Palabras, palabritas, palabras


Venidme del aire,
palabras,
tijeritas de plata.

Rasgad el velo de luto
de las ideas malas
que nublan pueblos y valles
de los hombres. Ea,
venidme del aire.

Cortad las mallas
de la red que apresa
los atunes del mar
de plata, palabras.

Quebrad el hilo
de la medula blanca
del espinazo de mi alma,
tijerítas baratas.

Del aire,
del aire venid
de plata, tijeras,
palabritas, palabras.

mmmmmmmmmmAgustín García Calvo
mmmmmmmmmm(Canciones y soliloquios, poema nº 138.
mmmmmmmmmmEd Lucina. Zamora, 1982)

Preguntaba Trini -a propósito del post anterior- si toda esa acumulación de palabras que se da en él tenía alguna intención y si Servidor De Ustedes las había ido recolectando primorosamente a lo largo de varios días o era una recolecta, por el contrario, producto de una sentada. U seáse, si todas esas palabras habían salido de un tirón.

Yo le respondí que todas del tirón, efectiviwonder, pero que no lo hice solo sino que me ayudó una persona. Esa persona pasaba hojas del diccionario -y también de una enciclopedia- leyendo aleatoriamente las palabras que pillaba al vuelo o que le venían al magín y yo las anotaba junto a otras que se me ocurrían a mí sobre la marcha.

Una vez escritas, las palabras se barajaron aleatoriamente (salvo alguna pareja de palabras que pusimos juntas en función sólo de la sonoridad). La intención de este amontonamiento sin atender al significado era confeccionar un texto sin sentido que, al leerlo, demostrase que las personas leemos sólo lo que tenemos en la cabeza y no lo que tenemos delante (en este caso, un texto absurdo pero que ninguna de las peresonas que lo leyeron recibió como tal, sino como portador de los más sorprendentes mensajes y pretensiones). Salvo -quizá- la Trini, que es mu larga.

La verdad es que leído por terceras personas, el texto dejaba de comportarse como un texto al margen del significado de las palabras que lo componen para adquirir extrañas intenciones que, obviamente,  estaban sólo en la cabeza de quienes lo leían.

Todo lo que leemos, de hecho, está en nosotros y no en el texto, como dice Trini en su último comentario a la entrada anterior. La habilidad del autor es despertar eso que está en sus lectores, como sabían bien los viejos autores de textos publicitarios, aquellos genios del lenguaje y de la venta que, cuando la publicidad era ciencia y disparo certero al corazón de cada consumidor (en vez de metralla sangrienta, desparramada y terrorista lanzada al bulto y a la masa y a ver que pasa), sabían despertar en el corazón un dormido -y, quizá, desconocido- link con el producto que pretendían vender. Aquel ‘cuponazo’, aquella ‘gente encantadora’, esos ‘villarriba y villabajo’….

Curioso.

Dicho de otro modo: con este texto ha quedado demostrado que en una lengua dada, cada palabra -cada palabra ¿eh?- tiene tantos significados como personas usan esa lengua y, concretamente, esa palabra. Cientos de miles y quizá, millones o cientos de millones.

Tomemos ‘Cádiz’, por ejemplo. O ‘Gran Vía’. O ‘tomate’. Hay tantos ‘Cádices’, ‘Grandes Vías’ y ‘tomates’ como personas conocen las palabras que denominan esos lugares. Es decir, que ante un sólo elemento ‘significante’ florecen tantos ‘significados’ asociados a él como hablantes lo conocen y utilizan y hacen suyo. Total, que lo raro no es que haya miles de lenguas y millones de parlas en el mundo. Lo raro, lo absolutamente sorprendente, es que no haya más.

Y, sobre todo, que todavía haya gente dispuesta a aceptar que entiende a su vecino, a su novia o a su médico. O a creer en la limpia, tranparente y clara inteligibilidad de su propio discurso.

Como saben bien los poetas, un sólo elemento ‘significante’ guarda un mundo de ‘significados’ asociados.

Llegados a este punto, argumentó Siana, sólo cabe concluir, entonces, que los hablantes -o, mejor, ‘lectores’- no somos libres, afirmación que me ha dejado turulato porque, si bien es cierta (y muy cierta), también es falaz  y mentirosa. Vamos que, sobre todo, mueve a confusión.

Cierto, no somos libres, diría uno. Somos prisioneros de nuestra fe, esclavos de nuestros sueños, de nuestras creencias, de nuestras certezas, estereotipos, saberes y prejuicios.

Esclavos.

Cautivos irredentos de nuestros propios engaños.

Y, como no, de nuestro propio ‘Yo’. Un ‘Yo’ egocéntrico y superchulo (y super bobo) que tantas veces nos lleva al desastre.

Sí, vale. Pero es que meter aquí algo tan sobado (y resbaladizo, por tanto), como la libertad me obliga a precisar, para empezar (por si alguien lo ha pensado) que cuando digo que cada uno entiende una cosa distinta a partir de un mismo texto no estoy hablando tanto de una ‘manipulación’ previa y premeditada sobre los que leen (que puede haberla o no) ni tampoco de la Enseñanza, o sea, de que la enseñanza de lo que sea -por ejemplo, del manejo de una lavadora o del camino a seguir para llegar a determinado lugar- pueda perturbar el entendimiento de los lectores.

