Toros: lo que le hubiera contado a Hélène bajo los tejados de París (si lo hubiera sabido….)

Las corridas de toros ya no tienen sentido, Elenita.

Lo tuvieron. Hace mucho.

Hoy están fuera de sitio, ya lo sé. Son un anacronismo y desaparecerán en nada: en pocos años, como yo mismo.

Tan cierto (salvo milagro, pero no soi experto en milagros) como que estoi escribiendo esto.

Añadiré que, aún así, nadie tiene un motivo serio, sólido y suficiente para prohibirlas AHORA. El más socorrido -el sufrimiento y los derechos de los animales- se basa en una moralidad tan fantasiosa y acomodaticia que se queda en moralina pudibunda. Los bichos NO tienen derechos. Por definición. Porque NO son personas (por más que dé una pena horrible verlos sufrir). La Fiesta es cruel, pero compararla con la ablación (que es una violencia contra las personas) es una ofensa (más) a las personas violentadas.

Un animal no es ÚNICO, no tiene conciencia, no sabe qué es la muerte, no distingue entre él y el resto del mundo (ni siquiera sabe que hay un ‘él’ y un ‘resto del mundo’), y no tiene afectos ni amores.

Si el dolor humano es insoportable para quién lo padece no es por físico: es por conciencia de finitud, de soledad y de desamparo, es por añoranza, inquietud, desazón y desarraigo, es por el miedo a la suerte de los que ama. Un animal, jamía, no experimenta semejantes sensaciones, seamos serios. Un animal no es libre: está limitado y condicionado por respuestas ‘estandard’ a los estímulos. No ‘crea’ el mundo. No reflexiona ni abstrae y sus posibilidades de aprendizaje, por tanto, son muy limitadas.

Un animal es uno más, otro más, y no es una persona concreta y determinada con nombres, con apellidos y con una concepción del mundo. ESA persona y no otra diferente.

Por eso infligir dolor a otro ser humano es insoportable e inaceptable. La lapidación de las adúlteras, la extirpación del clitoris o las ostias en comisaría son hechos, sencillamente, injustos. Carentes de derecho. Y hay un buen motivo: cada ser humano es único e irrepetible, tiene reconocido derecho a seguir siéndolo y NADIE a negarle ese derecho. NADIE.

El sufrimiento de los animales, en cambio, podrá ser más o menos desagradable (la lenta agonía de los peces, el degollamiento del cerdo, la cría de bichos para aprovechar la piel o la muerte en masa de miles de corderos) pero no es inaceptable ni injusto. La Justicia es otra cosa. Fría, ciega y nada proclive al sentimentalismo buenista. Ni a dar pábulo a una concepción del mundo que parece extraída del catálogo ideológico de Disney (ay, no, que no tenemos ideología -¡qué ordinariez!- somos apolíticos y hacemos el bien por definición: sí o sí).

Y si se diera el caso de que los animales tuvieran derechos y fuera intolerable su sufrimiento (como se pretende) no se comprende bien por qué se han de prohibir sólo las corridas de toros y no la matanza del cerdo, la caza, enjaular canarios, usar cobayas y toda una porción de bestialidades tenidas por normales. Hasta hoy.

¿O no?

Fíjate, querida Hélène, que al llegar a este punto suele argumentarse la utilidad de la matanza (del cerdo, digo) o de la experimentación (con cobayas), lo cual es de un cinismo enternecedor. O semos o no semos: si maltratar y hacer sufrir a un bicho es malo, es malo.

Y ya está.

Sea para dar espectáculo, sea para dar proteínas.

Pues no, ya ves tú: resulta que SÓLO es crimen hacerlo ‘GRATUITAMENTE’, ‘por placer’ y sin más objeto que ‘dar espectáculo público’. Encima son los ignaros de los animalistas los que deciden el verdadero objeto -la finalidad- que tienen las cosas. Y la moralidad de ese objeto (o su carencia). ¡Como los obispos, nena! ¿Eh? ¿Qué te parece? Criar visones para hacer abrigos, por ejemplo, no tiene objeto (moralmente aceptable, al menos). Criar toros para lidiarlos en público, tampoco. Criar cerdos para hacer jamones, en cambio, sí y es, por tanto, lícito.

Curiosa moral la de estos amantes de la ‘felicidad’ animal dispuestos a identificar ‘el Mal’ (que ya lo han ‘identificado’: el sufrimiento’ de los bichos) a extirparlo y a construir sobre sus ruinas el reino de dios en la tierra.

El de los buenos.

Así empiezan los fundamentalismos puritanos: imponiendo certezas y prohibiendo ‘El Mal’.

