Paris is buuuuuurniiiiiiinnnng!!!!!!


Le chien de la peniche. O sea, el perro de la barcaza. Puede parecer mentira, pero el tráfico de mercancías en gabarras
fluviales como ésta es muy intenso. Decenas, quizá cientos de ellas -no lo sé, pero muchas- cruzan diariamente el Sena
en ambas direcciones.



Tengo un amigo que lee este blog y que me afea mi pasión parisina.

-París es como Florencia. Una ciudad de chicas y de japoneses jubilados.

Lo dice como si las ‘chicas’ (concepto cuyo alcance es difuso) y cierta clase de ciudadanos japoneses (los ‘jubilados’, exactamente) pertenecieran a algún orden distinto al de las demás personas. A un orden infrahumano. Tan ‘infra’ como París y Florencia respecto a la categoría ‘ciudad’.

-¿No conoces las Torres Petronas? -exclama de pronto el tío.

Las Torres Petronas. Hay que jodelse. Para él, ciudad, ciudad -lo que se dice ‘ciudad’- es un sitio lleno de monstruitos de cristal y acero.

-No, no. Yo antes de desayunar no hago cosas raras

-¡Coño! ¡Las Torres Petronas! Que si las conoces…

-No, no: no nos han presentao…

Él, claro, se enfada.


Torres Petronas en Kuala Lumpur (Malasia). Una grosería.


Por supuesto, me sé (por encima) que es eso de las Torres Petronas (un monstruo doble y que te mareas de alto con puntas de forma vagamente cupular -o de glande, también, hablando en plata- que está por las Indias Orientales o por ahí). Pero, por sia, no me digno reconocer que lo sé: los iconos de la modernidad me producen sarpullidos (y cuanto más horteras, más grandes y más pretenciosos, más sarpullidos)

-París. Florencia. Berlín. Bath -recito con la pasión de un creyente.

Aclaro que si incluyo en mi letanía atea a Bath, la vieja ciudad termal del Somerset inglés, es como lucimiento pretencioso, como adorno culto (no se vaya alguien a pensar que soy inculto, por Diossss, que espanto).

-¡Qué tontería! -exclama mi ex-amigo (sin reconocer que es la primera vez en su vida que oye mencionar Bath)- Eso son parques temáticos.

Me quedo blanco. Razón no le falta, pero también es cierto que de tan lamentable circunstancia no son culpables esas venerables ciudades castigadas con el sambenito de ‘pintorescas’ por los manes del turismo masivo. Antes han sido por sí mismas -y han significado- muchas cosas bastante más interesantes, como acredita en ellas la dignidad del tiempo. Las Torres Petronas, en cambio, no tienen más referencia identitaria que el castillo de la Bella Durmiente, en Disneylandia. Y eso sí que es un parque temático y lo demás, ostias.

-Amsterdam. Estocolmo. Cracovia -prosigo antes de exclamar triunfalmente- ¡Leningrado!

Mi entusiasmo está más que justificado: decir Leningrado es como decir San Petersburgo, del mismo modo que decir Estambul es decir Bizancio. Yo, para decir San Petersburgo, Constantinopla, Bizancio, Ampurias o Aquisgrán me pongo antes de rodillas.

Los nombres antiguos de las ciudades me gustan. Me gusta escarbar en su pasado y -sobre todo- en su leyenda. La leyenda es más cierta que cualquier Historia rigurosa (como defendió muy bien John Ford en ‘Liberty Valance’). Los nombres antiguos de las ciudades reivindican a quienes los usaron, gentes que pusieron el culo para sentarse a descansar en las mismas piedras que lo ponemos nosotros. Forzoso, pues, es honrar su recuerdo. A mí, nuestros ancestros y sus culos me merecen mucho respeto y me pregunto si se cansarían y descansarían como nosotros o si les dolerían huesos y alma de la misma manera que a nosotros.

Vieja Pucela, Tenochticlan legendario, Al-Qadir ignoto en el occidente del mundo, Carthago Nova cartaginesa y romana, Constantinopla puerta de oriente, Ampurias La Desaparecida y… ¡Lutecia! embrión de París. Los nombres antiguos me permiten recordar que, por más que me crea inventor, creador, descubridor, sólo estoy recorriendo trochas añejas, siguiendo huellas antiguas, recuperando caminos borrados y remarcando por enésima vez, a fin de cuentas, los mismos viejos senderos de siempre: los que señalaron antes de mí los pretéritos).

¿Quien sería el primero -me digo a veces, hablando de pretéritos- que vio caer el sol sobre la maravillosa Ría de Vigo, la Vigo Bay que dicen los british, la bahía (o ensenada, quizá) más hermosa del mundo (al decir de muchos navegantes y con permiso de Cádiz y de Rafael Alberti). ¿Quien llegó por vez primera a La Isla (así llamamos les espagnols a La Cité), plantó su tienda en la pradera que con el tiempo acogería los cimientos de Nuestra Señora y bajo el cielo, entonces claro, que hoy se extiende sobre París soñó esta ciudad de ciudades?

