On-y-va danser le 14 juillet!

                          “Si de joven tuviste la suerte de vivir en París,
                           París te seguirá el resto de tu vida porque París es una fiesta
                           que se queda a tu lado para siempre, vayas donde vayas". 

                                                                                    Ernest Hemingway
                                                                                   “París era una Fiesta" (A Moveable Feast)

-Bowman, iremos a bailar el 14 de julio… ¿no es ello que lo es, no es?

Creo que en aquel entonces yo debía haber bailado unas dos veces en mi vida.

Dos veces.

Una.

Y dos.

-¿Dónde dices que vas a ir? -inquirí, confuso.

-Hombre, David, oh la la la… A bailar a La Bastilla. Contigo, mi dios, n´est-ce-pas?

Las dos veces que había bailado, la propuesta había sido mía. Naturalmente. ¿Qué coño me estaba contando pues aquella gabacha tronada, si puede saberse? Para el joven y entusiasta proyecto de machote que era yo, lo que estaba pasando no constituía más que un despropósito, una anomalía en el orden de las cosas, así que miré a los ojines de la Elenita como habría mirado a una osa de color verde.

-¿A bailar, dices?

Pregunté ‘¿a bailar?’ como habría preguntado ‘¿a cruzar el Atlántico nadando?’ En honor a la verdad, no estaba muy seguro de haberla entendido. No tanto por el idioma como por la alteración radical que su sugerencia introducía en los usos sociales que yo conocía. Hélène se limitó a sonreir a veinte centímetros de mi cara.

-A bailar. ¿Es que nunca tú has bailado oh, la, la, la, mi Dios, no es ello así?

Yo parpadeé. Cuando Hélène sonreía, se me deshacían los lalaringunillos, que no sé lo que son pero puedo jurar que se me deshacían. Y semejante cosa -que se me deshiciesen los lalaringunillos- no me había pasado jamás.

-Eh. Oh. Eh…

-Ah, mon cher petit David, soit pas mauvais, je t-en-pris. On dit jamais ‘non’ a une jolie petite fille… (¡Ay, Davidín, cariño, no me seas malo, por favor. A una chica guapa no se le dice nunca que no!).

Aquel argumento era irrebatible, al menos en la parte de ‘chica guapa’. Porque yo no sé si Hélène era ‘guapa’ (conforme a los estereotipos más socorridos), pero sí sé que a mí, al menos, se me antojaba una mujer bandera y puedo jurar sin temor a equivocarme que era la economista especialista en prospección de la economía europea a futuros cercanos más atractiva, espontánea y encantadora que había conocido nunca. Bueno, en realidad era la única. Y me decía que si todas las economistas especialistas en prospección de la economía europea a futuros cercanos que había en el mundo eran la mitad de ‘sympas’ que ésta (o sea, la mitad de ‘simpáticas’), el futuro cercano de la economía europea se antojaba prometedor.

Sobre todo si las economistas especialistas en prospección de la economía europea a futuros cercanos que había en el mundo se referían a sí mismas como ‘jolies petites filles’ -que es algo así como ‘nenitas monas’- mostrando el mismo cachondo desparpajo que mostraba la Hélène.

En aquel momento de mi vida, para colmo, estaba descubriendo que los andares de las señoritas, fueran economistas o pilotos de pruebas, contienen algo especial que debe apreciarse, valorarse y, en fin, admirarse -¡ooolé!- como se admiran l´Arc du Triomphe, en L´Etoile, la fachada norte del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en la vertiente madrileña de la sierra del Guadarrama o las cúpulas del Kremlin en la Plaza Roja de Moscú. Más, incluso. Así que cuando la economista se dio la vuelta y salió de la habitación, los lalaringunillos colapsaron y dejé de respirar alelado como si aquello que acababa de ver fuera un prodigio.

Y realmente lo era.