El Poder es la clave. Prohibir falsedades e imponer certezas (y mira que yo tengo unas cuantas) está chupado (si tienes Poder para ello, claro). No sé si sabes quién fue Savonarola. Sí, vale: un chulillo imbécil, sobrado y con mucho apoyo popular, para resumir. Con Poder, vamos. Con mucho Poder, como tío Adolfo H, que tampoco tuvo poco y aún con todo ese apoyo metió la gamba hasta la ingle. Hasta aquí, vida mía.

Bueno, que te voi a contar que no sepas.

Ya lo dijo Salomón: ‘coma mierda, cien mil moscas no pueden equivocarse’.

Si el gran argumento ‘científico’ para acabar con La Fiesta -ese milagro- es el de que treinta millones de ciegos niegan el sol porque no pueden verlo, hacemos un pan como unas obleas.

Por éstas.

Derecho tendrán a acabar con la Fiesta de los Toros (y hasta con el turrón de jijona, si les da por ahí), pero mi visión es que se equivocan de medio a medio como se equivocaron los talibanes dinamitando los Budas gigantes de Bamiyán. No porque la Fiesta de los Toros sea una obra de arte (polémica en la que no entro) sino porque es, sencillamente, un legado del tiempo, un patrimonio inmaterial y, desde luego, un auténtico milagro.

Sí, la Fiesta es un milagro, no te rías: que en el siglo XXI se sigan ‘corriendo los toros’ más o menos como en el siglo XV es, antes que ninguna otra cosa, un milagro. Una rareza. Una reliquia del pasado, para que lo entiendas. No, no: no exagero. Para nada. Una ceremonia ritual. Un residuo. Un regalo del azar. Una cápsula de tiempo. Una celebración -fosilizada, eso sí- más complicada que un espectáculo (deportivo, circense o, simplemente, mediático).

Arqueología inmaterial.


Cartel de la Feria de Nîmes (Gard, Francia), una de las más importantes del
calendario taurino mundial. El triunfo en Nimes abre a ganaderos y matadores
 las puertas de México, Sevilla y Madrid.

Lo esencial es invisible a los ojos

Yo no sé si hace falta estómago -o qué hace falta- para ver la ‘tortura’ de un bicho. Para empezar, supongo que talento para ver más allá y atisbar lo que hay detrás de todo ese espanto objetivo (pero nunca caprichoso ni gratuito ni sin sentido, ojo).

Claro que el talento, por lo que parece, está poco repartido.

Lo esencial es invisible a los ojos -ya sabes, Hélène- así que para verlo hay que usar las orejas, las uñas o el corazón. Y, desde luego, el talento, que se le va a hacer, ma belle. Sin talento, te recuerdo, empiezas confundiendo un bicho con una persona y acabas en cueros, pintado de rojo y tirado en una acera participando en un happening gore. Walt Disney hizo -y hace aún- mucho daño con su simplificadora y pornográfica moralina ‘middle class’ (que no deja de ser también tribal, si a ello vamos).

La Fiesta de los Toros es una barbaridad, sí.

Y más cosas, también.

Un capricho, jamás.

Nadie dijo un día, ‘esta tarde pa entretenernos metemos un torete en la plaza del pueblo, le damos unos capotazos, le hacemos putaditas y pasamos el rato. Y, de paso, lo mismo sacamos unas pesetas’.

La Fiesta es un rito (no hagan risas, gracias ¿alguien sabe lo que es un rito?) y no un simple espectáculo, más o menos entretenido, aunque haya adoptado esa fórmula ‘legal’.

Un rito -tal vez salvaje- llegado directamente de tiempos más recios y duros que estos. Tal vez del mismo Neolítico, así, tal cual. Y en todo caso -honestamente te lo digo, ma petite- un rito llegado de tiempos más francos (que no franceses). Entonces la Naturaleza era una amenaza (y no un parque natural) y la vida, una condena (y no un parque temático).

La Fiesta de los Toros testimonia fehacientemente esa visión. Lo que hoy podemos ver en una corrida es la decantación en unas dos horas de una serie de delicadas y peligrosas labores de trasteo con los toros que, sin nadie proponérselo, han terminado representando la rueda de la vida y de la muerte.

Y ésa es la clave, Princesita del Olimpo Parisino. Representación.
Métetela en la cabeza y no la olvides.

Ahora ¿por qué -o cómo- la corrida terminó representando la rueda de la vida y de la muerte?

La única explicación que se me ocurre es la pura ‘aclamación popular’, la identificación de la gente, no sé bien en qué momento (ni siquiera si hubo un momento y no una sucesión de ellos).

No, no, mujer: nadie con nombre y apellidos lo decidió, hazte cuenta. En todo caso, lo decidieron la gente y el tiempo entremezclados, poco a poco. Es decir, fue la gente quien, espontáneamente, identificó ese trasteo (el que, para defenderse, efectuaban los peones de brega, los subalternos de los caballeritos que alanceaban toros) con la rueda espeluznante en la que todos laboramos (y nos la jugamos) cada día de nuestra vida más allá del círculo de albero.

