Paris La Nuit

 


Por la noche, me subí a Richard Lenoir andando, como siempre. La ciudad de París me pertenecía (como siempre, sólo que esta vez más que nunca): estábamos solos ella y yo.

Tan feliz circunstancia permitió que nos entregáramos sin reservas el uno al otro y nos amáramos locamente. La ciudad acarició tiernamente mi soledad con sus fachadas, sugestivas y misteriosas, desplegadas a lo largo de calles solitarias que la iluminación municipal hacía aun más evocadoras. Yo le entregué a París, a cambio, una desatada imaginación, novelera y tal vez excesivamente leída, que embellecía hasta los contenedores de basura y los camiones de la limpieza que recorrían las calles silenciosas. Atendían los camiones unos negros severos cuyos sabios movimientos lentos -propios de trabajador que dosifica sus fuerzas para que le duren toda la jornada- interpretaba yo, atildado y soñador jovencito mesocrático, como elegantes gestos de príncipe africano.


La auténtica y genuina Place Bastille. A la izquierda. de día. A la derecha, de noche.

Cruzando por la plaza de los Vosgos hasta el Blvd Beaumarchais aterricé en La Bastilla y me extasié ante la columna que ocupa el lugar donde en su día estuvo la fortaleza-prisión que, asaltada la tarde del 14 de julio de 1789 por gente acalorada, simboliza el inicio de una Revolución que cambiaría la faz de la Tierra y la vida de la Humanidad entera.

Me encontraba en el centro del París actual, aunque a finales del siglo XVIII este lugar fuese un espacio extramuros en el que se alzaba un monstruoso bastión con sólidos cimientos hundidos en la Edad Media y en el subsuelo (hasta el punto de que el actual ferrocarril metropolitano viene desde el siglo XX cruzando a través de ellos). Unos rótulos en mitad del túnel anuncian que los sillares que se pueden ver incrustados en las paredes abovedadas del metro son la cimentación original de La Bastilla.

Hace quinientos años, o así, unos curritos tallaron esas rocas y, ya como sillares, las arrastraron hasta este agujero para después levantar sobre ellos los muros de un castillo de tres pares de pelotas: capaz de aguantar los envites de los cañones españoles, por ejemplo.


La Bastille, Jean Jacques Mamèllon-Dupusse (XVII siècle). Museé Solitude d´Avignon

Hace tiempo que los constructores que concibieron -y llevaron a cabo ‘a manita’- semejante obra desaparecieron arrastrados por la torrentera de los acontecimientos, pero el resultado de su trabajo  aguantó, pasó a otras manos, hizo Historia y en el siglo XIX, Haussman -o algún menda de esos- decidió hacer sitio y dejar paso al París que conocemos hoy, con lo que también el castillo desapareció. Hasta que, ya en el siglo XX, otros curritos que trabajaban como los topos, horadando el subsuelo para hacer sitio al metro, se tropezaron con la sombra imborrable dejada en forma de piedra por los albañiles de quinientos años atrás: los cimientos del bastión de la Bastilla. Y decidieron respetarlos y respetar así la huella del paso por el mundo de sus colegas de la Edad Media.

Es lo que tenemos los curritos. Que somos burros y sentimentales y, en fin, tenemos buenos motivos para ello porque somos, al fin y al cabo, quienes construimos el mundo. Al hacerlo, nos resulta difícil no amar o, al menos, no apreciar con admirado respeto el extraordinario trabajo que hicieron nuestros ancestros para nosotros, para los seres humanos actuales, allanando y preparando el camino que hemos de seguir prolongando hacia el futuro. Formamos parte de una cadena de currantes y, particularmente, lo último que quisiera que dijesen de mí mis colegas -aún no nacidos- del futuro es que fuí un chapuzas y les legué un trabajo infame, poco sólido y mal parido encima del cual no hay manera de construir nada.

Saber eso, que formamos parte de una cadena, nos convierte a ellos, a los del pasado, a nosotros y también a los del futuro en eternos.

Huelga decir que iba feliz pensando todo esto con la tripa llena, bien lastrada por la pasta densa que la baguette y la leche juntas habían formado en mi abdomen, que en aquella época dorada era terso, plano y firme como una tabla de planchar. En la boca del metro, grupos de negros vestidos de colorines, con gorros de esquiar y camisas chillonas, charlaban y tonteaban. La verdad es que tenían un aspecto inquietante, como de pandilleros de esos que meten los americanos en las pelis ambientadas en las calles de New-York.

Pero por entonces, los negros del Bronx no se beneficiaban aún de la iconografía agreste que para ellos desarrolló el cine a partir de los ochenta, a pesar de lo cual aquellos grupos formados por numerosos chavales solos, sin chicas por ningún lado, ya metían miedo. Yo me limité a adoptar la actitud que había aprendido en el instiuto y en el barrio para tratar con chicos desconocidos. No mirar, poner cara de idiota y caminar deprisa y con decisión.

A ello me apliqué con aire despreocupado y mirada fija en las suelas de los zapatos. Hasta que una voz bronca y honda chilló dirigiéndose indudablemente a mí.

-Hein, toi, mec! Arrête-toi, que je te connais, quoi, n ´est-ce pas?

