La otra mitad de la humanidad


La otra mitad de la Humanidad es extrordinariamente variada e increíblemente versátil.

Fue un día largo. Enfrascado en la lectura casi no comí. Para comprender plena y cabalmente todo lo que aquel libro -Sexe et feminité- quería contarme debí manejar también el formidable ‘Robert’ -el gran diccionario tradicional de la lengua francesa- y mi humilde Vox (Francés-Español, Español-Francés) que me acompañaba desde hacía siete años, por lo menos, casi desde el principio de mi bachillerato.

Mientras el sol recorría el cielo sobre la capa de bruma pegajosa que cubría la ciudad, yo sudaba de lo lindo inclinado sobre los tres libros y sobre un cuaderno de notas también, que emborroné con vocabulario y apuntes, así como con mis absurdas consideraciones, reflexiones y, sobre todo, dudas, muchas dudas hasta que, bien pasadas las ocho, la luz empezó a flaquear y mi ánimo también. Fue como emerger de la mina. Embotado, agotado, sediento, hambriento pero luminoso, renacido y feliz.

Las ‘ellas’ eran exactamente iguales que los ‘ellos’ -o que los ‘nosotros’, más bien- salvo en una cosa, en esa cosa, en qué otra cosa iba a ser. 


Rita Hayworth (1946) y su nieta Sonia (2009).  En 53 años han cambiado muchas cosas. Entre otras, lo q las chicas sostienen
en la mano. ¿O cabe imaginar a Rita con el móvil y a Sonia con el guante?


Por lo demás, ni delicadas, ni finas, ni sensibles, ni maternales, ni especiales, ni nada. Como seres humanos que eran, cada una de ellas estaba programada para ser lo que le diera la gana ser. Enfermera, verdugo, madre amantísima o asesino sanguinario en serie. No había cualidades masculinas y femeninas. No había, ni de lejos, un determinado carácter femenino (particularmente dulce, según la ridícula creencia popular tradicional) ni tampoco otro como muy masculino (y especialmente bestia y agresivo).

Todo eso no eran más que tonterías, hablando suavemente. Lo que había eran cualidades humanas repartidas aleatoriamente y sin la más mínima relación con el sexo. En otras palabras: una chica-chica podía ser tan bestia, echada para delante y maleducada como cualquiera y un chico-chico, parado, introspectivo y tierno sin que su sexo influyera lo más mínimo en ello.

A mí aquello me había tranquilizado bastante porque un servidor, lo que se dice ‘tierno’, no lo fue nunca. Pero algo paradete e introspectivo, sí, y eso le había acarreado algún que otro problemita, ya no con sus iguales, que siempre fueron bastante ‘democráticos’, tolerantes y comprensivos, sino con los mayores. Los adultos de antes, igual que los de ahora, lo encasillan todo. Entre críos (normales y sin maliciar), en cambio, nunca importó que se fuera gordo, parado, forastero, gamberro, charlatán o callado, empollón o recolector de calabazas, torpe saltando, corriendo o jugando al fútbol o, por el contrario, un as. La diferencia estaba asumida: si todos fuéramos iguales, el mundo sería un coñazo.

Ya de pequeñitas, las personas normales están por la diferenciación, la cooperación, el ‘cada uno es cada uno’ y, en fin, por el buen trabajo de equipo. Esta actitud podría no tener nada de natural y ser residuo de la larga época en la que la especie humana fue nómada y tuvo que practicar la caza, la pesca y la recolección para sobrevivir  (más de las tres cuartas partes del total de su existencia).

Luego llegó el neolítico, el fin del nomadeo, la acumulación capitalista, el tuyo-mío, los contables, la Historia, el fin del mito, el héroe individual, la nobleza, el Dios Padre, Uno y Trino y se jodió todo. Tanto tienes, tanto vales. Y si tienes, además, una buena hembra, capaz de parir buenos herederos de la propiedad, buenos productores de valor y capaces de acrecentarla, mejor. Ahí nació el Santo Matrimonio y la figura de la Buena Madre, Santa y Abnegada Esposa. Y es que sementales capaces de esparcir simiente a lo loco, un día sí y otro también, sobran. Pero vientres capaces de acoger esa simiente, sólo uno al año. Y eso tiene un valor de cambio muy alto. O sea, que vale dinero, mucho dinero (otra invención neolítica).

