Apología de la ternura

El otro día un imbécil me dijo que deseaba ‘hacerme una apología’. Yo no se lo agradecí.

Se trataba de un impresentable, de un gilipollas y de una mala persona, así que como primera medida me permití dudar mucho de que semejante cretino supiese, siquiera, qué es una ‘apología’.

Lo que me había hecho (sólo dos horas antes) era una faena de las gordas (yo, de hecho, me había acordado de su santísima madre) así que no sabía muy bien a que venía ahora aquella zalema de ‘hacerme apologías’.

-Perdona, pero no te entiendo bien ¿qué es eso de quieres hacerme una apología?

-Sí, por lo de antes. O sea, para disculparme.

Yo parpadeé y no dije nada. Él, entonces, se explicó (lo cual fue un poco casi como que peor) y yo me caí del guindo.

-Quería ‘apologizarme’ contigo

En español se puede decir casi cualquier cosa, incluídos los nombres prohibidos de Cristo, aunque no es recomendable. Pero traducir el verbo inglés ’to apologize’ usando el ridículo (e inexistente, por otra parte) neologismo ‘apologizar’ es como poner adornos de Navidad en el jamón, o sea, lo más fuerte que me ha pasado nunca.

Me viene esta anécdota a la cabeza al ponerme apologético y disponerme a hacer una apología de la ternura que no será la apología de Sócrates, pero que por ahí andará (nunca he sido modesto en mis metas ni discreto en mis manifestaciones).

Soy, además, lo menos tierno que se haya echado al mundo desde su misma creación, así que esto que voi a hacer -una apología de la ternura- tiene un mérito bárbaro. La ternura es algo para lo que, normalmente, ni siquiera tengo tiempo. Tampoco me preocupa: al fin y al cabo, no la necesito (la ternura, digo) y me pregunto si la razón por la que no la necesito no será, sencillamente, la de que la desconozco.

Me molesta -o me desconcierta, más bien- que, para empezar, la ternura sea del género femenino (o ‘pertenezca a’, no sé que será más correcto, aunque el interés de la respuesta vaya más allá de la mera corrección gramatical y semántica). Sí, la ternura se viene suponiendo ‘virtud’ y, aún más, ‘virtud femenina’ y es que ha sido la cultura (o ‘identidad’) femenina (si es que tal cosa existe, que esa es otra) la que tradicionalmente viene concediendo a esto de la ternura (la verdad es que no sé bien en que categoría meter la tal ‘ternura’ para clasificarla. ¿Es una actitud? ¿Es virtud? ¿Es un sentimiento? ¿Una mera idea? ¿O es, sencillamente, un invento, puro cuento, una manera de esconder o sublimar alguna otra cosa ignorada, misteriosa, silenciada, vergonzante y, en definitivas cuentas, rídícula y por descubrir?) bueno, pues que son ellas, digo, las chicas, las que conceden a la ‘ternura’ una categoría moral virtuosa.

ABSOLUTAMENTE virtuosa.

Cabe preguntarse, llegados a este punto, insisto, por la naturaleza real de la cosa esa, la ‘ternura’. Sí ¿qué es realmente la ‘ternura’? Es decir ¿qué clase de cosa es? ¿Actitud? ¿Virtud? ¿Sentimiento?

Si es que es algo.

Yo no digo que no exista o que no importe, lo que digo es que la ‘ternura’ no es, ni mucho menos, necesaria o imprescindible SIEMPRE. En consecuencia, no debiera apelarse a ella todo el rato -como nos impone la inclemente tiranía del buenismo reinante- porque entonces la ternura -una buena idea del género femenino- se trivializa, pierde valor y termina en rampante cursilería. Y así, cuando falta -que, inevitablemente, es las más de las veces- se tiene su ausencia por aspereza (si no por algo peor, como grosería y hasta crueldad y salvajismo, incluso, lo que es, lisa y llanamente, una soplapollez como la Catedral de Santiago de Compostela de grande).

