Le Plaisir Du Rond-De-Cuir

Le Plaisir Du Rond-De-Cuir se escondía en un callejoncito recoleto y aseado entre la Gare de St Lazare y la Place des Pyramides. Un restaurante auto-service moderno y amplio -muy amplio, incluso- sembrado de mobiliario estrictamente funcional de aluminio y plástico. El conjunto, en blanco y naranja, te estallaba una y otra vez en la retina hasta hacerte llorar bajo la luz de los neones.

Se trataba de un establecimiento eficaz al servicio de los chupatintas (ronds-de-cuir) del representativo barrio metropolitano de oficinas, hotelazos, tiendas ‘first class’ y embajadas de la Rive Droite (orilla derecha) ocupado por una fauna mayoritariamente ‘white collar’ (trabajadores de cuello blanco), aunque ya en aquella época hubiese en París (Europa) mucha mujer en las oficinas, ya fuese en la administración (el mismísimo Palacio del Elíseo, sede de la Presidencia de la República Francesa, estaba por allí cerca) o en las empresas (despachos de abogados, sedes centrales corporativas, mayoristas de viajes, comisionistas, agentes en general y, en fin, toda la amplia y variopinta gama del sector servicios) así que además de encorbatados padres de familia middle class de la banlieue se veía también por la zona mucho trajecito chanel salido de las rebajas de La Samaritaine (on y trouve tout á La Samaritaine!) coronados por estrictos moños ‘audrey hepburn’ que empezaban a dejar de ser moda para iniciar su andadura hacia la eternidad.

Semanas después, y durante unos días, se rodaron a sólo cien metros del restaurante algunos exteriores para la peli del gran Rohmer   ‘L´amour l´aprés midi’, que narraba, precisamente, amoríos entre oficinistas a la hora del almuerzo. Aún recuerdo al largo y enjuto Eric estrujando bajo el brazo un maltratado ejemplar del guión, chafado, sobado y arrugado, sobre el que de vez en cuando hacía apresuradas anotaciones mientras dirigía su pequeño ejército de gruistas, iluminadores, cámaras, figurantes y actores. Alguna vez yo también me paré entre desocupados, oficinistas, barrederos ‘noirs’, cocineros ‘argeliens’ y algún ‘clochard’ -que andaría por allí de paso- a ver las evoluciones de Bernard Verley y Zouzou desplazándose de marca a marca una y otra vez para encontrarse en mitad de la calle, besarse y vuelta a empezar.

El dueño de Le Plaisir Du Rond-De-Cuir era el señor Castellani, oriundo de un pueblo cercano al de Hélène y amigo de un tío suyo.  Hombre de aspecto severo, necesitaba algún empleado ocasional, debarrasseur, para cubrir las vacaciones del personal, que en verano se desplazaba en masa al Mediterráneo español a tomar el sol, mojarse la barriga y vivir una novela a los compases de la música de su compatriota Georgie Dann. ‘¡Ka-ssa-tchock!’ El señor Castellani sentía un respeto exagerado por una cosa que él llamaba l´esprit caissier. Además tenía un alto concepto de sí mismo.

-Mon ami Bowman, las monedas de diez céntimos a la izquierda y las de un franco, a la derecha. Il faut comprendre l´esprit caissier. L´esprit caissier c´est un sentiment- decía con absoluta seriedad.

Por las mañanas yo escuchaba sus teóricas como escucharía las doctrinas de un gurú capaz de salvarme de la muerte y por la noche me iba al otro lado del río, a la rive gauche (literalmente, ‘al lado izquierdo’) a ver pelis de Buñuel o el documental Woodstock, otra cosa màs de las absolutamente prohibidas en España.

-Sí, señor.

-¿Que usted me comprende real y verdaderamente, Monsieur Bowman, no es ello ciertamente así?

Yo no entendía absolutamente nada y, en honor a la verdad, l´esprit caissier me traía absolutamente al fresco, igual que ahora por otra parte (así me iba a ver si no) pero yo me daba cuenta confusamente de que el dichoso esprit caissier tenía forzosamente que interesarme y, aún más, tenía que llegar a dominarlo si quería hacer algo notable en esta puta vida.

-Sí, señor. Parfaitment, señor.

Las pelis de Buñuel, el undergroud alemán, el ’Tower’ de Andy Wahrhol, el documentalismo soviético y el nouveeau cinema argelien me entraban suavemente y sin esfuerzo y hasta hubiera podido dar una conferencia sobre el ser y la nada y también sobre el tratamiento que recibe la persistencia del fascismo entre los miembros de la gran burguesía de las pequeñas ciudades europeas en la filmografía de Bernardo Bertolucci. Pero el esprit caissier me ponía de los nervios.

-No, no, no, no, mi querido Bowman. Usted rebaja las monedas de dos francos a la categoria de unos chavos (‘sous’)

Eso era demasiado para el buen el señor Castellani, que sentía por mí un afecto de padre y se esforzaba en adoctrinarme. La verdad era que quería ponerme en el puesto más importante del establecimiento.

La caja.

L´esprit caissier, ya se sabe (literalmente ‘el espíritu cajero’). Total, que dejé Yvelinnes para integrarme en la fauna de la Rive Droite. Como subalterno, sí, pero en la Rive Droite (que no es cosa que puedan decir todos los camareros del mundo, no sé si me explico, no es lo mismo ser camarero, que te diré yo, en Peleagonzalo, provincia de Zamora, que a cien metros de Place Vendôme), todo un ascenso en la escala social (ganaba lo mismo, trabajaba la mitad de horas y desde casa sólo tenía tres paradas de metro: un paseo). Cierto que mis compañeros de trabajo seguían siendo curritos e inmigrantes, pero no es menos cierto también que estaban más asimilados y, sobre todo, especializados, c´est a dire (n ést-ce- pas?) que parecían franceses y que casi habrían podido pasar por sanos muchachotes bretones si no fuese, claro por ‘la’ color.

El lugarteniente del señor Castellani, por ejemplo, el cocinero Ahmed, era un treintañero marocain muy guapito y estiloso que pasaba perfectamente por francés y que llevaba

            a) la cocina con la disciplina, la exigencia y la limpieza de un buque de guerra

            b) un peine en el bolsillo de atrás del vaquero (los jeans)

Había otros tres cocineros, además de él, marocains también, que eran como sus lugartenientes y que nos llevaban a todos los demás firmes. Todos los demás éramos clase de tropa, debarrasseurs, es decir, que nuestro trabajo consistía, básicamente, en quitar bandejas de las mesas. Ya expliqué que Le Plaisir Du Rond-De-Cuir era un restaurante auto-service.

La próxima vez os contaré como llevé a Hélène al baile del 14 de julio. Y lo que allí pasó, que es digno de contarse.

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2 respuestas a Le Plaisir Du Rond-De-Cuir

  1. Siana dijo:

    14 de julio. Fecha memorable, pues. A ver el siguiente episodio.

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