El día de mi muerte, la plaza de la Bastilla y la Estatua de la Libertad


La nuit du 14 juillet á La Bastille. Baisers volés. (O sea: besos robados). Pincha en ‘besoss robados’ y se te aparecerá Saint Charles Trenet)

Lo más importante que le puede pasar a un francés, además de que otro francés gane el Tour, es que una chavala lo invite a la verbena del 14 de julio. Y si el francés, encima, no es francés (pero la chavala, sí) sino español, bien puede decir (el tal español) que su vida ya tiene sentido. Tanto que un día, además, podrá contar el suceso como un mérito al Santo Tribunal del Más Allá.

-Bueno ¿y este imbécil? ¿Tiene algún mérito en su haber o lo mandamos directamente al averno?

El Día de mi Muerte sonreiré con suficiencia ante el Tribunal establecido para decidir mi Destino Eterno.

-Con permiso, Señor, una vez una chavala me invitó al baile del 14 de julio… Dicho sea con absoluta humildad.

El Santo Tribunal, como si lo viese, no dará crédito a mi palabra

-¡Qué me dice! ¿En La Francia? ¿A usted?

-Pues sí señor.

Debe usted tener alguna virtud oculta…

-Pues sí….

-¿Y cuál, si puede saberse?

-Pues… no sé, pero incluso la besé, con su permiso de usted y si se me permite la inmodestia, pero es que así fue. Aunque tampoco sé si eso contará….

-Ya lo creo que cuenta. ¡Besar a una francesa! Oh, la, la… Además, aquí pone que hubo, incluso, algo más que un beso…

-Ejem, sí, señor…

-A ver… mmm… tocamientos… Actos impuros… ¡Ave María Purísima!  ¡Jesús, María y José! ¿Es esto posible? ¡Pero es usted un salvaje! A ver, Flanagan, tome nota. Lo que tiene que contar aquí, el caballero, promete. Bowman, se llama usted ¿verdad?

Yo entonces asentiré con humildad y modestia. El presidente del Tribunal, sin duda algún destacado Angel de las Milicias Celestiales -sí, uno de los muchos que sirvió a las órdenes del Arcángel San Miguel en la batalla primordial contra Lucifer y los demás ángeles rebeldes- pedirá silencio y escuchará mi relato, asesorado (para la valoración y enjuiciamiento adecuado de los detalles más humanos) por algún santo varón: un experimentado beato de la Tebaida, algún mártir, un misionero moderno, vaya usted a saber.


Font de St Michel, corazón del Barrio Latino, se sitúa a este lado del
puente. Meeting point, lugar señero y mito icónico desde los sucesos de
mayo del año aquel, representa a San Miguel mandando a Lucifer a hacer
puñetas.

-Un momento, caballero. Perdone -me interrumpirá el Ángel en algún momento. Y se volverá a su Santo Asesor- A ver, que no me entero ¿qué es lo que dice, aquí el caballero?

-Bueno, habla de caricias, o sea, de expresiones (especialmente intensas, eso sí) de afecto sincero…

Los ángeles, careciendo de sexo, tienen dificultad para entender ciertas cosas.

-Sí, sí, vale. A ver, prosiga, por favor, Sr Bowman. Y usted, Flanagan, no pierda detalle y anote el testimonio.

Aquí es donde carraspearé -ejem, ejem- y, aclarándome la voz y templando los nervios- intentaré empezar de nuevo remontándome al principio. Y si digo ‘al principio’ es ‘al principio’.

-El 14 de julio de 1789, el pueblo de París, armado de santa ira, asaltó la odiada prisión-fortaleza que se alzaba exactamente donde hay hoy un inmenso carrefour (plaza, glorieta, cruce, rotonda, encrucijada) y una explanada llena de coches presidida por un monolito de tres pares de cojones.

-Vamos a ver, Sr Bowman. Haga el favor de moderar su lenguaje ¿quiere?

-Ejem, sí, señor, perdón por la grosería, pero es que la columna de La Bastille es como la polla de un rinoceronte: (la grandeur, ya se sabe…)

-¡¡¡¡¡Sr Bowman!!!! ¡Mi paciencia tiene un límite! Aquí ninguno somos monjas pero estamos en un lugar santo igualmente.

-Perdón, Como el falo -o pene- de un rinoceronte: en Francia NADA es pequeño NUNCA. Si se hace una Revolución, se cambia el Mundo. Si se hace una avenida, se hacen los Campos Eliseos. Si se hace un mecano, se levanta la Tour Eiffel. Y si se lleva un regalo a los amegüiqueins (para celebrar su independencia) nada de tonterías ni un recuerdito. No, no: se planta uno en el puerto de Nueva York con la Estatua de la Libertad y dos cojones.

-Bon jour, mes amis (o sea: ‘Buenos días, mis amigos’)

-Good morning ¿how are you? (translesion: ‘Buena mañana ¿cómo está usted?’)

-Bien, gracias, pues nada, que hemos venido a la fiesta de celebración y les traíamos un detallito, cosa simbólica y decorativa

-¿No será una porcelana de Lladró?

-Huy, que va. Nosotros somos franceses, no falleros. Traemos La Libertad Iluminando el Mundo.

-Jodó, no tenían que haberse molestado, que atentos, que detallazo, que profundo, cómo se ve la clase, el señorío, la Frans, la cosa. Pues nada, pónganla ahí, sobre la tele.

-Huy, sobre la tele. Necesitamos un pedazo peana. Una isla.