La ausencia de ‘ternura’ no es aspereza ni crueldad ni salvajismo ni nada de eso, por Dios. Simplemente, no es nada, simplemente es que no vamos a estar todo el rato siendo divinos de la muerte y haciéndonos carantoñas, una cosa -las carantoñas- que viene a cuento, por otra parte, en contadas ocasiones. A mí, por cierto, se me antoja obscena e impúdica la acaramelada ostentación de vacua e insincera miel -ternurismo, que no ternura- que hoy se destila todo el rato en público sin, sobre todo, venir a cuento. L’Esprit ONG en un mundo que, paradójicamente, es cada vez más impío, cada vez más inmoral y cada vez más frígido. Estrictamente frígido. O sea, fingido. Sí, desbordante de emoción postiza. Y de sentimentalidad corrompida, degenerada, transformada en despreciable sentimentalismo. Vamos, que hay que sonreír, ser feliz por cojones y no te puede picar un huevo ni doler lo que sea. A la más mínima molestia física o contratiempo anímico, pastilla, calmante, no sufras, nene, no penes. Y ríe, ríete de los peces de colores ¡pero que alegre que es mi niño! (o, simplemente, tonto de baba) sí, tú ni caso, que el Bowman es un amargado, ríete (venga o no venga a cuento) como en un ridículo anuncio de dentrífico.

No es necesario SER simpático pero es imprescindible PARECERLO. Y si no, se pasa automáticamente a la condición o categoría de ‘antipático’, es decir, al ostracismo social. ‘¿Ése?  Mejor ni lo mires: es un antipático’. Y no es eso. Las formalidades asociadas a la ternura -mimos, carantoñas, tendresse, sonrisita boba, mucha baba, flojera y tontuna- sólo tienen sentido cuando no son ritual insincero y forzado, es decir,  sólo tienen sentido cuando brotan espontáneas y libres expresando y dando cauce a un sentimiento. Sin ese sentimiento -que, por naturaleza y por definición, es infrecuente- la ternura formal es teatro malo, cursilería rampante, fatua ostentación de felicidad. Fingimiento.

Nada.

Vivimos sometidos a una dictadura pedorra que exige al individuo ser feliz, cariñoso y cercano (además de estar flaco, ser sano, estarlo también, sonreir sin parar y, sobre todo, no fumar. Por decreto, por cojones y porque sí). De tal modo que esa dictadura se permite afirmar, derrochando cara dura  satisfecha de sí misma, haber logrado la felicidad para todos. La Felicidad Universal (como todos los tiranos que en el mundo han sido)

Es el nuevo nazismo, el nazismo de la felicidad profetizado por George Orwell (veáse la inquietante novela que en los años cuarenta se tituló ‘1984’ y que auguraba la ‘hégira’ del Gran Hermano) y  también por Aldous Huxley (en la novela titulada ‘Un mundo feliz’, precisamente).

Yo no quiero que nadie me venda lo que ya tengo, lo que es mío y he conseguido yo (que es el gran timo de la modernidad: hacerte pagar por lo que es tuyo). Yo ya fui feliz. Ya he experimentado ese sentimiento, lo conozco muy bien y a estas alturas no necesito que nadie me haga feliz. Ojito que esa película me la sé. Nací bajo la dictadura de Franco, que fue el colmo de las felicidad y la ternura, y a su sombra mentirosa me hice adulto. (‘Al son de los tambores y trompetas imperiales caminando van las nuevas juventudes que forjando España están. Franco, Franco, siempre arriba España, gloria, gloria al mejor Capitán’).

Francisco Franco, que no Xose Mourinho, nos vendía la felicidad completa envasada y etiquetada por el Movimiento, por los Curas, por la Bandera y, sobre todo, por Él en persona aunque yo nunca la compré porque siempre supe que nadie podía darme lo que ya tenía. Yo era -y soy- la felicidad, la fraternidad universal y la ternura. Las tres van conmigo en el mismo saco, de mí brotan y en mí nacen de la misma fuente. Cuando los nuevos dictadores, los Dictadores de la Felisidad Completa -sea la Coca.Cola, la Aído (Bibí), EspeFacha Calcetines, Albertito Corazones, Disney, los de la Tercera República, los de la Abolición de los Toros, los de la Independencia de Cataluña o quien corresponda- intentan volverme loco, hacerme ver lo blanco negro y colocarme sus ortopédicos monstruos de Frankenstein sólo tengo que volverme al recuerdo de aquella Hélène de mis días parisinos que rumbo a la rive gauche (o a la vuelta, cruzando por la noche el Marais o subiendo ya el boulevard Richard Lenoir camino de la casa de Mr LeMoine) me daba la manita y me decía terneces -’mon petit chouchou’, ‘petit espagnol’ o ‘petit doinel’- y cosas así, algunas francamente irreproducibles delante de tanta gente, terneces que me mostraban el camino del sentimiento, de la autenticidad y de la ternura grabándolo en las conexiones cerebrales de mi memoria como una referencia inconfundible, una brújula, una guía para toda la vida que me impediría perderme, incluso en los momnentos de máxima confusión.