El libro era una barretja (que dicen los catalanes: una mezcla) de antropología, historia, sociología, psicología y… anatomía. En efecto, tras estas consideraciones, ‘Sexe et feminité’ entraba en La Diferencia por los caminos de la anatomía y descubrí que mi idea de lo que pueda ser un ‘coño’ era bastante rudimentaria. Me enteré de la existencia de la protuberancia pubiana, denominada poéticamente ‘monte de venus’, y de otros pormenores. Y también de la función que cumple cada uno de estos pormenores en la relación y en la reproducción sexuales.


La Kournikova, un día que había perdido algo, y la teniente Torres, piloto de combate: vista, suerte y al toro.

El tema de la reproducción, con una serie de variantes y matices, ya me lo sabía (a grandes rasgos, vaya) así que me lo leí por encima. Lo único que me interesaba en aquel momento era, precisamente, como evitarla sin renunciar a la relación sexual. O sea, sin renunciar a lo de la introducción (imprescindible para dejar la semillita y todo aquel rollo). En ese sentido, ‘Sexe et feminité’ daba una gran importancia al condón, artefacto del que yo tenía una provisión realmente exagerada (incluso para Giacomo Casanova).

De ahí pasé a la palabra ‘orgasmo’ (‘l´orgasme’ en francés, ‘la mort douce’) expresión que no había oído jamás en mi vida. Supe entonces qué era eso tan grato que me pasaba cuando m pajeaba y también que era muy común y -oh sorpresa- podía ser muy peculiar en el sexo femenino. Y también que ‘ésa’ era la diferencia precisamente.

Y que no había más.

Según aquel libro, el sexo no influía para nada en la personalidad, el carácter o el talante de cada cuál. Al revés, en todo caso.

Pero en el sexo, ay amigo. Ahí si que había reacciones bien diferentes, tan espectacularmente diferentes que la tontera popular se había sentido obligada a expresarlas diferenciando también las funciones sociales asignadas a los seres humanos de cada sexo. Si eres una persona con este sexo, eres así, puedes hacer esto y no esto otro.

De este modo, las chicas y la relación con ellas, así como el tema de hacer hijos, se me revelaban, de pronto, complejísimos. Aquello era bastante más variopinto y enrevesado que el monótono metisaca y hacía falta una guía, un Cossío como tiene la Fiesta de los Toros, esa en la que bondadosos ecologistas sumamente miopes y algo ensoberbecidos se empeñan en ver sólo crueldad -que la hay, imposible negarlo- y en despojarla de cualquier otro matiz (que los tiene, y muchos). Como curas integristas empeñados en ver suciedad en el sexo y nada más. Por mi parte, no me empeñé en despojar al sexo de ningún matiz, de ninguno de los muchos que se anunciaban en ‘Sexe y feminité’, por más que no entendiera una mierda.

Allí ponía que tal y que cual y si lo ponía, iba a misa, y si yo no lo entendía, yo tenía un problema y debía resolverlo. Inch Allah!

En dos palabras: había que follar. Y de putas no me iba a ir.


Olivia, más allá del tiempo: la compi
perfecta.

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8 respuestas a La otra mitad de la humanidad

  1. Trinidad dijo:

    ¡Uy, cuando vuelva Hélène…!

  2. Siana dijo:

    Ay ay ay….el Comandante ya se ha puesto al día y ya se sabe todas las cosillas. Hélène et touts les filles de Paris, que llega Bowman!! 😉 (más episodios. Más. Queremos más)

  3. Siana dijo:

    Por cierto, como efecto secundario de la primera parte de este capítulo, me han regalado (porque lo había pedido con cierta insistencia) "Lo que el viento se llevó"!!