Todos, de algún modo, somos toreros.

Y cuando el matador triunfa de verdad sobre el bicho, somos todos los que triunfamos con él haciéndonos la ilusión de que lo incontrolable se puede controlar y conjurar.

El peligro, la aleatoriedad, la enfermedad, las acechanzas y, en fin, la muerte son dominados, siquiera sea una vez, por el oficiante. Y vencidos.

Esto es así, no porque lo diga Bowman, sino porque se experimenta en las propias carnes con las dudas y aciertos que experimenta allí abajo, en el redondel, el matador jugándosela a lo largo de su faena, desafío breve -visto en tiempo de reloj- pero eterno en la ejecución. Y, lo juro, en su percepción.

La vida en un hilo. Y el tiempo, suspendido. Literalmente. Y no es literatura.

Es así.

El toreo es una habilidad inútil (en el sentido que es útil, que sé yo, la fontanería) desarrollada durante siglos de ejercicio -de peón de brega en peón de brega, de generación en generación siempre bajo la aclamación de la gente- y cuyo dominio exige técnica rigurosa y, de manera muuuuuy especial, un valor y un control sobre las propias emociones que a veces ha parecido sobrenatural.

O Arte.

A nuestros tatarabuelos debió parecerles lo primero. Y a nuestros abuelos, lo segundo. A pies juntillas. Enfrentarse a un agresivo bicharraco de media tonelada sin más arma, instrumento ni protección que la capa (el abrigo en realidad) parece cosa de brujería. En las corridas de verdad no hay trampa ni cartón y el matador lleva (si puede, que no siempre) el toro (o lo que sea) ‘por donde el toro no quiere ir’. La seguridad, la soltura y el temple que exhiba al conseguir llevarlo (o no), así como su dominio de las técnicas legadas por los Maestros desde los tiempos, por lo menos, del inmortal Pepe Illo (junto con la casta y cualidades exhibidos por la bestia) son los que generan esa emoción tan especial, intensa y difícil de describir sin metáforas (metáforas que después tanta risa dan a algunos que sólo creen en realidades virtuales e icónicas).

Hoy que todo el conocimiento es realidad virtual e icónica, la televisión (que es el reino de la iconografía instantánea y de la inmediatez ‘objetiva’… aunque sea a miles de kilómetros), habría hecho imposible el Mito de la Fiesta. Por eso mismo, precisamente, debe desaparecer la Fiesta de los Toros, a mi juicio (aunque no sé como hacerlo: dejándola morir, supongo).

 
En el curso de la corrida puede pasar, y pasa, cualquier cosa. Y las cámaras -es su cualidad- se quedan con lo más chusco.

Y es que antes no había nada más cierto que lo que sucedía una sola vez en mitad de la arena y a la vista de todos… de todos los que asistían a aquella comunión, claro. La Hora de la Verdad. Sólo quedaba inscrito en su memoria y si no habías estado, no lo habías visto y ya está. Estabas fuera del suceso: de El Suceso (cuasi mágico) que todos contaban. Todos lo habían visto, ergo era innegable. Una ceremonia real de verdad, compleja, antigua y que -eso sí- sigue viviendo hoy, extrañamente amojamada, en un tiempo y en una época que ya no son los suyos.

Lo mismo igual ha desaparecido ya (la Fiesta de los Toros) y las obstinadas corridas que todavía se siguen celebrando son sólo fantasmas de la Fiesta, estertores de agonía, el final.

Y es que en el mundo de la multiplicación de imágenes (de gran calidad además), en el mundo de la CNN, de la intelnés y de la camarita digital (hasta mi madre hace fotos, y eso que es ciega) los toros ya no tienen sentido. Aunque mucha gente se empecine en que sí.

La música callada del toreo

Don José Bergamín, un español (a su pesar) raro (pero raro de cojones) vio una tarde a Rafael de Paula (en El Puerto, creo). Y como no tenía cámara, registró la faena en la memoria. Después la evocó y le salió ‘La música callada del toreo’, libro que no es más que una concatención de imágenes verbales que intentan transmitir lo que el fundador de Cruz y Raya (no es broma ni la pareja ésa, sino una revista) experimentó aquella tarde. No sé si lo logró pero Paula, el torero gitano, salió de la Historia del Toreo y entró en la Leyenda.

Absolutamente.

