La comunión (alborozada) de los cuerpos

Enredados brazos y piernas, amanecimos inundados de sol la Elenita y un servidor. Nos anegaban el sol de París (que llenaba el apartamento), el de nuestros corazones inflamados y, como no, el de nuestros cuerpos embellecidos. Porque el amor embellece los cuerpos y los ubica en otra dimensión, en una dimensión inabarcable en la que todo es transparente y limpio.

Con un rayo de sol en la frente, la cara volcada sobre la redondez de una teta y el alegre pezoncillo al alcance de mi lengua pecadora me sentí un dios todopoderoso e inmortal. Aquella noche había aprendido que podía despertar un volcán dormido. Y también -¡coñó!- que un volcán dormía en mí esperando una llamada genesíaca, la llamada generosa y dulce de la otra mitad de la Humanidad.

Dios, dentro de lo siniestro de su proyecto, tuvo compasión. Y el mismo día que creó la bronquitis, el cáncer de colon y el alzheimer decidió también otorgar al sexo unos alcances que hacen muy deseable vivir dentro de un cuerpo a pesar de las amenazas. De momento, el mismo cuerpo que degenerará hasta terminar conmigo acababa de demostrarme que antes tenían que pasar muchas cosas (extraordinariamente divertidas, por expresarlo con suavidad y sin ponerme campanudo).

-…no seas malo, Bowman…- rebulló Hélène inquieta.

Una mano traviesa (que hacía pocas horas se había revelado diabólica) yacía tonta y delicadamente en el vértice del que nace el mundo. Para ser novato, había aprendido deprisa (para que luego digan que la lectura es una pérdida de tiempo).

-Buenos días, nena (‘ma petite’, o algo así dije, para ser exactos)

-¿Sabes que eres terrorífico? -gimió la señorita sonriendo con los ojos aún cerrados.

‘Mira quien habla’ pensé para mí. Hélène me conocía ya mejor que mi propia madre. Con la minuciosidad de un entomólogo, había explorado las posibilidades de cada una de mis convexidades, desde la punta del dedo gordo del pie hasta el útimo pelo de la coronilla. Las consecuencias habían sigo algo explosivas y Hélène se deshizo de mi abrazo de oso.

-Me voi a duchar…

Se incorporó pesadamente y ante mi se irguió de nuevo aquella espalda tallada por dios un día que estuvo particularmente inspirado. Ni siquiera el esplendor de la espalda del Rupal, la inmensa pared de la cara sur del Nanga-Parbat cuando amanece Dios sobre el Himalaya occidental podía competir en esplendor con la espalda espolvoreada de pecas que la Elenita había alzado ante mí.

Entonces me besó fugazmente -por enésima vez durante las últimas horas- y el baile acompasado de los pechos me rozó la punta de la napia. Después saltó de la cama canturreando un extraño aire de la Bretaña que hablaba de una chica que se convierte en alondra para volar a través del Atlántico a ver a su chico en el Quebec.

La canción de la alondra supersónica sonaba extraordinariamente melancólica y lo último que vi mientras la escuchaba fueron las nalgas solidamente construidas de Hélène, planetas siameses entre los que se abría un hondo Valle Marineris de promesas. Galopaban camino del baño y yo, astronauta sinvergüenza y ávido de mundos, añoré aquella tierra que acababa de orbitar mil veces despertando poderes telúricos.

Recordarlo me animó de nuevo -increiblemente, teniendo en cuenta todo lo que había pasado- y al sentir el rumor del agua caliente, una idea divertida y maliciosa se instaló en mi cerebro. Así que me piré de la cama y dando saltitos me colé en el baño.

-¡Davidín¡ Oh, mi dios, mira que eres perverso -me recibió Hélène entre nubes de vapor- ¿No es ello cierto que lo eres pues?

Las mañanas soleadas de verano pueden ser muy malas para el amor pues evidencian cuanto la noche entregó a la imaginación. Los amores que sobreviven a las mañanas de verano son los que cuentan.

Y éste, entre duchas de agua hirviendo e intenso aroma a café cargado, sobrevivió.

Me había enamorado, señoras y señores, por primera vez en mi vida. Y me había enamorado como lo que era.

Como un colegial.

Picaruelo y perverso, pero colegial.

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10 respuestas a La comunión (alborozada) de los cuerpos

  1. Sonia dijo:

    "Los amores que sobreviven a las mañanas de verano son los que cuentan". Me quedo con eso. Se nos está poniendo usted muy romanticón Don Bow (pero a mí me gusta ¿eh? no se crea usted que no).

  2. Lenka dijo:

    Me quedaría con la frase, pero ya se la ha apropiado Sonia con mucho tino ;)Oh-Dios-Míiiiio… lo que tiene que ser que un hombre escriba algo así de una… (suspiro)

  3. Siana dijo:

    Pues iba a decir lo mismo: menuda frase patentada, Comandante. Y pensaba igual que Lenka! Una descripción muy poética de Hélène, y del momento. Aquí nos tiene, a la espera de nuevas entregas. J´en vous prie 🙂

  4. Rogorn dijo:

    Lo que les gusta que les regalen la oreja… Ainsss… Son todas Roxana.

  5. Sonia dijo:

    Pues no te diría yo que no, Ro.

  6. Lenka dijo:

    Efectivamente, nos gusta que nos regale la oreja… el que sabe hacerlo. Que no todos saben, la verdad. A vosotros en cambio no os gusta nada que os la regalen, no. Qué va. Ni tantito. 😉

  7. Siana dijo:

    Pos yo no sé si he acabado de entender esto de la oreja …¿y quién es Roxana?

  8. Sonia dijo:

    Roxana es (o por lo menos a esa me he ido yo), la mujer de la que está enamorado Cyrano. Corríjeme si me equivoco Ro.

  9. Siana dijo:

    Ah, vale. La Roxana de Cyrano. Gracias Remo!

  10. Trinidad dijo:

    Bonita entrada, querido Caballerow. Le seguimos.

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