Pero no sólo los andares. La desenvoltura de Hélène, a años luz del de las chicas españolas de clase media de su quinta, y aún de la mía (que eran las que yo había tratado, poco, eso sí) resultaba fascinante y de algún modo me recordaba las descripciones (secretamente) embobadas que en los años veinte hacía Julio Camba de las ‘girls’ norteamericanas (véanse las recopilaciones de artículos tituladas ‘Un año en el otro mundo’ y ‘La ciudad automática’). A aquellas ‘girls’ se rindió el misógino reclacitrante y jovial que fue Camba y poco debió faltar para que una de ellas se lo llevase a Las Vegas.

Hélène, en resumidas cuentas, era mucho más que una chica a conquistar. Antes -y sobre todas las cosas- me había echado un amigo, un ‘compi’ con el que podía mantener una relación al margen del sexo, es decir, al margen de que ella perteneciera al sexo femenino y yo, al masculino.

Hélène era una persona inteligente, amable y cordial con la que la convivencia en un mismo contexto doméstico era bastante sencilla. Y eso a pesar de unos andares ante los que la indiferencia fuera ensoñación y que encima se aparecían encantadoramente realzados por unos ‘jeans’ -la moda parisina del momento- ciertamente diabólicos, es decir, capaces de hacerle creer a uno que uno era libre. Y no. Uno era español, una cosa que en materia de relación sexual condicionaba un huevo. Para empezar, la mujer española de la época vivía, literalmente, en una peana inaccesible. Estaba divinizada, se aburría mortalmente y, lo que es peor (desde mi perspectiva) aburría mortalmente.

Con ella, para empezar, no había manera de mantener una relación amistosa y de entendimiento al margen de la condición sexual de cada uno. Antes de 1980, la mujer española era, fundamentalmente, hermana, novia de toda la vida, esposa después y, por fin, madre y abuela. Por extensión, y como concesión especial, se le consentía ser también dependienta, maestra, enfermera, limpiadora y prostituta. Y nada más.

Cuando aparecieron las primeras tías guardias de la porra, médicos y taxistas, de hecho, era complejo funcionar ya que siempre andaba por ahí flotando la cuestión ‘ligue’. Y del mismo modo que se tonteaba con la enfermera o la dependienta dejándole claro que uno era un atractivo hombretón, había que dejárselo claro a la doctora que te recetaba supositorios. Y claro, como que no.

Las españolas anteriores a 1980 tenían, encima, unos andares patéticos. Y es lógico: para empezar no llevaban ‘jeans’ sino faldita escocesa tableada hasta la rodilla. Encima hacían ‘la palanca’ (cuando al bailar ‘arrimabas material’), les encantaba ir los sábados a la calle Fuencarral (a encontrarse con sus amigas y con los ‘novios’ de sus amigas, que hacían oposiciones al Banco de Bilbao y al Exterior) y se ponían histéricas si se les arrugaba la falda tableada. No digo yo que haya que ir a todos lados con la falda hecha unos zorros, pero miles de años después sigo echando de menos en las chicas de mi quinta la capacidad de llevar con cierta naturalidad las arrugas. Y todo: no había manera, en realidad, de relacionarse con ellas con ninguna forma de naturalidad. Claro que si una, por algún extraño milagro, hubiera mostrado en España la naturalidad que Hélène podía mostrar en Francia habría tenido que cambiar de vida, de barrio y casi, casi de país, yo creo.

-On ira danser le 14 juillet, Bowman?

-Oui.

Ahora que aquellas prodigiosas jovencitas españolas de hace cuarenta mil años se ‘han liberado’ (de todo, salvo de ellas mismas), ahora que están a punto de convertirse en abuelillas y se han hecho -¡oh prodigiosa metamórfosis!- progresistas, antisistema, antimachistas, antitaurinas y antitodo, siguen resultando igual de ortopédicas que cuando tenían veinte años y sólo soñaban con llegar ‘íntegras’ -¿íntegras?- al matrimonio para ‘ofrendarse’ a ‘Él’ y, claro, casarse de blanco, con muchas flores, mucho órgano (el instrumento musical digo) y mucho Mendelheson, chan – ta, ta, chan – ta, ta, chan – ta, ta, chan – ta, ta, chaaaaaaan, dale que te pego.

Particularmente, sólo empecé a notar algún cambio en la hembra hispana mucho después, ya muerto El Botas, cuando alcanzaron la mayoría de edad las españolas que, cuando yo estaba en París, tenían cinco o diez años (las ‘chaconas’, que las llama uno).