Estoy convencido de que si el ojo idiota de una cámara hubiera grabado aquella faena mítica, hoy Paula no sería Paula. Ni Bergamín habría escrito jamás ‘La música callada del toreo’ ni nada de nada. Claro que si Alejandro (Magno) se hubiera llevado a su excursión una cámara en vez de un ejemplar de La Iliada y hubiera grabado la destrucción de Babilonia y hubiera imagen de él saludando delante de las ruinas humeantes del palacio de Nabucodonosor, hoy no sería Alejandro El Grande sino Alex, el chico de Felipo. O sea, una especie de marine de opereta, hortera y macarra.

Un excursionista dominguero.

Total, que la Fiesta está muerta (lo mismo que la Guerra: somos los primeros humanos que ya no se tragan aquella estulticia primordial que el clásico codificó como dulce et decorum est pro patria mori, etc, etc) Y todo ello, simplemente, porque se ha muerto la magia. La mataron la televisión, internet y la inmediatez: la precisión, cantidad y calidad de unas imágenes rápidamente distribuidas: instantáneamente. Y que, encima, persisten en el tiempo y están permanentemente disponibles. Ya nadie puede decir aquello que un aficionado le gritó a otro al salir de Las Ventas tras una faena sublime de Curro (Romero, por dios) a un toro del Conde de LaCorte. ‘¿Lo has visto, no? ¡Pues recuérdalo y no lo olvides porque nunca lo volverás a ver!’

Y es que el éxito secular de La Fiesta de los Toros, bonita mía, ha residido en la fascinación hipnótica que producía en el público el milagro del dominio (cuando se producía). Y esto te lo digo yo y va a misa. Cuando el matador se paraba en su sitio, se acomodaba al bicho templándole la embestida y, finalmente, lo mandaba y se lo traía toreado y pastueño a su propio terreno. Es decir, cuando se hacía con él ¿que me entiendes, amor? Tampoco es tan difícil, creo, aunque seas francesa, vamos, digo yo….

En ese proceso de ‘hacerse con él’, que podía durar un tiempo sin tiempo (¿cinco minutos? ¿diez, como muchísimo?) la plaza entera comulgaba con el matador. Como te lo cuento. Allí abajo, en la arena, se producía en un instante una transformación muy extraña que hay que vivir y que la tele no da, ni antes ni ahora, porque no la capta. La tele y las fotos sólo dan posturitas.

Y ‘la verdad’ del toreo es otra cosa. En ‘la verdad’ del toreo participan todos los tendidos, desde la barrera hasta la bandera, como una compacta masa circular que girase en torno a un centro galáctico. Ahí dentro puede durante un instante mascarse la muerte. La muerte, tía, como te lo digo: la Dama Negra con guadaña y todo. Durante un instante la ves, aterrado, aletear entre las piernas del diestro que, literalmente, en esos segundos se la está jugando (la suerte o la muerte). Y así hasta que, de pronto, el toro cambia, entra blandito y entregado en el terreno del matador, la tragedia queda conjurada, la muerte expulsada hasta mejor ocasión y la plaza entera, borracha, se pone de pie hipnotizada: una vez más ha habido milagro. Y la gente sale de la plaza haciéndose lenguas y la nueva corre de boca en boca: cada uno lo ha visto de una forma -según su situacion en la plaza- y todos torean recreando embebidos la suerte, el momento supremo -una trincherilla, un muletazo, unos ayudados- una y otra vez.

Pero hoy lo único que circula son los videos del tubo: mierda en fila india.

Antes, no. Antes, cuando no había tanto video, tanto tubo y tanta chatarra, la poesía era una necesidad vital y oías a gente transfigurada que lo había visto y que te lo contaba encandilada una y otra vez. Y cada uno a su modo. Y todos toreando, dando excelsos pases a un morlaco invisible. Y, claro…

Y, claro, te entraba mono.

Ahora, sin poesía, no hay manera de que te entre mono. El objetivo de una Sony Hifi Fidelity Beta3D -o como coño se llame- lo ve todo pero no entiende nada porque no está programada para tener poesía (y la que tiene es sólida como el bordillo de la acera). Va al grano (hoy todo dios quiere ir al grano y acaba por no ir a ningún lado). La Fiesta ha muerto (y la Iglesia Católica, también, ya que estamos con supersticiones: a ver esos payasos de Gallup si tienen güebos de hacer encuestas sobre la percepción de la Iglesia [Católica] entre el personal, hombre, ¿no te parece, mi vida?)

Total: que me niego a que me prohiban los toros si no prohiben también las misas, las procesiones de Semana Santa, las mezquitas, los picaos de San Vicente (ver google), los animales que intentan matar dibujantes que dibujan al Profeta Muhammad -Dios lo bendiga- los penitentes descalzos, el papa y los sanfermines. ENTEROS.

En fin, que exijo discoteca en La Almudena.

Eso es todo. Y si la Fiesta ha muerto, que descanse en paz.

He dicho.

