¡Hay una nueva de los Hermanos Marx!


El camarote de los Marx (A night in the opera, 1935). Imprescindible en cualquier antología del absurdo, del humor o, simplemente, del Cine.

Mucho antes de ver una película de los Hermanos Marx me habló de ellos mi abuelo, que tenía su misma edad.

La edad -año arriba, año abajo- de los hermanos Marx, digo.

-Había uno mudo que tocaba la bocina así ‘¡moc, moc!’ -aseguraba con entusiasmo, como si temiera que yo no le creyese- Otro tocaba el piano y jugaba a las cartas. Groucho, que tenía el bigote pintado, caminaba así. Mira.

El padre de mi madre y de mis tíos se ponía de pie y caminaba con las rodillas flexionadas mientras gesticulaba haciendo como que fumaba un puro.

-¿Dónde están las chicas? -preguntaba mirando a derecha e izquierda con ojos de loco.

En este punto, claro, yo me desmandibulaba. Alguien tan serio haciendo tan seriamente el ganso merece siempre el homenje de unas cuantas carcajadas. Y si son carcajadas infantiles, además, pues miel sobre hojuelas. Mi abuelo, un tipo respetable, no sólo era contemporáneo de los Hermanos Marx. Es que había visto todas sus películas en orden cronológico. Es decir, a la vez que se estrenaban en los cines.

Los cuatros cocos, Sopa de ganso, Una noche en la ópera… De película en película, los Hermanos Marx endulzaron la tragedia que siguió en todo el mundo al llamado Crack del Veintinueve y la lenta, pero imparable, ascensión de los fascismos en toda Europa. En 1936, cuando se produjo en España  el ‘punch’ patrocinado por Hitler, los Marx acababan de estrenarse en la Metro con ‘Una noche en la Opera’. Mi abuelo ya tenía entonces cuarenta años, una hija de diez y una vida en marcha.


1910. Cucharilla conmemorativa de la aparición del Halley en los cielos de Missouri (USA). Doy fe de que a su regreso, en 1986, el Halley ofreció un aspecto bastante menos espectacular (probablemente, porque no llegó a pasar tan cerca del planeta como setenta y seis años antes, que se le va a hacer, otra vez será). A ver si para 2060 hay más suerte, pero es improbable que se repita un número de circo cósmico como el de principios del XX, cuando la Tierra llegó a pasar a través de la cola del cometa y muchas personas creyeron seriamente que había llegado el Fin del Mundo. La cosa se limitó a un par de noches particularmente luminosas. El recuerdo del Halley inspiró a Hergé una aventura de Tintín titulada ‘La estrella misteriosa’.

Curiosa aventura la de aquella generación que recordaba como cosa de ayer mismo el paso del siglo XIX al XX, es decir, las enormes esperanzas que amanecieron iluminadas por la brillante cola del Halley. Una generación que después se vio arrasada por un rosario de espantos que culminó en la luz cegadora de Hiroshima. Mi abuelo, que podía recordar la llegada de la luz eléctrica, de la maravillosa -y mucho más modesta- luz eléctrica, se palpaba cada día para convencerse de que seguía vivo.

La noche en que el ‘Apolo VIII’ entró en órbita lunar, saltó por encima de los espantos que llevaba en la memoria, fue a la Telefónica y, después de esperar una hora, me llamó muy excitado.

-¡Pon la tele! ¡Han llegado a Luna!

Puse la tele y, efectivamente, como había soñado Julio Verne antes que nadie, un proyectil eyectado desde Florida sobrevolaba la hermana siamesa de La Tierra con Frank Borman, William Anders y James Lowell a bordo. Aquella noche mágica, un hilo invisible me permitió hablar a través del tiempo con un niño del siglo XIX.

Semanas después -casualidad de las casualidades- pude ver en una pantalla de kilómetro y medio la peli ‘2001’.

Naturalmente, me metí a astronauta para siempre.

Hoy, perdido en la órbita de Júpiter, evoco de nuevo aquella generación joven e ilusionada que vio como el siglo XX entraba tambaleándose con los andares de Chaplin, la primera gran estrella mediática mundial. Chas Chaplin mismo pertenecía a esa generación, la de Keaton, la de la Garbo y sus galanes -John Barrymore (el abuelito de la Drew) y John Gilbert- la generación, en fin, de todas las grandes estrellas del mudo. Y, como no, de los cineastas que las inventaron: la de los magos que se sacaron de la manga la ‘gramática’ del cinematógrafo: Renoir en Francia, Lang en Alemania, Hitchcock en el RU, y John Ford y Raoul Walsh y William Wyler y William Wellman y tantos otros, en los USA.

