‘¡Cuéntame un cuento!’

                             Para Siana y Jack

-‘¡Dibújame un cordero!’ (Dessinez-moi un mouton!)

Eso es lo primero que el Principito –le Petit Prince- le pide al aviador nada más encontrarlo en el desierto.

-‘¡Dibújame un cordero!’

Nada de ‘qué haces aquí’ ni un desesperado ‘y cómo vamos a salir de ésta’. No. ‘¡Dibújame un cordero!’ Están perdidos y el aviador, claro, piensa que el chiquilllo se ha vuelto loco.

Y no.

Dibujar como Dios manda un cordero, este cordero concretamente (y también una serpiente con un elefante dentro sin que parezca un sombrero) es capital para sobrevivir. Eso es lo que aprenderá el aviador a lo largo de su viaje con ese extraño ‘Petit Prince’ que es, en realidad, su otra mitad.

Pero ¿por qué, de pronto, el crío necesita con urgencia un cordero dibujado? ¡Ah! Ése es un porqué oculto -un misterio, más bien- que pertenece al secreto del sumario. Hay que resignarse: ya nunca lo sabremos. Nunca sabremos el motivo concreto de semejante petición en aquel instante crítico ya que el autor nunca lo puso en el libro y, por tanto, es otro secreto más que se hundió con él y su Lockheed Lightning P-38 frente a las costas de Francia en 1944.

Pero, al menos, podemos aventurarlo. Las ciencias han avanzado mucho y hoy sabemos que es imposible vivir sin espejos. No me refiero al espejo del baño ni al del armario ropero. Me refiero a los espejos metafóricos que muestran sin trampa ni cartón lo que vemos realmente (y también lo que creemos ver o, simplemente, las imágenes de lo que creemos y de lo que soñamos, de lo que creemos soñar y, más sencillamente aun, las imágenes de lo que deseamos).

¡Malditos espejos! Estamos encerrados en ellos, se llamen como se llamen: religión, mito, prensa, arte, cuentos, literatura, epopeya, fotos, símbolos, cotilleo, dibujos, leyendas… y, a veces, hasta Historia. Y no podemos ver más allá.

El primero en darse cuenta de esto fue el viejo Platón que, bailando a la luz de las antorchas en el fondo de su caverna, tiene todavía mucho que decir.

‘Lo esencial es invisible a los ojos…’

Es cierto, pero también lo es que su sombra, en cambio, no es invisible para nada, como muestran las numerosas imágenes recreadas que nos rodean -iconos artficiales, reconstrucciones visuales o como lo quieras llamar- y que dan sentido al ojo, lo orientan y le enseñan a ver y, sobre todo, a mirar correctamente (ya que por si solo es incapaz). Del mismo modo, la narración pone orden en el caos del tiempo, del recuerdo y del interminable suceder. Lo mismo que pidió el dibujo de un cordero, el Principito desubicado de St-Exupèry pudo haber reclamado un relato, como lo piden las Princesitas exigentes perdidas en el espacio-tiempo. Una relación de sucesos atrapados, como ellas, en el tiempo.

-¡Cuéntame un cuento!

Cuando los acontecimientos se agolpan y amontonan sin sentido en la memoria se hace imprescindible dar sentido a ese loco acontecer inmisericorde que transcurre sin detenerse. Por eso, probablemente, quería el Principito un dibujo. Vaya ustred a saber -eso sí- por qué un dibujo (y no una canción, un poema o un paso de baile) y, sobre todo, por qué el dibujo de un cordero. De este cordero, concretamente, y no de otro cualquiera.

‘…sólo se ve bien con el corazón’.

Y no sólo eso: con el corazón sólo se ve lo que es imprescindible ver. El tiempo domado, sometido y encerrado -como una osa pelleja, carnívora y fatal- en una jaula. Eso sólo se ve con el corazón y eso -lo que sólo se ve con el corazón- es el relato y la imagen recreada. Un desafío a la muerte y al transcurrir aleatorio y loco que deposita al buen tuntún recuerdos aquí y allá lo mismo que un mensajero demente, lo mismo que un cartero que entregase sus cartas al paso, que las tirase sin molestarse en parar un momento a mirar los nombres en los buzones.

Es entonces cuando entra en escena el relato, que recoge las cartas, mira bien los nombres y deposita cada una en su buzón. Ordenando. En el cogollo del buen relato -del relato que atrapa, retiene y, en suma, cautiva el alma- no importa tanto la mecánica del transcurso como su ritmo, su tempo, la cadencia que adquiere ese discurrir similar al de un río.