Y ahora mismo ponte guapa, Hélène, mi vida, que nos vamos a pillar tú y yo una birrita y un croque-monsieur en St Germain y a darnos el paseíto de los clochards y de los estudiantes pobres por los quais de la rive gauche mientras se pone el sol detrás de Nuestra Señora, que hace muy buena tarde, oh, la, la, la, la, bordelle…! Y mientras te contaré  como se plantaba Juan Belmonte asomándose al balcón entre los dos puñales. ¿Sabes que el ‘Pasmo’ inventó eso de ‘dejadme solo’? Pues sí, él fue…

Tú eres mi morena
y te llevo a pasear
Te voi a dar un beso,
tú me vas a abrazar…


Don Juan Belmonte, ‘El Pasmo de Triana’, haciéndose con el bicho y
derrochando un valor temerario.


José Tomás, El Torero de Galapagar, ciñéndose el toro y ‘obligándole’, como
pedía don Domingo Ortega. Obsérvese por donde va la pata trasera derecha
del bicho, así como la similitud entre la actitud de Tomás (ante el toro) y la del
‘Pasmo’. De este último, por cierto,
decían sus ‘enemigos’, un poco como
hacen  hoy los detractores de José Tomás, que había que correr a verlo
porque no duraría mucho. Pues no: duró lo suficiente como
para retirarse y morir fatalmente empitonado por la depresión. veintitantos
años después. Juan Belmonte se quitó la vida al anochecer del 8 de abril de
1962. ‘Sangre española, la pistola puso fin a tu valor’. Descanse en paz.



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14 respuestas a Toros: lo que le hubiera contado a Hélène bajo los tejados de París (si lo hubiera sabido….)

  1. jack dijo:

    Qué bonito, comandante.Y qué tramposo.

  2. Kaken dijo:

    Con permiso de la autoridad competente, chapeau.Lástima que no creo que su espectacular escrito logre llegar a ningún antitaurino.Es algo que me confunde y me preocupa, como hacerme entender para llegar a que otros comprendan…igual no pasará nunca.Un bes.

  3. jack dijo:

    No sé de dónde viene tu confusión, doña K. A espectaculares (no encuentro la cursiva) escritos como éste se les puede admirar la honestidad (de aquela maneira) de asumir cierta barbarie o la franqueza del "a mí me gustan y punto". Y evidentemente la capacidad de juntar letras más que dignamente.Pero pretender que el antitaurino (tratado asín como entelequia, que es lo que hace aquí el comandante) haga palmas con las orejas cuando lee silogismos del palo "para entender (y amar, forma única del entendimiento, pareciera) los toros hace falta talento, y el talento no abunda" me parece un poco espumear.Al final, muy bonito todo. La defensa de la corrida pasa por llamar ignorante (y fascista, y tontorrón, y necio, e hipócrita) al contrario. Sea quien (y como) sea el contrario. Porque a fin de cuentas no es más que alguien (como masa) que ni mística, ni magia, ni poesía ni niño muerto. Ciegos y necios. Y asín, chata, cómo se va a empatizar. Quizá Helenita (princesa del olimpo paquisiá) sólo pueda quedar epatada por la palabrería del español siendo el buen salvaje sin historia ni criterio ni más dedos de frente que los necesarios para llevar con gracia el flequillo. De lo contrario es muy probable que más que ohlalá pensara pies paga qué os quiego al oír, a la orillita del sena y bajo la lus de la luna, que la guerra está muerta porque está muerta la magia.

  4. Udeis dijo:

    Udeis Udeisescribió: Bowman, aunque no comparto tu afición taurina comprendo lo que puede sentir un aficionado en la plaza porque a mí, sin serlo, se me ha erizado más de una vez la piel en el tendido.Hoy el mundo del toro es como el mundo del fútbol o cualquier otro espectáculo de masas. La publicidad, sponsors, el marketing y las microeconomías los han destrozado hasta el punto de convertirlos en un negocio en el que si Beckham no sale al campo para enseñar sus zapatillas deportivas, sancionan al entrenador; o en el que si el toro no viene "rebajado", el torero no firma con la plaza.Yo me quejo de esta situación, aunque existe en todos los campos, todos sabemos cómo se queja APR cuando rechaza el periodismo de los últimos años.El circo, que antes servía para mantener ocupado al pueblo, hoy sigue ejerciendo la misma función, pero el carácter genuino y auténtico con que inició, hoy se han convertido en fajos de billetes y nada más.Los futbolistas no se dejan la piel en el campo y el torero ya no se arrima… (por poner dos ejemplos). Es como si el gladiador se negase a luchar contra un león que no tuviera las garras limadas… o como si el alpargatero Caius Sandalius sancionase al César por bajar el pulgar a ciertos gladiadores a los que patrocina.La arena ha sido siempre lugar de lucha, donde los gladiadores se enfrentaban a fieras, uno contra uno. Salvajadas de los antiguos romanos que aún hoy perduran en nuestra cultura.Es precisamente así como nos ven fuera de España. La corrida es considerada un aspecto folclórico del país, y como todo folclore forma parte del "rito ancestral" (como has dejado entender en tu texto), un espectáculo salvaje fuera de tiempo, sólo que el león era más fiero que el toro de hoy, que está ya medio muerto cuando sale al ruedo.En mi opinión lo mejor que podría pasar es que desapareciese como tradición porque lejos quedó el verdadero toreo y el verdadero espectáculo. En los tiempos que corren el arrojar una cabra desde un campanario, acribillar toros a lanzazos, o cubrirles las astas de gasolina y luego prenderles fuego suena tan grotesco como la lidia de toros, aspectos folclóricos y tradicionales que para el gusto de muchos podrían desaparecer (aunque otros muchos se nieguen en redondo exponiendo sus buenos razonamientos). Sinceramente dejando de lado el sufrimiento del animal, ante una corrida de las de verdad veo el ARTE y lo siento, aunque luego me espeluzne ver al toro vomitando sangre, o ser arrastrado por la arena, dejando ese peculiar rastro rojizo que hace que mi parte "sentimental" se queje por lo ocurrido… Dicotomías de la vida, oye.