-¿Una isla? ¿Entera? ¿Y ha de ser muy grande? Australia no es nuestra (todavía). ¿Les vale Cuba? Tampoco es nuestra pero lo estamos arreglando…

-Uy, no, no. Con una islita de estas de la desembocadura del Hudson nos vale…. Esa está bien, la de Bedloe

Bueno, pues la columna de la Bastilla, igual. No es la Estatua de la Libertad pero es un cacharro imponente y sin comparación con nada que presida una rotonda, sobre todo en España. Claro que una cosa es una rotonda corriente y moliente y otra, la Place Bastille. Aquí, en España, lo más que tenemos en materia de rotondas y glorietas (aparte los ‘Carrefour’, que son unos supermercados) son los Cuatro Caminos, una glorieta que hay en Madrid y que le hacía mucha gracia a don José (de Ortega y Gasset) porque la veía como un símbolo moral: la representación más terrenal y práctica de los cuatro caminos que se abren al hombre virtuoso: la Fe, la Verdad, la Templanza y la Justicia: cuatro caminos a elegir. Y cuando subía en tranvía por el camino de Chamartín a La Moncloa -hoy avenida de Raimundo Fernández Villaverde- y el revisor anunciaba a voces la siguiente parada -’¡Señoras, señores! ¡Cuatro Caminos!’- el insigne filósofo se maravillaba de que encrucijada tan decisiva para el cuajado definitivo del ‘hombre moral’ se presentase al ser humano de manera tan clara, directa y castiza. ‘¡Señoras, señores! ¡Cuatro Caminos!’ se repetía mentalmente el atónito filósofo, que completaba mentalmente la cantinela del ferroviario. ‘¡Enlace a Fe, Verdad, Templanza y Justicia!’


Lo más parecido a desmesura y ausencia de complejos que he visto yo en mi vida fuera de París -y de Francia toda- es Buenos Aires. El porteño se cree francés y su único problema -que no es pequeño- es que no lo es. Cuando el porteño se da cuenta de que no es parisino, sino porteño, y de que no está en Europa, sino donde Cristo dio las tres voces, se va al psicólogo, que es la explicación a que haya tanto psicólogo argentino. Veinte millones de porteños pidiendo psicólogo, abrumados por la certeza de que no son franceses ni llevan camino, son muchos porteños.

En cambio los españoles no tenemos, por definición, esos problemas existenciales (ni esos ni ninguno). Y el que los tiene, se mete en un bar o en el Opus Dei, si puede, porque la Obra no quiere a cualquiera y practica un estricto y exquisito ‘numerus clausus’ (alguna cochinada del KarmaSupra, seguro).

Sobre el bar español falta un estudio de carácter antropológico. Sí, sí. La querencia del español por el bar va más allá de la sociología y entra directamente en el vasto campo de la antropología. ‘El español y el bar’ -se titularía- ‘Historia de una malformación genética’. Sobre el español y el bar se han escrito muchas majaderías y una verdad irrefutable: que el bar español es la causa de que los psicólogos, especialmente los argentinos, no se coman un rosco en España, bendita tierra donde puso su trono el amor).

El caso es que para parecerse a París, los porteños abrieron la Avenida de Mayo (que se tarda su buena media hora en cruzar) y unos años después levantaron por allí cerca un pedazo de obelisco que te caes de culo de grande que es. Los porteños confundieron el lema de La Grandeur (para que ande, que sea grande) y se quedaron con el castizo y españolísimo ‘ande o no ande, que sea grande’, que es parecido pero que no es exactamente lo mismo. Y así les va, claro: que la cosa es grande pero que no hay dios que la mueva.

Bueno, dejemos a los porteños con sus interminables dudas existenciales y volvamos a La Bastille donde, después del triunfo de la Revolución, cayeron la vieja fortaleza-prisión y las murallas. París entonces creció, la explanada resultante se convirtió en un importante enclave y punto de encuentro urbano y los parisinos empezaron a juntarse allí cada 14 de julio a cantar, bailar, comer algodón dulce y, en fin, homenajear a la Revolución, a la Nación y al Progreso refocilándose sin recato.

-Muy bien -dirá entonces el Angel Presidente del Tribunal del Más Allá- Y ahora ¿podría usted entrar en materia? Porque se va haciendo tarde, hay más almas además de la suya y no podemos tirarnos aquí toda la eternidad.

-Sí, señor. Pues verá. Hélène me dijo que ese fin de semana era 14 de julio y….

 

 

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4 respuestas a El día de mi muerte, la plaza de la Bastilla y la Estatua de la Libertad

  1. Sonia dijo:

    ….¿¿¿¿¿¿¿yyyyyyyyyy??????? Cuenta, cuenta, que yo he vivido un 14 de Julio en Francia, pero no en París, y no hubo besos, ni ná. Fue muy soso, el 14 de julio de 1992.

  2. Rogorn dijo:

    No sé yo si lo que venga podrá superar esto. Maestro, me desmontero ante vuecelencia.

  3. Siana dijo:

    Siga, bowman. Siga, hombre, pofavo.

  4. Lenka dijo:

    Nadie como usté pa crear intriga!!!(Oiga, a cómo le parece que cotizará el Día de Autos lo de haber estado en París el día que llegaba el Tour??? Así, sin planearlo ni nada… Y con un momento que de tan castizo no sé si fue más español que paguisién: ver cómo llegaban los muchachos subida a una silla y asomando el cuezo por encima de los nativos. Je! Ya sé que no es lo mismo que lo suyo, pero oiga… una hace lo que puede. Si me da pocos puntos me tendré que apañar pa besar a una francesa…)

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