Educación sexual



Decía Salomón que nunca es el hombre el que elige (de manera natural, al menos).

Ni el que somete.

No.

Es la mujer -para ser exactos- la que se entrega rendida a quien ella decide. Y quien, rendida, somete.

¡Qué razón tenía el viejo y sabio rey de Israel!

A este respecto, Sexe et feminité fue una lectura fundamental. Sexe et feminité me ayudó a desembarazarme de muchos resabios, a entender el sexo femenino y a acceder correctamente a ellas. A las nenas, me refiero (y a Hélène muy particularmente). A acceder, al menos, por el lado del sexo.

Los caminos del sexo, evidentemente, no son los únicos para relacionarse, sea debida o indebidamente. Hay más formas de mantener una relación interpersonal (debida o indebida).

Pero a aquel libro no le importaban. Quiero decir que de lo que trataba era de sexo. De relación a través del sexo.

Hoy me doy cuenta de que una educación sexual digna de tal nombre debiera empezar dejando claros estos conceptos en vez de darlos por sabidos. Hay mucho malentendido en esto del sexo y de la relación sexual. Cosas como sexo, relación sexual, relación interpersonal, hombre, mujer, sexo masculino, sexo femenino, género masculino, género femenino y todo eso. Cosas bien distintas entre sí, aunque tiendan a confundirse en general (y de manera malintencionada, en ocasiones, lo cual ya es peor).

Por todo ello, sería importante dejar las cosas claras desde el principio.

‘El sexo explicado a los niños’.
(y como relacionarse con él y a través de él)

Por ejemplo.

‘Nada es lo que parece, queridos niños y niñas. Ni género masculino equivale automáticamente a sexo masculino ni éste, a hombre, a caballero ni a señor.

Ni mujer, a sexo femenino, naturalmente.

Y es que una cosa es el sexo, pequeños monstruos, y otra, el género.

Y otra más, todo lo demás.

Con el género, para empezar, no se copula’.

(Yo, aquí, haría una pausa dramática.

Y proseguiría).

‘Y aun así, fíjate tú, sexo tampoco equivale siempre automáticamente a cópula ni a reproducción. Aunque para eso fuera para lo que se inventó originalmente. Tampoco el pelo, al fin y al cabo, se inventó para peinarse.

Y mira.


El pelo, una mera protección (en principio), ha derivado en compleja seña de identidad.

Y es que una vez hecha la invención aparecen (como en el caso del pelo) importantes consecuencias, implicaciones y derivaciones no previstas, en principio, y con las que hay que pechar.

Vamos, que hay que gestionarlas (las implicaciones, digo).

Y hay que gestionarlas bien: al fin y al cabo, que todas esas derivaciones sean innecesarias para la especie no significa que  también lo sean para los individuos que la componen’.


A la especie le importa bien poco como te peines. A ti, no: para ti es trascendental.

Aclarar, por último (y contra una creencia muy extendida), que la letra ‘a’ no corresponde exclusivamente al género femenino ni la ‘o’ y la ‘e’, al  masculino. Vamos, que el ‘género lingüístico’ es bastante más libre y aleatorio de lo que los lingüistas mismos quisieran: porque es literalmente imposible fijar normas para su establecimiento. Aún más ¿por qué el latín tenía géneros para todo y otras lenguas, en cambio, no? Je ne sais pas, pero aquellos barros trajeron estos lodos cuando el legislador, que de leyes sabrá un huevo pero que de la lengua que usa (mal) no tiene ni repajolera idea, se metió -ebrio de poder- a legislar el lenguaje -que, por definición, se legisla solo- y a trasladar tontamente categorías lingüísticas del inglés al español demostrando ignorancia del inglés, del español, del latín, del sentido común y de dónde queda la mano izquierda y dónde la derecha.

Un motor, por ejemplo, se mueve a sus anchas en la órbita del género masculino (sin una letra ‘o’ al final ni señal alguna de sexo por medio) mientras que la vieja (que no viejo) Humanidad (a la que pertenecemos hembritas y machotes por igual) es, desde siempre, gloriosamente femenina en su género. Y toda esa feminidad genérica (que no sexual) se consigue, encima, sin necesidad de ostentar al final ‘a’ ninguna, se mire por donde se mire la tal Humanidad. No mencionaré, sino de pasada (para no hacer esto interminable), las redes, la sed ni las sedes, que careciendo también de sexo alguno, viven cómodamente en el género femenino sin confusión posible ni necesidad tampoco de ostentar la carismática ‘a’ final.