Todo esto gracias a que Tejero, Milans y Armada eran unos chapuzas. Bueno, y a qué SM El Rey estaba firmemente decidido a reinar sobre un país ‘modelno’, de qué sino. Hoy no habría ‘chaconas’ y las chicas de esa generación serían personas completamente distintas de las que hoy son. Es decir, serían zombis.

Las ‘chaconas’ (tengo la impresión) ‘sólo’ han tenido dos problemitas. Que sus hombres no siempre han sabido acompañarlas (hasta el punto de que es posible encontrar todavía sorprendentes resabios machotes en treintañeros). Y que algunas han confundido naturalidad, deshinibición y desenvoltura con grosería.

La que no conocía ese concepto -grosería- era la Hélène, así que, claro, yo iba en la gloria escoltando por las calles de París a aquella ‘môme’ (argot: literalmente, ‘momia’ pero con el sentido de ‘tía’, ‘nena’, ‘chavala’, etc) vestida para matar que me había elegido como pareja para salir la noche del 14 Juillet. De hecho, no podía creer que aquel deslumbrante bellezón me hubiera preferido a mí, a mí, para hacerle lado cuando tenía asín de proporciones. Asín. Y si ella iba riéndose -y preguntando por las ‘verbenas’ españolas (las llamaba así, ‘verbenas’, en español)- yo me limitaba a escoltar eufórico el espectáculo que era Hélène aquella noche, empezando por el animado y rítmico repiqueteo de sus abismales taconazos de aguja sobre el pavimento parisino.

Se había puesto un vestido oscuro, de tirantes, que permitía al mundo disfrutar el espectáculo de sus hombros, brazos y omóplatos, que eran la obra de Dios más impecable del Universo. Completaban la faena algunos collarones -así como hippies- y su media melena saludando a la noche y a los parisinos, que me miraban con envidia. Yo era alguien, representaba algo en los animados bulevares gracias a ella.

Y yo, que me daba cuenta de eso, me sorprendía.

París ardía. Todo cristo estaba en la calle, en el cielo estallaban los fuegos de artificio y la bulla y la música surgían de todas las esquinas. Se celebraba una fiesta cívica, republicana y plural que mezclaba lo más tirado con lo más ‘chic’, un poco como en una fiesta española de pueblo, con todo el mundo muy arreglado y manteniendo las formas, la compostura y la educación. Sólo que aquí, además, las clases no se mantenían. Sí, aquella noche las clases sociales estaban abolidas. Y es lógico: por todas partes había guirnaldas con los colores nacionales así como alegres ‘mariannes’ con gorros frigios. Y por todas partes, sobre todo, se veían sonrisas pintadas en las caras. Era el rito viejo de la ‘fraternité’, la tercera parte de la divisa nacional, otro recuerdo dejado por la Revolución y que un año más se renovaba. Al fin y al cabo, estábamos celebrando el asalto popular a la cárcel de una tiranía. Para mí fue imposible no evocar el mundo ‘frontpopulaire’ del cine de Jean Renoir, sobre todo cuando el ritmo machacón de las entonces inevitables palomitas de maíz pi po pi po pi- llegó inconfundible y claro a mis oídos, cada vez más fuerte, y aterrizamos en la Bastille donde una excelente orquestina con no menos de diez músicos hacía ‘bailar’ -por decir algo- a una muchedumbre de miles de parisinos de todos los pelajes que daban saltos descoyuntados. Lo mejor era que los músicos no producían electrónicamente el ritmo ‘popcorn’ (entonces popular en medio mundo) sino que se valían de un xilofón gigante que machacaba un negro sonriente, espídico y zumbado al que sus compañeros músicos seguían con viveza alegre y vibrante. Había una sección de viento, un bajo, un par de guitarras y una batería enloquecida más tres cantantes-percusionistas que en esta pieza se limitaban a bailotear por el escenario sacudiendo sus instrumentos (maracas, pandereta y una especie de rascador).


Mlle. Marianne, símbolo de la Republique.



