La Dama Negra


La madalena de Marcel (¿o era una tostada?)

Con tanto amor, tantas sorpresas y tantas novedades pasó el tiempo y se fue acercando la hora de volver a España. Y conforme se acercaba el momento me iban invadiendo sentimientos contradictorios. La melancolía y la añoranza, de un lado, y el sentido común por otro. Simplemente, añoraba la tortilla de patata, el sabor y el aroma de la tortilla de patata caliente que hacía mi madre, fíjate tú que tontería, exactamente igual a como Proust añoraba la tostada o la madalena o lo que fuera que añorase. Yo entonces, claro, no sabía bien lo que me pasaba ni terminaba de identificar aquel sentimiento (entre otras cosas no había leído a Marcel ni había estado junto a Swan, al que yo creo que ni siquiera había oído nombrar, peste de un año de literatura francesa que había estudiado -o así- durante el bachillerato con la Gandía…ah, la Gandía: un exotismo, una belleza, un lujazo alegre y cosmopolita en aquella siniestra y cenicienta España….. a la que, en realidad, no quería volver ni atado de pies y manos… y a la que ahora, paradojas de la vida, se empeñan en llevarnos de nuevo aquellos señores, ay, los señores aquellos que nunca se ríen. Yo lo que quería era quedarme a vivir en Hélène y hacerme un huequito entre los pliegues maternales, calientes y acogedores de sus labios, los labios que fueran, y allí encogido darle a mi anfitriona una alegría de vez en cuando, como aquel personaje de Almodóvar.

Cuando le conté mis intenciones a Hélène me dijo que ni hablar, que no era posible.

-Te caerías

Yo estaba convencido de que no, de que bastaba con agarrarme al dulce botoncito y sentarme encima para mantenerme allí sin problemas. Bueno, sin problemas…. en difícil equilibrio.

Yo, en realidad, era un paria en Francia, un personaje marginal y sin suelo real bajo los pies: sin familia, sin tradición, sin formación, una criatura que acababa de cumplir diecinueve años y siquiera había salido del cascarón mental. En el fondo, seguía siendo un hijo de familia, un señorito diletante que no otra cosa vivía que una aventura sin más objeto que contarla mil años después, ya en otro siglo y en otro planeta, en un blog. Debidamente elaborada e idealizada, tamizada por el suave embudo del tiempo, edulcorada y añorada como sólo se añora la juventud y el mundo nuevo y virgen de esos años, cuando todo es posible y nada, en realidad, ha sucedido aún. Un mundo tan real y tan posible como la solidez que yo veía navegando por la espalda interminable de Hélène y que resumía la perfección de sus inmensas posibilidades en la tibia redondez de dos pechos cantarines que yo reverenciaba: las sagradas formas.

Cuando miraba a Hélène al trasluz de las persianas de nuestras mañanas de domingo se me antojaba lo más bello que había visto nunca ni llegaría a ver jamás.

Lo bueno era que no sabía, vamos, es que ni idea tenía de hasta que punto estaba en lo cierto.

‘Disfruta el instante’, le diría hoy a aquel pollo, a aquel crío feliz que a todo le daba vueltas y todo lo cuestionaba (un poco como yo mismo hoy, viejo jaimitesco, aunque ahora tenga la ventaja de que, como me conozco, me controle y no enloquezca fácilmente), sí, disfruta el instante, mon vieux, le diría hoy a aquel Bowman a punto de nacer, porque nada de lo que vivas en lo sucesivo va a ser mejor que esto, no te hagas ilusiones. Sí: será, sin duda, peor porque el futuro siempre es peor. Por un sencillo problema de percepción, nada más. Cuanto más viejo, menos te engañas, así de simple, y sabes que al final siempre está ella. Ella y no Hélène, precisamente.

Y no Hélène.


Bowman play-móbil. ¿Un astronauta bragado? ¿Un niño perdido y aterrado?