  5. Lenka dijo:

    Había poesía más allá de los toros. Lo sabe usté y lo sé yo. Hay poesía, aún. Y le prometo que hoy día los patanes son igual de patanes, pero con otras pintas. Y los imbéciles, los analfabetos, los simples, los vacíos, los tontos del culo. Idénticos. Y los cortos, los cerriles, los moñas. Iguales, pero con más colorines. Lo hortera, lo zafio y lo macarra son cosas de siempre. Lo hermoso y lo sublime también. El ver o no ver, el entender o no, siguen siendo universales. Yo no veo arte ni poesía en los toros. Usté, seguramente, no es capaz de ver arte ni poesía en muchas cosas. Igual tenemos razón los dos. A saber. A mí no se me ocurre llamarle necio, ni corto de miras. Vea, no vea o maldita la falta que le haga de. Eso sí, es bonito lo que ha escrito. Y cómo lo ha escrito. Fíjese, pa que se dé cuenta una ignorante… Besos, Maese. Y sí. Que prohiban los Sanfermines. Ya. No sé si la Elenuska se quedaría embobá por su verbo y su carne o saldría por patas. Yo también dudaría. Y me arrepentiría (fijo) hiciera lo que hiciera. Pero bueno, yo es que soy rara de cojones!!

  6. Udeis dijo:

    Hola Lenka! Siempre he pensado que tú y yo somos más parecidas de lo que se piensa… Limando asperezas y dejando atrás viejos malentendidos te quería decir una cosa. Esta frase que has dicho:"Yo no veo arte ni poesía en los toros. Usté, seguramente, no es capaz de ver arte ni poesía en muchas cosas. Igual tenemos razón los dos."Hace unos meses tuve una discusión con una persona en la cual se hablaba de esto mismo que has dicho tú. Yo afirmaba que el arte no es lo mismo para todo el mundo y esta persona en cambio no estaba de acuerdo.Me honra saber que otra persona, a la cual también estimo por su inteligencia, tenga la misma opinión que yo.Gracias.

  7. Lenka dijo:

    Hola, Udéis! Me mata de la risa que últimamente mucha gente me diga eso de que "somos más parecidas de lo que parece". Chica, yo que me creía tan rara y tan… única!! 😄 No, en serio, supongo que no tiene nada de raro que incluso personas que discrepan en casi todo puedan opinar lo mismo, o parecido, en algún tema concreto. Maravillas de la diversidad humana. Sobre asperezas y malentendidos… quién no ha tenido de eso? Cuándo y dónde no se dan? Uno puede pasmarse y calentarse en el fragor de un debate, pero sacar las cosas de ahí me parece una chorrada mayúscula. A poco que uno se lo proponga se pasa la vida aprendiendo, también de gente con la que tiene poco en común. Quizá más de esa gente, porque con los que uno coincide se limita a asentir y poco más. Eso no te obliga a ponerte en otras pieles y tratar de entender (aunque luego no entiendas nada, al menos a mí me pasa mucho). Total, que no merece la pena tener en cuenta encontronazos dialécticos. No sé tú, si yo lo hiciera al final tendría que hablar sola. Gracias a ti.

