El español de Mont-de-Marsan



Dos leyendas de épocas distintas, dos seres humanos ya fallecidos, dos huecos en la particular mitomanía
deportiva de las carreras de fondo: Luis Ocaña y Jacques Anquetil.

El domingo también amanecí enredado -increíblemente enredado- a Hélène. Como un cable de carne y huesos. Las piernas metidas entre sus brazos, los brazos entre sus piernas y el alma impregnada de ella.

Era ya mediodía y el ventanal alegre y soleado se abría a la calle, al boulevard Richard Lenoir. Por doquier se elevaba un rumor de radios con la épica narración de la etapa del Tour de ese día, que en aquel mismo momento se estaba corriendo lejos de allí, vaya usted a saber donde, a cientos de kilómetros de París en cualquier caso.

La carrera debía estar siendo particularmente intensa. A través de la ventana, París entero se adivinaba pendiente de lo que sucedía donde da la vuelta el aire. A nosotros nos traían al fresco París, la carrera, la carretera y hasta el advenimiento del Hijo del Hombre (si es que en aquel momento hubiera llegado a producirse).

El amor, y más el amor recién nacido, es dominante, totalitario y absorbente. Un egoísta que no admite competencia y que, por tanto, no puede convivir con ningún otro acontecimiento.

Único, omnipresente y absoluto, así es el amor.

En consecuencia, las circunstancias de la etapa del Tour -retransmitidas y llegando en riguroso directo desde donde fuera- no existían para nosotros.

Teníamos mejores cosas qué hacer y, entre las manos, el amor. En las últimas veinticuatro horas habíamos explorado setecientas u ochocientas (mil) veces los numerosos deltas, cabos, cordilleras, penínsulas y meandros que ofrecía la geografía del otro. Particularmente, me había hundido en la sima de un ombligo que merecía enmarcarse, me había deslizado por las suaves e inmensas pendientes de las caderas, recorrido brazos y piernas, contabilizado cada uno de los veinte dedos de las manos y pies que los coronaban, circunnavegado pechos, orbitado nalgas y vuelta a empezar. ¿Qué me venían a contar ahora de las hazañas de unos ciclistas más o menos míticos por las carreteras de Francia?

Sólo de pensar en que iba a tener que separarme de aquella nueva tierra y sumergirme, aunque sólo fuese por unas pocas horas, en el escasamente acogedor ambiente de ‘Le Plaisir Du Rond-De-Cuir’, el restaurante de los oficinistas de la zona de la estación de St Lazare, me ponía enfermo. Y así sería mañana, que duda cabe. Mañana, se me representaba un suplicio insoportable pero mañana estaba lejos y hoy es hoy, así que, venga, vamos allá -un, dos, tres- dale que te pego, niño, allons enfants de la patrie, al abordaje una y otra vez que le jour de gloire est arrivé.**

En la calle y en los pisos adyacentes se oían de vez en cuando oleadas de entusiasmo en la radio, pero nosotros, ebrios de amor, estábamos en otra guerra a la que nos entregábamos sin reservas y por extenso. Cuando de pronto un grito agudo sacudió ilimitadamente las gargantas, tanto las que estaban en la radio como las que llenaban la calle y todo el vecindario.

-¡¡¡¡Ocanna!!!! ¡¡¡¡Ocanna!!!! ¡¡¡¡Ocanna!!!!

Hélène dejó de gemir y un feroz y postrer espasmo de su cuerpo -¡plaf!- arrojó el mío repentina e ignominiosamente al suelo.

-¡¡Aaugh…!!

-¡Mon Dieu! -suspiró ella extendida sobre la cama- Qu´est-ce-qu´il arrive?*

La marejada de entusiasmo llenaba el aire

-¡¡¡¡Ocanna!!!! ¡¡¡¡Ocanna!!!!

Hélène se llevó una mano a la cara. Hacía bochorno y yo, sudando desnudo como una raspa de sardina, me incorporé en el suelo rascándome los riñones. Me había llevado un buen trastazo.

-Sais pas moi… -respondí.

Hélène se incorporó, se envolvió en una sábana y trastabilleó penosamente hasta el balcón, donde se puso a hablar con alguien que debía estar en un balcón cercano, un piso -tal vez dos- más abajo.

-¿Qué pasa, mi Dios? ¿Que es ello que es lo que está arribando que arriba? -gritaba agitando los brazos- ¿Ah sí? Vaya, vaya, quien lo diría. Pues sí que es ello un raro y grande fenómeno que lo es ¿no lo es?

Y volvió a entrar, bostezando y con los pelos en guerrilla, arrastrando con torpeza la sábana, las pecas y el flequillo fransuasardí.