Dibujar corderos, cantar, contar lo que sea, dar pasos de baile, decir versos, en el fondo, nos arranca de la caverna y nos asoma al exterior. Porque nos hace aéreos, ligeros, etéreos, eternos… Inmortales.

‘Palabra en el tiempo’.

  Yo escucho los cantos
de viejas cadencias
que los niños cantan
cuando en corro juegan,

y vierten en coro
sus almas que sueñan,
cual vierten sus aguas
las fuentes de piedra:

con monotonías
de risas eternas
que no son alegres,
con lágrimas viejas

que no son amargas
y dicen tristezas,
tristezas de amores
de antiguas leyendas.


    En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
 
como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores
que nunca se cuentan.


    Jugando, a la sombra
de una plaza vieja,
los niños cantaban…


    La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.


    Cantaban los niños
canciones ingenuas,
de un algo que pasa
y que nunca llega:
la historia confusa
y clara la pena.


    Seguía su cuento
la fuente serena;
borrada la historia,
contaba la pena.

Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.

.                                              Antonio Machado,
–                                              «De mi cartera»,
.                                              Nuevas canciones

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a ‘¡Cuéntame un cuento!’

  1. Trinidad dijo:

    Bravo, bow. Precisamente los tres últimos versos los escuché ayer: "Ni mármol duro y eterno / ni música ni pintura…" Cuánta hermosura pueden encerrar tres versos, y cuánta hermosura encierra su entrada, señor bow. Enhorabuena.

  2. Siana dijo:

    Comandante Bow: muchas gracias por dedicarnos a la Piratilla y a mi esta profunda y hermosa entrada. Y encima con esos versos de Machado que no hay manera de leerlo sin que me no me emocione. "La historia confusa, clara la pena”. No importa si no lo llegas a comprender, pero ha llegado a tus cimientos. Tal vez no hacía falta comprender por qué quería precisamente un cordero, nuestro Principito. Cuando leí esa historia pensé que le pedía un cordero porque era algo inocente. Si estaba en un dibujo podía vivir eternamente, no sería como una canción que termina. Y si además era pequeño, porque cabía en un cajita que es lo que al final el aviador perdido le dibuja, le quedan muchos años por delante. Es usted un crack, Maese.

  3. Lenka dijo:

    Aunque me encantaba leer, la gente se empeñaba en regalarme muñecas y cosas que luego ni miraba. Pero algunos decidían regalarme lo que yo quería. Un primo segundo (mucho mayor que yo) apareció un día con El Principito. Creo que fue en mi sexto o séptimo cumpleaños. Lo leí del tirón, sin entender ni papa, o entendiendo lo que se puede entender a esa edad. Me pareció un cuento raro y mágico. Después lo leí con diez, con doce, con quince, con veinte y vuelvo a leerlo cada cierto tiempo. Cada vez creí descubrir cosas nuevas en él, cada vez más sesudas y profundas. La última vez (ya cumplidos los treinta) creí descubrir que no había nada más profundo y sabio que leerlo con aquellos ojos de seis años, y quizá entender solamente "qué cuento tan bonito". Mi libro está amarillento, desencuadernado y lleno de manchas. Pero es un tesoro. Una más de mis ñoñas y absurdas razones para desear ser madre algún día, es espiar la cara de un hijo que lee El Principito por primera vez. Coincido con la Sianeta. Dibújame un cordero porque es cálido e inocente, como un niño, como yo mismo. Dibuja mi infancia y guárdala en una cajita, para que dure siempre y yo no cometa la estupidez de perderla con los años.

  4. jack dijo:

    Por fa vor. Qué ilusión.Gracias.No soy digna. Qué más podría querer una chica (qué más?) que una dedicatoria del Comandante en persona? Nada. No lo merezco. Una dedicatoria casi sólo para mí!Jo. Gracias.:)No. En serio. Sabes que cuido (con esmero, aunque con resultados desiguales) al rebaño de corderos que me (nos) pintas. Y si algo tengo claro es que no cualquiera es capaz de atinar corderos tan proporcionados o elefantes tan bien (y recién) tragados por serpientes.

