Cuerpo femenino

Anochecía sobre París. Allá, en el Campo de Marte, debían estar desalojando a los últimos ‘amegüiqueins’ de la jornada -’oh la la la, thaht´s beautiful, I love Paris in the summer and toujours I think’-  con objeto de cerrar un día más los accesos a la tour de M Eiffel. A lo largo de las escaleras y fuentes de Trocadero estarían amándose en aquel mismo momento los mochileros pobres tocando la guitarrica con los pies sucios metidos en el agua. Y arriba, en el sotanillo del Palais Chaillot, la cola de ‘cinephiles’ ante la taquilla de la Cinemateque  se aprestaría a ver alguna peli de Bunuel, reciente Oscar de Hollywood por su peli -francesa- ‘La charme discret de la bourgoisie’, que estaba consagrando al actor fetiche del baturro -Fernando Rey- como ‘international star’ en todo el mundo.

Mentiría si dijera que en aquel melancólico crepúsculo parisino no pensaba en Hélène, en su culillo respingón, en su flequillo ‘Françoise Hardy’, en sus pezones pugnaces, en su risa cascabelera, en su fijación con el ‘espagnol Unamounó’ y hasta en su visión del futuro de la economía europea. Por tener a Hélène allí, entera y verdadera delante de mí, me habría tragado con gusto su chapa permanente sobre el tema con el que trabajaba becada, por lo visto, por la UNESCO, nada menos: todo un cráneo la Elenita (y, encima, más buena que un avión, como todo el mundo -por otra parte- a los veinte años, a qué engañarse, las cosas como son).

La verdad es que nunca le agradeceré bastante a aquella ciudad mágica que me abriera la intimidad de M Lecomte, de su biblioteca y, sobre todo, que pusiera en mi camino aquel libro lleno de lo que hoy podrían tenerse por lugares comunes pero que en su momento me abrió un mundo.

Las tías.

Aquel día supe que la mujer nunca es una conquista sino un descubrimiento, en todo caso, un descubrimiento tremendo, el ser humano con el que vas tener la relación más íntima, más personal y más intensa que se puede tener. Con ningún otro humano -y, desde luego, con ninguno de tu mismo sexo, si eres heterosex, of course- llegarás tan lejos ni pondrás tanto en común -jugos corporales, para empezar- ni compartirás tantas cosas ni llegarás a crear por un instante glorioso la humanidad completa, el ying y el yang y toda esa vaina. Así pues, ante mí se había abierto de golpe y porrazo y de buenas a primeras un territorio ignoto y libre que antes que nada -y como primera medida- debía ser cartografiado adecuadamente.

Y ya se sabe que no hay dos cartografías iguales para un mismo territorio.

‘Sexe et feminité’ me había entregado esa tarde la clave de lo que llámase ‘feminidad’, que es una cosa que existe y que no es más que la famosa diferencia, la única. Y que, contra lo que pretende hacernos creer cierto feminismo (a medio camino entre el ‘telva’ y la ‘sección femenina’), no influye para nada en todo lo demás.

Territorio ignoto, en fin, que sólo le permitirá a uno llegar verdaderamente lejos con una condición: no someterlo. Y es que sería ridículo pretender someter un territorio salvaje, indómito y lleno de riquezas que, con las artes adecuadas, se seduce, se rinde y, finalmente, si no eres demasiado idiota y no la terminas cagando (que todo puede ser: el ansia es lo q tiene) se te entrega entero y verdadero, de arriba a bajo sin limitaciones de ninguna clase.

Eso sí: en ese momento trascendental, sin darte cuenta cabal de ello, estás irremisiblemente perdido y a punto de convertirte en colonizador colonizado. Porque es entonces, en ese momento exacto, cuando él, el territorio -ella, vamos- te somete a ti, te esclaviza y te hace suyo del mismo modo que el matador se hace con el toro… y acaba con él, ni más ni menos.

Con esa trágica realidad hay que vivir: ser macho es muy duro y se reduce a conseguir ser elegido…. y en no echarlo todo a rodar ante un ‘no’. O ante muchos. Psicológicamente no es fácil de aguantar y ahí reside el secreto de gran parte de la preparación para ser humano masculino. Ya llegará el sí. Hay que saber esperar el momento adecuado en el escaparate adecuado. Ser macho es aprender a vivir con el no. Ser hembra, supongo, en vivir con la inquietante posibilidad de no ser vista, de no tener delante ‘hombres que se ofrezcan’, que esperen de ti una mirada, que sé yo, una sonrisa, qué menos.