En otro orden de cosas, un adminículo sexualmente tan masculino como la entrañable y castiza polla vive gramaticalmente en el mundo del género femenino. Y con una ‘a’  final a cuestas, encima. Y tan contenta. De la misma forma, nos encontramos con conceptos tan generalmente femeninos, universales y ominicomprensivos como la Galaxia o la Tierra (en las que vivimos y a las que suponer sexo sería tan estúpido -que no estúpida- como imaginar una ministra sin él).

Y ya para terminar este alegato contra la empecinada obsesión en sexuar el viejo y asexuado género gramatical, están los palabros de género masculino referidos a realidades sin rastro de sexo y acabados en ‘a’, como el sofá, el arca o el mapa, y los de género femenino que se empeñan en recurrir a la terminación en ‘o’, como la mano o la moto.

También están aquellas palabras que, sin variación ninguna, son tanto del género masculino como del femenino: la célibe, el célibe, la cineasta, el cineasta, la  prenda, el prenda, la caballista o el caballista.

O las que designan realidades completamente distintas en cada género: la cartera, el cartero, la pista, el pisto, la lista, el listo, la casa, el caso, la cara, el caro, la pota, el poto… Hay palabras, incluso, que permanecen formalmente invariables en ambos géneros pero que cambian igualmente el significado al cambiar el género: el cometa, la cometa, la radio, el radio, la cólera o el cólera.

Y si nada es automático, cerrado ni fijo en la máquina divertida, antigua, entrañable y amiga del Lenguaje, tampoco lo es en la Naturaleza (como no puede ser de otra manera: el Lenguaje es una RÉPLICA simbólica, exacta y ajustada de la Madre Naturaleza, esa loca genial, cambiante e innovadora con leyes inmutables y fijas MUY generales pero NADA particulares. Es que NADA. ¿Para qué rayos querríamos sino el Lenguaje, a ver?). Así, y contra lo que pudiera parecer, el concepto ‘mujer’ no es siempre aplicable automática, universal y exclusivamente a individuos del sexo femenino. Ni el de ‘hombre’ a los del masculino.

Sí: hay hombres que teniendo sexo femenino y, por tanto, las funciones y capacidades específicas para el mismo establecidas por la Señora Naturaleza para el tal sexo, no son en modo alguno mujeres ni se identifican ni comportan como tales. ‘Mujer’ y ‘hombre’ no son, contra lo que nos han pretendido hacer creer durante miles de años (desde el neolítico, calculo), conceptos sexuales sino sociales. Que puede que sea parecido, pero que no es, ni de lejos, exactamente lo mismo (como los hechos se han encargado de demostrar con una tozudez realmente ejemplar). En estos tiempos en los que que se pretende la igualdad SOCIAL de ambos sexos (una igualdad puramente sexual parece lejos de lograrse: aquí y ahora, por otra parte, tampoco se le ve mucha utilidad) los roles sociales de ‘hombre’ y ‘mujer’ (nacidos, probablemente, en el neolítico) van desapareciendo para quedar ambos conceptos como meras formas identitarias cuyos límites funcionales tienden cada vez más a desdibujarse, a confundirse entre sí y, finalmente, como queda dicho, a desaparecer.

¿Lo habéis entendido, queridos niños?

Mira que es fácil.

Y es que tampoco es tan difícil, digo yo. Basta aclarar conceptos y el noventa por ciento de la educación sexual está hecha.

La Naturaleza y el Lenguaje, al fin y al cabo, no son nada sexistas. Ni deterministas. Al contrario, más bien (de manera muy particular, además, en el caso humano).

Los sexistas (y los deterministas) somos nosotros, nuestras mentes estrechas, muy estrechas (aunque seamos ministras progres extraordinariamente feministas que juegan a guays, abiertas, liberales y encantadoras siendo, como son, tan cerrojas como todos los demás, incluído yo mismo, vamos, que nadie se vaya a pensar).


Las ‘drags’ o ‘reinonas’: individuos de sexo masculino que se
complacen mostrándose socialmente, expresándose, vistiéndose
 y, sobre todo, exhbiéndose como mujeres. Travestismo hecho
arte (barroco).

Téngase en cuanta que el ‘sexo’, al fin y al cabo, no es una cosa tan general ni tan corriente en la Naturaleza: sólo la tienen algunos privilegiados seres vivos, animalicos mayormente, y algunas plantas también. Los seres vivos que no lo tienen (pobriños) se las apañan para reproducirse utilizando maneras monótonas y poco atractivas, cierto, para nosotros -afortunados seres sexuados- pero también van saliendo adelante, y con regular fortuna, además. Estos otros seres se denominan, como no, ‘seres asexuados, son muchos y están muy tristes porque, como no pueden hacer cochinadas, se aburren mortalmente.

