Cuando los Mundos se rozan


Sous le ciel de Paris
les oiseaux du bon dieu
hum hum
viennent du monde entier
pour bavarder entre eux.

Era aquél un tiempo feliz, anterior a la primera crisis del petróleo (que estallaría, yo creo, aquel otoño mismo). El mundo (o sea, Europa occidental. y eso que ha venido en llamarse ‘Occidente’ en general) aun vivía instalado en la dulce resaca de los sesenta y de la victoria (moral) de los revoltosos del 68.

Desde luego, el clima de libertad, de ‘laissez faire, laissez passer’, era total y si uno iba atento, con el ojo bien abierto, relajada cualquier ‘firme convicción’ y los prejuicios y los estereotipos aherrojados, recibía constantes estímulos de un ambiente abierto, efervescente y nada complaciente ni paternal en el que cada uno era lo que era como bien podía, sabía y le daba la gana. Si algo aprendí entonces, y ya para siempre, es que nadie es igual a nadie, nadie es más que nadie y todo es posible.

Absolutamente todo.



Lo mejor, lo más divertido y enriquecedor de aquel París entrevisto al despertar del sueño de la infancia, con los ojos aun legañosos y la cabeza como con bruma, era la convivencia. La convivencia de mundos y, sobre todo, el roce constante de unos con otros. Ese roce los alimentaba a todos.

Pero ¿cuántos son ‘todos’ exactamente? Una buena pregunta… bien difícil de responder. Cada uno de aquellos mundos era tan libre que establecer un catálogo objetivo y completo que los incluyese estrictamente a todos sin que se confundieran entre ellos ni faltara ninguno en el censo sería imposible.

En lo que a mí respecta registré, por ejemplo, la existencia del mundo del exilio español en torno a Ruedo Ibérico y a la Librería Española. El de los ‘parisiens’ inquietorros en Maspero (no se monta un cristo como el de mayo sin una buena base de gente tan leída y bien informada como poco dispuesta a dejarse tomar excesivamente el pelo). O el mundo que se desplegaba en torno a la librería inglesa Shakespeare & Co (la nueva) y que aglutinaba a los finos ‘anglos’, que se citaban allí a tomar el te y a hablar de cosas elevadas (a los ’emegüikeins’ -o sea, ’americains’ pero dicho con cerrado acento USA- se les hacia el culo pepsi-cola). Luego estaba el maravilloso Barrio Latino, que extendía en torno a la Sorbona, al otro lado del Pont Saint Michel, mil cenáculos en los que la provocación cultureta no paraba. Hoy había quien llenaba una casa de globos y proclamaba la muerte de Warhol y del pop mientras el de más allá pintarrajeaba el piso que había heredado de su abuela y juraba ser la reencarnacón de Pollock.

Mucha risa y, sobre todo, un estímulo incesante.

A sólo 500 metros del Quartier Latin, río abajo (¿o es río arriba?), se abría el Louvre, inmenso templo inabarcable en el que las verdaderas Gioconda y Venus de Milo eran adoradas reverencialmente por miles (literal) de fieles llegados de las cinco partes del mundo. Y a quinientos metros del Quai des Orfevres, en la orilla derecha, el Museo Picasso.

Más allá, vigilando la Tour Eiffel, el Palais Chaillot, en cuyos sótanos se encontraba la sala de proyección de la Cinemateque y donde había una oceánica exposición de obra reciente del español Antoni Tapies, entonces gurú artístico mundial (salvo en España) y del que yo no había oído hablar jamás hasta entonces. La exposición fue una ostia mental que -francamente- me dejó turulato y de la que aún conservo el recuerdo de una impresión que me llevó meses -si no años- asimilar del todo. En España, la referencia artística contemporánea más ortodoxa, académica y oficial -que dictaban los críticos del ‘ABC’- oscilaba entre Cristobal Toral, don Daniel Vázquez-Díaz, Vaquero Turcios y Juan de Ávalos. Entre tanto, nuestra intelectualidad ‘oficial’ debatía seriamente si Picasso sabía pintar o, en otro terreno, si Buñuel distinguía una lente de un adoquín. Y estoy hablando absolutamente en serio, aunque parezca mentira.

En París estaban también los cines, con la programación más heterogénea, amplia y abierta que se pueda concebir. Cientos de películas de todos los países y de todas las épocas se proyectaban en París en una sola tarde. Desde cine mudo clásico (en los antros del Barrio Latino) hasta underground japonés de ayer (en la Cinemateca) pasando por producciones indostánicas (en Vaugirard y las barriadas de La Bastilla), cine chino de kárate a mansalva (en los barrios de curritos que poblaban negros, argeliens y marocains), los estrenos del cine comercial más exquisito (en les Champs Elysees), ciclos ‘western’ y ‘noir’ (constantemente y en todos lados) y, claro, pornografía de las más diversas clases, categorías y países (incluído el mío, España, pásmensen, ya que en España ese cine no se podía ver). España concurría en aquella feria con los productos del incombustible Jess Frank, tío materno -por cierto- de SM el Rey de Redonda -por mal nombre ‘Pecholobo’- que en algún artículo se enorgullece del parentesco (su segundo apellido es Franco) con tan legendario personaje. Jesús Franco, fascinante cineasta patrio de reconocido prestigio internacional (eso sí, en las antípodas de Buñuel) tiene una vida que da para cien pelis, seiscientas novelas y una enciclopedia en cincuenta tomos.

Por último estaban los quioscos, llenos de tetas ubérrimas, de gluteos brillantes y de publicaciones luminosas y espléndidas, hijas de mayo, como ‘el pato encadenado’ o el ‘charlie hebdo’ (que yo adquiría puntualmente todas las semanas). Y estaban también los estudiantes, los curritos (negros, ‘marocains’, ‘algeriens’, ‘portugais’, ‘espagnols’), ‘les chinois’, los gallegos (de Galicia: eran un grupo por si mismos) y como no, señoras y señores, los turistas, la salsa aglutinante y condimento genial del gran guiso que era aquel París cosmopolita e iluso, ciudad bella, puta, abierta, noble, cerrada, tacaña, perra, innoble, miserable, limpia, generosa, sucia y -¡qué caramba!- maravillosa.

París, ombligo y centro del mundo, alma libre, Ciudad Luz, Ciudad Faro, yo te saludo.

Y a Nico, que lo den.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s