Una amiga me contó una vez, a propósito de esto, que se dio cuenta del paso de los años al ir haciéndose ‘invisible’, dijo. ‘No sé para las demás: para mí fue un palo. Al principio, cuando jovencita, mi único esfuerzo era ser vista adecuadamente por los hombres adecuados, es decir, por los que a mí me gustaban. Que cierta clase de hombres no me viera no era un problema: el problema era precisamente conseguirlo. Pero con los años tuve que empezar a esforzarme en ser vista, adecuada o inadecuadamente, por ellos. Ellos. El caso era ser visible para los machos, los que fueran. Pero hoy es el día, Davidín, en que sólo saliendo desnuda (o completamente vestida, pero de fallera) a un balcón de la Gran Vía amenazando con tirarme conseguiría que los tíos me miraran’.

Yo le dije que la mujer sólo se liberará -si es que tiene que liberarse de algo- cuando se libere de la necesidad de gustar (como hembra) en cualquier contexto. ¡Pobres princesitas! Supongo que debe ser insoportable, tanto como la exigencia que se da en ciertos círculos de tener que andar haciéndote el chulito -el ‘machito’- delante de las nenas (o sea, ‘ofertándote’ venga o no a cuento) lo cual que a veces puede ser verdaderamente una pesadez.

Pero, bueno, esto último son consideraciones mías actuales, y bien discutibles, que al atardecer de aquel sábado de julio en París yo estaba bien lejos de hacerme. Lo que tenía yo en la cabeza aquella noche era el sexo, el descubrimiento de la trascendencia del sexo, de lo delicado de cualquier relación bajo ese prisma y de lo complejo que era el sexo femenino.

Y no hablo metafóricamente: qué complejo es el sexo femenino anatómicamente.

Por primera vez en mi vida había sabido de la existencia de ‘zonas erógenas’, de su función y de su manejo. De labios vaginales internos y externos que debían ser tratados con la ternura y el mimo que requieren las gemas sagradas. De orgasmos vaginales y clitoridianos, de puntos G (y hasta Z) perfectos y delicados, del ‘petit bouton’ y de sus poderes, de los de la lengua (y no hablo del lenguaje) y de la importancia, en fin, de tocar el piano delicadamente con la punta de los dedos escuchando con atención los primeros acordes, único camino para acabar haciendo música celestial. El libro, de hecho, hablaba del cuerpo humano como de un instrumento fabricado pour l´amour y que había que saber tocar (faire jouer) con sabia habilidad valiéndose de la brújula del afecto. Y nadie nace enseñado. Esto, que sólo pudo haberse escrito en Francia (y más si se escribió hace diez mil años), sonaba entonces, en las entendederas de un jovencito celtibérico de la época, a revelación de la clave de la existencia. Era imposible que yo hubiera oído ni leído nunca conceptos como aquellos viniendo de donde venía.

De la España nacional católica y ultramontana que en 1939 había sido hibernada con éxito para evitar su contaminación por los disolventes relativismos judaico masónico marxistas de la modelnez, c´est á dire, de una Espagne que, por tanto y hablando con propiedad, ni siquiera había entrado todavía en el siglo XX.

Vamos, que yo llegaba del siglo XIX, de Albania, de una catequésis de aldea gobernada por Monseñor Guerra Campos. Ostias, y se quejan algunos de Rouco. Tú le hablas a Monseñor Giuerra Campos del cuerpo humano como de un instrumento fabricado pour l´amour y que hay que saberlo tocar y se saca el Monseñor una pistola de debajo de la mitra y te da pasaporte sobre la marcha al grito de ‘¡réprobo! ¡súcubo! ¡cachorro de satanás! ¡ve a unirte con tu padre!’ Y ése prenda era el que mandaba en la Iglesia Española (y mira q mandaba la Iglesia Española en España, la leche)