  5. Ambrosio dijo:

    Peeeeeerrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrraaaaaaaaa-caaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Qué rrrrrrrrrrrrrraaaaaaaaaasssssssssssssspppppaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!Jua juaaaaaaaaa….Je, je, je¿Porq es tan perraca malvada la piratilla? ¿Y porq luego es tan condenadamente sentimental y blandibluff? ¿Porq se protege tanto? ¿Tiene miedo? ¿O quizá sea porque tambien se expone mucho? Qué sabe nadie….Lenka: los hijos son unos cabrones que sólo dan disgustos. Y no es metáfora.Tener hijos carece de sentido.Y el que diga otra cosa, te miente. O es directamente, en fin, poco listo (que no lo descarto). Estas conclusiones son definitivas por mi parte y no están en cuestión ni se someten a debate (porque tpoco tengo nada que debatir, del mismo modo que no tengo nada que debatir sobre si ahora es de día o es de noche). Puedo ampliarlas, dar más explicaciones (aun), profundizar en tal o cual aspecto de las mismas, etc. Pero no las debato ni -mucho menos- las someto al escrutinio de los extraviados doctos que suponen otra cosa y que, en el caso de que estén realmente convencidos de lo que dicen (que todo es posible), van al precipicio sin remedio. Y otra cosa: lo de que los hijos son unos cabrones que sólo dan disgustos, así como lo de que tener hijos carece de sentido, no lo creo: LO SÉ. Lo sé como sé que para ir de Madrid a Zaragoza hay que cruzar el río Jalón (salvo que se vaya por Alicante -es decir, bordeando el macizo ibérico por el sur- lo cual es capricho muy libre y en caprichos no me meto)O sea, que si esperas tener hijos que lean cordialmente el ‘Le Peit Prince’ (o sea ‘El Príncipe Chiquitín’) lo llevas claro: te aseguro que no. Antes o después se entregarán al PlayBoy (primero) y, más adelante, al Expansión y al BOE (que son las tres formas más perfectas de perversión a través de la lectura que conozco) pero no leerán jamás el ‘Petit Prince’. Y si lo leen te dará igual porq es un libro excesivamente complejo y no van a entender nada. Yo mismo (y mira q soi listo) no tg la completa seguridad de haberlo entendido del todo.Yo que tú me compraría un perro.

  6. jack dijo:

    Con lo de que tener hijos carece de sentido y mejor adoptar un perrillo (cuanto más grande mejor) estoy de acuerdo.Con lo de perra, raspa, malvada, condenadamente sentimental, blanda y cobarde, no tanto.Gracias, eh? (E logo dis de mín)

  7. Siana dijo:

    Yo soy muy perruna también. Pero home, algún otro niño descubrirá al Petit Prince igual que hicimos nosotros de pequeñecos. Eso espero al menos. Y podrían ser los de Lenka. Quede esperanza aún !!!! ;)Mas busca en tu espejo al otro, ´Al otro que siempre va contigo. Hoy es siempre todavía.

  8. Lenka dijo:

    Pero si estamos de acuerdo, Maese. Qué me va a contar, a mí, que me dedico a "enderezar" a los hijos ajenos!!! Es más, tengo claro que todo aquel que me cuenta las maravillas de la paternidad me miente cual bellaco. Lo sé. Lo sé porque me han dado informes más creíbles que lo desmienten y porque lo he sufrido yo en carne propia, sólo que con hijos de prestao. Que ni los pare una ni le duelen y bien que le dan por saco y le quitan horas de sueño. Así lo que sé, créame, no me he dejado engañar por nadie. Soy yo la tarada. Yo misma en mi mismidad. Soy yo la tentada (y repelida, de hecho sigo debatiéndome) por el experimento. Quizá porque (llámenos ingenuas) me gusta creer, como a la Sianeta, que si yo, usted, ella, la piratilla y algún otro se leyeron embobaos El Principito (entendiéndolo o no) igual queda la mínima esperanza de que algún cabestrillo propio lo haga también. Y que me dé esa alegría entre los infinitos disgustos. Eso sí, perro hay que tener. Siempre. Con algo debe consolarse uno cuando necesite empaparse de bondad, fidelidad y nobleza peluda y babeante. Y gatos también. Me temo que estoy rodeada de perrunos, pero los gatos son, créanme, una auténtica maravilla. Tigres pequeños y soberbios, llenos de encanto y de personalidad. Unos bichos que no se casan ni con dios, y que si quieren mimos los consiguen y si quieren que los dejes en paz te lo dejan meridiano. Son un complento magnífico perros y gatos. Una narizota caliente por un lado y unos ojos cínicos por el otro. Los perros son más perros cuando hay gatos, y los gatos son mucho más gatos cuando hay perros. Se lo digo yo. Los niños? Humanos pequeños. Con eso está todo dicho. Por qué algunos dudamos si quiera si tenerlos? Por pura e insana curiosidad morbosa. Porque, como dijo aquel: "un hijo es una pregunta que le hacemos al destino". (Lo malo es que creo que la frase es de Don José María. Pemán. Y negaré haberla citado. Lo juro)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s