James Stewart y yo


(James Stewart y el pasado (en forma de pesadilla) en Winchester 73 ( Anthony Mann, 1950)

Durante aquel finde solitario y reflexivo -en el que leí ‘Sexe et feminité’ y añoré en silencio a Hélène- también vi en los antros del Quartier (Barrio) Latin (Latino) una hermosa peli prohibida en España -como no- y que se titulaba, precisamente, ‘La última peli’ (‘The last picture show’, algo así como ‘la última sesión’ -en vista de su argumento- o más bien ’la última sala de cine’).

¿El argumento? Pues allá por los 50´s, en un pueblo del medio oeste americano, la única sala de cine echa el cierre definitivo ante el empuje de la tele, la crisis y los nuevos tiempos. La última película que se proyectará en la vieja pantalla es -agárrense los machos- uno de los ‘ríos’ de Hawks, concretamente el rojo (‘Red River’). 

La importancia de The last picture show’ está en que contenía la despedida de Ben Johnson (del cine y del mundo) y la entrada de unos veinteañeros llamados Cybill Shepard (Luz de Luna) y Jeff Bridgess (‘the Dude’ -el ‘Nota’- Lebowsky). Pero si yo la traigo a colación no es por eso sino porque el cierre de la sala cinematográfica es una tragedia para el protagonista, Sony (Tim Bottoms, ‘Johnnie got his gun’), ya que el único aliciente de su vida es ir al Cine. E ‘ir al Cine’ en su pueblo, un agujero en mitad del desierto, quiere decir ir a ver, casi con seguridad, una del Oeste.

http://www.youtube.com/watch?v=aI9zuGdocT4&feature=related

Me viene todo esto a la memoria porque aquel verano, mientras yo estaba en París, murió John Ford, que es algo así como si cerrara también el Cine y se muriera el western, que entonces estaba ya clínicamente muerto. Y también porque el domingo por la tarde, con el largo ‘finde’ a punto también de finar me preguntaba, volviendo a casa sin prisa a través del Marais (el viejo barrio judío), en lo que haría cuando me encontrase de nuevo frente a Hélène (cosa que sucedería, probablemente, nada más llegar a casa). ¿Adoptar el gesto tormentoso y reconcentrado de James Stewart perseguido por un turbulento pasado en los westerns de Anthonny Mann? ¿O mejor el aire displicente, distante y seguro que distingue a John Wayne -que siempre habla bajo, despacio y, sobre todo, poco- en los westerns de John Ford (y, por extensión, en todos los demás)?

Por ejemplo, en Red River, la película de Howard Hawks que siempre se nombra en ‘The last picture show’, pero nunca se ve.


John Wayne vs ‘Monty’ Clift (su hijo en ‘Red River’): dos actores, dos escuelas, dos épocas, dos mundos. Eso sí: sólo se llevaban trece años, lo que no imopidió a Wayne sobrevivir otros trece al ‘angry young’.

Nunca, hasta aquel momento, se me había ocurrido pensar en el papel determinante que el cine -y muy especialmente el western- jugaba en mi vida (sin yo darme cuenta). Y no sólo en la mía.

Parece mentira, pero el western ha sido decisivo en la formación sentimental de las generaciones nacidas en todo el mundo durante los veinte años anteriores a la IIWW, así como durante los veinte posteriores. Y aún después. ¿Qué es ‘Star Wars’, al fin y al cabo, sino un western tardío, amanerado y barroco?

Todas las personas de sexo masculino nacidas en el mundo entre 1920 y 1970 recibieron -recibimos- del western normas de comportamiento, modelos para la asunción de roles, metodología para el gobierno de la emotividad y, en fin, pautas para comprender el mundo.


James Stewart, muy alterado, en ‘Colorado Jim’ (‘The naked spur’. Anthony Mann, 1950). En aquellos cinco magníficos ‘westerns’ que en
los años cincuenta interpretó para Mann, Stewart dio cuerpo como nadie a la bíblica y temible ‘cólera de los justos’.