Total y a lo que vamos, que Mademoiselle Hélène et moi aterrizamos en La Bastille dando saltos -Hélène con gracia aérea, yo igual que un simio electrificado- y que no paramos hasta una hora después. A las ‘palomitas’ siguieron los ‘greatest hits’ de la época -o sea, los de Middle on the Road, Tom Jones y James Brown- a cuyos compases hicimos el animal, pero bien, hasta que llegó, como no, la inevitable cursilería del momento, el ‘j´ai un problème’, de Johnny Hallyday y Silvie Vartan -parejita que ya forma en el patrimonio nacional francés con la Casa Dior, el trajecito Chanel y las focas de la BB- y se inauguró el ‘lento’ (también llamado ‘agarrado’). Hicieron las veces del Hallyday y señora (que, claro, no estaban en La Bastille de cuerpo presente) un rubito algo abombado y con pelo de casco y una negrita monísima con peinado afro y pantalón campana que fueron coreados con entusiasmo por toda la plaza.


Johnnie et Sylvie: ‘Pimpinela’ avant la lettre (o sea, ‘Pimpinela’ antes de ‘Pimpinela’)

Dis-moi pourquoi…
Tu es mon seul problème…
Dis-moi pourquoi…
Tu es mon seul souci…

Dime por qué, a ver,
eres mi único problema.
Dime por qué, a ver,
te has convertido en mi única inquietud.

La Hélène y yo nos fundimos en uno, o sea, no yo, que venía de La España y que estuve -por tanto- prudentísimo, acostumbrado a como las gastaba la española. Eso sí, aprendí enseguida lo que es un ‘agarrao’ de veras y sin palanca, o sea, arrimando material sin límite ni freno. Entregando el cuerpo, vamos, a la voluptuosidad del otro.

Et quand vient l’amour…
On est un peu surpris…

Y es que cuando el amor llega
se queda uno como alelado


Fue una sensación rara y fantástica -y muy emocionante también, a qué negarlo- hasta el punto de que se me alegraron extraordinariamente las pajarillas, fenómeno que no sólo no pasó inadvertido a mi pareja sino que tampoco pareció importarle lo más mínimo (si tal cosa me pasa en España hubiera sido repudiado al grito de ‘¡guarro! y puede afirmarse que habría salido bien librado de no llevarme, además, una ostia gratis de regalo, la española cuando casca es que casca de verdad).

A cause de toi…
Je ne suis plus la même…
Moi par ta faute…
J’ai changé aussi…

Por tu culpa
ya no soy la misma ¿sabes?
Pues también yo,
por ti, he cambiado, para que te enteres.

Vamos, que el que había cambiado era yo y Hélène celebró al acontecimiento arrimándose más aún, si es que tal cosa era posible ya. Mis convexidades reposaron en sus concavidades, como si ambas hubieran sido creadas a la vez y a partir de los mismos planos, y descansé con la confianza de un peregrino que ha alcanzado al fin su particular Moriah-Hierosolyma.

-¡Ultreyá! -grité con entusiasmo excesivo y traído por los pelos.

Je ne sais pas
Où ça nous entraîne…
C’est de la chance ou bien…
C’est de la folie…
Si tu n’es pas vraiment l’amour…
Tu y ressembles…

No sé yo donde
nos llevará esto.
Si es suerte
o más bien una locura.
Pero si no eres tú de verdad el amor
te digo yo que te pareces mucho, vaya.

Hélène, divertida, me acarició entonces una oreja sin dejar de susurrarme terneces gabachas al oído.

-Que tu est beau mon pett chouchou espagnol….

Yo, a aquellas alturas, claro, tenía sonrisilla de pato feliz. Allá arriba, en el escenario, siguió entonces una escogida selección de los repertorios de Edith Piaf y Salvatore Adamo. Y, sobre las dos de la mañana, lanzados los músicos cuesta abajo, se arrancaron los cantantes ni más ni menos que con el mismísimo Carlos Gardel.

Si supieeeegás que aún dentgo de mi aaaalma
consegboquel caguiiiinio que tube paaaaga ti.

