My generation


Nunca en mi vida he gozado de tanta salud como aquellos días en los que me vi bañado por la luz de París. Quizá no fuera tanto París como mi propia juventud… bueno, y la excelente alimentación que se me había administrado desde que nací: soy hijo de antiguos niños marcados por la guerra.

Es decir, por el hambre. Y por la vergüenza del hambre.

‘Somos supervivientes’, suele decir aun mi padre para referirse a sí mismo y a toda su generación. Y añade ‘come algo’.

Hablo de gente nacida en los años veinte y treinta, como él, que muerto de hambre alzó el brazo y cantó el ‘Cara al sol’ en los comedores benéficos del Auxilio Social mientras celebraba en secreto cada victoria de los aliados. O como su hermana, mi tía Leo, que en el invierno del 39, con dieciséis años, no tuvo otra que hacer un viaje a pie desde Barcelona a Francia bajo la lluvia del cielo y las bombas de la Luftwaffe. No fue comida lo que le sobró durante aquel incierto viaje.

Hablo de gente marcada por la inmisericorde sublevación de las derechas españolas en 1936, una generación cuyos supervivientes pueblan hoy los asilos, y no sólo los de España. Aquella bestialidad los pilló en plena infancia o asomándose apenas a la adolescencia. Algunos de los más mayores de ellos llegaron, incluso, a morir en el frente o arrastrados, simplemente, por el vendaval de vesanías que la revuelta desató. Pero los más de los que cayeron -mayores y jóvenes- lo hicieron de pura hambre o bajo las bombas que, especialmente en la zona roja, azotaron directamente a la población civil.

Todo ese espanto convirtió a aquellos niños en adultos prematuros y peculiares, con extraños fantasmas personales y alucinadas visiones que han condicionado su vida. Y es lógico. Cuando llegaron a adultos habían visto cadáveres humanos destrozados, hinchados y comidos de moscas, habían visto arder sus casas y sus pueblos, habían visto morir a sus padres, hermanos, tíos y vecinos. Y habían visto, sobre todo, el terror anclado en el rostro de sus mayores.

En consecuencia, no fueron nunca tiquis miquis -no tuvieron tiempo- ni anduvieron por la vida pisando huevos (como no fuese en asuntos de religión, política y opiniones personales). En todo lo demás, se comieron el mundo…. y me lo dieron a comer después a mí. Fueron, en fin, luchadores, currantes y tenaces como sólo se es cuando detrás de uno se abre el abismo. Emigraron a Alemania, hicieron horas extras, tuvieron pluriempleo y, en fin, una vida menos tierna y grata que la mostrada en esa incalificable y truculenta mistificación que es ‘Cuéntame’, la miserable serie televisiva.

La ‘prosperidad’ española de los años sesenta es obra suya. En consecuencia, la mía fue una generación de niños felices y sobrealimentados que creció con un bocadillo en la mano jugando al fútbol en solares, eras y descampados mientras aprendía, en paralelo, a despreciar el deporte y la formación física (entonces en manos de falangistas).

Así que llegué a la juventud sano y fuerte como una lechuga (gracias a la Paz de Franco) pero también con un hueco brutal en el coco. Los hijos de los ‘niños de la guerra’ recibimos una formación -sexual, política, social, histórica y religiosa- completamente demencial y desquiciada por no decir, para ser exactos, que no recibimos ninguna (salvo en religión, claro). No es raro que los cincuentones españoles parezcamos, no pocas veces, un perfecto compendio de la estupidez humana.

Es que lo somos.

Y no digamos nuestros padres -lo siento, padre- dicho sea con franqueza. Tal vez por eso, el contacto con mis conmilitones generacionales, y aún mayores, puede producirme sarpullidos. Sean de la clase social que sean, tengan los estudios que tengan y sea cual sea su perfil profesional o laboral, los españoles nacidos en mi época -y aún antes, ya digo- somos… en fin. 

Intuyendo el desastre que se avecinaba -es decir, intuyendo la clase de imbéciles que yo y mis amiguitos llegaríamos a ser y viéndose incapaz de evitarlo- mi padre acogió con sorprendido entusiasmo la audaz ocurrencia de largarme un verano a Francia -es decir, de ‘escapar’ de España, que en su concepción del mundo era una inmensa prisión mental tutelada por Franco y sus ridículos seguidores- sin otro objetivo que el de orearme. Aquello podía ser mi salvación, debió pensar el viejo (que entonces era aun más joven de lo que yo soy ahora). Así que después de bendecir el listado de casi un centenar de películas prohibidas en España que yo mismo me había confeccionado (la revista Cinestudio y su sección ‘El cine de nunca jamás’ eran una buena guía), el hombre puso incondicionalmente a mi disposición 10.000 pesetazas (un capital en la época: gracias, padre), me proporcionó la dirección en París de Ruedo Ibérico y de la Librería Española, que guardaba bajo siete llaves como el que guarda una fórmula mágica, y, por último, los títulos de dos libros que debía traerle a mi vuelta como fuera (aun teniendo que pasar hambre). ‘La Guerra Civil Española’, de Hugh Thomas, y la ‘Historia de España’, de Pierre Vilar. También me proporcionó un condón. Sí: un preservativo.