Sexe et feminité insistía en la importancia de las sutiles diferencias que se dan entre los cuerpos masculino y femenino a la hora de hacerlos cantar. ‘Pas la méme chose la guitare et le violon’, recuerdo que venía a decir aquel compendio de sabiduría. ‘Ni producen la misma música ni se pulsan igual. Así pues hay que aprender a manejar específicamente el cuerpo femenino para que cante’ sin esperar de él reacciones ni comportamientos como los del masculino. Hay una sexualidad que es exclusivamente femenina y que un hombre inteligente y observador debe aprender a pulsar si quiere llevar lejos su relación sexual con el otro sexo, pues es completamente distinta de la suya. ¡Qué cosas! Yo venía de un mundo en el que el cuerpo femenino era tabú, el cuerpo de tu madre, el de la Madre de Dios, la Virgen Pura, la Dolorosa y sufriente Madre de los Hijos de Eva Gimiendo y Llorando perdidos, desterrados en este Valle de Lágrimas. Un pasivo receptáculo, eso eran las tías en el mejor de los casos sexualmente hablando, un Vaso, un pasivo contendor de la simiente brillante y generosa que el Hombre -Yo- depositaba con gozoso calambrazo en un momento de entusiasmo y delirio para, a Imagen y Semejanza de Dios, Crear Vida.

Chúpate esa mandarina (que decía Pepe Iglesias, el Zorro zorrito para mayores y chiquititos).

Y no. La relación sexual TAMBIÉN se producía de igual a igual (claro que ver a algunas chicas que yo conocía enfrentándose sexualmente con un chico de igual a igual era difícil. Tanto como imaginar a muchos hombres aceptándolo de buen grado, que ésa es otra).

La sabiduría de aquel libro iba tan lejos que se negaba a si mismo la categoría de ‘libro de instrucciones’, nada menos. Y es que no hay instrucciones: cada uno inventa el mundo cada día. ‘Lo primero que hace el violinista ante un nuevo violín es escuchar su sonido. Todos los violines son violines pero no hay dos que suenen igual. El violinista sabio convierte el más modesto en un stradivarius… porque ya ha tocado mucho y es sabio’. Hay que ser sabio para el amor. Y nadie nace enseñado. Yo flipaba. El amor era una aventura y aquello, una invitación directa al pecado, al cachondeo y al amor libre sin ninguna clase de limitaciones. A meter mano y a perderse -eso sí, con la brújula del afecto, como decía el libro sabio y mágico de la biblioteca del profesor Lecomte- en las simas del infierno y de la perversión total. Y todo ello desde un punto de vista perfectamente divertido, desacomplejado y carente de prejuicios.

Valía todo. Y ‘todo’ es TODO. Y si en el sexo valía todo, la consecuencia era obvia ¿por qué no en todo lo demás?

Y sonreí malévolo en la oscuridad recordando con sus caras y con sus nombres (y con su olor, también, a sacristía poco ventilada) a todos los confesores y directores espirituales que había conocido desde mi infancia hasta aquella tarde parisina en la que el crepúsculo teñía de rojo los tejados mientras una luminosa teoría de la vida se abría camino por las circunvoluciones de mi cerebro.

Yo, en resumidas cuentas, era libre, absoluta y -sobre todo- responsablemente, lección hereje y protestante que en España ni aun hoy, siquiera, hemos aprendido. La del valor para atreverse reflexiva y audazmente a lo que se tercie sin más bendición que la propia (y a dios, al rey y al papa que los den) asumiendo con todas sus consecuencias y todo su peso la puta responsabilidad individual, indivisible e intransferible. Nadie me manda, ergo, si la cago, todas las ostias son pa mí en silencio y sin mentar al lucero del alba. Y si pongo una pica en Flandes soi yo (y no España, mi padre, Dios ni el alcalde de mi pueblo) quien la pone.

Y los caminos de la libertad discurrían por el sexo, por la feminidad y por la comprensión cabal de ambas realidades y de todas (y, en general, por la habilidad y por el conocimiento, vamos: no había otra). No había, en efecto, otro camino para ser feliz y hasta que no hundí la nariz en el sexo de Hélène y vi con mis propios ojos ‘le petit bouton’  y me lo comí con glotonería pecadora recordando lo aprendido leyendo (y ella, a su vez, hizo que mi cuerpo cantase glorioso mejor de lo que Pavarotti ha hecho cantar nunca su voz prodigiosa, y se manchó el techo) no supe quién era yo ni a qué rayos había venido al mundo.