  8. Siana dijo:

    Desde mi retiro forzoso en batín y aspirinas entro un momento tan solo para que sepáis que os he leído a todos los Peristilos. Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Lenka, especialmente con esa frase que te ha seleccionado Udéis, y mi balanza en esto se inclina en el peso de la crueldad, que no me gusta nada (ni aquí, ni en las granjas de pollos, ni en tantas otras cosas). Creo que los textos que habéis escrito son muy buenos, cada uno reflejando lo que siente respecto este tema. Comandante, no se puede dudar que lo que dices respecto lo ancestral, lo tradicional y cuanto hubo en esto es cierto, aunque a mí no me guste, eso es lo que creo. No estoy en condiciones de escribir nada ahora, pero lo haré cuando me recupere. Lo que pienso es que no hay que simplificar las razones y los argumentos de nadie en esto. No somos radicales, ni "antitaurinos" en el sentido que a veces se le da la palabra (ni vamos en contra de los toros, ni de los toreros). No es tan sencillo. Hace unos días, antes de caer con esta maldita gripe, encontré esto en el foro, y unas palabras del Duque: http://www.capitan-alatriste.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&t=1973&postdays=0&postorder=asc&start=20"Me gustan las corridas de toros, insisto, a pesar de que en mi caso sea una flagrante contradicción, pues juro por mis muertos más frescos que amo a los animales más que a la mayor parte de las personas que conozco. La razón no sé cuál es. Quizá tenga que ver con las ideas de cada cual sobre el valor y sobre la muerte, o vete a saber. En la plaza, en una corrida de verdad, el toro tiene la oportunidad -todos morimos – de vender cara su vida y llevarse por delante al torero. Con dos cojones. Y debo confesar que me parece de perlas que los toreros paguen el precio de la cosa viéndose empitonados y de cuerpo presente de vez en cuando".Y pongo esta frase de un libro muy bueno (pero tristísmo): “la belleza es la de uno, la que uno puede ver” F. Umbral.

  9. Ambrosio dijo:

    Eso es muy cierto. \’La belleza es la de uno: la q uno puede ver\’. Y vivir, añadiré, es aprender a convivir con el horror de lo incomprensible. Sin matarlo. Con el horror, que es mucho, del Jano Bifronte y contradictorio que es la Fiesta. Y todo ello, sin prohibirlo. Es tan condenadamente fácil prohibir lo q no se entiende, lo que va contra lo que uno entiende lógico y cree perfecto e inmutable.

  10. Siana dijo:

    La verdad es que en este tema yo no me decanto por la prohibición. Siempre he sido partidaria de que las muertes -las extinciones- sean naturales. Se aprende, y se convive con el horror y lo incomprensible irremediablemente, pues esto es la vida, y son parte de sus reglas. Hay cosas que vienen solas y otras se "inventan", se crean, y se modelan con el paso de los años porque el hombre así lo desea. Y ésas, creo y lo mismo me equivoco, son a las que uno puede apartar la mirada si no quiere mirar, pues no se le obliga. Que se traten de comprender las cosas antes de rechazarlas, puede ser lo mínimo exigible, estamos de acuerdo. Pero al final pesa lo que se ve, lo que cada uno ve. Son reflexiones éstas que hago un tanto fatigadas, así que no sé si estoy diciendo demasiadas tonterías..

  11. Lenka dijo:

    Tremendamente sabia incluso con gripe, querida Siana. Y dime, qué pasa cuando tras esforzarte en entender te siguen recordando lo estúpida, lo ñoña, lo politizada, lo disney, lo estrecha de miras, ignorante, incapaz y cegada que estás? Qué pasa cuando confiesas sin pudor: "entiendo hasta aquí, colega, más allá ya no llego" y eso sirve para que te respondan: "ajá!!! No puedes, piltrafilla!! No lo puedes entender ni queriendo, así que ahueca el ala y cierra la boquita, que estás más mona"? Lo que pasa es que pierdes por completo el derecho a opinar y a expresarte. Te lo quitan, ris, ras. Hala. A ver la ballena. Incultos, exaltaos. Igual exagero (pobre de mí, siempre tan histérica) pero que te tapen la boca o te desprecien tus argumentos suena censor y prohibicionista que te pasas. Dicho lo cual, añado: qué pasa cuando crees de buena fe que algo no debiera existir, que debiera incluso desaparecer, pero ni lo exiges así, ni demonizas las cosas, ni te lanzas al gaznate de quien defienda lo contrario? Yo lo que quiero es que la fiesta caiga sola si debe caer. Y sí, vaya por dios, lo admito, cometo la osadía de pensar que "debe caer". Opino que sería mejor que cayera. Por todas las razones que he expuesto por ahí. No, Bowman, no siempre es tan jodidamente fácil prohibir lo que uno no entiende. Es fácil pensar que sería mejor que no existiera, confesarse uno mismo que desearía que se aboliera, pero no por imposición de cojones, no, por clamor popular unánime. Jodó. Qué bonito sería si en esta enorme verdad mía y sólo mía todos pudieran ver y sentir lo mismo que yo (o mira, ya puestos, yo lo mismo que ellos, otra forma de ahorrarnos el dilema). Qué bonito no por nada, sino porque yo lo siento más bonito, más justo, más lo que sea. Porque pa mí es lo bueno, lo que vale. Como, por desgracia, no soy tan simple, ni voy arreando golpes con mi personalísimo decálogo moral, ni me queda el consuelo de dividirlo todo en "bueno", "malo", "guay", "nazi", "tolerable" o "intolerable", me encuentro con el dilema. Me encantaría que la fiesta no existiera, que se fuera a tomar por el saco de una buena vez. Me resultaría más fácil (y un alivio) que todo el mundo pudiera ver lo que yo veo en ella. No es así y no lo será nunca, con la fiesta, con los velos, con nada. Así que no, de fácil no tiene nada. Al menos para los que prohibiríamos encantados de la vida pero sabemos que no, que seguramente no prohibiríamos un carajo por no cargar con la china en el zapato de que hemos prohibido. Porque resulta que ser cerril y dictadorzuelo no es tan fácil. Para mucha gente no lo es.