-Davidín…

-Dígame, padre.

-¿Tú sabes lo qué es esto?

En la mano sostenía un sobre minúsculo, como de medicinas. Yo sabía que la cosa iba de sexo (por la cara de mi padre, su tono de voz y la ocasión).

-¿Una píldora? -aventuré.

Huelga decir que, claro, había oído hablar de la pilule pero que jamás había visto semejante cosa (tan rigurosamente prohibida como el mismo condón, concepto del que, a mis dieciocho años, tampoco había visto jamás una unidad). Mi padre -una de las pocas personas en España que puede recordar y describir el ruido, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡WHAAAAAAARRRRGHMMMMMM!!!!!! que hacía un ‘stuka’ cayendo en picado con una bomba de dos toneladas colgada del culo- meneó la cabeza impaciente.

-No, Davidín, por dios, hombre ¿cómo va a ser una píldora, coño?

Y yo.

-Ah. ¿Y qué es, padre?

Mi padre, como un mago que va a descubrir un conejo transformado en geranio, rasgó el sobre.

-¡Un condón! -susurró conspiratorial.

Lo dijo con un ahogado murmullo, un poco como hablaría un espía temiendo ser descubierto por los nazis (mi madre). Y exhibió, triunfal, la goma en la mano.

-¿Eh? ¿Qué te parece?

Como se puede ver, mi educación sexual es -por expresarlo piadosamente- exótica. La certeza de que aquel objeto era lo que era y servía, por tanto, para lo que servía, hizo que me pusiera rojo como un tomate.

-Ah….

La verdad es que yo no sabía muy bien que decir y cuando vi a mi padre manipular aquello, y comprendí cabalmente que iba a mostrarme su funcionamiento, sentí algo así como vértigo.

-Pero… pero, padre… -balbuceé torpemente.

-¡Qué no me lo voi a poner, coño!

Mi padre que -hoy lo sé- había recibido una sórdida formación sexual en los sórdidos prostíbulos españoles de los años cuarenta (circunstancia de la que, al menos, era bien consciente) quería ahorrarme la experiencia (que en los setenta podía ser aun peor, ya que en España la prostitución estaba prohibida -como todo- y, por tanto, ‘no existía’, al menos formalmente).

-Verás -dijo- Atento….

Y con un hábil movimiento de los dedos índice y pulgar de la mano derecha, encajó la gomita en el dedo índice de la mano izquierda.

-¿Has comprendido, hijo? Primero -claro- hay que estar en situación… Si la dama es lista no hay problema -y me guiñó un ojo- Y si no es tan lista….

Yo puse sonrisa de compromiso.

-Sí, padre

-Ahora tú -y sacó otro condon- De Francia, y menos de París, nadie vuelve virgen -y volvió a guiñarme el ojo- Aunque no folle ¿eh?

La idea de perder la virginidad en el sentido más amplio de la expresión -la virginidad mental- era sugestiva y se me debió notar en la cara. Él, entonces, sin mirarme y como pensando en otra cosa, añadió.

-Ya sé que parece mentira, pero en la vida no todo es follar.

Yo, teniendo en cuenta lo lejos que me encontraba de la práctica de semejante verbo, respiré aliviado. ‘Pues menos mal’, pensé. Pero no hice comentario alguno.

-Sí, padre -dije sólo.

Debo decir que encajé el condon en el dedo índice a la primera. Y es que, claro, si envías un hijo núbil a Francia, lo menos que puedes hacer es enviarlo preparado. Francia es Francia y París… bueno, París: ni te cuento lo que es París.

París se quema.
Se quema París.
París se acaba.
Se acaba París.

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9 respuestas a My generation

  1. jack dijo:

    Tiene razón tu padre. No todo va a ser follar.Habrá que documentarseSobre los delfinesY habrá también que firmarMuchos manifiestoshttp://www.youtube.com/watch?v=xgBA4RHF_Qg

  2. Lenka dijo:

    Pero después, antes, durante o en lugar de todo eso, ciertamente se puede follar. Sobre todo en París. Gracias, Maese. Por París, por usted, por su padre, por su tía Leo, por los condones y hasta por el hambre y los stukas. Gracias.

  3. Trinidad dijo:

    Gracias por esta nueva entrega, Bow. Por cierto, qué acertadas son siempre las fotos que eliges para ilustrar las entradas.

  4. Rogorn dijo:

    Sobre todo en Paris, y lo dice por experiencia, jeje.

  5. Siana dijo:

    Gracias, Maese. Me ha encantado la primera parte. Emotiva. Y la segunda….lo que me he llegado a reír 😉 es lo que tiene pagi la nui….Besotes.

  6. jack dijo:

    Toca actualizar. No?Ponte las pilas, que vas un día tarde, y dibújanos corderos.Tener un público exigente implica ciertas esclavitudes. Y no pocas satisfacciones (creo).

  7. Ambrosio dijo:

    Jodó.Esto era lo que me faltaba.Mandauebos.

  8. Siana dijo:

    Yo también quiero más corderos. Va, Maese!!

  9. Ambrosio dijo:

    Esto es la descojonación.¡Ya va, hombre, ya va, que la están horneando!¡Jesús, qué prisas!

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