Con tal motivo, Hélène y yo hicimos unos simulacros de tango bastante demenciales que se salvaron mínimamente gracias a que coreé a los músicos (con gran entusiasmo de Hélène, las cosas claras, que palmoteó feliz aplaudiendo mis intervenciones) y al apoyo de unos argentinos medio pirados que perdidos entre la ‘foule’ estaban borrachos de Europa y que se unieron a nosotros incondicionalmente.


Volveeeeeg
con la fgente magxitá,
las niebes del tiempó pateagón mi sien.
Chin pon.

-¡Ché, pero qué…! ¡Vení! ¡¡Sos gayego…!! ¡Walter! ¡Luis Diego! ¡Vení acá! ¡Vení, Torontini, hay un gayequito acá!

-¿Qué desís? ¿Un gayego que canta a Carlitos? Vamos a tanguear en La
Bastille…. ¡Pero que boliche, loco! Cuando lo sepan en Palermo será
la folí….

Sentiiiiiiig
quesún sooooplo la viiiida,
que veinte años no es nada,
que fabgil, la migada,
egante, en la sombga, te busca y te noooombga…

Al alma arrebatada y romántica de Hélène se le antojó aquel breve
tangueo la quintaesencia de la belleza, del cosmopolitismo y de la
pasión de la España.

-Oh la la la la la la que çá c´est beau, mon Dieu…
-aplaudió feliz,
convencida de que los argentinos eran unos españoles un poco raros. De
la Catalogne, probablement, n´est-ce-pas?

Viviiiiig, con el alma afegada
a un dulse guecuegdo que shoro tgáves. Chon, chon.


Nos despedimos de los argentinos (‘¡ché, gayeguito, nos volveremos a
ver ¿eh? En Corrientes o en la Gran Vía. El mundo es muy chico.
¡Suerte!’) e iniciamos el regreso a casa a través de las calles
iluminadas por los fuegos de artificio, su mano en la mía, los
taponazos del champán en la cabeza y miles de risas rebotando en los
cristales. Paris nous appartient (René Clair disait, o sea, que el
viejo cineasta decía -en el título de una de sus pelis memorables- que
‘París nos pertenece’, que es de todos, vamos)

-Baisse-moi, imbécile!

Cruzábamos la Place des Vosges y Hélène se detuvo justo en la acera de
la casa de Victor Hugo mirándome muy seria. A lo lejos se oía La
Marsellesa, el eterno allons enfants de la patrie…

-Baisse-moi, quoi -repitió inmóvil, esperando.


Dios sabe que hubiera hecho cualquier cosa que me hubiese pedido,
cualquiera, así que naufragué en sus ojos entonando mentalmente el
viejo himno revolucionario: ‘le jour de gloire est arrivé’.

Hélène sabía a fresa, a tutti-fruti, a rosas, a libertad recién
exprimida. Y esa noche comulgué con su cuerpo santo, me traspasaron las
flechas de Eros-Cupido y ascendí, herido de amor, a los Cielos. Sólo
bajé por la mañana, transfigurado y desleído, primero, y diluído después en ella.

Pero ya no era yo, era otro.




Tengo miedo del encuentro
con el passssado que vuelve
a enfrentarse con mi viiiida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñaaaar.

Pero el viajero que huye,
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

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3 respuestas a On-y-va danser le 14 juillet!

  1. Siana dijo:

    Ya el otro me di cuenta que aquí había pasado algo nuevo ;). Así que así fue cómo sucedió, Comandante: esa noche del 14 de julio. Romantique et tres jolie!! pero aquí hay que alargar esta historia entre Usted y Hélène, eh? que esto acaba de empezar…como decían los Carpenters. Hi ha coses que sembla que només puguin passar així a Paris. Muy buena la canción, por cierto. Volver.

  2. Sonia dijo:

    No había visto yo esto, monsieur. ¡Qué bueno! Por fin cayó usted rendido en los brazos de Hélène. Muy romántico, la verdad.

  3. Lenka dijo:

    Oh la la la laaaaa!!! Pero es mítico esto! Mítico totalmente!!! Insuperable!!!! (Y con sus argentinos y todo, juas, impresionaaaante, che!)Precioso, Maese, precioso. Cuéntenos más.

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