Sexo y feminidad



La señorita Escarlata enTara. Todo un icono.

Hélène se había ido a pasar el finde a su pueblo y yo estaba solo. Pero aun así, a pesar de la soledad, no me deprimía ni me entristecía

A no ser por el apetito, claro. La comida era una obsesión en general, pero de manera particular en fin de semana, cuando no iba al comedor de la blanchisserie.

Así que el sábado por la mañana, dispuesto a hacer las cosas bien,  me preparé un desayuno continental: una manzana, tostadas, café y huevos revueltos que ni en el Ritz de Place Vendôme. Semejante despliegue me devolvió la fe en mi mismo y en la humanidad. Satisfecho, me eché a la calle y anduve de librerías por el Barrio Latino (por donde, sino) para, al final, no comprar nada y volver a casa de vacío. Comprar nada era entonces un acontecimiento y, realmente, se prodigaba poco. De hecho, guardo aún como un tesoro cada libro y cada revista que adquirí durante aquel intenso y venerado verano parisino en el que me hice persona.

Después de comer me dediqué a marear por casa husmeando en la biblioteca de M Lecomte, que se repartía entre mi cuarto y el de Hélène. Mirando y mirando, mira por donde, hice un descubrimiento. Perdido entre las obras de Sartre, la Simona, Herbert Marcusse, Althusser y cien mil variantes sobre economía y filosofía marxistas tropecé con un título prometedor.

El de esta entrada, exactamente.

¿Y por qué prometedor, se preguntarán ustedes? Pues porque si hay un universo lejano -para cualquier animal mascle- , ajeno, raro y más misterioso que las selvas de Borneo, es el conjurado por estas dos palabras.

Sexo.

Y feminidad.

Por separado, son genéricas, necesarias y denotan sólo dos fenómenos innegables, el ‘sexo’ y la ‘feminidad’. Uno, natural: como el mar, la atmósfera o la función clorofílica. El otro, cultural, como la metafísica, el matrimonio o Soseki, el finado gato del agitador y propagandista (cultural, sólo cultural) Fernando Sánchez (Dragó).

Pero juntas, ‘sexo’ y ‘feminidad’ conjuran, de pronto, una entidad nueva y diferente que revienta de significado y que a mis ojos evocaba extraños mundos ocultos, inaprensibles, dormidos y tan necesarios como desconocidos.

Y lo de ‘necesarios’ no lo digo a humo de pajas: en ellos vive la mitad de la humanidad.

La ‘otra’ mitad de la humanidad.

La  humanidad de sexo femenino, vamos.


Katherine Hepburn, un chico: un modelo adelantado a su tiempo.

El sol entraba por la ventana abierta y el rumor de París llenaba la habitación recordándome que no me encontraba ya en la siniestra, pacata, fundamentalista y -fundamentalmente- reprimida España de Franco.

Ahora estaba en París y todo era posible. Y ‘todo’ es ‘todo’. En algún lugar del vecindario cantaba -gran tópico, pero es que así era- Edith Piaf. ‘Padam, padam, padam…’

Inquieto y fascinado, sostuve el libro entre las manos contemplando la portada, que me llamaba como sólo llaman una montaña, una ciudad o una mujer desconocidas (o un libro), y de la que sólo puedo recordar el título en francés, ‘Sexe et feminité’, pero no el autor.

Y me preguntaba que contendría.

La mera lectura de la contraportada ya era prometedora. <<Se han escrito muchas tonterías sobre la condición femenina y se han dicho muchas más>>, aseguraba el autor… o autora, que ya en este breve texto se ganó toda mi estima. <<Nada hace pensar que haya entre hombres y mujeres ninguna diferencia natural…. más allá de ‘esa’ diferencia, la que todos sabemos, la gran diferencia. Importante y trascendental. Pero la única. Nada hace pensar que todas las demás diferencias entre hombres y mujeres que se pueden argüir -innegables, por otra parte- no sean culturales. Es decir, inducidas, impuestas, aprendidas y, en resumidas cuentas, creadas artificialmente…>>

Aquellas cuatro líneas arrasaban con una serie de estereotipos muy arraigados en mí y muy extendidos en la época, muy particularmente en la España enteca del Caudillo, esa España cimentada en los valores más siniestros, alicortos y retrógrados del XIX hispánico y que tan magistralmente retrató Galdós en ‘El equipaje del Rey José’ (el tantas veces y tan injustamente vilipendiado ‘Pepe Botella’).