Un inciso, perdón: es curioso observar de pronto como la ‘manipulación’ y ‘La Enseñanza’ son dos fenómenos que van ligados a la capacidad de aprender lo que a uno nunca se le hubiera ocurrido solo o lo que -erróneo o no- a uno le hubiera llevado un imperio descubrir por su cuenta.

Como siempre he sostenido (frente a la tontera progre del razonar y toda esa mierda), educar es manipular. Y así nos luce el pelo, claro. Porque nos da como ajkito manipular a nuestros ninios (sin contar con que es también más cómodo) y así salen, criaturicas. Sin educar, sin manipular, completamente libres, completamente irresponsables y completamente gilipollas.

Pero sigamos a lo nuestro. Y es que la libertad en el sentido individual que ha aportado Siana pintaría poco aquí porque, al fin y al cabo, somos sociales. Sí, no estamos -ni somos- solos sino que vivimos ‘en’ y ‘con’. Y el lenguaje sirve exactamente para eso. Para vivir ‘en’ y ‘con’.

Yo me refiero, más bien (cuando digo que sólo leemos o escuchamos o entendemos lo que ya tenemos en la cabeza) a toda la historia particular que arrastra cada hablante, a como su experiencia en general moldea libre y, sobre todo, naturalmente, su pensamiento, primero, y su parla y su lengua, después y en consecuencia (o en paralelo, como sostienen no pocos lingüístas y epistemólogos), a como esto moldea y crea también toda la Lengua -todo el Sistema Lingüístico- común.

Don Manuel Alvar, el académico que ocupó el sillón T de la RAE antes que don Arturo Pérez-Reverte, llegó a afirmar que -yendo al límite- una lengua podría contemplarse en un momento determinado como un conjunto con tantos dialectos -’parlas’, en puridad- como hablantes. Un mosaico que en el momento siguiente ya es distinto.

Desde tan original perspectiva, lo raro no es que haya miles de lenguas y millones de parlas en el mundo. No. Lo raro, lo absolutamente sorprendente, es que no haya más.

Y, sobre todo, que todavía haya gente dispuesta a aceptar sin ruborizarse que entiende a su vecino, a su novia o a su médico. Y a escandalizarse, ya que estamos, por el catalán. O por el español. El terrorífico mito de Babel no consiste en que haya miles de lenguas en el mundo (o cuatro -o diez mil veinticuatro- diseminadas a lo largo de un sólo territorio nacional). El espanto del mito de Babel radica en que haya millones de personas convencidas de que con su propia lengua es suficiente. Orgullosas de su propia estupidez. Eso sí que es el Mito de Babel. La Maldición de Babel.

Mi idea hoy es que el mundo es tan raro y lo que pasa, tan complejo, que son necesarias miles de lenguas para apresarlo bien y poder llegar a entender todo mínimamente. Como decía don Francesc de Borja Moll, ojo porque no es lo mismo ‘cavall’ que ‘horse’ que ‘caballo’ que ‘cheval’. Aunque lo parezca. Cuando protestábamos por aquella chocante afirmación que contradecía cuanto se nos había enseñado, el senyor Moll señalaba a uno de nosotros -Jaume Llovet a quien, contradiciéndose escandalosamente, llamaba con afecto ‘Lobito’- e inquiría ‘¿es lo mismo caballo que caballa?’ Y Jaume, sonriendo, pillada al fin la ironía del sabio. ‘¡Noooooo…! Mai’ (en catalán, ‘nunca’) Y don Cesc, combinando castellano y catalán. ‘Pues lo dicho, ojo. Ses paraulas son fusells. Las carga el Hombre pero las dispara, no el Diablo, no: Es Dimoni’.

Y es que, como es bien sabido, en Mallorca no es lo mismo Es Dimoni que el Diablo. El Diablo es una mariconada de los curas peninsulares. Es Dimoni es mucho peor.

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5 respuestas a Palabras, palabritas, palabras

  1. Siana dijo:

    Entesos. Yo leí el texto y lo que tenía en la cabeza, pero no lo que tenía delante, que sencillamente era una sucesión de palabras inconexas. Me equivoqué de cabo a rabo. Me sirve esta reflexión, y me parece interesante como señalaba Trini. Ha sido un buen ejercicio.

  2. Siana dijo:

    Però una cosa més: Ese significado que cada uno de nosotros asocia a las palabras puede determinar el sentido que le des. El Cádiz que tú tienes en la cabeza, la migdiada, el dimoni, o lo que sea. Por ahí iba mi referencia a la "falta de libertad", mas no en un sentido negativo. En el sentido de ver un nuevo significado para esa palabra, siendo capaz de desprenderse del que ya está en nuestro cerebro. Ara si que me he liao del to. Triniá help meeee! Petons comandant

  3. Trinidad dijo:

    ¡Brabow! Me ha encantado este post :DCamaré, tú lo has dicho todo. Y voy un poquito más allá: debajo de las palabras subyace la verdadera intencionalidad de la lengua: la empatía de los dialogantes. No se puede entender a una persona si no empatizamos con ella intentando estar en su pellejo, estudiando los rincones oscuros y luminosos de su mente y para este menester no conozco otro mecanismo que la palabra.

  4. Siana dijo:

    Això mateix camaré! genia, que eres una genia. Si empatizamos obtenemos una nueva perspectiva y, por tanto, también mayores significados. Aprendemos algo nuevo.

  5. jack dijo:

    ¿García Calvo??Progre!Masqueprogre!

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