California dreamin

Desnuda y echada sobre mi pecho, Hélène sonreía y quería saber.

-¿Quién eres? -me preguntaba.

Menuda pregunta. Ni yo mismo lo sabía. Nadie con dos dedos de frente, y menos a los dieciocho años, sabe quién es. Así que no tuve más remedio que ponerme soñador y contarle como unos pocos años atrás, mientras Joan Miró trazaba los colores que definirían el Mediterráneo de los próximos cien años, nosotros -mis amigos y yo- sorteábamos los roquedales costeros de una provincia española.

-¡Ah! Qué bonito. Me habría gustado haberte conocido. Debías hacer un niño si mignon (o sea, un niño ‘precioso’, que es lo más parecido a mignon que se me ocurre para este contexto).

Yo, que me veo de todo menos mignon, hice una mueca, le acaricié la espalda y mientras se estremecía como una lagartija agradecida evoqué para ella un paisaje olvidado tendido al sol, un autobús traqueteando a través de una sierra gris cuyas paredes pálidas se hundían en el mar y también una canción.

Caaaalifornia dreamin’!!!!!
On such a winter’s daaaaaaaay…..!!!!

Elenita conocía bien la canción e hizo algo más que tararearla. Empujado por ella, el cielo exhibió sobre mi cabeza y las de mis compañeros los mismos colores audaces que Joan Miró inmortalizaba a sólo unas decenas de kilómetros de donde traqueteaba el autobús. En la radio, entre tanto, sonaban los The Mamas & the Papas, cuya canción intentábamos corear en un inglés balbuceante.

I’d be safe and warm
If i was in L.A…..
Caaaalifornia dreamin’!!!!! (Ca-li-for-nia dreamin’)
On such a winter’s daaaaaaaay…..!!!!

Éramos libres, éramos jipis, jugábamos al basket e íbamos a enfrentarnos a los temibles franciscanos que desde su convento de La Porciúncula, allá en un alto monte de Galilea, dominaban el deporte provincial.

Nosotros no éramos nada. Ni un cole, curas ni falangistas: nada. La segunda asociación deportiva provincial absolutamente civil -después del prestigioso Club de Natación (donde algunos habíamos aprendido a nadar)- así que carecíamos del consuelo de una fe y del amparo de una ideología (nuestra única ideología era el baloncesto). Nuestro club deportivo, que era muy raro, recogía a sus jugadores por las calles, por los solares abandonados, por los billares y por las colas de los cines de barrio. Así que todos éramos deshechos de tienta: todos los críos de aquella tierra loca, catalana y española que no jugaban al basket con el cole ni con los curas ni con falange.

Naturalmente, sólo hablábamos catalán. Un catalán salvaje, ronco, corsario, callejero, campesino y como de a pueblo que nos gustaba, especialmente a los ‘murcianos’ porque entre curas y falangistas era como ‘de buen tono’ hablar castellano. Particularmente, me encantaba todo lo que fuera de mal tono.

Como ahora.

Desentonar.

Y a ello me aplicaba, joven y libre, sin dios ni amo, con más entusiasmo que vergüenza siguiendo a mis compañeros, felices y desaforados (sin fuero) animados todos por nuestro entrenador, otro ‘murciano’ que no era de Murcia y que había llegado allí vaya usted a saber como, que soñaba con ser negro y jugar en los Globetrotters. Y que, sobre todo, cantaba tan mal como nosotros.

All the leaves are brown
and the sky is grey.
I’ve been for a walk
on a winter’s day…..

canturriábamos a grito pelado siguiéndole ciegamente bajo un cielo tan azul como el mismísimo Huckleberry Hound, como las líneas rebeldes que el viejo Joan Miró, más joven que nunca, estaba trazando en aquel mismo momento sobre los lienzos de su estudio, allá en El Terreno. Miró sabía usar colores mágicos que pedía prestados al cielo, a las rocas, a los pinares, a los algarrobos, a la flor del almendro y a la espuma de las olas. Y también a nuestras almas felices, libres, locas e indocumentadas.