Hoy día, ya que se estudian tantas cosas absurdas, algún historiador debería estudiar si el masivo consumo de cine americano -y de cine del oeste especialmente- a lo largo de los años veinte y treinta influyó después (que yo creo que sí) en el triunfo USA en la IIWW. Y cómo lo hizo exactamente.

Personajes de western como Buck Jones, Hopalong Cassidy o Tom Mix -y otros muchos, incluído el chucho Rin-tin-tin- eran populares en todo el mundo y testimonios hay de que en la fase final de la guerra en Europa, tras el triunfo de Normandía, los americanos eran esperados en todos los pueblos del continente como los auténticos ‘cow-boys’ de las películas. Welcome to Marlboro Country. Luego, claro, en la realidad de verdad  aparecía una porción de paletos -que en gran medida eran, como somos la mayoría de los mortales, feos y, para colmo, naaaaaaada ‘wasp’: negros, judíos y mexicanos- montados en unas ridículas cajas de cerillas con ruedas (los ‘jeeps’) y con aquellos americanos que nada tenían que ver con los de las pelis -Gary Cooper o Clark Gable, mayormente- venía la decepción.


Rin-tin-tin (con ¡Jason Robards! de cabo Rusty) en los locos años veinte. Como se puede
comprobar debajo, aquel perro policía llegaría lejísimos. Los
‘tebeos’ con sus fantásticas
aventuras a
ún podían adquirirse en los quioscos españoles durante los años sesenta.




La realidad es lo que tiene. Tú idealizas, que sé yo, las corridas de toros, y te pones campanudo y entonces llega la hija de un marino de Asturias y te suelta ‘mucho rollo carolo pero al final todo se sustancia en hacer picadillo a un toro antes de llegar a la cocina’.

Y a ver como la dices que no. Las hijas de marino son famosas por su carácter. Mis tías Virtudes y Bárbarita, sin ir más lejos.

El poeta español Rafael Alberti -que entonces recibía en Roma a sus devotos- resumió poética y brillantemente el estado de la cuestión en dos sencillos y memorables versos autobiográficos: ‘Yo nací, respetadme, con el Cine’. Efectivamente, la llamada ‘Generación del 27’ -la suya, que es la de mis abuelos- nace a finales del siglo XIX con el cinematógrafo, a tiempo de ver el cometa Halley iluminando los cielos del mundo y la naciente estrella de Chaplin adueñándose de las pantallas y de los sueños del planeta. Por primera vez, la Humanidad entera soñaba al unísono. La afición y el gusto al nuevo invento traza una frontera tajante entre aquellos chicos y sus mayores. Adios a los cuellos duros, los botines y las faldas largas.

Había nacido el siglo XX.


Mucho antes de John Wayne existió -y existirá, ya, para siempre- el majestuoso Tom Mix.

La importancia del cine en la formación de la humanidad de los cinco continentes a lo largo del siglo XX es indiscutible y, si lo dudaba, no tenía más que volver la mirada hacia mí mismo y ver mi debate interno tratando de decidirme entre James Stewart o John Wayne, es decir, entre Anthony Mann y John Ford, que es mucho más que un dilema estético. Sí, es una verdadera encrucijada moral y toda una opción vital basculando seriamente entre dos visiones del mundo que, si no opuestas, desde luego son visceralmente distintas. Honda y atormentada, una. Sobria y directa, la otra. El intelectual justiciero frentre al hombre sencillamente justo.


En los cinco westerns que James Stewart rodó con Anthony Mann, el paisaje se convierte en un personaje más, normalmente amenazante. ‘Horizontes Lejanos
(Bend of the river, 1950) es, a juicio de este cura, el mejor (además de una peli particularmente lírica,
hermosa y violenta de verdad -no como las de
Torantinino-  que se beneficia de un ‘cast’ de ensueño y
que ha sido mil veces masacrada bestialmente por los pases televisivos).