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9 respuestas a La Dama Negra

  1. Siana dijo:

    Pues ese fue un momento decisivo e importante. Volver o quedarte. Y con ella. Es además éste un episodio triste, a mi entender. Es un mirar atrás. “Disfruta el momento”….Eso se dice a posteriori casi siempre bow: pero piensa una cosa, ya eras feliz viviendo aquello, ya lo estabas aprovechando. Simplemente no necesitabas pensarlo, ni recordártelo. Es más, de ser así, de poder hacer un viaje de esos que haces tú estelares y decirle al muchacho que no tenía ni 20: “jovenzuelo Bowman, esto se acabará al partir de Paris”, igual con la presión no lo habrías disfrutado tanto. Habrías introducido un elemento que es propio de la edad, y también de nuestro tiempo: la prisa y la angustia de saber que las cosas son perecederas. Y quizás sin querer habrías introducido el imperativo, que muchas veces produce la respuesta contraria (la resistencia). Yo recuerdo haber pasado los mejores veranos de mi vida con mis primos en Santander y Teruel, y no pensaba: disfruta ahora que esto no volverá. Si me hubieran dicho eso, me habrían arruinado. Y eso que el final de todo aquello estaba a la vuelta de la esquina, pero prefiero no haberlo sabido. Yo mientras vivo procuro decirme: esto empieza a ir muy deprisa, vive el momento. Y te digo una cosa: no siempre funciona. Se acaba el día y la mayoría de las veces acabo pensando “no has hecho esto, no has hecho lo otro. Otro día perdido”. En cambio, cuando no pienso que la ocasión no volverá, lo paso mejor. Es lo que me sucedió cuando cenamos con Arturo, por ejemplo. Ahora es cuando más urgencia sentimos para ser conscientes del momento, para que no se nos escape, porque como bien dices, pensamos más y no imaginamos tanto. Ves la llanura y no la subida. Y algunos ven hasta la bajada (y no, leñes, no!). Comprendo la nostalgia. No sé ya por el tiempo pasado, pero sí por la cierta inocencia. La pérdida de la inocencia conlleva a veces perder la ilusión. Pero ten por seguro esto: si tú volvieras ahora allí, no lo hubieras vivido igual. Así que recuerda y hazlo grande. Recuerda aquel verano, recuerda Paris. A Hélène. Y comparte, como has hecho durante estos meses. La Dama Negra tan solo es una certeza más que puede estar presente en cualquier momento, pero mientras tanto, tienes siempre el camino por delante. Que no sea ella la protagonista. Disculpa el bodrio reflexivo. Me alegra que hayas vuelto a la nave. Estoy segura de que otros también se alegrarán por ello.

  2. Ambrosio dijo:

    Hombre, disculpas ¿por q? Todo lo contrario: muchas gracias por su atención y por tomarse la molestia de incluir tan larga reflexión. Y por su paciencia también en el curso de este largo mes, y medio prrácticamente, de ausencia. La verdad es que lo q empezó con alegría y era hasta divertido -o sea, esta especie de memorial libérrimo- pasó este invierno a resultarme sombrío, triste y hasta doloroso. ¿Por q? Pues no me he respondido. La verdad es q salvo aquellas semanas en París no guardo un recuerdo agradable de mi juventud y debo reconocerme a mi mismo que entre los quince y los veinticinco años no fui feliz. Por ningún motivo especial, pero no lo fuí.En fin: muchas gracias por su atención.