Miró tomaba todo eso, inspirado por dios -o por dionisios, vaya usted a saber- y lo ponía en los cuadros, eso sí, ordenado, pero ordenado a su modo, libremente, redescubriendo el secreto del Universo en cada trazo como si nunca nadie lo hubiera visto antes que él. Y al hacerlo, tal vez sin pretenderlo, definía el mundo, dominaba el caos y daba sentido a lo que no lo tiene. También retrataba nuestras almas como si las conociera desde siempre. Algo tenía aquel hombre en sus ojos claros. Un soplo divino que le permitía adivinar, aun sin conocernos, que aquel día íbamos a ganar a los franciscanos, a proclamarnos campeones provinciales de mini-basket, a reinar sobre Sa Roqueta y a cambiar el mundo.

Con un par de pelotas.

Entonces a sonrisa de Hélène se alzó con el sol y el alba iluminó los tejados de París.

-Bon jour, mon amour…

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5 respuestas a California dreamin

  1. Siana dijo:

    Records de partits de bàsket en llibertat, una illa envoltada de es blau, i cançons hippis de bon matí…A Helene le podías decir aquello de "Margalida,Margalida, mai me cans de mirer-te" cambiando a Margalida por Helene, es clar! Gracias por tu nuevo capítulo que como siempre es un placer leer, comandante. Me quedo con esta poética reflexión:“Miró sabía usar colores mágicos que pedía prestados al cielo, a las rocas, a los pinares, a los algarrobos, a la flor del almendro y a la espuma de las olas. Y también a nuestras almas felices, libres, locas e indocumentadas”

  2. Ambrosio dijo:

    Gracies, reina, idó

  3. Siana dijo:

    Permíteme Comandante que cuente aquí un pequeño rollo sobre este genial pintor y el cuadro que has puesto en primer lugar, La Masía de Mont-roig. Me ha traído muy buenos recuerdos de épocas en las que perderme en un libro de pintura, era una tabla de salvación (lo de Arturo “la cultura nos salva”).Este fue durante un tiempo uno de mis cuadros favoritos. Aunque luego los abstractos, como ese azul que también sale aquí con los colores “que Miró tomo prestados de la naturaleza” (que diría nuestro Bow) son los que me pondría en casa. El caso es que en este cuadro se ven los orígenes de este mig mallorquí que nació en el seno de una familia ligada al mundo artesanal. Su padre era relojero: de ahí quizás le vendría al joven pintor la tendencia a fijarse en las cosas pequeñas. Sabréis muchos que en la Academia de Francesc Gali, a Miro le recomendaron pintar con los ojos vendados pues no su maestro decidió que no era bueno copiando. De modo que sus naturalezas muertas se las tenía que imaginar, al tacto, y el resultado era lo que empezó a marcar la diferencia. Desde entonces fue un gran habilidoso captando sensaciones a través del tacto y renuncio incluso en ocasiones a usar pinceles, reemplazándolas por las manos. Por el año 1921 Miró realiza esta obra que se estructura de forma sorprendente: todo parte de un punto negro/blanco (sol y luna), entre los que se articula el árbol que es el que actúa como eje vertical. El detallismo y precisión son exquisitos, por ejemplo en los animales de la parte inferior. Es casi miniaturista. Geometría naif. Los contornos son nítidos, tal vez por esa tendencia a querer transmitirnos sensaciones táctiles en su obra. Esta es su visión, su visión peculiar del mundo, onírica que más tarde le llevaría a relacionarse con los surrealistas y a hacer prevalecer los signos sobre las figuras y los personajes. En Paris fue donde se encontró con Masson y se instaló con él en el número 45 de la calle Blowet, pero a él no le gustaba encasillarse, y les dejó. En este cuadro no se aprecia, pero los animales y objetos de Miró parecen humanizados. Fíjate si puedes en el gato que sale en “La masovera”. Perdón por el rollete. Petons idò Comandant 😉

  4. Ambrosio dijo:

    Gracies, bonicaEres un pozo de ciencia.Petonets.

  5. Lenka dijo:

    No, si entre la una y el otro al final me tendrán que convalidar un par de carreras, o algo. XDGracias, Sianeta y Maese!!!

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