados en general (yo no era el único sensato: que nos estábamos jugando una manta de ostias era evidente hasta para los estucos del techo). Entonces Labordeta lanzaba a sus fieles el mito definitivo. ‘Habrá un día en que todos, etc, etc’. Bué. Para qué queremos más. Hoy el dichoso Canto a la libertad (que ya en la transición Labordeta se resistió a cantar) es una canción cumbayá y de fuego de campamento sin demasiado sentido, como el ‘Venid y vamos todos con flores a María’, pero en su día fue himno de batalla contra un enemigo bien definido. En fin, que espero que ya nunca más haya un día en que todos al levantar la vista veamos una tierra que se llame Libertad. Porque si eso sucede es que antes la habremos tenido que volver a perder. Del sentido común, del valor y del buen hacer de todos espero que eso no tenga lugar. Aunque no sea más que por respeto a José Antonio Labordeta.

En fin, descanse en paz. Y que nosotros lo veamos

Año tras año
viene el cierzo empujando,
año tras año
por las laderas bajas
desde el Moncayo.

Compañero que avientas
los olivares
y empujas la ontina
a otros lugares,
vigila por los cerros
la tierra mía
que la están arruinando
día tras día.


Labordeta en aeronaúticos el domingo. ¡No faltes!

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3 respuestas a Nosotros le llamábamos ‘Laporreta’

  1. Rogorn dijo:

    Muchas de las cosas que tenemos como enxebremente hispanas lo hacen en todas partes, como por ejemplo lo de elogiar a la gente sólo cuando está muerta. Al final, semos tos humanos.Y no me andes diciendo "olor de multitudes", que se cabrea Lázaro Carreter. "Loor de multitudes", dice que se dice.

  2. Ambrosio dijo:

    Muchas gracias, Ro, por tus siempre atinadas apreciaciones. Tienes razón. Es paleto limitar ciertos hábitos siniestros a nuestra patria (o suponerle exclusivas virtudes nacionales). Pero uno es paleto y eso se nota incluso en como habla y también en como escribe.

  3. Ambrosio dijo:

    ‘En loor de multitud’ es una opción (y más desde el artículo que con ese título aparece en ABC el 25 de febrero de 1990 firmado por Lázaro). Aún así, opto por la norma consuetudinaria que avalan, por lo demás, numerosos filólogos e hispanistas (sin negar la oportunidad del razonamiento del entrañable filólogo maño fallecido en olor de sabiduría)

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