Sí: aquellas cuatro líneas arrojaban por la borda el ‘instinto femenino’, la vocación casera de las nenas, su delicadeza, el gusto natural por la moda (que en la mujer sería innato, nada menos)… También arrasaba con el estereotipo de su estupidez congénita y con el de su incapacidad básica, estereotipo que -todo hay que decirlo- las ellas más listas y avisadas explotaban con astucia y talento (desmintiendo, curiosamente, el aserto de su propia estupidez). Todo, en fin, saltaba por los aires en cuatro frases. Las tías -la ‘otra’ mitad de la humanidad- eran, simplemente, como yo (nada excepcional, por otra parte). Ni mejores ni peores. Pero, sobre todo, dejaban de ser ‘bichos raros’.


CatWoman. Una propuesta que mete miedo.

Una revolución. Mental, pero una revolución. Y eso que todavía no había abierto el libro.

Y es que decir ‘Sexo y feminidad’ equivalía para mí entonces, y desde un punto de vista estrictamente poético lo sigue equivaliendo todavía, a decir ‘geografía plutoniona’, ‘naturaleza de la ley de la gravedad’ y, muy especialmente, ‘origen de la vida’.

‘Sexo y feminidad’, en resumidas cuentas, era la expresión de un arcano.

La razón es que yo venía de una galaxia en la que las ‘ellas’, simplemente, no existían. Desde siempre había vivido exclusivamente entre chicos y sólo muy ocasionalmente ‘ellas’ -extrañas criaturas- invadían nuestro espacio poblado de balones, zapatos polvorientos y rodillas costrosas. Y lo hacían arrastrando una compleja impedimenta, una incomprensible constelación de peinados, trenzas, lazos, coletas, plisados y muñeconas que hacían ‘¡güeeeeeeeeee!’ si las tocabas. Cuando eso sucedía, lo más cariñoso que oías era un alarido. ‘¡Burro! ¡La vas a romper! ¡Pero que bestias sóis!’ (Vosotros, claro).

Ese ‘vosotros’ implícito en el cariñoso ‘sóis’ (unos bestias, para más señas) se refería a ‘nosotros’, a un amplio colectivo en el que yo estaba incluído y que abarcaba a todos los individuos machos pasados, presentes y futuros de la especie humana.
 
Para mí, la mujer era en aquella época (y, en cierta medida, aún lo es) ‘el otro’. Y ‘sexo y feminidad’ (así, todo junto), Marte. Territorio indio. Un espacio en blanco en el abigarrado y complejo mapa de lo humano.

Una aventura a emprender.


Nefertiti, Reina de Egipto. LA mujer.


La Mujer era una aventura que había que emprender y yo estaba ansioso por iniciarla. Pero, claro, necesitaba una guía, indicaciones fiables, alguna certeza  -por mucha aventura que aquello fuese- para no romperme la cabeza a las primeras de cambio ni hundirme en un pantano antes de empezar.

Y es que el fracaso -y hasta la muerte- son una posibilidad en toda aventura. Y poner los medios para evitarlas, conveniente. Por tanto, hay que acumular la mayor cantidad de información posible sobre los inexplorados territorios en los que va uno a aventurarse.

En este caso, el territorio era la otra mitad de la Humanidad y toda la información que había acumulado hasta entonces, simplemente, no me valía porque contradecía mi intuición y las conclusiones de mi (magra) experiencia. Las tías eran, evidentemente, otra cosa distinta. Y bastante rara. ‘Pero tampoco tanto’, me decía yo. Oculto en alguna parte había un secreto. Cuál y dónde estaba había venido siendo un misterio durante toda mi adolescencia.

Hasta entonces.

Por primera vez en mi vida veía expresadas, negro sobre blanco, inquietudes y sospechas hasta entonces confusas y apenas entrevistas. Y que en aquella España demencial, en la que sólo unos curas paletos, ignorantes e integristas respondían a cualquier inquietud, no podían plantearse: sería como hablar en ruso.

Y, efectivamente, algo había: aquel libro era la prueba.

Pero aunque había averiguado mucho, la aventura no había empezado aun.

Ansioso, acerqué una silla a la ventana, me senté y abrí el libro, que empezaba bien, con una frase parecida a ésta. <<La figura femenina por excelencia en nuestro mundo es una virgen….>>


La Inmaculada de Murillo, la Inmaculada desde hace tres siglos.