  4. Lenka dijo:

    Hoy no me voy poner campanuda ni impertinente aunque haya citado a los antitaurinos. Por dos razones. La primera porque está usté en su Santa Casa y puede decir lo que le salga de los mismos, sólo faltaba. Y la segunda, por haber dicho una de las verdades más gordas y evidentes de la historia de la humanidad y, a la vez, una de las que más lucha, bronca, debate imbécil, sangre, sudor, lágrimas y estupidez ha provocado: las tías son exactamente iguales que los tíos, cada cual es cada cual y el sexo no tiene nada que ver en ello. Lo mismo usté se sintió medio tontaco al descubrirlo entonces y no antes, pero al contrario. Ojalá tantos y tantas se hubieran enterado si quiera hoy. Así que ovación y vuelta al ruedo (le gustará el símil, fijo) no ya por leerlo (que lo mismo podría haberlo leído el Rouco y ya ves, pura casualidad) sino por creérselo. Gracias mil de parte de servidora (hembra, si no me tienen engañá) por afirmar sin rodeos que yo puedo ser tan bestia, ñoña, malhablada, vacaburra, tonta del higo, maternal, fría, osada, inteligente, agresiva, genial, patética, iluminada, promiscua, sensiblera o malaputa que usted. Tan lo mismo y tan todo lo contrario. Gracias a miles. Si me lo permite, le estampo un beso en los morros. Y póngame a sus pies (y a los de su señora). (Que vuelva la Helena, que vuelvaaaaa, que vuelvaaaaaaaa!!!! Y nosotras que lo leamos!!!!!)

  5. koora dijo:

    Después de bastantes días sin visitar su blog, acabo de leer sus dos últimas entradas y por la parte que me corresponde -esa otra mitad- a muchas de nosotras nos ha ocurrido eso mismo pero desde el otro lado y hemos leído alguna que otra bibliografía al uso para saber, comprender y averiguar porque ellos han sido esa otra parte y como han ocupado ciertos espacios y ellas otros. Para mi los varones siempre han sido un misterio a descubrir y entender. Tal vez por mi educación en colegio de monjas aunque se diferenciaba de otros al ser una orden francesa y con cierto aire moderno con respecto a otros de por aquí. Recuerdo ese platonismo aprendido en la educación sentimental y que cuando nos reunimos amigas de aquellos tiempos y lugares reconocemos que desaprender resulta harto difícil. Por tanto ellos, él, siempre tendrán ese barniz de divino, sagrado e insondable misterio a pesar de haber sido una rojilla militante y una feminista de la diferencia. Me salvan algunos iconos de los que Sianeta y yo tenemos largas tertulias. Un saludo, comandante

  6. Sonia dijo:

    Si las féminas son especialmente dulces, yo tendré que ponerme a buscar a ver qué soy, porque dulce, lo que se dice dulce, va a ser que no.

  7. Lenka dijo:

    Y esa es otra, como bien apunta Koora. Ya sabrá usté, Maese, que a nosotras nos pasa exactamente lo mismo. Quizá no se hayan hecho rigurosos estudios ni abunde la literatura al respecto (total, pa qué estudiar al hombre, si la diferente es ella!) pero las mujeres también llevamos siglos tratando de desvelar el insondable misterio masculino. Sin guías, pa más inri. Lo de ustedes se da por sentado. Un hombre es un hombre, pardiez. A las que había que estudiar, etiquetar y descifrar era a nosotras. Y, entre tanto, nosotras sintiéndonos raras si no cabíamos en sus definiciones. Y tratando de descubrir a puro tiento de qué puñetera pasta estaban hechos. Ustedes. Los hombres. Y todo basado siempre en clichés imbéciles, miopes normalidades y diferenciación clara. La mujer es tal en oposición al hombre. Ellos son tatachán y ellas, por el contrario, tienden al tatachín. Asúmelo o jóete. Marimachorra, afeminao. Rarunos. Eso cuando no te espetan un: "anda, anda, hazte la dura, si al final todas soñáis con casaros de blanco". O cuando se les espeta a ustedes el: "si no te gusta el fútbol y la Jolie, no eres un tío". Pofale. Ellos son, ellas son. Una porculada completa. Cada cual ES, y ya bastante tiene con eso y con aguantarse. Y es que, digan lo que digan, algunos estudios rigurosos no han hecho más que tocarnos el arco del triunfo. A todos. Y todas.

  8. Siana dijo:

    En efecto. Aquí a la camarada Koora y servidora nos han dado las tantas hablando de esos iconos masculinos. Característica común en ellos quizás esa visión de campo y sensibilidad que muchos atribuyen a las mujeres pero que hay en cantidades ingentes en los hombres. Que nos dejáis todo el halo de misterio a las chicas, y no. Los noiets también sois dignos de estudio.

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