Haced el amor (y no la guerra, por dios)


En España, en aquel entonces, se hacía la colada, se hacía una faena, se hacía la comida y hasta la cocina se hacía, en el sentido de recogerla y limpiarla (después, precisamente, de hacer la comida).

Pero no el amor.

No, por Dios. En España no se hacía el amor, ni muchísimo menos, qué cochinada, donde vamos a ir a parar.

Y es que ¿cómo se va a ‘hacer’ el amor? ¿Eh? A ver… Porque el amor se entrega, se reparte y hasta se vive pero nunca se hace, nunca se fabrica como si fuera una biela.

O un cojinete.

-¿De verdad es la primera vez que tu as fait l´amour?  -exclamó Hélène sonriente delante de Nôtre Dame engalanada- ¿Sabes que te he encontrado muy suelto?

Y me besó feliz. El beso y también el rugido de los mirage -que rasgaron el cielo justo en ese instante sublime- me estremecieron. La foule congregada ante la mítica fachada gótica, sobre la que había gateado el notable Quasimodo de Victor Hugo, alzó la mirada mientras yo meditaba sobre la pregunta de ‘ma môme’.

La expresión ‘hacer el amor’, desgraciada y paleta traducción de la notable expresión gabacha ‘faire l´amour’ (que -absurdamente- juzgo anterior, vaya usted a saber porqué, al make love anglosajón, quizá porque la oí antes, la ví, para ser exactos, sobre la camiseta blanca de alguna amistad que fardaba un huevo con ella y que alguien debía haberle traído de Francia), bien, pues esa expresión -’hacer el amor’, digo- era perfectamente desconocida por la lengua española hablada y coloquial de entonces, por lo menos en España, eso seguro (no sé en América).

Así que tras el paso de los mirage (la cosa más opuesta al amor que imaginarse pueda) miré alelado a Hélène y no supe que contestarle. Me avergonzaba confesar que, hasta hacía sólo quince días, ni siquiera sospechaba la existencia de lo que había pasado aquella misma noche. Y, mucho menos, que un libro hallado en un recorrido aleatorio por la biblioteca de M Lecomte, nuestro casero, me hubiese dado las claves de la otra mitad de la Humanidad. Y, mucho menos aún, que hacía sólo una semana. O sea, que había sido durante el último finde, mientras ella estuvo en su pueblo y yo, solito en París, cuando me había enterado de cómo funcionan las tías, así en genérico.

-El amor es siempre una locura -dije al fin, un poco por decir algo.

Y Hélène se rió como sólo ríen los cascabeles.

-Ah, pero mira que eres tú divertido, tú, mon petit chouchou español ¿no es ello cierto que lo es, no lo es ello pues?

La literalidad del francés coloquial puede resultar estresante. La verdad es que se me hacía un poco cuesta arriba tratar temas tan delicados y personales en contexto tan escasamente íntimo como la mañana del 14 de julio -y sábado, encima- en pleno centro de París. Un sol deslumbrante expandía el cielo, excepcionalmente azul, bajo el que cruzaba la fugaz estela de los colores nacionales dejada por los mirage. Una muchedumbre -une foule- festiva y chauviniste llenaba las calles, muy orgullosa y satisfecha de ser francesa, un sentimiento bastante idiota, como todos los sentimientos nacionales en general, sobre todo en pleno centro de París, el ombligo del mundo, donde lo más fácil es sentirse hijo del siglo que de otra cosa. Y más todavía con el amor loco -l´amour-fou- instalado  en el alma y, en fin, una manita ajena acurrucada en la de uno.

-Tú también eres bien ‘sympa’ ¿sabes? -y apreté  la mano tibia y sabia de Hélène.

No fue, si la memoria no me engaña, hasta bien entrados los ochenta, diez largos años después de aquel 14 de julio, cuando se generalizó en España esa expresión, ‘hacer el amor’ -supongo que a falta de otra mejor- para evitar, por un lado, el castizo y un tanto brutal ‘follar’ y, por otro, el aséptico ‘practicar coito’. La expresión, en cualquier caso, me sigue chocando. El amor llega, lo da Dios, aparece inopinadamente o desaparece tan misteriosamente como llegó. Y es que si pudiera ‘hacerse’ también debería ‘deshacerse’ y no imagino yo a nadie desmontando su amor, demoliéndolo. En fin, que eso de ‘hacer’ el amor, de construirlo, se me antoja como muy calvinista, herético y europeo. En la católica España se folla (con más o menos alegría) por un lado mientras por otro se otorga (o no) mucho o poco amor, ese don de Dios Nuestro Señor, no sé si me explico. Luego está la palabra ‘joder’ cuya extraordinaria ambigüedad semántica no deja de chocarme.