Y mientras ascendía por la escalera de la casa del Blvd R Lenoir, en Paris, me decidí bajo el inmenso lucernario en penumbra por el James Stewart de ‘Horizontes lejanos’, aparentemente más fácil, más reflexivo y menos bruto que todos los demás (y bastante menos, desde luego, que todos los John Wayne). Total, que entré en casa meneando los brazos como James Stewart y haciéndome, en fin, el interesante.

-Ah, hola, Hélène. No te había visto -mentí.

Héléne sonrió.

-¿Dónde es que te habías metido? Yo estaba preocupada ¿no es ello?

Seguí caminando como si no la oyera y mirando ostentosamente para otro lado. Por poco me dejo la pierna en la esquina de la nevera.

-¿Qué? Oh, Héléne….

¿Había dicho Héléne que estaba preocupada? A ver si la francesa me iba a salir madrecita española. Para empezar, puso sobre la mesa una botella de vino.

-Es de la parte del mi padre ¿no es ello qué lo es?

Yo contemplé el vino y levanté la botella para mirarla con cara de entender algo, pero si en vez de una botella de vino hubiera levantado, no sé, un martillo pilón hubiera visto exactamente lo mismo.

-Ah, es del vino, Yo lo veo. Excelente, parece. Si, un gran vino, lo es, yo pienso ciertamente ¿eh tú, qué?

-Es un vino corriente, David.

Yo parpadeé muy deprisa.

-Claro, ya me había dado cuenta -y cambié de tema a toda velocidad- -¿Qué tal por tu pueblo, no es?

-Es bien él muy perfectamente, seguro -me miraba intensamente y con una desconcertante sonrisita picarona que yo no sabía interpretar muy bien ni, sobre todo, a qué venía- ¿Qué has hecho este weekend. Estás más guapo que el jueves ¿tú sabes?

Yo tosí halagado.

-¿Ah, sí? Ejem, ejem. ¿Qué tal tu viaje?

-Bien, ya te lo he dicho. Sobre todo porq traigo MUUUUUUY buenas nouvelles para usted, mi joven buen amigo español.

La miré de reojo, como si no me importara excesivamente.

-¿Ah, sí?

Era absurdo. Yo, tratando de hacerme el interesante, y ella, venga de captar mi atención obligándome a posar los ojos en su persona, que era -por otra parte- lo que realmente me apetecia.

-Se acabaron sus viajes al suburbio. Adios Yvelinnes, secadoras, manteles y proletariado industrial Y ‘¡hola, ‘sector servicios!’

Yo pensé que se había vuelto loca -folle, que nada tiene que ver con la tercera persona, cortés e imperativa, de determinado verbo español- y sonreí con ojos de carnero degollado. Pero a ella semejante actitud no le impresionó lo más mínimo.

-Va usted a ser camarero, mon cher David ¿no es ello así que lo es? Y en el centro de París.


James Stewart, comme una merde folle (como una ‘mierda loca’, o sea, que
tiene un marronazo) en una imagen promocional de El hombre de Laramie (The
Man from Laramie,
Anthony Mann, 1955)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a James Stewart y yo

  1. Udeis dijo:

    jajajaja la última foto justo después de la noticia de Hélène es graciosa… Será que el españolito empieza a tener miedo a "impegnarsi" como dicen los italianos?Bueno comentaré el texto cuando mi vecino haya terminado de cantar Tiziano Ferro en el karaoke de su casa, que así no hay quien se concentre… :(PD: Lenka!! El señor Bowman te ha hecho un pequeño homenaje en su historia!! 😉

  2. Mac dijo:

    Jejejeje 😉

  3. Sonia dijo:

    ¡Ay, esas pelis del oeste! ¡Qué recuerdos, madre! Gracias Bow.

  4. Siana dijo:

    Qué bueno ese recuerdo de las pelis de Oeste. Y la nueva entrada en escena de Hélène! A mí las películas del western me gustan mucho más ahora, desde que he vuelto a ver a John Ford. Así que camarero? voy a leer el próximo capítulo a ver cómo se sucede esta nueva aventura 😉 Así, como J. Stewart con todas esas pistoles apuntándole, es como se quedó Usted tras recibir la buena nueva, no es ello lo es.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s