-¡La España, qué va a ganar el Tour! -rio envolviéndome con su cuerpo y con la sábana que usaba sin convencimiento, como una púdica Venus clásica.

-¡Aivá, Ocaña! -grité- ¿Y Merckx? ¿Qué es que es ello qué es sido del gran Eddy?

-El gran Eddy está en Gante viendo la tele: este año no ha tomado la salida. Así que Ocaña corre en este momento escapado y solo por los Pirineos


Luis Ocaña, El Español de Mont-de-Marsan, (Priego, Cuenca, 1945 – Mont- de-Marsan, 1994)

Luis Ocaña, El Águila Abatida (L´Aigle Foudroyé), a pesar de llevar más de diez años fallecido, es el ídolo confeso del actual ocupante del Elíseo, Nico Sarkozy. Un corredor gruñón, guapo, indomable, testarudo, dramático, vehemente, anti-star y el único que supo poner contra las cuerdas a Eddy Merckx, El Caníbal, el mejor ciclista de fondo en carretera de todos los tiempos. Es sabido que la grandeza de los ganadores del Tour se mide por la grandeza de sus enemigos, de los corredores que les plantaron cara, los hicieron grandes y fueron sus sombras. El suizo Toni Rominger junto a Miguel Induráin, Raymond Poulidor siempre a la vera de Jacques Anquetil o el alemán Jan Ullrich a la sombra del cow-boy de las dos ruedas, el texano Lance Armstrong.


¿Merckx u Ocaña?

Años antes de aquella mañana de domingo en que Ocaña y su bici se metieron en la cama con Hélène y conmigo para arrojarnos a la realidad común y general de todos (que es otro sueño, de otra naturaleza distinta, pero un sueño también, eso sí, compartido), años antes, digo, los dioses del ciclismo -sutiles, caprichosos y crueles- habían forjado una espada de pasión arrebatada, hambre de triunfo y generosidad incontrolada y loca, esa generosidad que va más allá de los límites de la materia. Después habían alzado el armatoste y lo habían dejado caer sobre el inmenso Luis cuando, vestido de amarillo, bajaba como una flecha las cuestas del Col de Menté derecho a lo más alto del podio en el que Eddy vivía omnipotente y solo como un dios.

Ocaña cayó derribado de un solo y certero golpe y una placa señala hoy aquellas cuestas inmisericosrdes recordando el lugar donde ocurrió el brutal accidente que casi acaba con la vida de Luis Ocaña y dio a Merckx el liderato indiscutible del Tour, de aquel Tour, es decir, el mítico maillot amarillo. La espantosa caída de Ocaña se ha convertido en uno de los más grandes entre los muchos y muy grandes hitos épicos que alimentan la leyenda del Tour, una de las competiciones deportivas más prestigiosas (y antiguas) del mundo***. Como sería la cosa que después del accidente, Merckx ¡El Caníbal! se negó a lucir el maillot amarillo que le correspondía, tal era el profundo respeto que se había ganado el generoso y entregado ‘enemigo’ que casi se mata tratando de arrebatarle el trono.


Ocaña, aún con el amarillo de líder, derribado en el Col de Menté. El Águila, por los suelos.

Así que mientras Hélène y yo nos hacíamos cucamonadas, el mundo contenía la respiración viendo la resurrección -tenida por milagrosa- del gran Ocaña, héroe al que en su momento casi se dio por muerto. Y no como ciclista, no: muerto físicamente. Sólo un espíritu indomable y ungido por los dioses podía haber experimentado una recuperación que el aficionado no podía menos que tener por prodigiosa (después de haber visto -como había visto con horror indisimulado- el cuerpo destrozado y exangüe de Luis Ocaña salir del fondo de las barrancas del Col de Menté alzado en el aire y sostenido en vilo por los brazos de los socorristas.

Ya una semana atrás -sí, sólo una semana, el último lunes- ese mismo Ocaña había protagonizado la hoy reconocida como mejor etapa de toda la historia del Tour. Ausente Merckx, en el Telegraphe había atacado José Manuel Fuente, El Tarangu, con Ocaña a rueda defendiendo ‘su’ maillot amarillo. Se ha comparado a Fuente (que iba a subir al podio con Ocaña y con otro español, Pedro Torres) y puesto al nivel de leyendas como el Pirata Pantani, Bahamontes o el gran Fausto Coppi. Pero Luis no sólo había aguantado el formidable tironazo del asturiano inmisericorde que fue José Manuel Fuente sino que, tal y como se exige a un Rey, lo puso a su rueda en el Galibier y en el Izoard para finalmente abandonarlo en la subida a Les Orres, parece que tras un pinchazo del Tarangu, y así entrar en solitario en la meta de la cima aclamado por Francia, por los aficionados y por el mundo entero.