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8 respuestas a Sexo y feminidad

  1. Lenka dijo:

    Señor mío, esto promete. Y mucho. Qué curioso me sigue pareciendo todo ese "misterio insondable" asociado a las féminas. Con lo fácil que hubiera sido preguntarnos a nosotras en lugar de hacerse tanta paja mental!!! Pero cuéntenos, cuéntenos. Leyó usted algo que le pasmara? Desveló el enigma? Se quedó igual, o peor? Le fue el libro de alguna utilidad? O le dio mucho la risa? Cuéntenos qué se contaba en aquellas páginas. Me muero de curiosidad, oiga.

  2. Siana dijo:

    Vaya si promete Lenka! Paris. Un libro "prohibido". Hélène en la chambre de al lado. Un Maese pletórico que descubría la libertad y tantas otras cosas en esa ciudad. Sí, siga, comandante. No nos puede dejar así con esta intriga!

  3. Siana dijo:

    Por cierto: la selección de imágenes de sus episodios siempre me gusta mucho. Y estoy de acuerdo en lo que señala de Nefertiti como LA mujer. Bellezón. Y una coseta respecto Tara y Escarlata: qué pasa con Melita??😉

  4. Lenka dijo:

    Melita es la gran incomprendida de esa historia. Aparentemente sólo es una ñoña débil de carácter, pero en el fondo tiene curiosas contradicciones. Como la propia Escarlata. La protagonista pasa por encima de lo que sea para conseguir lo que quiere y finge que le resbala lo que la gente piense de ella. Pero no le resbala tanto, no. Muchas veces tiene crisis de conciencia (bastante cómicas, quizá sólo fingidas para parecer más virtuosa) y en realidad, con todo lo moderna que parece, tiene prejuicios carcas. Cosa que no le ocurre a la supuestamente rancia Melita, que está muy por encima de todos esos convencionalismos sociales. Nada le parece mal a Melania: ni que la viuda de su propio hermano baile toda la noche, ni charlar con la prostituta Belle y aceptar su dinero, ni estar en boca de todo el mundo como la cornuda de Atlanta. Ella siempre defiende a Escarlata, la quiere de corazón, confía en ella y la acepta como es. Antes pensaba que Melania era simplemente tonta. Con los años me va gustando más su personaje. Me parece genuinamente buena, sin ñoñeces. Y feliz siendo como es. Es como "el ser humano superior" de la historia. Totalmente ajena a la envidia o la maledicencia y, en su estilo discreto, es muy avanzada, tolerante y flexible. Vamos, que hay mucho más que una mojigata en ella. Y además tiene carácter y fortaleza sin necesidad de histerismos ni pataletas. Vaya, que me gusta. Es imposible verla como la rival de la heroína, el personaje gusta. Le gusta incluso a Escarlata, que la quiere y la admira muy a su pesar. Realmente terminan siendo como dos hermanas. En fin, que me termino liando sola con mis tesis y le lleno al Maese su blog de tonterías. Por cierto! El gato de Dragó se llamaba Soseki😉 Pero siga, siga. Cuéntenos más, que estamos en ascuas!!!

  5. Ambrosio dijo:

    Vaya por dios. Soseki. Gracias por la aclaración. Es que soi muy bestia. Y usted no llena nada de tonterías nunca. Jamás. Muy atinadas, ya que estamos, sus consideraciones sobre Melita, un personaje brillantemente llevado por la inmortal Olivia (de Havilland)… aunque a costa de destruirnos a la compañera de Errol Flynn (en la pantalla) qué se le va a hacer. Y es que mucho antes de la teniente Ripley, Olivia se enfrentó a la incomodidad y al peligro sin hacer ascos. Y puso firmes a Errol (cosa nada fácil y q, en el fondo, es lo q todos los tíos desean: una novia digna de ponerlos firmes). Aparte la Hepburn -que, más que una novia, en realidad fue siempre un colega: la mujer del año- Olivia se erigió en la mejor embajadora de lo femenino en el universo macho: la perfecta compañera para un aventurero tan recto como cordialmente sinvergüenza. \’Si me he de echar novia, venga. Pero que, al menos, sea como Olivia\’. O sea, arriscada, noblota y de fiar. Y con un par.