Entre otras cosas, los tipos estos, los ‘seres asexuados’, no tienen nada que compartir. Quiero decir que no tienen órganos sexuales en los que complacerse ni que entregar tampoco a la complacencia de otros seres que, debidamente sexuados, pongan a su vez en juego sus propios órganos sexuales generando así el gran mercado del encuentro y del toma y daca que tan decisivo resulta para la evolución y la buena marcha de la especie. Sí, un contínuo y divertido intercambio de mimos más o menos ingeniosos, roces, jugos, sentimientos y, sobre todo, genes (que es de lo que finalmente se trata) que con su constante trasiego van construyendo la especie a base de ir sembrando el espacio y el tiempo de individuos que tienen más o menos gracia -unos más, otros menos- pero todos Hijos de Dios, al fin y al cabo, y muy variados entre sí, que es dónde reside precisamente la gracia del asunto.

Esta larga (y meditada) reflexión viene muy a cuento en este tiempo que nos ha tocado vivir, una época en la que el número de seres humanos vivos que arrastran sus miserias por el planeta, la casa común (no hay nada parecido a la especie humana por ahí fuera, desengañémonos) iguala al número de seres humanos ya muertos y que han ido viviendo por aquí, sobre este mismo planeta, desde el comienzo del tiempo, es decir, desde que hubo alguien para contarlo (el tiempo, digo).

El sexo, que duda cabe (así como la relación que genera) tiene, pues, una extraordinaria importancia y hay que saberlo llevar, lo cual no es fácil. Sobre todo el otro sexo, cuyas posibilidades son bien distintas a las que brinda el de uno, siendo aquí de donde vienen todas las derivaciones complejas de que hablaba más arriba.

Pero eso lo dejaremos para otro día.


¡Identidad! ¡Cuántos crímenes se comenten en tu nombre!

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

11 respuestas a Educación sexual

  1. Siana dijo:

    Comandante Bow: cuando sustituya mi cacharrito por otro normal y corriente te voy a poner aquí una coseta sobre los géneros en catala, que ja veuras. Gracias por esta entrada, razón llevas con que no hay que confundir una cosa con la otra, ni marear la perdiz. Petonets!

  2. Antonio dijo:

    Eres un crack, Bow; un referente.No soy pródigo en comentarios, lo sé…no me lo tengas en cuenta amigo.Un abrazo.

  3. Ambrosio dijo:

    Joder.Voi a andar una semana a un metro del suelo.

  4. Lenka dijo:

    Ay, Señor, lo distinto que sería todo si nos dirigiera gente inteligente en lugar de la banda de ceporros que nos hemos tocado en suerte (pa más narices). Y que encima haya tantos y tantas sentando cátedra y dándoselas de cultos y cultas, leídos y leídas… Maese, tiene razón el Doc. Es usté un referente, y debiera serlo más. Con más público, me refiero. Se tenía que haber dedicao a la enseñanza, a ese noble oficio del desasnar almas. Qué guapo hubiese sido. De hecho siempre me ha recordao usté a un profe que tuve (los Dioses lo tengan en su gloria) y al que idolatré porque, con todo el amor pedagógico, nos demostró que éramos bastante merluzos y que más nos valía ponernos a pensar un poco. Enseñaba más de la vida que de los tantas veces patéticos programas educativos de rigor. A pensar, sobre todo. A mascar, a darle vueltas a las cosas, a hacerse preguntas. A mirar y escuchar. Creo que conmigo se pasó tres pueblos y por eso me volvió tan cansina. Pero qué quieres? Yo siempre fui de sus favoritas, aunque esté feo que lo diga. Y la Guaja, obviamente. En fin, que ya estoy saliéndome por la tangente, pa variar. Dónde hay que firmar el manifiesto?

  5. Siana dijo:

    Lo eres bow. Un referente. Alguien de quien se puede aprender mucho. Un maestro, como señalan Lenka y Doc, y es una suerte inmensa que te tengamos. Bueno lo prometido es deuda: te traigo una pequeña muestra de palabras en catalán en masculino y femenino, pa corroborar tu teoría: els afores, un anell, un avantatge, el corrent, el costum, els espinacs, els llegums, el front, el pebre, el señal, la claror, la olor, la remor, una analisi, una au, la dent, la fi, les postres, la frescor, la marató….suena rarillo, eh? Como para preocuparnos, vamos 😉 Me alegro que tengas de nuevo más movimiento en tu nave, Comandante 🙂 petons

  6. Trinidad dijo:

    Está usted sembrado, Caballerow.

  7. Karina dijo:

    sin palabras

  8. Sonia dijo:

    Where are you D. Bow??? Que hace mucho que no sabemos nada de usted.

  9. Lenka dijo:

    Abandonaícos que nos tiene este hombre… qué pena! Andandará??

  10. Siana dijo:

    Comandante Bowman: su nave está abandonada! por dónde paras!???

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s