O sea: que me parara porque me conocía el mec (palabra que originalmente designaba al ‘chulo’ (o sea, al proxeneta) pero que en aquella época ya había derivado y significaba, más bien, ‘tío’, ‘amiguete’, ‘colega’, etc).

Naturalmente, se me cayeron todos los palos del sombrajo -absolutamente todos- y el terror se me instaló en la boca del estómago. Pero me controlé (lo mejor que supe).

-¿Es a mí, tú, mec, que pasa, o sea? ¿Qué es qué es ello qué quieres tú? -le espeté al menda lerenda mirándolo como si fuera a arrancarle los cojones y a hacerme un monedero -negro- con el forro.

Entonces el tío se me revuelve y me mira como si nos conociéramos.

-Yo te conozco a ti, mec ¿no es?. Yo te he visto a ti largar en Yvelinnes-Sur-Seine.

‘¡La gibamos, María Manuela! ¡Un colega proletario de la lavandería!’ exclamé para mis adentros.

-¿Sabes que tienes tú un pico de oro? -prosiguió el macarra, que se  se dirigió a sus compañeros señalándome a mí como si yo fuera Monsieur Pompidou- Es un tío legal, el colega. El es que no es francés. Él es porque lo es de veras español, el mec, y el otro día dijo cuatro verdades para hacer la grève.

Debe haber cientos de miles, quizá millones, de negros en París y yo tengo que ir a pasar delante del más pirado… que encima es colega de curro y que me vió el otro día atravesado con el puñetero de don Sito y su cuadrilla de gallegos. El senegalés -porque era senegalés el tío- estaba entusiasmado y no paraba de hablar (como los negros de la peli ‘Shaft’ doblados al francés).

-Aquí, el mec, dijo que hay que hacer cantar el alma oprimida del trabajador. ¿A que mola mazo? Y habló de Saco y Vanzetti  ¿eh? Y de un cielo rojo y proletario habló. ¿Sabes que tienes un pico de oro que lo tienes, mec?

Yo sonreía asintiendo estúpidamente y disimulando la vergüenza que tanta loa y tanto rollo (por una chorrada, encima) me producía. Todo mi discurso de aquella tarde en la blanchisserie había sido una mierda para subsistir y que don Sito y sus gallegos no me dieran cuatro galletas. A mí, la clase obrera me importaba una buena mierda y como todo buen proleta, si lo fuera, lo que me importaría en todo caso sería acceder a la clase media, hacer un cursillo de contabilidad por correspondencia y convertirme en un hortera. Seguir siendo un mierda pero, al menos, tener un trabajo limpio, no desrriñonarme y no pasar calor en verano ni frío en invierno. Es decir, pisar moqueta y rozarme con los dueños del cotarro disfrutando de un buen empleo en el sector terciario (que es lo que es la clase media, un empleo cómodo en el sector terciario. La clase media, en realidad, está muy sobrevalorada).

Los demás negros, entretanto, asentían gravemente sopesando pensativos la profundidad de la frase. ‘Hay que hacer cantar el alma oprimida del trabajador’ y por fin me dieron la mano uno tras otro para terminar ofreciéndome un ‘gaulois’ -que es el colmo de la solidaridad proletaria entre los curritos de la banlieue parisina- y me lo encendieron con un genuino zippo americano con una inscripción que ponía <<Harley Davidson free>>.

Yo fumé y sonreí, a ver que remedio, y dije que sí a todo lo que me dijeron aquellos hermanos trabajadores de finales de siglo XX, ‘hijos de Marx y de la Coca-Cola’, como nos llamó (no sin crueldad) el malogrado Pier Paolo (Pasolini), única -por otra parte- ‘lux in tenebras’ posible en esta época lamentable y confusa que nos ha tocado vivir entre naves industriales cenicientas y miserables.

En cuanto pude, me despedí y huí haci mi pisito del Blvd Richard Lenoir pensando en Pier Paolo y en sus divinas enseñanzas, como nos enseñó que así debe hacerse Nanni Moretti -con envidiable lucidez- a bordo de su vespa en la película ‘Caro Diario’, que recomiendo a todos encarecidamente.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Paris La Nuit

  1. Siana dijo:

    Rematadamente GENIAL :))Es posible aún entonces ver los cimientos de la Bastille? ello lo es?Gracias Maese!!!!!!!

  2. Lenka dijo:

    COÑO! Y yo que he estado en Paguís dos veces y no lo sabía. Dios, qué incultura y qué vergüenza. Pues hala, como no me quedaban (apenas) motivos para volver, sumaremos ese también.Oiga, Maese, sabe usted que es igualito al Alatriste? Hace amigos hasta en el infierno!!;)

  3. Rogorn dijo:

    ¿De veras el pintor se apellida Mamellon?

  4. Sonia dijo:

    Ostrás Pedrín, pues yo tampoco lo sabía.Aquí maese Bowman, que nos hace aprender a marchas forzadas. Al final le vamos a tener que dar las gracias y todo, je.

  5. Ambrosio dijo:

    Pues sí, pues sí. Y añadiré, arriesgándome a pecar de pedante, que Jean Jacques Mamèllon-Dupusse figura como autor de una vista de La Bastille -ésta, sin lugar a dudas- en el inventario de posesiones del Vizcondado de Lillypartier, en Gomande L\’ Ille, de donde procede esta pintura.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s