  3. Lenka dijo:

    Será verdad o no (porque hasta la verdad de uno es relativa, como bien apunta usted el tiempo puede empañarlo todo, confundirlo todo, empequeñecerlo, magnificarlo, en fin, relativizarlo todo) pero el caso es que mi impresión es que no fui feliz hasta los… quizá los 25 años. Más o menos. Antes de eso recuerdo una vida inmensamente gris, inmensamente triste, inmensamente solitaria, dolorosa y fea, salpicada (eso sí) por algunos momentos bellísimos, escojonantes, luminosos o emotivos, según. Sólo momentos, como fogonazos en mitad de un túnel, pero reales y válidos (menos mal, porque si no… qué asco de existencia la mía!!!!) Y luego, por cosas de la vida, terapias que una se hace a sí misma de vez en cuando, más de un sabio consejo de personas sabias (de las que te quieren de verdad y por eso no dudan en soltarte verdades como puños, con todo el cariño pero en plena jeta) y porque, sencillamente, se me hincharon los ovarios de ser infeliz, empecé a ser feliz. Razonablemente, al menos, lo que en mi caso significa casi el Nirvana (en comparación). Pues oiga, con todo y con eso, y por más que a mis casi 32 siga repitiendo que ni jarta grifa volvería patrás un sólo día… qué se apuesta a que si llego a los 45, los 58, los 76 (los que sean) termino encontrando algo que echar de menos??? Y, más inquietante aún, a que esa otra vida (post 25) que ahora considero el sumun de la felicidad (ah, ah, ah, ah) es muy capaz de volvérseme melancólico y sombrío? No lo descarto. No descarto nada. Siempre que he estado segura de algo, se me ha vuelto del revés tarde o temprano. Así que no, no descarto nada. Se le echaba de menos, Maese. Cuéntenos más cosas. Y si se le hace cuesta arriba (por lo que sea) hable aunque sea de toros, o de Reverte, o de las miembras, o de Scorsese. Y nos echamos unas risas. Jejejeje.

  4. Trinidad dijo:

    ¡¡¡Hombre, dichosos los ojos que le leen, Caballerow!!! Después de un mes sin escribir, se agradece una nueva entrega de las aventuras y desventuras de nuestro zagal. Y bueno Bow, no se ponga usted melancólico ni triste, que soy una persona extremadamente sensible y me sabe mal verlo así. Aunque mocosa y con poca experiencia de vida, me voy a atrever a decirte que en ciertas circunstancias nos hace sonreír pensar que vivimos tal o cual momento, que nos arriesgamos a hacerlo y que ya nada ni nadie en el mundo nos lo puede quitar. Y si lo viviste una vez, ¿por qué no habrá oportunidades para vivir algo parecido o mejor? ¡Ánimo Bow! Que la ópera no acaba hasta que no canta la gorda.

  5. Ambrosio dijo:

    Gracias. Sois fantásticas. Seguimos pues.

  6. Lenka dijo:

    "La ópera no acaba hasta que no canta la gorda". Juaaaaas, Trini!!! Qué bueno!!! Me la quedo pa mí!!! 😉

  7. Sonia dijo:

    Veo que, sea por lo que sea, es más común de lo que yo creía lo de no ser o sentirte feliz. "no pensaba: disfruta ahora que esto no volverá. Si me hubieran dicho eso, me habrían arruinado" C\’est ça, Sianeta, exactamente lo que mucha gente tiene en la cabeza durante los buenos momentos, "esto es pasajero, dentro de 10 minutos, una hora, dos días, lo que sea, esto habrá pasado y volveras a la rutina. Esto no es la vida de verdad, esto son pequeños destellos que hacen que no enloquezcas, lo de verdad es lo otro, lo gris, lo oscuro, lo triste y así hasta que todo se acaba". Y ¡cuánto cuesta salir de ello! En fin, hasta aquí mi pequeña terapia particular, no sigo, que gracias a Dios se sale de ello.Gracias Bow por este episodio particularmente "emotivo", por llamarlo de alguna manera. Es cierto que la nostalgia cambia la percepción de las cosas. Tiendes a idealizar todo lo anterior según va pasando el tiempo y cuando regresas a sitios en los que "crees" que has vivido cosas más emocionantes de lo que probablemente fueron, toda la realidad cae sobre tí y resulta que el sitio no era tan mágico como lo recuerdas y viene la decepción. Pero el ciclo sigue. Y te vas. Y al poco tiempo vuelves otra vez a idealizar el lugar o el momento. Hasta la siguiente decepción. Yo estoy contigo Bow, el futuro siempre es peor. Pero es mejor no pensarlo. Lo que pasa es que a eso hay que aprender también, a no pensar, o no pensar en exceso.

  8. Rogorn dijo:

    ¿Y no te puedes quedar en París virtualmente otros 20 años? 😉 Imagina qué hubiera pasado.It ain\’t over until the fat lady sings. Se dice mucho en inglés, ya que no pueden decir "hasta el rabo todo es toro".

  9. Ambrosio dijo:

    Es una idea. Tomo nota.

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