Es decir, cuando Hélène fue mía y yo, suyo y ambos, sumergidos el uno en el otro, fuimos más libres de lo que habíamos sido nunca ni llegaríamos a ser jamás.

Por éstas.

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6 respuestas a Cuerpo femenino

  1. Lenka dijo:

    BRA-VO!!! (Le diría OLE, pero me lo tomaría usté a guasa) Inteligente el librito. Violines, sea, pero no en serie y sin manual de instrucciones. Una cosa tan obvia y que tan poca gente ha logrado entender todavía. La de veces que tiene uno que escuchar aún "a las tías les mola esto", "a los tíos lo otro" saliendo de bocas mega eruditas. En fin. Y sí, es verdad, cómo nos empeñamos todavía en no aprender que la libertad pasa por asumir consecuencias y responsabilidades. Esa es la parte que tan poco nos gusta. Qué rematadamente mal nos han vendido (y hemos comprado) lo que es la libertad individual. Oiga, qué hallazgo el libro ese. Toda una clase teórica para afrontar cum laude el retoce Helenístico. Pero buen mérito el suyo, que más de uno y de una ni con una biblia del sexo se aclaran. Se ve que aprendió usté lo que había que aprender. La lección más importante, supongo. Esto es cosa de dos, jueguen, investiguen, disfruten. Enséñense ustedes y no pretendan manuales. Atrévanse, ríanse, cuídense. No está mal. Un poco de mecánica elemental y el resto se aprende follando. Haciendo el amor, como se prefiera llamar al asunto. Cuando empezaron a despuntar mis hormonas mi padre me regaló una frase. "El órgano sexual más potente es el cerebro. Úsalo siempre porque él desea, imagina, osa, disfruta y ama". Hermoso ese encuentro entre Helenita y usté. Hermoso sin duda. La de primeros encuentros enturbiados por el miedo, la culpa, los clichés y mil chorradas. Qué gozada esquivar todo eso y empezar con buen pie (y buen recuerdo) eso del glorioso fornicio!!!!

  2. Trinidad dijo:

    "La mujer nunca es una conquista sino un descubrimiento." Esta frase tiene que estar en el hilo de "Frases favoritas" del foro. Un verdad como una catedral. Enhorabuena a nuestro chico por ese ENCUENTRO con Hélène. 😀

  3. Siana dijo:

    Sucedió!! señor mío, algunas de sus frases, como ya le ha señalado la Trini, son dignas de enmarcar. Enhorabuena por ese hermoso y natural encuentro con su Hélène!! Está usted hecho un don Juan, Comandante 😉 que le den las orejas y el rabo! (ya que la cosa está taurina últimamente jajajaja)Lo que menciona acerca de la invisibilidad de nuestra condición, es digna de otra entrada, desde luego. Da para muchas conversaciones el tema. Y su observación (la que le hizo a su amiga acerca de la liberación de tal peso) harto interesante…

  4. Lenka dijo:

    Estoy con Siana. La edad conduciéndote a la invisibilidad absoluta… eso da para entrada propia. En mi blog, por unas cosas y otras, se ha comentado varias veces. El tema da de sí, ciertamente. A priori parece que esa invisibilidad suponga para las mujeres mitad alivio mitad disgusto. Dejar de ser centro de atención debe ser extraño. Liberador y quizá triste, no lo sé. Imagino que cada mujer lo vive a su modo. Y los hombres??? Tiene tela la cosa, tiene.

  5. Siana dijo:

    Yo creo que los hombres lo viven menos, supongo que porque muchos al entrar en cierta edad entrar precisamente en sus momento más interesante. Tiene collons la cosa. La mujer es esclava de muchas creencias, creo yo. Creencias respecto a sí misma, y creencias respecto lo que los hombres ven en ellas. Para las que hayan sido bellas, supongo que tiene que ser duro para algunas vivir ese proceso de invisibilidad. O liberador, como dices Lenka, tal vez también. La acceptación del paso del tiempo y de la maduración de cada uno es fundamental, si no luchas contra natura y contra algo que nunca podrás vencer. Y eso es muy triste. Creo que nos queda camino por recorrer en ese sentido, todavía.

  6. Udeis dijo:

    Jo, y yo que me esperaba el encuentro con Hélène mucho más detallado…

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