Todas estas cosas me zumbaban confusamente en la cabeza mientras nos alejábamos de la isla, de la Rive Droite y de los Campos Elíseos, donde iba a comenzar de un momento a otro el dichoso Desfile. Francia no es diferente a cualquier otro lugar del mundo y los exaltados -cargados de medallas, gorros y atuendos paramilitares- se ponen muy nerviosos si ven gente -y más extranjera- ajena a su patriótica exaltación. Así que cruzamos a St Michel y una vez en el Barrio Latino, tradicionalmente tan francés como el que más (pero de un chovinismo mucho más festivo, relajado e integrador) enfilamos St Germain.

Hace tanto tiempo de aquello que ni siquiera habían pasado treinta años de la famosa y tan cacareada ‘liberation’ y debo decir que me chocaba un huevo la cantidad de abueletes con medallas y aire heroico que se paseaban ufanos por París cuando es notorio que el ejército francés no gana nada por sí mismo desde Austerlitz, por lo menos, y que si la tan cacareada Resistencia fue Francesa se debe más bien a que se desarrolló en suelo francés ya que estuvo integrada por elementos de lo más internacional, entre los que no hubo pocos españoles y hasta alemanes de lo más ‘kartoffen’, sólo que comunistas o judíos (o ambas cosas, mi capitán). Cuando Marx afirmaba que la clase social y la ideología hermanan más que la nacionalidad no iba desencaminado, no. Con tan sencilla idea hizo el gigantesco Jean Renoir una peliculita también sencilla, ‘La gran ilusión’, que retrata muy bien el espíritu de aquella época en la que los fascismos fueron el coco pirulo y que figura sin discusión entre los treinta o cuarenta grandes films de toda la Historia del Cinematógrafo.


Be-Bop en cave, Saint-Germain-des-Près 1951
photo by Robert Doisneau (1912-1994)

Bueno, pues con espíritu tan liberal, abierto e internacionalista subía yo St Germain acurrucado en las redondeces de Hélène. St Germain es una avenida mítica llena de cafés, librerías y algún cine en el que anunciaban, recuerdo, ‘La nuit amèricaine’, de Truffaut, con la anglo-francesa Bisset (fue la primera vez que oí hablar de ella). Hélène eligió una terraza tranquila (dentro de las circunstancias) y desayunamos café y un croissant (cguasseán) que debían haber amasado en el cielo aquella mañana. El rugido de los aviones no paraba y una formación de helicópteros pasó volando tan bajo que estremeció las copas de los platanos de la calle. Pero yo estaba en el séptimo cielo golusmeando mi bollito con las pupilas encendidas de la Hélène iluminando París y me dije que haciendo guerras los franceses serán un desastre pero en materia de amor y cruasanes nos dan ciento al viento al resto de Europa (que es como decir al resto del mundo, para que nos vamos a andar con paños calientes).

Fue entonces cuando me dí cuenta de que mucho rollo carollo pero que incluso el pan-nacionalismo europeo puede convertirse en una forma de nacionalismo tan alicorta y de vuelo tan gallináceo como cualquier otra. Y me acordé del aragonés internacional (del de Chalamera, que no de Fuendetodos ni Calanda) cuando escribió aquello tan lúcido de ‘empiezas por tomarte en serio y acabas matando gente’.

 

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Una respuesta a Haced el amor (y no la guerra, por dios)

  1. Siana dijo:

    "Los amores que sobreviven a las mañanas de verano son los que cuentan", como usted dijo. Y sin duda éste fue uno de ésos. Bonito episodio comandante. Cuántas cosas nuevas en una sola mañana!! Paris era –y es- sin duda muchas cosas. Cuando vaya a Paris intentaré recorrer esos escenarios. Parece que el barrio latino es uno de los lugares más bonitos de esta ciudad. Le recomiendo encarecidamente el libro que escribió J. Eslava “el sexo de nuestros padres”. Describe muy bien cómo se vivía eso del amor en tiempos anteriores a los que describes.

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