  12. Siana dijo:

    Cuando eso sucede Lenka, les recuerdo que no es que no entienda porque no pueda, si no porque cuando algo no te gusta, es difícil que te guste aunque te lo expliquen tan bien como la ha hecho el Maese. Creo que en tal caso las sensibilidades discurren por caminos diferentes, y no se encontrarán en ese punto. Pero no pasa nada en absoluto, en realidad. Cada uno vemos cosas diferentes en esto. No sé hasta qué punto pueda servir de algo seguir insistiendo en que se pueda llegar a entender otro punto de vista diferente, al menos en este tema en concreto. Lo cierto es que el otro día, hablando precisamente de esto en los madriles, me gustó escuchar la pasión con la que hablaba Nexus, eso de "vibrar" en una plaza, aunque yo no pueda compartirla. Y bueno, yo explico también que me acerco a todo bicho viviente no peligroso cuando estoy en el monte y que de pequeña me dedicaba a llevarme perros y otros animales variopintos a casa y sacar pajarillos de las trampas. Tampoco sé explicar muy bien las razones. Es lo que hay. Hasta pueda que sea porque en efecto soy hija de una generación que ha crecido con las pelis de Disney, y bueno, lo que pongo en duda es que eso sea tan negativo. No sé.

  13. Celadus dijo:

    No soy un entendido en toreo, reconozco que tampoco me he esforzado mucho en serlo. Tampoco creo que la mayoría de los que asisten a las corridas -y no digamos los que las defienden sin haber ido nunca a ninguna- lo sean. Entendidos, lo que se dice entendidos, habrá unos pocos, como en todas las disciplinas.Para quienes me conocen no es ningún secreto que me encantan los animales aunque tengo mis preferencias por los salvajes antes que por los "domésticos". No me gusta que se cause dolor a los animales como creo que casi nadie que no sea un psicópata, y estoy convencido de que a los taurinos tampoco les gusta. De hecho, la mayoría de los toreros afirman que aman al toro y creo que lo dicen sinceramente. Que su manera de entender el amor nos parezca mejor o peor ya es harina de otro costal.Sin embargo, no soy partidario de prohibir las corridas de toros porque entiendo que hay muchas personas a las que les gusta, que no ven nada malo en ellas o que valoran más lo que ellos entienden como arte o estética que el posible sufrimiento de un animal. Y aprovecho para decir que,e n mi opinión, el toro no sufre. Ningún animal sufre. Sienten dolor, sin duda, y estres pero no sufrimiento. Porque el sufrimiento es una característica netamente humana. Sufrir implica interpretar lo que a uno le está pasando, hacerse ideas sobre lo justo o injusto de la situación, preguntarse por qué. Y dudo que ningún animal haga eso. Por el mismo motivo que ningún toro se pregunta antes de embestirte si es justo o no que lo hagas, si lo mereces o no, si eres protaurino o antitaurino o si eres vegetariano por motivos ideológicos.La cuestión en este tema se centra en dos puntos principales: la idea de que los animales tienen derechos y que sufren o de que no los tienen y no sufen por un lado; la idea de si hay arte o no en una corrida de toros y de si ese arte y el derecho de quienes lo aprecian a disfrutarlo está o no por encima del dolor causado a un animal. En ese debate creo que están los principales puntos de conflicto y ambos tienen que ver con la libertad individual. Igual que no creo entendidos a todos los taurinos tampoco creo imbéciles o radicales a todos los antitaurinos. Aunque los haya, en ambos lados. Veo personas que defienden lo que creen con mejor o peor criterio.Me ha gustado mucho tu entrada, Bowman.

  14. Hola, muy interesante el articulo, muchos saludos desde Mexico!

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