No ayudaba poco el ‘Monday, Monday’ de los The Mama´s and the Papa´s  (parara, pararará) que había espantado la triste sórdidez de los himnos fascistas. Aún puedo ver los labios tristes de los veteranos de la División Azul cantando llorosos al recordar los cadáveres desbordando el Neva entre bloques de hielo bajo un cielo gris ceniza en blanco y negro. El culpable del ‘Monday, Monday’  (parara, pararará) fue un rojo vengativo que por una ‘rubia’ ponía el ‘Monday, Monday’  (parara, pararará) en todos los juke-box que encontraba en su camino. De este modo, los The Mama´s and the Papa´s salvaron mi memoria del fascismo llenándola de surf, color e imposibles chavalas que correteaban divertidas por las playas de la soleada -‘sunny’- California. Había otro mundo.

Hoy, con el ‘Monday, Monday’ (parara, pararará) y la ternura de Hélène iluminando las sinapsias de mis células cerebrales sé que todo  se reduce a exaltación del corazón (exaltación genuina, exaltación propia que no impostada, que no exaltación impuesta). Esa es la felicidad de la que brota la ternura.

No negaré que me desconcertaban bastante los sentimientos que experimentaba cuando Hélène me amaba, así como que aquel desvelamiento del amor incluyó el descubrimiento de un lenguaje nuevo (el de la ternura, precisamente) que después he visto trivializado y manoseado sin base ninguna hasta extremos estomagantes.

Cabrones.

Yo ya fui feliz, pues, así que no me exijáis ternura ni tan siquiera gestos tiernos (ni a mí ni a nadie). Confundís la ‘ternura’ -la delicada ‘tendresse’ del gabacho- con la mera cortesía, con la cortesía formal y amable, imprescindible en todos los órdenes de la vida. Y aún ésta prostituís también vosotros, dictadores del buen rollito. Porque vale más -aunque parezca triste y aburrida- la ausencia de cualquier gesto, es decir, la sobriedad y la discreción, que esa mentirosa ternura impostada que imponéis, propia de ONG, Juventudes Socialistas, Voluntarios de la Cruz Roja, Cáritas Diocesana y departamento comercial de operador telefónico.

La ternura es un tesoro demasiado precioso como para andar repartiéndolo a manos llenas, y eso os delata: vuestra simpática ternura es un cheque sin fondos. No sois más que unos estafadores.  En materia de ternura, en realidad, estáis a la quinta pregunta. Y es lógico  (y tranquilizador). La ternura es un tesoro demasiado valioso , fino y delicado como para andar en manos de ladrones, gestores mentirosos, aves rapaces e hijos de puta.

La ternura soy yo.

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3 respuestas a Apología de la ternura

  1. Siana dijo:

    A mí la ternura me parece una cualidad natural que no hay que forzar. Y que sencillamente se tiene, o no, y también que se puede despertar. Hasta el Cadalso del El Asedio puede ser tierno en un momento dado. Mira, lo dices aquí, lo defines perfectamente:"sé que todo se reduce a exaltación del corazón (exaltación genuina, exaltación propia que no impostada, que no exaltación impuesta). Esa es la felicidad de la que brota la ternura."Exactamente. Y al que le salga de forma natural, que la racionalice si lo desea a los que de verdad la merecen. Pero tampoco hay que frenarla por la otra dictadura. Aunque estoy totalmente de acuerdo con lo de la dictadura de la felicidad y la apariencia, me da la sensación de que hay otra: la de tener que mostrarse fuerte en todo momento. El que sea buena persona, que lo sea sin complejos, aunque en la tesitura deba aprender a diferenciar, a bandeárselas. Y a que no se aprovechen de él. A veces tengo la sensación de que el buenismo está mal considerado porque ya nadie se fía de nadie y ahí, en medio el bosque, se pierde el auténtico. Muy bueno este texto, Bow. Chapeau.