-Europa está muerta. La Ciudad es hoy Nueva York.

Semejante prurito de modernidad me pone nervioso. Semejante prurito de modernidad es prurito de ignorancia y como mi amigo es un pedante, nos hemos distanciado. Ya sé que le molesta que se lo diga, pero es cierto: menospreciar Florencia es menospreciar Dante, el Arno y Beatriz. Y menospreciar Dante, el Arno y Beatriz es menospreciar la eternidad, la libertad y la fantasía. Es decir, la Literatura. Y eso no lo soporto. Lo malo no es la ignorancia. Lo malo es ostentarla con orgullo imbécil como quien ostenta una bandera: yo mismo no soy Aristóteles pero, al menos, intento medir la inmensidad de mi ignorancia.

Sin quitarle méritos a Nueva York (que tiene unos cuantos y eso que sus museos de pintura -que mi amigo no ha pisado jamás- se codean con los mejores del Viejo Continente y que a parque temático no le ganan Las Vegas ni Disneylandia) me digo al pie de la columna de la Bastilla que sin París, Nueva York nunca habría existido. ¡Qué verdad tan simple! Ni Nueva-York ni nada. París es el espejo en el que se vienen mirando todas las ciudades desde hace más de un siglo. Un espejo que aun hoy se sigue reinventando.

Todo empezó entre 1850 y 1870 (no me voy a remontar a los tiempos de la vieja Lutecia, cuando el pont Saint Michel era de madera y ni siquiera tenía nombre). Durante aquellos veinte años del siglo XIX que he señalado, París, la vieja ciudad medieval y realista de Los Tres Mosqueteros, de la Ilustración y de la Revolución, se dio muerte a sí misma para renacer de entre sus escombros audazmente renovada. Calles anchas, fachadas nuevas, inmensas avenidas, la Opera, jardines y, en fin, grandes espacios públicos la convirtieron de inmediato en escenario, admirado modelo y envidia del nuevo mundo burgués, es decir, ciudadano.

-Y así ha seguido hasta hoy- remato.

Mi amigo se revuelve.

-Y, además, el francés es un idioma -’idioma’ dice, idioma el muy hortera- Un idioma ¡de señoritas!

Y yo, que adoro todo lo que tenga que ver con señoritas.

-¿Y qué tienes tú contra las señoritas? ¿Y contra sus cosas? ¿Eh? A mí me encantan las señoritas y todo lo que tienen.

-¿Qué utilidad puede tener hoy el francés…? -se defiende mi colega, que toda la vida viajó como una maleta y que lo mismo le da el francés que el serbo-croata.

El divino Arturito (Rimbaud). Un crápula. Y un poetazo. Le debemos la lengua francesa y toda la poesía que
se ha hecho desde que él reinvetó el género hasta, que se yo, Lorca y el mismo Bob Dylan.


-Perdona -exclamé con la boca llena de calamares (a la romana)- ¿te refieres a la lengua que usó Arturito? (Rimbaud, naturellement)

Él, que no sabe quién es Arturito (Rambó), cree que hablo de Stallone y se monta una zapatiesta que acaba con nuestra amistad. Y es que a mí me gusta hablar de fútbol de vez en cuando pero de vez en cuando también de Arturito (Rimbaud), el divino ninio que da sentido a toda la lengua francesa. Sólo por Rimbaud -Une saison à l´enfer- se justifican los mil dolores que proporciona el aprendizaje del francés. Total que, completamente bebido, me desaté sin freno. (C´est à dire: desenfrenado, o sea).


Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s’ouvraient tous les coeurs, où tous les vins coulaient.

Un soir, j’ai assis la Beauté sur mes genoux. Et je l’ai trouvée amère. Et je l’ai injuriée.

Je me suis armé contre la justice.

Je me suis enfui. O sorcières, ô misère, ô haine, c’est à vous que mon trésor a été confié!


Un segurata panzudo y del tamaño de un armario ropero antiguo me invitó a callar, a serenarme y, en fin, a abandonar (pacíficamente) el establecimiento. Yo me negué. En consecuencia, lo abandoné igualmente, sólo que sin pacificar y amablemnete conducido por el (bestia del) segurata. Esto fue ayer. En José Luis, en la calle Serrano (esto me pasa por ir a José Luis, en la calle Serrano, que no es calle ni es nada desde que que está en obras y llena de zanjas encharcadas y de precipicios como el Cañón del Colorado).

Calle Serrano (Madrid). Una imitación hortera, mala y mesetaria.