  6. Siana dijo:

    Gracias Lenka y Maese! veréis es que a mí el personaje de Melita me gusta mucho. La veo una mujer brava, tal y como habéis descrito Lenka y usted. Femenina, y buena con un par. Vaya, por encima de muchas cosas. A parte, muy guapa. Y Melita no tiene esos quebraderos de cabeza que tan mal le van a la no menos valiente, aunque algo -o bastante- más caprichosa, Escarlata. No sé si la intención de la peli era dejarla como buenaza ñoña e inocentona, pero al tiempo ves que es un personaje tan fuerte y tan importante como la O\’hara.

  7. Sonia dijo:

    A mí me parece incluso más fuerte que Escarlata. Melitta es la que nunca desfallece, la que siempre está ahí para ayudar cuando Escarlata está hundida en sus problemas, la que nunca abandona. Es esa persona que a todos nos gustaría tener al lado. Por lo menos a mí. No creo que el destino de Escarlata hubiera sido el mismo sin Melania a su lado.

  8. Lenka dijo:

    De aquí nos saldrá una tesis sobre Melania, fijo. Ahora que me ha dado por recuperar los clásicos del séptimo arte (muchos que no había visto y otros que vi de niña y quería disfrutar con nuevos ojos) me he ido reencontrando con Olivia en cantidad de obras, y cada vez me he quedado pasmada con lo convincente que resulta en cada papel, cosa nada fácil para quien durante años y años la tuvo en mete sólo como la Melita de Los Doce Robles. Una enorme actriz que conseguía brillar entre muchas beldades más ajustadas al cánon que ella. Y hasta me da por cotillear en los rumores y secretos a voces de aquella época dorada, el glamour y la aristocracia de Jolibú, para enterarme (esto nunca lo sabe una de niña) de qué demonios les pasaba a la Olivia y su hermana, la Fontaine (cuando supe que eran hermanas me quedé pasmá) que no se podían ni ver, o para tratar de descubrir si en verdad fueron las dos vírgenes ñoñas de aquella jet o era pura leyenda urbana. Tengo leído por ahí que el incombustible Errol quiso seducirlas a ambas para añadir un par de muescas a su cabecero, espoleado por la enorme dificultad de tal empresa, ya que las chavalas eran decentes y pasaban de orgías y devaneos. En fin, cotilleos. Yo también creo que Escarlata no habría sido la misma sin Melania, sin aquella rival que no ejercía como tal y que, sin pretenderlo, le hacía de conciencia y espejo en el que mirarse. Y quizá no pocas veces le sirvió también de garantía social evitando que a la voluble y caprichosa O´Hara se la comieran los leones de la moral. "Si Melania lo aprueba, entonces de acuerdo". Ya digo que, lejos de los momentos típicamente estelares de la película (que también) algunas de mis escenas favoritas incluyen a Melania. Cuando entrega su anillo de boda por la causa. Cuando escucha a los heridos de guerra y comenta que lo hace porque "este podría ser Ashley". Cuando aparece pálida, ojerosa y en camisón en lo alto de la escalera, arrastrando una espada y dispuesta a dar matarile a un yanki, y ni le tiembla la voz al mentir a todo el mundo sobre el disparo. Cuando amenaza a India con echarla de su casa si sigue insultando a Escarlata durante la "reunión política" de los maridos, y deja muy claro que su amiga actuó como le vino en gana y lo mismo hacen los hombres, librando a la protagonista de toda culpa. Y, sobre todo, cuando se sienta en el carruaje de Belle, charla con ella, acepta su dinero y la trata como a una igual, dispuesta incluso a saludarla por la calle caiga quien caiga (otro hermoso gesto es el de la propia Belle, prohibiéndole tal cosa y protegiendo el nombre de Melania comprendiendo que finjan no conocerse de nada en público). Me gusta Melita porque es bondadosa, sabia, justa, tremendamente convencional pero libre de prejucios, incapaz de un mal pensamiento para nadie, entregada, noble, generosa y toda una rebelde en su aparente ñoñería. Como digo: una inconformista sin aspavientos y dentro de sus personales códigos. Sincera, sin pancartas ni medallas. Y, sin ninguna duda, mucho más honesta consigo misma que Escarlata (que sí, es maravillosa como personaje), y ahí radica su fuerza. Gracias, Maese, por dejar que le llenemos su espacio con nuestras chácharas. Nos falta un té servido en porcelana para estar en Tara ;)Quedamos a la espera de más entregas.

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