  2. Lenka dijo:

    La ternura no es exclusiva de nadie, como nada es exclusivo de nadie, supongo. A mí me han dicho toda la vida que no soy tierna. Siempre me han definido como antisocial, erizo, escudo humano, ruda, huraña. Desde el punto de vista de la persona abierta y dada a caricia y cumplido (y, ojo, de esos los hay mentirosos y totalmente sinceros, doy fe) es obvio que yo represento todo lo contrario. Tiendo a la aspereza y a la palabra seca. Y luego, como casi nadie es monocromático (y yo me confieso rara de cojones) sufro de una noséqué (ternura, sensiblería, ñoñez, o al contrario: visceralidad) que hace que haya elegido profesión de esas de andar "ayudando gente" (cosa que, ciertamente, pa unos es una impostura absoluta, pa otros un lavado de conciencia, pa muchos una medalla que colgar bien a la vista y para no pocos, entre los que creo estar incluida, una simple necesidad de hacer algo que pueda ser útil a alguien. Otra tontería, seguramente. Nunca es bastante, nunca se arregla nada, nunca se termina, no sirve. Y, de hecho, es un oficio cuyo fin ideal sería la extinción. En el mundo happy que los de mi gremio soñamos ya no haríamos puñetera falta. Además, la mera base seguramente es tontorrona de por sí. Queremos un mundo feliz, justo, bonito. Ja. Qué risa. Lo queremos, es verdad. Pero no nos lo creemos. Al menos yo no. Nunca entenderé por qué elegí este camino siendo tan cínica, tan descreída, tan pesimista, tan crítica con el ser humano, tan convencida de que nada tiene arreglo en realidad). A qué iba yo? No sé. A que me revienta eso de las cualidades femeninas y masculinas. Hacen que muchas personas de uno y otro sexo seamos amorfos y anormales, por lo visto. Y, además, como bien dice usté… qué es la ternura, exactamente? Porque a mí muchas veces me parece pose, otras ñoñez y cursilería, otras sentimentalismo. Yo no soy tierna, dicen, pero lo soy. Con lo que me sale. Con lo que me mueve a serlo. Con cosas seguramente absurdas. Seguro que soy la primera en pasarme a la sensiblería con montones de cosas. Otras me dejan indiferente. Los niños, por ejemplo. Creo que son unos enanos que merecen respeto y protección. No soporto que se les haga daño de ninguna manera (tampoco con ese "amor" cegato, consentidor y estúpido que los idiotiza, y que quizá sea precisamente ternura mal entendida). Me jode que algunos críos nazcan en el culo del mundo y sin opciones. En cambio, los del primer mundo me caen bastante mal (en general), por ruidosos, maleducados, egoístas y mimados. Que ya sé que no es culpa de ellos, pero da igual, tocan bastante las narices. Nunca me ha salido dar grititos delante de un crío (me parece patético y me da corte, la verdad), ni hablarle en chino mandarín (agú, agú). Tengo por norma no coger en brazos a ningún chiquillo (por más que sus padres insistan) porque no son peluches, son personas. Nunca les reclamo besos (si alguien quiere besar, besa sin que se lo pidan). Y no les suelo aguantar más de cinco minutos, porque tienen poca conversación. Con todo y con eso, los hay divertidos y hasta interesantes. Incluso me he preguntado varias veces cómo será tener uno de esos. Pero así, en general, el concepto "niño" no me despierta sentimientos sublimes. Otra cosa es que me joda saber que hay millones de críos pasándolas putas, pero eso no es ternura, ni compasión, es simple empatía, o sentido de la justicia, o tener entraña. Total, que como no me entusiasman, ni me provocan suspiros, y sólo en raras ocasiones me ha encantado tratar a alguno de ellos en concreto, soy rara y no soy tierna. Y no es el único ejemplo, además. De todos modos hace ya tiempo que vengo notando que montones de conceptos, ideas y palabras se han pervertido hasta lo indecible. Por eso asumo que soy arisca, que no soy feminista, que soy roja, que no soy romántica, que soy rara, y que soy y no soy montones de cosas, según la sociedá. Pofale.

  3. Trinidad dijo:

    \’La ternura es un tesoro demasiado precioso como para andar repartiéndolo a manos llenas.\’ Estoy de acuerdo contigo, Caballerow. Yo soy tierna con muy poca gente, puedo contar a esas personas con los dedos de una mano y me sobran dedos. Creo que la ternura es un gesto de amor que se tiene con alguien a quien se quiere de veras, que es especial para una -no tiene por qué ser con la pareja-, y en momentos puntuales. En el momento en que se abusa de la ternura, ese gesto resulta pendate, falso e incluso se puede malinterpretar. Otra cosa es ser amable y cariñoso. Así sí soy con más gente.Ale, sigue escribiendo, que es un gusto leerte.

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