Total, que acabé con los pies húmedos, los calcetines mojados y los botos y los bajos del pantalón perdidos de barro en el fondo de uno uno de esos abismos municipales, maldiciendo e injuriando a toda esta laya de seguratas y ediles madrileños que tienen el mismo horizonte que el tendedero de un patio de luces. Con la excusa de emular a Haussman, el hombre de mente grande y verdadera visión que transformó París, los muy imbéciles de nuestros munícipes nos vienen destrozando los nervios, el paisaje y la cartera desde hace cincuenta años, lo menos.

Cuando emergí por el borde del barranco, con la ayuda de unos amables trabajadores, el impostado paisaje de obras de la asolada capital de las Españas desplegó ante mis ojos el espanto aseñoritado, presuntuoso y vano de su futilidad. Peste de inútiles novedades que desde los tiempos de Arias Navarro no traen nada nuevo (salvo majaderías). París, por lo menos, dio sentido tras veinte años -veinte- de obras a la palabra ‘ciudad’ -el Burgo- el lugar de la gente, el punto de encuentro de los buenos burgueses -ciudadanos- que la hacen juntos y la constituyen en motor y representación también de la Nación.

(aquí debiera sonar, emotiva y vibrante, ‘La Marsellesa’, cuyas notas hicieron inmortal Patrimonio de la Humanidad entera una peli de Humphrey Bogart y una canción de los The Beatles)
Todo eso -la patria, la nación, la democracia. la ciudadanía- nació en París y todo eso dice (al que sabe leer, claro) la gruesa columnata que se levanta en mitad de la place de La Bastille y que culmina, aéreo, un angelote dorado. ‘Erguido cipote’, la llamó un poeta grosero y urbano, ‘que eyacula oro: el oro angélico y egregio de la Libertad’.

Con un par.

París, en fin (y perdonen ustedes la libertad), es la Ciudad que arde siempre, ilumina el mundo y nunca quema.


Inflama, solamente.

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3 respuestas a Paris is buuuuuurniiiiiiinnnng!!!!!!

  1. Lenka dijo:

    Líbreme Dios de despreciar rincón alguno sobre la faz del globo. Pero estoy con usted. Me quedan infinitas ciudades por conocer y todas las que más deseo las deseo por algo. Una novela. Un escenario. Una batalla. Una leyenda. Por historias y momentos. Por ver lo que otros crearon y otros miraron antes que yo, por pisar lo que pisaron tantos. No es fácil de explicar. No me siento particularmente atraída por ciudades engendro (que las hay) creadas para pasmo mundial, como exposiciones fijas de lo más in, hormigueros de aceros y tecnologías. Qué decir de esas absurdeces tipo isla en forma de palmera, ganadas al mar y con el único objetivo de apilar chaletazos horteras que los futbolistas y las divonas del planeta se afanan en comprar para poder decir que tienen una cosa que tiene muy poca y exclusiva gente. Ya me dirá usté. Esta ópera se hizo para enternecer los corazones de la gente. Esta catedral para ganarse almas. Y esta isla pa apiñar al mayor número de imbéciles con dinero y sin el menor gusto, pa que puedan llevar una existencia de ghetto, mirándose el culo los unos a los otros, paseando por calles idénticas de cartón piedra y comiendo, bailando, ligando, peinándose y vistiéndose, en fin, viviendo (o lo que hagan ellos) con la comodidad de no tener que salir de nuestro macro centro comercial en forma de trufa. No vaya a ser que vean mundo y gente. Qué ordinariez. Hay gente que no quiere ver el mundo, quita pallá. Ni siquiera pasar por él. Hay gente que quiere verse al espejo tol rato y que le hagan un mundito mono a la medida de su chorrez. Así que no se canse. Used puede estar hablando de la maravilla de contemplar Nuestra Señora y habrá quien le responda que en el complejo hotelero de Isla Chumino (lo más complejo a lo que se enfrentará alguno en su vida) había una pantalla de plasma de ocho mil pulgadas y sales de baño de coco cultivado que armonizaban el adn celular de las meninges. Pero usté, como es simple cual bellota, prefiere perder el tiempo mirando piedras y callejeando por barrios pasaos de moda sin pulserita de esas ni discopubes con copas de oxígeno activo. Qué desfasao que me está.

  2. Siana dijo:

    "Me gusta escarbar en su pasado y -sobre todo- en su leyenda. La leyenda es más cierta que cualquier Historia rigurosa" A mi eso me sucede también. Lo primero la conocer la historia y la leyenda, y luego el pálpito. De las que menciona, Estocolmo y Cracovia me parecieron elegantes, sosegadas, alegres…las demás no las conozco. Y una que no menciona, y a mí me supuso todo un descubrimiento, es Venecia. Decadente belleza. Y rincones donde el tiempo se para. Pero me falta conocer Paris…que a juzgar por lo que aquí leo debe ser la madre del cordero. De todos los corderos pintados o imaginados.Dios. Pero cuándo conoceré yo Paris???Gracias Maese por esta entrada🙂.

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