<<Ocaña ha vencido en Luchon para borrar su pesadilla>>
Magnífico en autoridad y clase, Luis Ocaña ha dominado el Portillon y marcha solo y a toda caña hacia la meta.
(‘Foncer’ es una expresión muy familiar para ‘correr’, ‘avivar’, ‘dinamizar’ algo y, en fin, ‘dar o meter caña’)

Hoy, Ocaña volvía a formar el taco camino de Luchon, exactamente en el mismo sitio donde había sido injustamente derribado años atrás luciendo como ahora el maillot amarillo. Se confirmaba, pues, la resurrección del Ave Fenix, esplendorosa como manda la leyenda, y el Águila Abatida (L’ Aigle Foudroyé) remontaba señera y magnífica las cimas y puertos del mismo Pirineo que le viera caer como un bravo. Luis Ocaña, el héroe redivivo, se enseñoreaba del terrorífico Portillon y por la tarde enfilaría solo la vertiginosa bajada a Luchon. Victoire!

Y entonces Hélène, la sorprendente Hélène, compareció -bellísima y espléndida Afrodita, dionisiaca y beoda- con una botella helada de Pommery en una mano y dos copas en la otra.

-Pour L´Espagne. Pour Ocanna. Et pour toi, mon Petit-Grand Doinel. Aujourd´hui on a vaincu. Et demain on y va gagner le Tour.

(Por España, por Ocaña y por ti, Doinel. Hoy hemos ganado. Y mañana ganaremos el Tour)

Salut les copains!
(un abrazote, chavales)

————————

*-¡Dios mío! ¿Pero qué es lo que pasa?
  -Y yo que sé…

** Los dos primeros versos de ‘La Marsellesa’, himno (mítico) nacional francés y que rezan, en español, ‘Vamos, hijos de la patria, ha llegado el día glorioso…’

***Regata Oxford-Cambridge 1829
    Grand National (carrera de caballos con obstáculos) 1839
    America´s Cup (‘Copa de las Cien Guineas’) 1851
    Derby de Kentucky (carrera de caballos) 1875
    Olimpiadas (era moderna) 1896
    Tour de France (1903)

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3 respuestas a El español de Mont-de-Marsan

  1. Siana dijo:

    Cuántas cosas vividas concentradas en un tiempo que debió ser breve pero que se recuerda como una eternidad. Qué conexiones hacía con su tierra, estando allí en Paris. Primero con aquel concierto, y en esta ocasión con Ocaña. Gracias por seguir contándonos cosas, Comandante bow. http://www.youtube.com/watch?v=EFCQnjoFCm0&feature=related

  2. Ambrosio dijo:

    Jó!Gracias por ese épico video. Sobre tu comentario, efectivamente, aquel verano no se podía abrir la boca -lo q te delataba como español- sin oír elogiosos y entusiastas comentarios -\’bgavó Lespañá!\’- o displicencias tipo \’ah, este Ocanna, ya veremos, ya veremos\’. Merckx era entonces eso q hoy se llama \’figura mediática universal\’ con presencia equiparable, q se yo, a la q tuvieron los Beatles en su día. Iba su carisma más allá del ciclismo, por supuesto. En España era el martillo de los Fuente y gente así. En Francia, en cambio, lo tenían por francés (a falta de un francés que liderara el Tour y el ciclismo de fondo en general, y eso q Merckx no sólo no era francés sino belga y belga valón, encima, aunque chamulla -y debía chamullar ya entonces- un francés excelente). Pero sí, Ocaña -q estuvo llevando el amarillo casi desde el principio de la carrera de aquel año- dominaba los titulares y las portadas de prensa. Y eso q se percibía inequívocamente como español a pesar de llevar en Francia desde los diez años: otro hijo de \’rojos\’ españoles, como Francisco Rabanera \’Paco Rabanne\’ o Juan Moreno Herrera \’Jean Reno\’.

  3. Siana dijo:

    Un español adoptado por Francia. Cuando eso sucede…creo que es para toda la vida. A nuestro Sergi López creo que le sucedió algo parecido antes de tener fama aquí. Y no era Victoria Abril la que ya se siente medio francesa? No sabía lo de Paco Rabanne y Jean Reno! gracias Bow por explicar más cositas. Debió ser un duelo de titanes lo de Merckx y Ocaña en aquellos días. Es curioso cómo a veces un país asocia nuestra nacionalidad en primer lugar a las hazañas de nuestros deportistas…

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