Y, bueno, nuestro ‘tío Luis’ Buñuel, en todas partes, picando de aquí y de allá.

Si a mi abuelo le divertían las tontas aventuras de los Marx -sin ver en ellas el más mínima resabio intelectual- su mujer, más perspicaz y consecuente, detestaba la iconoclastia de Groucho, Chico, Harpo y Zeppo, cuyos nombres -por cierto- se sabía de carrerilla. Lo que apreciaban mis dos abuelos, en realidad, era el cine mudo de su juventud. Y no sólo el ‘splastick’ americano (que sus coetáneos, los poetas de la Generación del 27, veneraban), sino también Max Linder, Greta Garbo, Ramon ‘Ben-Hur’ Novarro, Tom Mix y los ‘westerns’ americanos, así como el ‘peplum’ italiano y, como no, Valentino. ‘¡Ay, pero qué guapo que es Rodolfo Valentino’!’


Valentino y Natacha Rambova hacia 1920. Buena pareja.

La primera vez en mi vida que oí ese nombre era un niño y lo pronunció arrobada mi abuela. Su marido, que en aquel momento se estaba apretando la corbata y colocándose el sombrero delante de un espejo de madera, me guiñó un ojo. ‘Un imbécil’. Aún así, cuando años después he visto ‘El Hijo del Caíd’ he entendido a aquella pollita de los locos años del charlestón. No necesito esforzarme para ver a mi abuela veinteañera ataviada como ‘Millie, una chica moderna’  (Thoroughly Modern Millie, 1967) suspirando por el aire irresisitible de las irresisitibles pestañas del irresistible seductor que fue el bello Valentino. Aún hoy ‘El Hijo del Caíd’  (‘Son of The Sheik’, 1923) sigue arrancando suspiros por encima de las décadas, de las mil guerras del siglo XX y de sus muertos anónimos e incontables.

En definitiva, que ni Gary Cooper, Clark Gable, Robert Redford, Harrison Ford ni nuestros George Clooney, Brad Pitt y Tom Cruise actuales podrán eclipsar jamás el brillo inmortal del number one, del primero de la saga de guapos del cine, del fundador, del imperecedero Rudolph.


‘Millie, una chica moderna’

De todos los modelos masculinos propuestos por el cine, el Hijo del Caíd estará siempre por encima, incluso, del bondadoso Jack Dawson, the king of the world, el artista que salvó a Rose Calvet de las aguas heladas del Atlántico norte… y de ella misma. Por encima de los vulnerables Perkins y O´Toole. Del atormentado Clift. De James Dean bebiendo leche -leche, hay que joderse- a morro en… Rebelde sin causa. (Rebel without a cause, 1955). De Sal Mineo, el amor perdido de Terenci. Sí. Por encima, incluso, de Sean Connery oliendo a colonia, de John Wayne oliendo a equino y de Marlon Brando, a tigretón, habrá siempre un hombre como la copa de un pino que se llamó Valentino.

El siglo XX ha muerto. ¡Viva el siglo XXI! (y que dios nos pille confesados)


En este enlace se puede ver el fastuoso tango que se marcó Rodolfo Valentino en ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’  (Four Horsemen of the Apocalypse, 1921) y que lo convirtió en estrella irresisitible.

Nota.
Por si alguien tiene interés y piensa vivir lo suficiente, el Halley y su cabellera debieran volver a estamparse en el cielo nocturno para 2061 (más o menos).
De nada.

El final -ya legendario- de Tiempos Modernos (Modern Times, 1936). Chaplin y Paulette Goddard rumbo a un futuro humano, hermoso y esperanzador.
El rumbo que, sin embargo, tomarían los acontecimientos decepcionó tanto a Chaplin que su siguiente película fue El gran dictador (The great dictator, 1940).

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Una respuesta a ¡Hay una nueva de los Hermanos Marx!

  1. Siana dijo:

    Cuánto cine por ver me resta aún…Maravilloso el fotograma final 😉

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